La filosofía política, la historia política, la teoría de la guerra, los estudios militares, no dan cuenta de un fenómeno tan actual como inquietante, el de las unidades no territoriales de dominación, en términos teóricos, es decir, en la medida en que es posible y pertinente caracterizar objetivamente el fenómeno y que ello se justifica tanto por la singularidad que revela en su indagación de sus características como por la importancia teórica implicada en estas averiguaciones, siempre y cuando estemos de acuerdo en que en las ciencias sociales la teoría está al servicio de la práctica.
Las disciplinas aludidas -a simple título ejemplificativo- no pueden proveernos de elementos para analizar la dimensión del antagonismo y sus posibles consecuencias en el escenario de las guerras actuales.
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Si, queridos lectores, es "como" sin acento. No se trata de una pregunta. Sin el acento, la frase denota más bien una comparación, o más precisamente una reminiscencia provocada por una situación contingente exterior o por un recuerdo.
A veces sentimos que lo que estamos viviendo ya lo hemos vivido, pero sin saber cúando ni dónde. Ese sentimiento genera una emoción muy especial. Pero cuando tenemos bien presente nuestra fuente de referencia, la emoción se despierta al descubrir nuestro pasado desnudo. Nuestra propia vida vivida sólo por nosotros. Tan intransferible como imposible de cambiar.
Sin embargo, esta vida vivida, con su visceral componente vivencial que la hace permanente, incrustada en el flujo del pasado, es actualizada tan sólo parcialmente en nuestra conciencia. En la instancia de hurgar en los hechos de nuestra vida tal como fueron, no podemos evitar convertirnos en intérpretes de ésta, en recreadores.
Qué es mito y qué es realidad en nuestra vida vivida, entonces, se desdibuja. Y el discurso vivencial en el marco de la alteridad cotidiana se transforma en historia recreada -principalmente para otros, o para el "otro" omnisciente, se entiende-.
El remanente del discurso, esa escena reconstruida, perdida, oculta, escondida, olvidada, reprimida, es el espacio de lo no dicho de nuestras vidas. ¿Pero es acaso la materia espiritual que es necesario aclarar, conjurar o negar? ¿Someterla a un juicio anacrónico e inútil? ¿O transformarla en una instancia de autoflagelación o desencanto?
Un amigo -pagado de sí mismo por su éxito con las mujeres - me contó que la vez pasada se encontró con una ex novia de hace muchos años, cuando él era un purrete. El noviazgo, aunque intenso, no duró mucho -unos dos meses- y terminó oficialmente -curiosamente-, cuando la llamó para salir y ella le confesó que estaba enamorada de otro y hasta había "formalizado" la nueva relación. Digo curiosamente porque aceptó -no obstante la nueva condición adquirida- salir e ir a cenar e ir a dormir (en orden de secuencia) para luego decirle -entre llantos- que el útimo estadio (sobre todo) de la secuencia descripta la había dejado un tanto insegura sobre sus sentimientos hacia el desafortunado nuevo miembro de la cofradía corniforme, con quien estaba empezando a salir. Pero, de todos modos, todo terminó esa noche.
Y no la volvió a ver.
Años después, cuando se cruzó con ella -de pura casualidad-, se enteró que tenía marido e hijos y estaba feliz y todo ese rollo...
Caminando solo, luego de un rato, mi amigo se puso a rememorar aquella noche de amor furtivo. ¿No cabe conjeturar que el "nuevo amor" no era sino una mentira de ella para terminar la relación con mi amigo? ¿y que sus llantos no significaban más que el dolor por la pérdida? ¿O era mejor no preguntarse, reconstruir la historia, forjar el mito?
¿Qué sabemos verdaderamente de lo que pasó en nuestras vidas? ¿No fuimos más que marionetas o instrumentos de factores que no pudimos o no quisimos imaginar? ¿Tuvimos el control? ¿De qué?
Diógenes Laercio cuenta la vida de los pensadores ilustres de la antigüedad, pero les atribuye acciones o los involucra en hechos que pueden parecernos absurdos o -al menos- sospechables en punto a su veracidad. No lo tomemos al pie de la letra, no nos tomemos al pie de la letra.
Parte de la atmósfera acrítica y obtusa que gravita sobre nosotros es esta tendencia a soslayar el espíritu recreador y mitificador sobre el cual se montan las verdades de la vida propia y ajena.
Y mientras escribo esto, estoy escuchando "Hungry like the wolf" de Duran Duran, que es como volver a una vieja escena de la infancia.
Daro Esquivel
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En el artículo anterior describimos el contexto teórico y el estado de cuestión sobre el nacimiento de la filosofía como instancia de crítica sustantiva al decadente modelo cosmológico por un lado y a las alternativas propuestas por el parmenidismo y la sofística.
Creemos que este momento del pensamiento racional es fundamental para la crítica a la dicotomía planteada por la sofística que suele traducirse como "naturaleza-convención".
En el artículo anterior preferimos hablar de "conflicto entre la naturaleza y la ley", pero ello nos obliga a referirnos al significado de la naturaleza como physis y a la ley como nómos. El término convención es decididamente inconveniente por prestarse a ciertos malentendidos. En cualquier caso, siempre es preciso cierto rigor en punto al empleo de los términos filosóficos.
Esto trae a colación en tema de los contextos y los escenarios. Corresponde al Prof. Joaquín Meabe el mérito de haber puesto en la agenda de la filosofía el problema de los contextos y los escenarios y la importancia de remontar desde ellos el examen de los tópicos, asuntos, debates, concepciones, etc. que hacen al pensamiento y a su desarrollo.
El término physis no es asimilable a lo que hoy entendemos por naturaleza en la moderna ciencia física. Ésta no concibe a aquella como un germinar desde sí mismo y, a su vez, como un permanecer; más bien la ciencia física se ocupa del comportamiento de los cuerpos físicos y sus leyes específicas.
En el contexto de los antiguos griegos, la physis es a la vez el escenario del todo y su fluir. Los cosmólogos jónicos son la expresión de este descubrimiento, que es, como dice Heidegger, una experiencia radical -poética e intelectual- del ser que constituye el más grandioso momento del hombre. Momento en el cual convive el mito y el pensamiento, lo maravilloso y el asombro racional.
Pero hay que tener presente que este paso decisivo es jónico y se produce en las costas del Asia Menor en los siglos VII y VI a C. La noción de physis no se opondrá a la de nómos sino cuando el centro intelectual del mundo giego se desplace hacia el Ática. Este proceso debe ser explicado para comprender las causas políticas, económicas, sociales, morales, etc., que dan nacimiento a la oposición en la cultura griega de estas dos nociones.
Pero para ello es necesario recordar un poco de historia. Desde luego que sería un arduo y engorroso trabajo describir toda la historia griega de los siglos VII-VI y V. No es competencia nuestra ni tampoco es el propósito de esta serie de artículos. Pero es preciso tener presente al menos una serie de hechos históricos que hacen a la atmósfera espiritual del mundo griego.
Pero cuando decimos "mundo griego" no podemos soslayar que la referencia geográfica es Atenas y ello, por varios motivos.
El primero es la derrota de los Persas ante Grecia y el papel fundamental del poder militar de los atenienses gracias a su dominio del mar. Este acontecimiento es causa del incremento de su poder entre los griegos, del imperialismo consecuente a través de la liga de Delos, que convirtió a sus aliados en tributarios y sometidos y de la relación tensional de fuerzas con la otra gran potencia militar, Esparta (y sus aliados)que conducirá a la guerra del Peloponeso.
El segundo es el desarrollo de las tendencias democráticas y populistas en Atenas y, a caballo de éstas, la transformación de la sociedad, el quiebre de los valores y posiciones tradicionales y el ascenso consiguiente de la clase mercantil e industrial a la esfera de participación política. La necesidad de formación política de estas clases abrirá las puertas a la sofística.
El tercero es el florecimiento económico experimentado a partir de la expansión comercial y el cada vez mayor valor de la moneda ateniense en los mercados del mundo conocido. Es insoslayable la conexión de este factor con el cultural, dado que el comercio es un innegable vehículo de intercambio cultural y, en el caso ateniense, cumplió un papel fundamental.
El cuarto aspecto es el religioso, que se asocia a la relativa secularización de la vida, traducida en la pérdida de piedad respecto de las deidades tradicionales, y en particular, de las del Panteón Homérico-Olímpico.
En el próximo artículo nos centraremos en estos aspectos con detalle.
Daro Esquivel
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Si hay un tópico desatendido por la filosofía jurídica, más que como un asunto marginal o asociado a la grilla de los programas de sociología del derecho o historia del derecho, es la distinción entre nómos y physis (ley y naturaleza). Esta dicotomía es, por un lado, el nudo del debate sobre el derecho natural clásico pagano, pero por otro lado, importa una superación en la tradición filosófica que marca una etapa de madurez del genio griego.
Los asuntos cosmológicos encuentran un límite en el dilema del movimiento planteado por la Escuela Eleática. Al ser impensable la materia como generadora del cambio, sin un agente externo que lo produzca, va a tardar en concebirse una respuesta posible a este problema, desde las concepciones de algunos cosmólogos que asociarán causa material y eficiente. Pero la cesura de Parménides y sus discípulos, al vedar la vía del no ser para el conocimiento -demostrando de esa manera la imposibilidad lógica del movimiento- dejó al examen de la naturaleza en un estancamiento radical. La reducción al absurdo de la tesis de la incognoscibilidad del no ser es, sin embargo, tarea de la sofística, al punto de concebir al lógos como un instrumento de la acción política contingente y al pensamiento, como una misión inútil o superflua.
Logicismo y relativismo o escepticismo.
Sócrates, además de diferenciarse del ideal del sabio, a partir de la concepción de la filosofía como búsqueda (y no como saber) va a marcar una ruptura con la cosmología a partir de la consideración de la heterogeneidad de lo real en el plano de los asuntos antropológicos. El resultado de ello va a ser la indagación del ser moral a partir del descubrimiento de la propia interioridad y su relación con el orden de la vida civil, una proto-epistemología del universo moral del hombre, la respuesta positiva al interrogante sobre el conocimiento de la virtud como condición para la vida buena. Platón (foto arriba), a partir de las enseñanzas de Sócrates, construye una epistemología que permite incorporar al orden de lo moral en la agenda del conocimiento (argumento de la línea dividida en segmentos y su relación con la comparación entre el sol y la idea del bien, así como con la alegoría de la caverna) rompiendo el dualismo rígido del parmenidismo al considerar la franja de lo opinable (lo que es y no es) como una realidad asociada a un tipo de conocer particular (conjetura, tratándose de las imágenes; creencia, tratándose del mundo empírico) y por lo tanto, digna de ser considerada un saber. Esta polifonía epistemológica, asimismo, socava las bases sobre las cuales se asentaba la tesis relativista de la sofística -basada en el sensualismo como criterio del conocimiento- con la teoría de las ideas.
Sócrates y después Platón van a ser los representantes de la crítica al debate entre ley y naturaleza planteado por la sofística. La base de esta crítica es esta epistemología positiva. El debate entre naturaleza y ley será el objeto de los próximos artículos.
Daro Esquivel
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