Como volver a una vieja escena de la infancia
Si, queridos lectores, es "como" sin acento. No se trata de una pregunta. Sin el acento, la frase denota más bien una comparación, o más precisamente una reminiscencia provocada por una situación contingente exterior o por un recuerdo.
A veces sentimos que lo que estamos viviendo ya lo hemos vivido, pero sin saber cúando ni dónde. Ese sentimiento genera una emoción muy especial. Pero cuando tenemos bien presente nuestra fuente de referencia, la emoción se despierta al descubrir nuestro pasado desnudo. Nuestra propia vida vivida sólo por nosotros. Tan intransferible como imposible de cambiar.
Sin embargo, esta vida vivida, con su visceral componente vivencial que la hace permanente, incrustada en el flujo del pasado, es actualizada tan sólo parcialmente en nuestra conciencia. En la instancia de hurgar en los hechos de nuestra vida tal como fueron, no podemos evitar convertirnos en intérpretes de ésta, en recreadores.
Qué es mito y qué es realidad en nuestra vida vivida, entonces, se desdibuja. Y el discurso vivencial en el marco de la alteridad cotidiana se transforma en historia recreada -principalmente para otros, o para el "otro" omnisciente, se entiende-.
El remanente del discurso, esa escena reconstruida, perdida, oculta, escondida, olvidada, reprimida, es el espacio de lo no dicho de nuestras vidas. ¿Pero es acaso la materia espiritual que es necesario aclarar, conjurar o negar? ¿Someterla a un juicio anacrónico e inútil? ¿O transformarla en una instancia de autoflagelación o desencanto?
Un amigo -pagado de sí mismo por su éxito con las mujeres - me contó que la vez pasada se encontró con una ex novia de hace muchos años, cuando él era un purrete. El noviazgo, aunque intenso, no duró mucho -unos dos meses- y terminó oficialmente -curiosamente-, cuando la llamó para salir y ella le confesó que estaba enamorada de otro y hasta había "formalizado" la nueva relación. Digo curiosamente porque aceptó -no obstante la nueva condición adquirida- salir e ir a cenar e ir a dormir (en orden de secuencia) para luego decirle -entre llantos- que el útimo estadio (sobre todo) de la secuencia descripta la había dejado un tanto insegura sobre sus sentimientos hacia el desafortunado nuevo miembro de la cofradía corniforme, con quien estaba empezando a salir. Pero, de todos modos, todo terminó esa noche.
Y no la volvió a ver.
Años después, cuando se cruzó con ella -de pura casualidad-, se enteró que tenía marido e hijos y estaba feliz y todo ese rollo...
Caminando solo, luego de un rato, mi amigo se puso a rememorar aquella noche de amor furtivo. ¿No cabe conjeturar que el "nuevo amor" no era sino una mentira de ella para terminar la relación con mi amigo? ¿y que sus llantos no significaban más que el dolor por la pérdida? ¿O era mejor no preguntarse, reconstruir la historia, forjar el mito?
¿Qué sabemos verdaderamente de lo que pasó en nuestras vidas? ¿No fuimos más que marionetas o instrumentos de factores que no pudimos o no quisimos imaginar? ¿Tuvimos el control? ¿De qué?
Diógenes Laercio cuenta la vida de los pensadores ilustres de la antigüedad, pero les atribuye acciones o los involucra en hechos que pueden parecernos absurdos o -al menos- sospechables en punto a su veracidad. No lo tomemos al pie de la letra, no nos tomemos al pie de la letra.
Parte de la atmósfera acrítica y obtusa que gravita sobre nosotros es esta tendencia a soslayar el espíritu recreador y mitificador sobre el cual se montan las verdades de la vida propia y ajena.
Y mientras escribo esto, estoy escuchando "Hungry like the wolf" de Duran Duran, que es como volver a una vieja escena de la infancia.
Daro Esquivel


©.D.©. Para que los demás no pasen desapercibidos referenció
TERMINADO
...las-mascotas">ojos de pavor,
nos consumimos y planeamos cómo hacer
para evitar el seguro
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11 Septiembre 2006 | 11:22 AM