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28 Marzo 2008

El diamante loco de Cambridge

“Come on your raver, you seer of visions, come on you painter, you piper, you prisoner, and shine”. Los últimos versos de “Shine On You Crazy Diamond”, uno de los temas emblemáticos de “Wish You Were Here” (1975) de Pink Floyd, me vuelven a la cabeza una y otra vez cuando pienso en ese ser maravilloso y enigmático sobre quien se han tejido tantas historias y anécdotas, así como especulaciones sobre su estado mental.

Digamos que mientras Artaud y Van Gogh han testimoniado en sus respectivas locuras una crítica lúcida y decidida a la sociedad, plasmada sobre todo en cartas y declaraciones (la famosa “Carta a los Poderes” de Artaud, por ejemplo), Syd Barrett es TODO ÉL MISMO la LOCURA convertida en ARTE. Como si su ARTE no estuviera completo hasta devenir él mismo en LOCURA.

Pero lo más interesante es que este proceso tiene un derrotero de lo más peculiar, tratándose de una estrella de rock: la incipiente estrella de rock que luego se transformaría en leyenda. Para comprender esto, hay que hacer un poco de historia. Luego que Bob Klose abandonara el grupo -que Barrett llamaría “The Pink Floyd Sound” en homenaje a dos desconocidos bluesman, Pink Anderson y Floyd Council – como acertadamente ha declarado el mismo Klose, la música de los proto-Floyd dio un giro hacia un estilo de música inspirado en la fértil imaginación del joven de Cambridge, muy amigo entonces de otro nativo de aquella ciudad británica, Roger Waters.

El primer Floyd es una banda de singles psicodélicos inquietantes, llenos de texturas y alusiones a temas nada convencionales (tener presente “Arnold Layne” o “See Emily Play”, por ejemplo). Como alguien dijo una vez, Barrett componía como si estuviera pintando, utilizando las palabras y melodías lúdicamente, jugando con colores, armonías y contrastes. Sin quitar mérito a Waters, Mason y Wright, el Floyd de los singles como el de su primer disco “The Piper At The Gates Of Dawn” (1967) está marcado por la impronta creativa de Barrett. Sin dudas, es un disco excelente y diferente de todos los álbumes posteriores de la megabanda en que se transformaría Pink Floyd en los años sucesivos. En mi opinión, es ARTE PURO de Barrett.

Todo cambió cuando “The Pink Floyd Soud” trocó el “The” y el “Sound” por un liso y llano “Pink Floyd” translondinense. Agotadoras giras, grabaciones, contratos, compromisos musicales, shows en vivo o con “play back” y las enemistades o desinteligencias generadas por los incipientes contrastes entre actitudes e intereses estéticos y vitales distintos, no iban con el sentimiento consustancial al ARTE PURO concebido por el genio de Cambridge. En este punto quiero hacer una aclaración necesaria: no creo que las drogas, sobre todo el LSD que se consumía como caramelos entre los jóvenes, haya sido EL FACTOR DESENCADENANTE de la locura de Barrett. No más que el ÉXITO que asomaba por la ventana de esa “máquina” (“Welcome, my son, welcome to the Machine”, cantan Waters y Gilmour en el segundo tema de “Wish You Were Here”) en la cual se estaba convirtiendo Pink Floyd, a instancias de su primera gira en USA.

En el “Pat Boone Show”, donde Barrett, cada vez tenía que hacer un “play back”, se quedaba petrificado, se evidenció la extraña hartura de Barrett y su impermeabilidad frente a todo lo que estaba sucediendo a su alrededor (se puede confrontar el testimonio de Waters en ese magnífico documental titulado “Pink Floyd And Syd Barret Story” de 2003 para corroborar la rara conducta del guitarrista lider y voz de la banda en aquellos momentos).

Cuando la cosa se hizo insostenible, Waters, Mason y Whright convocaron a David Gilmour, otro joven guitarrista de Cambridge (amigo del mismo Barrett) que tenía una banda, los Jokers Wild, para que hiciera las partes de Syd, quien para ese entonces se había transformado en una especie de zombie, cual un sujeto en quien se hubieran fusionado el personaje de “Eraserhead” de David Linch con Robert Smith, de la banda inglesa de los ochenta, The Cure. Waters y Gilmour no dudan en describir a Barrett como un hombre cuyos ojos se habían vuelto como dos impenetrables agujeros negros.

Sucedió que un día, el ahora cuarteto integrado por los tres fundadores, más Gilmour, dejó plantado a Syd, quien anduvo de aquí para allá, hasta terminar el resto de sus días en la casa de su madre, en Cambridge, ajeno a la popularidad y al movimiento millonario que generaban las ventas de los discos y las espectaculares giras de Pink Floyd por todo el mundo. Es imposible saber que hubiera pasado si Barrett no hubiera “enloquecido”. Pero como ha dicho alguien por allí, las canciones en solitario de Syd revelan, en su desesperada autorreferencialidad, una cierta “verdad mental”, bella y simple (no perderse “Dominoes”, por ejemplo), como si el ARTE PURO hubiera dado lugar a la VIDA de un hombre que ha renunciado a la “normalidad” de la estrella de rock para volver sobre sus pasos, en una regresión hacia un mundo interno e insondable.

En sus últimos días (Syd Barrett falleció en 2006 a la edad de 60 años), el genio de Cambridge, artífice el primer Pink Floyd, es descripto por Nicholas Schaffner (“La Odisea de Pink Floyd – El largo y extraño viaje hacia el éxito de un grupo mítico”, Ed. MA NON TROPPO, Buenos Aires, 2005, p. 308) como alguien a quien los pocos recuerdos que le quedan casi nunca están acompañados de resabios de placer o satisfacción, con la excepción, por perverso que suene, de su viaje a Estados Unidos, país que está encantado de haber visitado. En cuanto al resto, considera que fue una vida muy difícil y demandante que jamás le desearía a nadie, mucho menos a sí mismo, y afirma que en ocasiones sí piensa en sus amigos, Dave, Rick, Nick y Rog.

El ostracismo de Barrett no impidió que el legado de sus canciones con los Floyd y los álbumes en solitario que hiciera luego de su partida de la banda influyera decisivamente en sus mismos ex compañeros y en grupos posteriores, como The Damned o Television Personalities a fines de los 70 o Porcupine Tree a mediados de los 90, sino que sin duda será una fuente de inspiración con valor permanente entre aquellos que amamos el rock and roll.

http://www.youtube.com/v/0PnktsP3dUU&hl=es"></param><param

Tags: syd barrett

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Sobre mí

Mi nombre es Daro Esquivel. Me dedico al ejercicio de la abogacía en Corrientes, Argentina. No sólo ejerzo la profesión, sino que además soy profesor en la Facultad de Derecho de la Universidad Nacional del Nordeste (Jefe de Trabajos prácticos de la Cátedra de Filosofía del Derecho del Dr. Meabe). Concebí este blog como un espacio de debate sobre Derecho, pero también sobre música, cine y otros intereses. Sean bienvenidos. Creative Commons License
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