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JÚBILO MATINAL

11 Diciembre 2007

A propósito de la Navidad

We wish you a Merry Christmas - Columbus Boychoir

Todas las Navidades, año tras año, constato un estado de opinión bastante contradictorio entre mis amigos y conocidos creyentes. (Otro día hablaremos de esta palabra tan útil, "creyente") Por un lado, encontramos muy normal - como ven ustedes me incluyo: soy creyente y me considero un buen amigo mío - que media humanidad, calendarios oficiales incluídos, haya hecho suyas a todos los efectos unas celebraciones específicamente cristianas. Nos parece de perlas que Navidad y Reyes sean días no laborables y que los niños tengan vacaciones escolares, y no tenemos nada que objetar a que se engalane el dominio público municipal, las radios transmitan villancicos, los servicios de Correos se colapsen con las felicitaciones y el mundo, en general, se transforme durante mes y pico en un parque temático de la buena voluntad de escaparate y la ternura de peluche vestidas de invierno, del que solo los muy forofos y los menores de doce años no acaban un poco hartos. Y no solo no nos extraña que esto pase en nuestros paises de tradición cristiana - a pesar de que son estados aconfesionales con un gran porcentaje de población agnóstica o adepta de otras religiones - sino que ni siquiera nos sorprende enterarnos de que lo mismo ocurre en Japón o en Israel, donde los cristianos son y siempre han sido una pequeña minoría. La Navidad se ha convertido en una fiesta universal, al menos del mundo occidental, y los creyentes hemos aceptado esto como un fenómeno natural y obligado. No faltaría entre nosotros quien se molestara si dejara de ser así.

Pero al mismo tiempo queremos reservarnos el derecho de ponernos melindrosos en cuanto a la forma exacta en que el resto del mundo celebra "nuestras" fiestas. "Los abetos son un símbolo pagano", "Papá Noel no fué a adorar al Niño Jesús", "Las iluminaciones de las calles no tienen contenido religioso", "Un Concejal de IU dice que es la Fiesta del Solsticio de Invierno", "En un Colegio Público han puesto un Belén sin Niño, ni Virgen, ni San José, ni Portal"... Comentamos estas cosas francamente escandalizados y molestos, como si con ellas estuvieran quitándonos algo que se nos debiera, o faltándonos al respeto.

Salvando las distancias, es un comportamiento que me recuerda mucho al de los famosos de la telebasura cuando, tras forrarse con la venta de exclusivas sobre su vida privada, gimotean contra los periodistas del corazón y reclaman respeto para su intimidad.

El razonamiento es muy sencillo: si queremos que todo el mundo celebre la Navidad, tendremos que resignarnos a que deje de ser una fiesta religiosa, porque en su gran mayoría ese "todo el mundo" ya no tiene ni desea la menor relación con nuestra religión. Mientras que si lo que queremos es preservar su carácter de celebración religiosa, tendríamos no sólo que aceptar, sino que fomentar activamente que dejara de ser una vaga celebración universal de las buenas intenciones teóricas y del más desenfrenado consumo práctico, y se redujera al ámbito privado y personal, sin vacaciones, sin cenas de empresa y sin iluminaciones municipales.

Pretender las dos cosas a la vez no es ni realista, ni siquiera justo. No es defendible ni desde el punto de vista laico, ni desde el creyente. Y nos deja en un antipático papel de plañideras, o de reina madre desplazada, al que tengo la creciente impresión de que los cristianos estamos aficionándonos con preocupante entusiasmo, en esta cuestión y en otras mucho más importantes.

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4 Diciembre 2007

Memoria histórica

Salvador Bacarisse - Concertino Op. 72 - Allegro - (Guitarra: N. Yepes)

En 1936 mi tío Luis, hermano de mi madre, dos años mayor que ella, tenía 19 años. No militaba en ningún partido, no tenía la menor actividad política, aunque la familia era conocida en el barrio - no eran tampoco un caso raro, en la calle Castelló, de Madrid - por ser de derechas. Sin un duro, pero de derechas, o sea, “gente de orden”, que iba a misa, usaba corbata y sombrero y a la que la recién llegada República asustaba con tanta iglesia quemada y tanta algarada callejera. ( “Yo a los que no entiendo es a estos que no tienen dinero y van a misa” - oyeron que comentaba una vecina a otra, un Domingo, al ver pasar a mi madre y mi abuela con su misal y su velo. “Con esto, con esto es con lo que hay que acabar” - respondió, sesuda, la interlocutora.) No sé en que fecha, poco después del 18 de Julio, dos milicianos fueron a buscar a mi tío a casa. Meses antes, en una huelga de tranviarios, se había apuntado como voluntario para conducir un tranvía, que le hacía mucha ilusión. Nunca le llamaron y no llegó a conducirlo, pero su nombre quedó en alguna lista y no hizo falta más para que se lo llevaran. No volvieron nunca a saber de él, oficialmente. Extraoficialmente algún alma caritativa les hizo saber, meses después, que había visto su nombre en una relación de “paseados”. Nadie sabe en la familia dónde está enterrado, si lo está. A su hermana pequeña, que lo adoraba, se le retiró la regla ese mismo día. Durante tres años. Le volvió el mismo día en que las tropas de Franco entraron en Madrid. Durante años y años, hasta ser yo lo bastante mayor como para que pudiera hablarme de ello, soñó periódicamente que su hermano Luis entraba por las puertas de casa gritando alegremente: “¡Soy yo! ¡No me han matado!”. Cuarenta años después aún se le quebraba la voz y se le humedecían los ojos al hablar de ello, las raras veces en que consentía en hacerlo para, rápidamente, cambiar de tema y volver a enfrentar la vida con la alegría, la energía y la generosidad con que lo hizo hasta su muerte.

En 1936 mi abuelo Francisco, padre de mi padre, cuyo nombre llevo, era un viudo de sesenta años. Muy beato - seminarista rebotado, organista de tres iglesias madrileñas y compositor de música sacra - y, me imagino, bastante monárquico por la cuenta que le tenía - era profesor de música de los hijos de una Infanta - no sé de él que tuviera otras ideas políticas, cuestión en la que jamás entró ni para bueno ni para malo. Pero alguna amenaza para la República debía representar el buen señor, porque tras el golpe de Julio fue detenido y encarcelado, creo que en la Modelo de Madrid. No sé qué tal soportaría el encierro, pero no lo soportó por mucho tiempo. En una de las “sacas” de presos con que, justicieramente, respondían algunos milicianos a los bombardeos franquistas, se lo llevaron y lo fusilaron. Nunca hemos sabido dónde fue enterrado. Sus dos hijos, funcionarios recién ingresados ambos, también sin militancia ni actividad política conocida, tuvieron el tiempo justo tras la detención de su padre para refugiarse en la Embajada de Chile, donde se pasaron los tres años de guerra jugando al mah jong y tallando piezas de ajedrez, actividades no muy apasionantes pero siempre preferibles a seguir la suerte de su padre.

Estas historias las he sabido ya muy mayor, sin apenas detalle, contadas a regañadientes por mis padres. Jamás nos hablaron de la muerte de mi tío ni de mi abuelo, ninguno de los dos, las poquísimas veces que lo hicieron, más que como de un dato remoto y lamentable de un mundo felizmente desaparecido, al que más valía no volver ni con el pensamiento. Los dos, cada uno por su lado - se conocieron tras la guerra - habían renunciado en su momento a averiguar la menor circunstancia de las que rodearon la muerte de sus familiares. Nunca nos dijeron a ninguno de sus hijos, ni creo que lo supieran, ni siquiera la agrupación política a que pertenecían los milicianos de ninguno de los dos casos. A mi abuela materna, tras la guerra, un sobrino policía vino a ofrecerle investigar quiénes habían sido los directos responsables de la muerte de su hijo. Ella se negó en redondo a que lo hicieran diciendo que lo único que deseaba era que Dios los perdonara como lo hacía ella, fueran quienes fueran. Y ahí quedó todo.

Mi madre conservó toda la vida un fervor incondicional por Franco, perfectamente compatible - era una paradójica de mi cuerda, como les contaba hace días - con su antimilitarismo visceral, y con su tácita admisión, solo confesada bajo intensa presión, de que se trataba de un generalote cazurro y sanguinario. Mi padre, más frío y más intelectual, evolucionó antes que ella hacia posiciones teóricas moderadamente democráticas y moderadamente antifranquistas. Recuerdo oirle comentar socarronamente, mientras contemplaba los floridos parterres de El Pardo, lo sorprendente de que Franco permitiera que crecieran pensamientos junto a las mismas tapias de su palacio, agudeza que mi madre escuchaba con cierta reprobación y mi hermano pequeño y yo, que ya empezábamos a tener edad para apreciar las alusiones políticas, con sorprendido regocijo.

Mis hermanos y yo crecimos, comenzamos a tener una mirada propia sobre el mundo en general y sobre España en particular, comenzamos a pensar por nuestra cuenta. Unos antes y otros después, unos más y otros menos, todos fuimos haciéndonos naturalmente antifranquistas y naturalmente izquierdosos. En casa se hablaba y se discutía sobre todos los temas, con rigor intelectual, con libertad y con acaloramiento; naturalmente, también sobre política. Nuestros padres, particularmente mi madre, que era la más vehemente y extrovertida, contestaban nuestros argumentos con sus argumentos, nuestras razones con las suyas. Jamás se puso en duda nuestro derecho a tener opiniones, jamás se zanjó una discusión apelando a la autoridad o a la disciplina. Jamás se perdió el respeto al contrario, ni el cariño y el mutuo aprecio dejaron de presidir ni el más apasionado de los enfrentamientos. Y nunca, ni una sola vez, asomaron los muertos a la disputa. Por enconada que fuera la discusión, a ninguno de nuestros padres - ni a nosotros; es ahora cuando me doy cuenta de ello por primera vez - se les ocurrió jamás que el recuerdo de los asesinados, ni el dolor por su muerte, tuviera nada que ver con lo que se estaba debatiendo, ni fuera un argumento ni una referencia esgrimible cuando de lo que se hablaba era de ideas.

Ambos aceptaron la transición a la democracia con naturalidad. De mi madre me consta, de mi padre, a quien dejé de ver por entonces por motivos que no hacen al caso, lo sé por referencias. Mi madre, de derechas de toda la vida y franquista por adhesión personal inquebrantable, votó a quien le pareciera y convivió alegremente con sus hijos, votantes del PSOE y de cosas aún peores a sus ojos. Jamás perdió el respeto por nuestra independencia personal, ni dejó de celebrar y fomentar que pensáramos por nuestra cuenta, ni perdió el cariño ni la paciencia frente a nuestras impertinencias de adolescentes idealistas. La recuerdo la noche del 28 de Octubre de 1982, despidiéndonos alegremente cuando nos íbamos a la calle, a celebrar la victoria del PSOE, por evitar la cual probablemente llevaba rezando las últimas semanas.

Me viene a la cabeza todo esto, inevitablemente, cuando oigo hablar de la recuperación de la memoria histórica. Y es un motivo más para agradecer y añorar a mis padres que, como tantos españoles de su generación, sobrevivivieron a cuarenta años de dictadura franquista, tras haber sobrellevado otros cinco de república para ellos no menos agresiva, hostil y totalitaria, conservando y transmitiéndonos, a pesar de todos sus pesares, la decencia elemental, el respeto a sí mismos y al prójimo, el amor a la verdad, la tolerancia y la alegría de vivir. No deseo a nadie mejor memoria histórica que esa.

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29 Noviembre 2007

Brassens de nuevo

Decía De Quincey que, si empiezas por permitirte un asesinato, comienzas a despeñarte por una inevitable pendiente de vicios que te acaba conduciendo a faltar a la buena educación y a dejar las cosas para el día siguiente. Yo inicié un deterioro similar el día que me permití publicar aquí una de mis traducciones de Brassens y, se veía venir, ha llegado el momento en que no puedo resistirme más a mis bajos instintos. Una vez que el tigre prueba la carne humana, no hay vuelta atrás. Voy a asestarles a ustedes otra de mis versiones.

No protesten, otros enseñan las fotos de sus hijos o de su viaje a Tailandia. Cada cual tiene sus debilidades.

Esta era particularmente complicada, porque tenía los versos muy cortos. Miren, por favor, qué bonita me quedó:

Tonton Nestor - Georges Brassens

TONTON NESTOR........................................TÍO PASCUAL
Tonton Nestor.......................................Sí, Tío Pascual
vous eûtes tort,....................................obró usted mal
je vous le dis tout net,...........................- las cosas, como son -
vous avez mis......................................al enredar
la zizanie.............................................y encizañar
aux noces de Jeannette.........................la boda de Asunción.
Je vous l'avoue,....................................Estuvo ustez
Tonton, vous vous.................................basto y soez,
comportâtes comme un.........................y debo confesar
mufle achevé,......................................que nos dejó,
rustre fieffé,.........................................gústele o no,
un homme du commun..........................mucho que desear.

Quand la fiancée,..................................Cuando Asunción,
les yeux baissés,..................................con emoción,
des larmes pleins les cils,.......................toda dulce y gentil,
s'apprêtait à.........................................ponía bien
dire "Oui da !"......................................sus datos en
à l'officier civil,.....................................el Registro Civil,
qu'est-ce qui vous prit,.........................¿qué idea se
vieux malappris,...................................le vino a usté
d'aller, sans retenue,.............................para ir y así, sin más,
faire un pinçon.....................................darle un pelliz-
cruel en son.........................................co a la infeliz
éminence charnue?...............................en la parte de atrás?

Se retournant.......................................Tan torpe acción,
incontinent,..........................................es de cajón,
elle souffleta, flic-flac,...........................irritó a la mujer.
le garçon d'honneur..............................Se volvió, pues,
qui, par bonheur,..................................y dió un revés
avait une tête à claque..........................a un inocente ujier.
Mais au lieu du.....................................Y respondien-
"Oui" attendu.......................................do al parabién
elle s'écria : "Maman!"...........................que le ofrecía el Juez,
Et le maire lui dit:.................................se oyó su voz,
"Non, mon petit,...................................bronca y feroz,
ce n'est pas le moment.".......................gritar: "¡Me cago en diez!"

Quand la fiancée,.................................Cuando Asunción,
les yeux baissés,..................................con devoción,
d'une voix solennelle,...........................llena de tierno amor,
s'apprêtait à........................................se disponí-
dire "Oui da!........................................a a dar el ""
par-devant l'Eternel,.............................ante el Altar Mayor,
voila mechef........................................¿no tuvo ustez,
que, derechef,......................................Pascual, ¡pardiez!,
vous osâtes porter................................otra idea mejor
votre fichue.........................................que la vulgar
patte crochue.......................................de pellizcar
sur sa rotondité....................................su parte posterior?

Se retournant.......................................Agresión tal,
incontinent...........................................es natural,
elle moucha le nez................................provocó su furor.
d'un enfant de choeur...........................Se volvió y ¡zas!,
qui, par bonheur,..................................pegó al de atrás,
était enchifrené....................................un pobre coadjutor.
Mais au lieu du.....................................Pero en lugar
"Oui" attendu........................................de contestar,
de sa pauvre voix lasse........................."¡Mecachis!" - exclamó.
au tonsuré............................................Y el cura di-
désemparé...........................................jo: "¡No es así!
elle a dit "Merde!", hélas........................¡Responda sí o no!"

Quoiqu'elle usât,...................................Por mucho que
qu'elle abusât.......................................su culo esté
du droit d'être fessue,...........................gordo como un tonel,
en la pinçant,.......................................eso no da
mauvais plaisant,.................................derechos a
vous nous avez déçus...........................dar pellizcos en él.
Aussi, ma foi,.......................................Así que ustez,
la prochaine fois...................................para otra vez
qu'on mariera Jeannette........................que se case Asunción,
on se passera de vous,..........................no cuente con
Tonton, je vous.....................................la invitación.
jevous le dit tout net!.............................¡Las cosas, como son!

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18 Noviembre 2007

Mi particular homenaje a Brassens

Hoy hace exactamente veintiseis años y veinte días que murió Georges Brassens. Se cumplen también sesenta años y siete días más – los que vivió – desde la fecha en que nació, el día 22 de Octubre de 1921. Unos aniversarios tan redondos me parecen ocasión tan buena como cualquier otra para dedicar mi particular homenaje a este poeta y cantante francés, a mi juicio el más significativo de los chansonniers (sin por eso quitar ningún mérito a Chévalier, Trénet, Moustaky, Brel, Ferré y Le Forestier, entre otros, todos ellos muy santos de mi devoción). Pero a Brassens yo le debo innumerables horas de placer, buena parte de mi conocimiento de la lengua francesa y más de una buena amistad nacida y consolidada en torno al común disfrute de sus canciones. Y le debo sobre todo un matiz muy importante en mi propia visión del mundo que, sin el sedimento que desde mis dieciocho años, en que supe de él por primera vez , fueron dejando en mí sus letras anarquistas, escépticas, cachondas, tiernas y algo brutales, y sus melodías sencillas y profundamente francesas, sería sin duda un poco más rígida, un poco más aburrida y un poco menos humana.

No tengo ni idea de cuánto es de fácil en este momento encontrar en las tiendas discos de Brassens. Tengo la impresión de que está bastante pasado de moda, o más bien por encima de ella, pero como en realidad lo ignoro todo – con gran tranquilidad de espíritu – sobre lo que está de moda en cuestión de música, no sé si aún hay o no alguien que siga oyéndolo. Yo sí, desde luego, con frecuencia y con placer, y hasta cantándolo cuando estoy razonablemente seguro de no ser oído por orejas extrañas.

Deben de ser pocos los amantes de Brassens que han resistido la tentación de traducir alguna de sus canciones. Personalmente creo que nadie lo ha hecho mejor, en español, que Javier Krahe. "Marieta" y "La tormenta" me parecen dos modelos insuperables e insuperados de cómo traducir una canción, consiguiendo en el propio idioma algo equivalente al original en el fondo y en la forma y que, además, encaja en la misma melodía y puede ser cantado sin que chirríe, como, a mi juicio y con todos mis respetos, chirrían las traducciones brassenianas que he escuchado a Paco Ibáñez y a algún otro, menos cargados de acierto que de entusiasmo y buena intención.

Tampoco yo resistí la tentación y el ejemplo de Krahe, lejos de desalentarme, me animó a hacer mis propios pinitos. Hace años ya que me puse a ello y logré acabar mis propias versiones de cinco canciones de Brassens, de las que debo confesar que me siento muy orgulloso. Tanto que les cuelgo aquí una de ellas, acompañada de la versión original, para que puedan irme bajando los humos.

Escuchen "Le nombril des femmes des agents de police" cantada en francés por Brassens y vean luego - o mientras, como prefieran,- qué letra tan apropiada le puse yo en español.

LE NOMBRIL DES FEMMES D'AGENTS.....................EL OMBLIGO

Voir le nombril d'la femm' d'un flic......................Verle el ombligo a la mujer
N'est certain'ment pas un spectacle.................. de un poli, no es una conquista
Qui, du point d'vue de l'esthétiqu'.....................que proporcione un gran placer
Puiss' vous élever au pinacle...............................ni requiera ser un artista.
Il y eut pourtant, dans l'vieux Paris.....................Un hombre conocía yo
Un honnête homme sans malice..........................que, sin embargo, padecía
Brûlant d'contempler le nombril...........................porque nunca el ombligo vió
D'la femm' d'un agent de police...........................de la mujer de un policía.

"Je me fais vieux, gémissait-il............................"Soy viejo ya" - solía decir -
Et, durant le cours de ma vie.............................."y en todos estos largos años
J'ai vu bon nombre de nombrils............................he visto ombligos a elegir,
De toutes les catégories......................................de todas clases y tamaños
Nombrils d'femm's de croqu'-morts, nombrils......Muchos ombligos disfruté
D'femm's de bougnats, d'femm's de jocrisses.....de mujeres de gran valía,
Mais je n'ai jamais vu celui..................................pero ninguno de ellos fué
D'la femm' d'un agent de police"..........................de la mujer de un policía."

"Mon père a vu, comm' je vous vois..................."Mi padre vió el de la mujer
Des nombrils de femm's de gendarmes.............. de un guardia civil, e inclusive
Mon frère a goûté plus d'une fois..........................llegó el ombligo a conocer
D'ceux des femm's d'inspecteurs, les charmes....de la mujer de un detective.
Mon fils vit le nombril d'la souris.........................Mi hermano el de la novia vió
D'un ministre de la Justice....................................de un Jefe de Comisaría
Et moi, j'n'ai même pas vu l'nombril.....................¡y ni siquiera he visto, yo,
D'la femm' d'un agent de police"..........................el de la mujer de un policía!"

Ainsi gémissait en public.....................................Tan tristes quejas escuchó
Cet honnête homme vénérable........................la digna esposa de un madero,
Quand la légitime d'un flic....................................quien, generosa, resolvió:
Tendant son nombril secourable.........................."Tu pena consolarte quiero.
Lui dit: "Je m'en vais mettre fin..........................No es justo que te quedes sin
A votre pénible supplice.......................................hallar remedio en tu agonía.
Vous fair' voir le nombril enfin...........................Te mostraré el ombligo, al fin,
D'la femm' d'un agent de police"..........................de la mujer de un policía!

"Alleluia ! fit le bon vieux................................"¡Gracias a Dios por tu bondad!"
De mes tourments voici la trêve !.....................clamó el buen viejo, agradecido
Grâces soient rendues au Bon Dieu...................."¡El Cielo atiende mi ansiedad!
Je vais réaliser mon rêve !"............................"¡Mi sueño al fin será cumplido!"
Il s'engagea, tout attendri...................................Y se aplicó con prontituz
Sous les jupons d'sa bienfaitrice..........................a investigar la anatomía
Braquer ses yeux sur le nombril...........................y el ombligo sacar a luz
D'la femm' d'un agent de police...........................de la mujer del policía.

Mais, hélas ! il était rompu...............................Mas cuando al fin la conclusión
Par les effets de sa hantise................................iba a alcanzar de sus afanes,
Et comme il atteignait le but................................la mucha edad y la emoción
De cinquante ans de convoitise.........................dieron al traste con sus planes.
La mort, la mort, la mort le prit............................Ante el abdomen redentor
Sur l'abdomen de sa complice..............................lo fulminó una apoplejía.
Il n'a jamais vu le nombril.............................Nunca el ombligo vio, ¡ay, dolor!,
D'la femm' d'un agent de police...........................de la mujer de un policía.

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12 Noviembre 2007

Realmente paradójico

(Amancio Prada - Libre te quiero - Letra de Agustín García Calvo)

Por qué nunca consigo ser de los míos

No es un secreto, ni la monarquía como institución teórica ni la concretamente existente en España, titular a la cabeza, me inspiran grandes simpatías, sino todo lo contrario. No tengo la menor intención ni deseo de llegar a ser nunca jefe del Estado, pero me ofende intelectualmente que se me prive de la posibilidad de serlo. Y lo mismo que con eso, que es el meollo del asunto, me pasa con el resto de las características del invento. Me parece indefendible que solo un ciudadano goce, por derechos de nacimiento, de un montón de circunstancias que, en la práctica, la verdad es que no deseo en absoluto para mí ni para ningún ciudadano normal. (Por el sencillo motivo de que, directamente, no puedo considerar normal a ningún ciudadano que desee para sí tales cosas.)

O eso me había pasado hasta anteayer, en que por primera vez el titular de la corona ejerció una de sus prerrogativas - una, por cierto, que yo no sabía que tenía, pero si la ejerció y no pasó nada debe de ser que sí, que la tenía - que le envidié profundamente: la de ser maleducado, contundentemente maleducado, con un sujeto que lleva años pidiendo a voces que alguien sea contundentemente maleducado con él.

La intervención del rey Juan Carlos en la Cumbre Iberoamericana fue para mí inaugural en varios aspectos: como ya he dicho, fue la primera vez que envidio al rey algo que hace por ser rey y que yo, por no serlo, no podré hacer nunca. Fue también la primera vez en que Juan Carlos hace algo que despierte en mí cierta simpatía personal; nunca hasta ahora me había encontrado ni el menor vestigio de ese juancarlismo que se supone que profesamos mayoritariamente los españoles, y lo que en general se celebra como sus rasgos de bonhomía a mí, o me dejaba frío, o me molestaba positivamente. Y fue, además, la primera vez en que he tenido motivos para pensar que el rey se implica personalmente en el cumplimiento de sus funciones. Lo siento, pero siempre he tenido la impresión de que lo que hace como rey le importa más bien poco, y de que mientras lee discursos o estrecha manos tiene la cabeza puesta en sus pistas de esquí, su yate o sus otras regias ocupaciones que siento no recordar en este momento. Constatar que se estaba enterando de lo que allí se hablaba hasta el punto de no reprimirse e intervenir de forma tan adecuada en cuanto al fondo como improcedente en cuanto a la forma ha sido para mí, lo confieso, una sorpresa. No es que me vaya a hacer juancarlista de repente, y desde luego mis enormes objeciones, tanto a la institución como a quien la encarna, siguen en pie; pero como lo valiente no quita lo cortés, dejo constancia de una pequeña, parcial e intrascendente, pero sorprendente, caída de mi particular caballo republicano.

En cambio en otros aspectos la actuación de Juan Carlos no solo no tuvo nada de inaugural para mí, sino que vino a confirmar una especie de rutina establecida en mis relaciones con la cosa pública. No sé cómo enunciarla, pero sé que existe y la reconozco en cuanto se me presenta, lo que sucede con bastante frecuencia.

Más o menos es así: cada vez que algo me parece bien, resulta ser una excepción, una cosa irregular e imprevista, que va contra las reglas establecidas y contra el orden que en pura lógica debería desprenderse de mis propias convicciones. Este caso, por ejemplo: para que el rey tenga una intervención pública que merezca mi aplauso ha tenido que faltar a todas las normas conocidas no solo de la diplomacia, sino de la mera buena educación, y comportarse de un modo que yo no puedo defender como correcto, por ejemplo, ante mi hijo de nueve años. Y no solo eso: para que alguien haya podido pararle los pies en público a ese matón impresentable, cosa que encuentro bien deseable, ese alguien ha tenido que estar investido de unas prerrogativas y gozar de una situación personal de las que, teóricamente, no deseo que esté investido ni goce nadie. Solo un rey podía mandar callar a Chávez, y para hacerlo ha tenido que faltar a los buenos modales; y yo, que no deseo que haya reyes ni que se falte a los buenos modales, estoy encantado de que le haya mandado callar. ¿Qué hago ahora, me cuentan?

Claro que, como digo, es una situación en la que me encuentro con frecuencia desde hace tiempo. Les pongo otros ejemplos: detesto cordialmente al gobierno del señor Rodríguez Zapatero y juzgo que su gestión, en líneas generales, es la más dañina, estúpida e indefendible que ha padecido este país en los últimos treinta años. Eso, por un lado. Y por otro soy católico convencido, miembro activo de la Iglesia. La Iglesia española y el gobierno del señor Zapatero están bastante enfrentados sobre numerosos y diferentes asuntos. Y, sistemáticamente, en cada uno de estos enfrentamientos concretos, me encuentro mucho más de acuerdo con la postura del gobierno que me repugna que con la de la Iglesia a la que pertenezco. Me parece estupendo que, por fin, se haya regulado el matrimonio entre homosexuales, y no logro entender en qué afecta esta regulación a mis creencias ni a las de la Iglesia, ni qué tiene ella que opinar sobre una legislación civil a la que hasta ahora ha ignorado hasta el punto de casar por la iglesia a una notoria divorciada, Leticia Ortiz , alegando que a la Iglesia los matrimonios civiles, disueltos o no, le traen al fresco. Me parece estupendo que la Religión haya dejado de ser una asignatura obligatoria, y tampoco entiendo que nadie pretenda que lo sea, menos aún en nombre de la fe, que es una cuestión personal e invaluable, académicamente hablando. Pero lo que menos entiendo de todo es que quienes hasta ayer pretendían que sus particulares creencias tuvieran rango de asignatura aprobable o suspendible, se rasguen ahora las vestiduras y monten la marimorena porque el gobierno establezca una asignatura de nombre y propósitos tan inobjetables como "Educación para la ciudadanía". Me parecería lógico que protestaran contra determinados contenidos, si no se ajustaran a su idea de lo que se le debe enseñar a los ciudadanos, pero es que lo que les escandaliza es, simplemente, que exista la materia, ya antes de saber cuál va a ser exactamente su contenido. Personalmente me imagino que será una inanidad más, tan perfectamente inútil como el cuarenta por ciento de las bobadas que ahora aprenden los niños en los colegios, pero montar por ello semejante zapatiesta, alegando encima principios morales y democráticos - que jamás esgrimieron, por cierto, contra la mucho más escandalosa "Formación del Espíritu Nacional" de mi infancia - me parece por completo fuera de lugar y, desde luego, ajeno y hasta opuesto a nada que tenga que ver con mi fe.

Y así vamos, no consigo encontrar manera de ubicarme en este panorama, que si tiendo a considerar desconcertado es, probablemente, porque el desconcertado soy yo.

Asistí, por otro ejemplo, a una manifestación convocada para protestar contra el propósito de negociar con ETA de que por entonces estaba dando muestras evidentes el gobierno. Vencí para ello, con gran esfuerzo, mi tendencia natural a no juntarme con otros ciudadanos en número superior a diez o doce, sacrifiqué temporalmente mis prevenciones teóricas contra las emociones colectivas y mi indisimulable sensación de que hay muchas formas mejores de hacer el ridículo que pasear en masa por las calles gritando consignas, y, en atención a lo importante del asunto y a lo grave del comportamiento del gobierno, allá fui como un bendito. Naturalmente, tardé cosa de media hora en arrepentirme. Seguía pareciéndome mal que el Gobierno quisiera negociar con ETA, pero el espectáculo de los que decían compartir conmigo este punto de vista puestos en acción logró con bastante rapidez que deseara no compartir con ellos ni una sola cosa más, ni la condena al gobierno, ni las calles de Madrid, ni un mal café, así me invitaran. De un modo muy poco cívico, pero en estricta defensa de mi dignidad personal, de mi salud mental y de mi futuro penal - o, alternativamente, de mi integridad física - abandoné el acto y me desvié por callejuelas laterales, meditando si existiría en algún lugar alguien que pensara algo medianamente parecido a lo que yo pienso, que sin embargo, me parece clarísimo y de sentido común. Sin duda me equivoco, claro está. No puede ser que seamos mi mujer y yo los únicos que acertemos siempre.

La cosa me viene de antiguo. Aún recuerdo lo cerca que estuve de apostatar formalmente cuando cometí el error de asistir a la concentración - de jóvenes cristianos, o de familias cristianas, no sé bien: de algo cristiano, desde luego - para ver a Juan Pablo II en el Bernabéu, durante su visita del lejano año 82. Todo el público asistente o pueblo fiel - y era muchísimo pueblo, créanme - parecía estar feliz y embargado de un fervor religioso - o pontificio, o meramente verbenil, vaya usted a saber - que, misteriosamente para mí, se manifestaba en el prurito incontenible de agitar palomitas de papel y en el de corear initerrumpidamente un irritante pareado sobre lo que quería todo el mundo al Papa. Al cual, claro está, le fué imposible decir nada coherente durante más de dos minutos seguidos. Cada vez que el pobre anciano abría la boca para hablar, la muchedumbre prorrumpía en berridos fervorosos, y todos parecían encontrar que aquel programa de actos colmaba por completo sus aspiraciones. Menos yo. Una vez más, me fui a la media hora, tratando de encontrar, en un furibundo soliloquio por las desiertas calles de El Viso, algún buen motivo para seguir formando parte de una institución cuyos más sesudos pensadores estimaban que actos como aquel eran una forma aceptable de evangelizar o de dar testimonio de la presencia de la Iglesia en la sociedad. Dios, que es misericordioso, me ha ido dando alguno que otro, desde entonces, y aquí sigo. Creyente y católico, pero francamente descolocado. De todas las multitudes que despiertan mi repugnacia ético-estética, que son la práctica totalidad de las multitudes, la de los cristianos militando activamente es desde entonces, probablemente, la que mejor y más deprisa lo logra. ¿Me dicen ustedes qué puedo hacer?

Por no hablar de mi traumática experiencia con la guerra de Las Malvinas. Demócrata convencido y, en aquellos tiempos juveniles, fervientemente izquierdoso, Margaret Thatcher era para mí más o menos la personificación del Capitalismo malvado. Y Argentina, el país por el que más simpatías he sentido desde pequeño y que, de una forma puramente platónica - por su folclore, por sus escritores, por su acento, por Mafalda, por Cortázar, por Borges, por Les Luthiers, por Eduardo Falú, por Los Chalchaleros... qué sé yo por qué, si nunca he estado allí - más cercano emocionalmente he sentido de todos los extranjeros. Y van los generales argentinos y, contra todo derecho internacional, cometen un acto de fuerza que encuentro injustificable y ocupan las Malvinas manu militari, sustituyendo al hacerlo una apacible y británica democracia rural por una dictadura militar criminal y ensangrentada. Y va la Thatcher y hace exactamente lo que yo pienso que hay que hacer: responder a la agresión, reponer el Derecho vulnerado y recuperar las Malvinas. Creo que fui el único de todo mi amplio y variado entorno que, contra todo pronóstico y para mi propia estupefacción, fué desde el principio partidario de los ingleses y celebró su victoria. (Años después me he enterado de que a mi futura mujer le pasó lo mismo: Dios nos cría y nosotros nos juntamos). Allí estaba yo, defendiendo, sin poderlo evitar, una incursión neocolonialista de la odiosa Thatcher contra mis amados argentinos.

Es mi destino, por lo visto; no hay manera de que consiga estar de acuerdo con los que están de acuerdo conmigo, ni de que logre discrepar decente y absolutamente, como deben discrepar las personas coherentes, de la gente de la que discrepo. Mis amigos hace tiempo que dejaron por imposible la tarea de adivinar qué voy a salir opinando de un fenómeno concreto cualquiera, y yo mismo no puedo ayudarles gran cosa.

A mi madre, a la que, salvando las diferencias, le pasaba una cosa parecida, le inventaron mis hermanos un partido político para su uso particular: las Falanges Comunistas del Niño Jesús. Un día de estos voy a pedir la militancia.

servido por javiercarrascon 4 comentarios compártelo favorito

24 Octubre 2007

Murderking y yo

El siguiente texto manuscrito se encontraba entre los papeles personales de Enrique Wolf, ex inspector de la Policía argentina y, tras su temprano retiro del Cuerpo, exitoso hombre de negocios, que falleció en su mansión bonaerense a finales de 1969. Sus albaceas juzgaron piadoso retirarlo del escritorio personal del difunto, donde lo habían encontrado, y conservarlo en algún otro lugar no accesible a los ojos de su desconsolada viuda. Arroja sobre el espinoso caso Murderking, que tanto renombre alcanzó en los años cuarenta, una luz lo suficientemente sorprendente como para que me haya parecido interesante publicarlo aquí.

MURDERKING Y YO

Hasta Enero de 1942 no tuve con el caso Murderking más contacto que cualquier otro lector de periódicos argentino. Los sucesos de antes de la guerra han quedado teñidos en nuestra memoria, por comparación con los horrores bélicos que les sucedieron, de un tono amable que suaviza incluso los crímenes, convirtiéndolos en una de esas novelas policíacas en las que el mismo asesino parece formar parte natural de aquel mundo ordenado y armonioso que el vendaval bélico se llevó para siempre; pero unos años antes todos nos habíamos estremecido con las hazañas del misterioso criminal que marcaba con su alias la frente de sus víctimas, aunque, como tantas otras noticias que nos llegaban de la vieja Europa, aquellas truculencias parecieran quedar muy lejos de la entonces floreciente y optimista República Argentina.

Acabábamos de volver de Misiones, de celebrar con mis padres la Navidad y el Año Nuevo, como veníamos haciendo desde que murió la madre de Estela y su padre tomó la costumbre de irse de viaje no bien veía acercarse las temidas fiestas navideñas. Mi difunta suegra había actuado siempre como un colchón amortiguador entre su marido y yo, pero, muerta ella hacía ya seis años, mis relaciones con el padre de mi mujer se habían ido deteriorando y él era cada vez menos capaz de disimular el desagrado que yo le provocaba. Nada le gustaba en mí: ni mi origen alemán, ni mi profesión de policía, ni la lamentable modestia de mi sueldo de funcionario. Su deseo habría sido casar a su única hija con alguno de sus aristocráticos y millonarios amigos del Círculo Vascongado, y nunca acabó de aceptar la preferencia que ella mostró hacia mi oscura persona, la de un humilde inmigrante provinciano, que era además policía, profesión que él detestaba, y oriundo de Alemania, nación a la que aborrecía. Como consecuencia mi relación con él era uniformemente tormentosa y mi propio matrimonio no pasaba por su mejor momento, lo que me empujaba a refugiarme en el trabajo con especial dedicación para eludir el ambiente frío y poco propicio de mi casa.

De modo que acudí con alivio a la llamada de mi jefe, el Comisario Hoffmann, cuando recién llegado de mi viaje me convocó a su despacho para dedicarme una de las arengas germanófilas que en los últimos tiempos constituían su principal tema de conversación.

- El Reich va a ganar la guerra, Lobito, como te tengo muy dicho – comenzó. Debo advertir que el Comisario me conocía desde chico, entré de su mano en la Policía y, cuando no había testigos, me tuteaba.- El Reich está ganando ya la guerra, aunque el gobierno argentino no quiera enterarse, y nosotros, como buenos alemanes, tenemos que echarle una manita, aunque no más sea para que cuando los nazis gobiernen el mundo nos toque algo del pastel. De modo que escuchá atentamente lo que voy a decirte...

En resumidas cuentas, lo que mi jefe quería de mí era que, con la mayor discreción y sin necesidad de que la superioridad se enterara de lo que, por el momento, no le incumbía, me dirigiera inmediatamente al Banco Germano, donde tenía su oficina un tal señor König, un pez gordo, me explicó, que entraba y salía de la Embajada Alemana como de su casa y tenía, además, muy buenas relaciones con algunos oficiales jóvenes y prometedores de nuestro ejército. Este señor tenía una historia que contarme y yo tenía que escucharla con atención y dejar cualquier otra tarea para dedicarme, hasta nueva orden, a la que él me encomendara. Todo lo que me contase, así como mi visita y el hecho mismo de que le conociera y trabajara para él, debía quedar en el más riguroso de los secretos.

König era un tipo acostumbrado a mandar y que respiraba plata y suficiencia, pero me recibió cortésmente, me aseguró que Hoffmann le había hablado muy bien de mí y me pidió que considerara todo lo que iba a contarme como estrictamente confidencial.

- ¿Qué sabe usted del caso Murderking? – me preguntó.

- Poca cosa – respondí. – Lo que salió en los periódicos... Hubo unos crímenes en algunos países europeos y en Japón, creo recordar... El asesino marcaba a sus víctimas con la palabra “Murderking” y las iniciales de los asesinados también coincidían con las letras de este nombre... Poca cosa más.

- Salvo que lo cuenta usted como si fuera cosa pasada – me respondió - el caso es en líneas generales como lo acaba de describir. Le han faltado algunos detalles: el asesino actúa solo los primeros de cada año, por ejemplo. Y su sexto y por el momento último crimen, el correspondiente a la segunda R de MURDERKING, fue cometido anteayer, en un hotel de Berlín. La víctima era compatriota nuestra; quiero decir, argentina: la bailarina de tango Sofía Ragennati. ¿La conocía usted?

Negué con la cabeza. Nunca había oído hablar de ella.

- Hay otros detalles – prosiguió König – que usted no puede conocer, porque nunca trascendieron al público. Le haré un rápido resumen de lo que hasta ahora sabemos: Murderking cometió su primer crimen hace exactamente cinco años, en un parque de Viena. Asesinó a un matón de los bajos fondos vieneses, un vagabundo que se ganaba malamente la vida dando palizas por cuenta de quien le pagara por ello. Días antes de su muerte había sido detenido tras una de las muchas peleas callejeras entre nacionalsocialistas y socialistas que se producían en Austria antes de que el Anschluss pusiera en orden las cosas. Un socialista resultó muerto y se acusó a nuestro hombre, aunque acabaron poniéndole en libertad: no había pruebas y, por otra parte, ya entonces la policía austriaca era bastante proclive a las posturas nacionalsocialistas. El caso es que cuando fue asesinado nadie dio mucha importancia a la palabra inglesa,“Murderking”, que marcaba su frente, su muerte se consideró una represalia de los rojos, y pasó a formar parte, en nuestra propaganda, de la panoplia de víctimas de la barbarie bolchevique.

- Una especie de Horst Wessel austriaco – sugerí. Me miró con expresión adusta y comprendí que acababa de meter la pata al comparar a un buscavidas cualquiera con el protomártir de los nazis.

- Algo así – asintió fríamente. - Al año siguiente fue asesinada en Varsovia la baronesa Ilsa von Uldenschadt. Quizá este nombre no le diga nada, pero en Alemania tanto ella como el barón, su marido, eran bastante conocidos. Fueron de los primeros aristócratas en afiliarse al NSDAP, y unos propagandistas entusiastas del nuevo estado. La baronesa se jactaba de estar casada con Alemania: el título de su marido, si se fija usted, está formado con las mismas letras de la palabra Deutschland, cambiadas de orden. Este nuevo asesinato renovó la atención sobre el del año anterior. El mismo asesino, la misma marca en la frente... y para nosotros, una coincidencia más: las dos víctimas eran, en alguna medida, simpatizantes del nacionalsocialismo, aunque de esto último nada dijeron los periódicos. Pero nuestros agentes comenzaron a interesarse por el misterioso y anglófono Rey de los Asesinos.

El 1 de Enero de 1939 se produjo un nuevo crimen: el cadáver del vicecónsul alemán en Tokio, Doctor Reichtöser, apareció degollado en un parque de la capital japonesa con la fatídica marca en la frente. Algún periodista advirtió entonces lo que tanto nosotros como la policía japonesa habríamos preferido no hacer público: las iniciales de las tres víctimas eran, en el mismo orden, las tres primeras letras del nombre con que firmaba el asesino. Se desató la fiebre, ya sabe usted lo que esas cosas le gustan a la gente. Todos los periódicos del mundo se hicieron eco del caso y empezaron a aventurar las hipótesis más peregrinas. Felizmente, nadie subrayó las conexiones con el III Reich de las tres víctimas, ni otro detalle interesante...

- Que el apellido Reichtöser está formado con las mismas letras que la palabra Osterreich - aventuré. König me lanzó una mirada penetrante, y me divirtió notar un brillo de respeto en sus ojos.

- Efectivamente - dijo. - Como el de la baronesa, también el nombre del vicecónsul estaba compuesto con las mismas letras que el de un país. Ello nos hizo volver al primer muerto con atención renovada: era hijo de albaneses emigrados a principios de siglo a la capital del imperio austrohúngaro, y había sido inscrito al nacer con el nombre de Enver Moecix...

- ¡México! - exclamé. Mi interlocutor me miró, sorprendido. No podía saber que una de mis aficiones, la única, por cierto, que compartí con mi suegro, es la de resolver crucigramas, acrósticos, jeroglíficos y acertijos en general. Lejos de servir para acercarnos, esta manía en común tan solo había sido hasta entonces motivo de sordas pugnas por ver quién se adueñaba antes del periódico del día y dejaba al otro sin crucigrama que resolver.

- México, en efecto - repuso König, y me pareció que su voz expresaba cierto fastidio. - Como usted ha advertido con notable rapidez, las tres víctimas de Murderking tenían nombres que eran los de un país, con las letras cambiadas de orden.

Comprenderá usted que esto abría una nueva línea de investigación. Hasta entonces pensábamos que el interés del asesino era hostigar de algún modo a Alemania y a su nuevo régimen. Ahora resultaba que lo que le había llevado a elegir a sus víctimas era el hecho enteramente fortuito de que con sus nombres se podía componer el de un país cualquiera...

Me pareció percibir un leve matiz de disgusto en el tono de König. Debía considerar un desprecio al Reich por parte del asesino el que no escogiera sus víctimas sólo por su relación con el Partido Nazi. Las veleidades acrósticas de Murderking, evidentemente, le habían hecho perder puntos en su estima.

- Al año siguiente, - prosiguió - y estamos ya en 1940, con la guerra empezada, Murderking se trasladó al Brasil. En pleno centro de Saô Paulo asesinó y marcó en la frente con su nombre a una ciudadana brasilera, Doncilia Dos Santos, casada con un alemán, Konrad Dangeln, que trabajaba en nuestra Embajada, formalmente como agregado cultural y, en realidad, organizando y coordinando a todos los agentes alemanes en el Brasil. De esto último nada se dijo, pero advertirá usted que se repetía la misma ambivalencia de los casos anteriores: por un lado el nombre de la víctima contenía las mismas letras que el de un país, en este caso England, y su inicial correspondía a la cuarta letra de la firma del asesino, la D. Por el otro, la asesinada tenía una evidente relación con el estado alemán. El cambio de continente y el reciente estallido de la guerra hicieron que este nuevo crimen pasara casi del todo desapercibido. Para el gran público, como lo demuestra la narración que usted mismo acaba de hacer, el caso Murderking era agua pasada, historias de antes de la guerra. Pero nuestros servicios siguieron investigando... - König hizo una pausa.

- Y descubrieron... - le alenté.

- Nada en absoluto - respondió. - Ni la más leve sombra de pista, ni el menor rastro. La verdadera personalidad de Murderking, así como sus móviles, continuaban en el mismo misterio que cuatro años antes. La policía brasilera, como antes la japonesa, la polaca y la austriaca, no logró avanzar ni un ápice en el esclarecimiento del crimen, que pasó como los anteriores a engrosar el crecido número de asesinatos que todos los años quedan sin resolver en una gran ciudad. Y nuestro servicio secreto, aunque dedicó al caso muchas horas y muchos hombres, tampoco logró ningún descubrimiento digno de mención.

En Enero de 1941, hace un año, Murderking acudió de nuevo a la cita. Esta vez lo hizo en Londres, y la víctima fue un tal doctor Everard Elliot, un oscuro mediquillo sin pacientes, un soñador fracasado y desconocido salvo por...

- ¿Elliot? - le interrumpí. - Con las letras de Elliot no se puede componer el nombre de ningún país.

- No se puede, efectivamente - corroboró König, reprimiendo a duras penas un gesto de impaciencia ante mi costumbre de desbaratar con mis interrupciones sus bien meditadas explicaciones. - Pero, por algún motivo que nuestros agentes en Londres aún no han conseguido averiguar, no fue ese el nombre que publicaron los periódicos. El doctor Elliot, como le digo, era un soñador que llevaba años ocupándose del estudio de las razas humanas y de los medios para preservar su pureza. Su verdadero campo era la genética y la eugenesia, y a principios de los años treinta obtuvo cierta notoriedad como fundador de un movimiento que propugnaba un racismo aséptico y cientifista. El movimiento llevaba el pretencioso nombre de "English Front for Natural Affirmation of Racial Characters". EFNARC. Nunca pasó de los diez o doce afiliados. Pero fueron estas siglas, que como habrá advertido empiezan con la E, quinta letra del nombre fatídico, y con las que puede formarse la palabra France, las que trascendieron al público como nombre del finado. Los periódicos que publicaron la noticia - fueron pocos, en una Inglaterra volcada en el esfuerzo bélico y castigada intensamente por nuestros bombardeos - dieron por asesinado a un tal doctor Efnarc.

- ¿Tenía Elliot alguna relación con Alemania? - pregunté con cierta timidez, porque era evidente que mis intervenciones impacientaban más que complacían a mi arrogante anfitrión.

- En 1935 había publicado en una revista médica un artículo en el que elogiaba la política antisemita del nuevo Estado Alemán y defendía nuestras tesis racistas. Hubo un pequeño escándalo, el Colegio de Médicos consideró su expulsión, pero al final no tomaron ninguna medida. Ese mismo año pronunció algunas conferencias en Berlín, invitado por nuestra Embajada, y al estallar la guerra el Foreing Office le abrió una investigación, que se cerró con una seria advertencia y poca cosa más. Nosotros nunca lo tomamos en serio y, por lo que sabemos, tampoco los ingleses. Pero parece que nuestro misterioso asesino no era de la misma opinión.

Opté por permanecer en un prudente silencio.

- Y este año, hace dos días, Murderking ha vuelto a actuar, esta vez en el mismo corazón del Reich y ante las propias narices de la Gestapo, la mejor policía del mundo. En la pensión berlinesa donde se alojaba desde que la guerra la sorprendió de gira por Europa, ha estrangulado y puesto su marca a nuestra compatriota, la pobre Sofía Ragennati, cuyos únicos crímenes eran bailar el tango bastante mal, mantener con un oficial de la Gestapo un lío que duraba ya algunos meses y tener un apellido que empieza por R y con cuyas letras se puede escribir la palabra “Argentina”.

Por cómo utilizaba König la primera persona del plural no había manera de saber si se refería con ella a nosotros, los alemanes, o a nosotros, los argentinos. Parecía considerarse parte de las dos naciones con igual naturalidad y, de hecho, en nuestra conversación, que había empezado en español, habíamos pasado a usar el alemán sin que yo recordara exactamente cuándo ni por iniciativa de quién

- De manera - resumió - que tenemos, hasta ahora, seis muertos, todos ellos relacionados en mayor o menor medida con la Alemania nacionalsocialista, todos ellos identificados, por distintos motivos, por nombres que tienen las mismas letras que el de algún país, y todos ellos con una inicial igual a la letra que ocupa, en la palabra MURDERKING, el mismo lugar que su muerte en la serie de crímenes que este sujeto viene firmando desde hace seis años - y después de esta frase, que en español resulta un poco complicada pero que en alemán le salió regia, se quedó mirándome fijamente.

- Los países a que se refieren los apellidos de las víctimas ¿guardan alguna relación con los países en que se cometen los crímenes? - inquirí aplicadamente, porque esta vez sí parecía esperar que yo dijera algo

- Contéstese usted mismo. Los países a que aluden los apellidos son, hasta ahora, México, Alemania, Austria, Inglaterra, Francia y Argentina. Y los países en que ha actuado, Austria, Polonia, Japón, Brasil, Inglaterra y Alemania. Como ve hay tres - Alemania, Austria e Inglaterra - que se encuentran en los dos grupos, otros tres - México, Francia y Argentina - que se obtienen de los nombres de alguna víctima, pero en los que no ha habido asesinatos, y otros tres - Polonia, Japón y Brasil - en los que ha habido crímenes, pero que no tienen relación con el nombre de ninguno de los muertos. Nuestros criptólogos más expertos se han afanado por encontrar alguna pauta, algún orden oculto en estas dos series de nombres, que nos permitiera anticipar los movimientos del asesino y prever, al menos, el país en que actuará la siguiente vez. No lo han conseguido. Parece totalmente aleatorio. Alemania, por ejemplo, se ha convertido en escenario de uno de los asesinatos cuatro años después de que su nombre se asociara al de una víctima. Inglaterra, solo un año después. Austria, dos años después...

- Por su modo de hablar - observé - se diría que espera usted que, antes o después, cada uno de los países anunciados por el apellido de alguna de las víctimas acabe presenciando la muerte de otra.

- Así es, inspector. Y también al contrario. Esa es la única conjetura que los expertos han podido establecer con cierta seguridad. Todos los países en que Murderking comete un crimen servirán, en algún momento, para componer el apellido de la víctima de una de sus actuaciones, todos los apellidos de sus víctimas acabarán por referirse al país escenario de uno de sus crímenes. O esa es, al menos, la hipótesis con arreglo a la que trabajamos. Por eso estamos hablando usted y yo. En primer lugar queremos averiguar todo lo posible sobre la señorita Ragennati, y eso debe hacerse aquí, donde nació y vivió, y solo pueden hacerlo ustedes, la Policía argentina. Y, además, necesitamos que mantengan los ojos abiertos porque creemos que el asesinato de esta señorita significa que, algún primero de Enero de aquí al de 1946, Murderking actuará en la República Argentina, posiblemente en Buenos Aires. Hasta ahora solo ha actuado en las capitales. Y ese será el momento en que usted lo detendrá y resolverá por fin el misterio.

La verdad es que, así expuesto, parecía un plan no solo razonable, sino francamente atractivo. El éxito, el reconocimiento público, la gloria... la admiración de Estela, la capitulación de su padre, que por fin tendría que reconocer mi valía... y, desde luego, el ascenso, la promoción profesional, la anhelada independencia económica...

- ¿Por qué 1946? - pregunté con la mejor expresión de inteligencia concentrada que mi cara fue capaz de adoptar. Me miró con mal disimulado desdén.

- Murderking está componiendo su nombre con las iniciales de sus víctimas. Va por la segunda R y le faltan cuatro letras, a año por letra. El uno de Enero de 1946, si no logramos detenerlo antes, matará a alguien cuyo apellido empiece por G, y habrá acabado la escritura de su alias y, presumiblemente, también su serie de asesinatos. No sabemos qué hará entonces, pero no es de imaginar que empiece a escribir sus memorias...

Esta vez mi silencio, adecuadamente humilde, pareció por fin complacerle

- Confío en usted, inspector Wolf - concluyó. - No nos defraude a Alemania ni a mí, y nosotros no le defraudaremos a usted. Y recuerde que todo lo que hemos hablado, y su misma visita a esta oficina, deben quedar en absoluto secreto para todo el mundo excepto Hoffmann, usted y yo. - Y con estas prometedoras palabras, me acompañó amable pero firmemente hasta la puerta del lujoso despacho.

Al día siguiente de esta entrevista todos los periódicos porteños publicaban en primera página la feliz noticia: La última víctima del misterioso Murderking era argentina, el Rey de los Asesinos había escrito la segunda R de su nombre con la muerte de una compatriota... Quien hubiera hecho llegar la noticia a la prensa la había documentado copiosamente. Los periodistas repasaban la nómina de crímenes desde 1937 hasta la fecha, aderezada con las suposiciones más absurdas y las explicaciones más extravagantes, y el tono general era de franca satisfacción por que al fin la Argentina se alineara en algo con las principales potencias mundiales. Los diarios aliadófilos dejaban suponer que a Ragennati la había asesinado la policía de Hitler, los germanófilos subrayaban las condolencias de las autoridades nazis y la disposición de la policía alemana a resolver el caso en estrecha colaboración con la argentina...

König telefoneó a la comisaría hecho una furia, Hoffmann me llamó a su despacho para echarme la bronca y me costó Dios y ayuda convencer a ambos de que yo no había tenido nada que ver con la difusión de la noticia

- ¡Vean los diarios! - concluí, acalorado. - Nadie nos nombra ni a König ni a mí, nadie dice nada de que los muertos sean simpatizantes del nazismo, ni de que sus apellidos compongan los nombres de ningún país.

Eso acabó de calmarlos, y además era verdad. Los periódicos no mencionaban nuestros nombres ni ninguno de aquellos dos importantes detalles, y no era fácil que, leyéndolos, nadie pudiera adivinarlos: Moecix se convertía en Moebius y era un asesino a sueldo de los bolcheviques, Reichtöser era el embajador suizo y se apellidaba Richtofen, y Uldenschadt se escribía con hache, justo al lado de donde se aseguraba que su inicial era la U de Murderking. En cambio el doctor Efnarc aparecía con su verdadero apellido, la señora Dangeln con el de soltera y el de la pobre Sofía pasaba a ser Ragenatti, con la que, por otra parte, según averigüé poco después, había sido la ortografía original del apellido de su abuelo calabrés, antes de que, por ignorancia o como homenaje a su nueva patria, decidiera añadirle una N y suprimirle una T. El habitual trabajo concienzudo del periodismo nacional.

Personalmente estaba encantado con todo aquel ruido. Cuanta más expectación levantara el caso, más gloria obtendría el que lo resolviera. Y me había formado el firme propósito de que quien lo resolviera fuera yo. Dediqué una semana a averiguar hasta los más remotos antecedentes de la bailarina, que hice llegar a König en un primoroso informe de veintitantos folios mecanografiados por ambas caras. Movilicé a todos mis confidentes en un eficaz esfuerzo por mostrar al Comisario que estaba peinando Buenos Aires en busca de indicios de la presencia de Murderking. Comencé a buscar en las listas del Censo nombres que empezaran por K, I, N o G y con cuyas letras pudiera escribirse Nippon, Brasil o Polska. No encontré ninguno. Hoffmann estaba impresionado.

- Sos un fenómeno, Lobito - aseguraba feliz, rodeando mi mesa a grandes zancadas. - Tenés a König comiéndote en la mano, tenés. Ni la Gestapo ni el Scotlandyard, al Murder lo vas a cazar vos solito. ¡Quién fuera joven!

En realidad no parecía haber mucho más que hacer, y pasado el primer revuelo, las aguas volvieron a su cauce, tanto en los periódicos como en el trabajo y en casa. También mi suegro había vuelto de sus viajes, y cada vez resultaba más insoportable su presencia, y más difícil aceptar que, sin la asignación que él hacía llegar a Estela, mis ingresos habrían sido francamente insuficientes para mantenernos en el tren de vida a que nos habíamos acostumbrado.

La Navidad de 1942, por primera vez en muchos años, la celebramos Estela y yo solos en nuestra casa de Buenos Aires. Expliqué a los viejos que tenía mucho trabajo y que ya iríamos a Misiones más adelante. Mi suegro volvía a estar fuera, como siempre por esas fechas, lo que permitió que mi mujer se mostrara algo más cariñosa que de costumbre. Yo le aseguré que tenía entre manos un caso muy importante que iba a cambiar nuestra suerte, pero que había que tener paciencia. Ella me hizo notar que paciencia era lo único de lo que andaba sobrada. “Por el momento”, precisó. Luego me preguntó, como hacía a menudo, cuándo me subían el sueldo.

El día 2 de Enero de 1943, a primera hora de la mañana, me presenté sin ser llamado en la oficina de König, que me recibió con cierta sorna.

- Aún no le tocó, inspector - me saludó. - Este año Murderking ha decidido quedarse en Europa, en Hungría, para ser exactos. Ayer se cargó en Budapest a un colega de usted, oficial de la policía política de nuestro amigo el Mariscal Horthy. Un tal Zoltan Klopsa, partidario a ultranza de que Hungría siga apoyando al Eje en su cruzada anticomunista. Como verá, se sigue confirmando nuestra hipótesis. Cinco años después de actuar en Polonia ha encontrado una víctima germanófila con un apellido que tiene las mismas letras que Polska y empieza por K. La policía húngara está tan despistada como nosotros. Vea si se le ocurre alguna buena idea y no deje de contármela. Ah, y tenga usted también un Próspero Año. - Todo esto me lo dijo en español. Observé que sus modales se iban acriollando a medida que a Hitler empezaban a torcérsele las cosas.

Lo cierto es que se me ocurrieron varias buenas ideas. En primer lugar me ocupé personalmente, aunque con la debida discreción, de que el público argentino no se olvidara de las andanzas de nuestro asesino. Todos los periódicos publicaron la noticia del nuevo crimen, convenientemente purgada por mi mano de los detalles que prefería guardar para mí y adornada con otros, menos verídicos pero más pintorescos, que mantuvieran vivo el interés. Luego me encerré tres días seguidos en mi despacho, a emborronar papeles, consultar enciclopedias y pensar intensamente. Cuando salí, mis ideas estaban más claras y me encontraba francamente animado.

Con los naturales altibajos, mantuve este mismo espíritu los dos años siguientes. Me mostraba insólitamente amable con el padre de Estela, aguantaba sus desplantes y gastaba su plata con filosófica resignación, lo que me granjeó una relación con mi mujer novedosamente fluida. En el trabajo seguí bandeándome como de costumbre. Hoffmann resoplaba con cada nuevo revés de los alemanes, y de tiempo en tiempo se desahogaba conmigo en largas y furibundas diatribas contra los traidores emboscados, los políticos mentirosos, los tibios vendepatrias... Yo a todo le decía que sí, porque a Hoffmann no se le puede llevar la contraria, pero distaba mucho de compartir sus puntos de vista. Nunca tuve su fe inconmovible en la victoria alemana, y tampoco me importaba gran cosa que el Führer ganara o perdiera la guerra. Aunque soy y me siento argentino, tengo tanto apego por mi nación de origen como el que más, pero, y esto no se lo conté nunca a mi jefe, el abuelo de mi madre era un respetado miembro de la comunidad judía de Munich...

El 1 de Enero de 1944 Murderking mató y marcó en Ciudad de México a Sara Ibrals, hija y única discípula de un rabino de la capital azteca que dos años antes había estado a punto de ser linchado por sus feligreses cuando proclamó en la sinagoga que Hitler era un instrumento de Dios enviado para castigar a Israel por su infidelidad, y que los buenos judíos debían someterse a él y secundar sus designios. La noticia me la dio König con patente desgana. Parecía haber perdido gran parte de su ímpetu y estar pensando en otra cosa. No se interesó por mis progresos en el caso, ni yo se los habría contado aunque me hubiera preguntado. Fue la última vez que lo vi.

Un año después, el 2 de Enero de 1945, hojeando los diarios franceses que mi suegro, recién vuelto de Europa en uno de los primeros vuelos transoceánicos, había traído consigo, me enteré del asesinato de Claude Noppin, un apache indeseable, el menor de cuyos numerosos y notorios vicios había sido el de colaborar, provechosamente para él, con las autoridades alemanas de ocupación. En el caos de represalias y ajustes de cuentas que era el París recién liberado su muerte habría pasado desapercibida si no fuera por la marca de Murderking en su frente.

Me aseguré con discreta eficacia de que los periodistas airearan convenientemente ambos crímenes y mantuvieran la expectación que existía en torno a Murderking desde que tuvo la amabilidad de honrar a la Argentina con sus atenciones profesionales. No tuve que esforzarme mucho: la nación entera seguía emocionada todo el asunto y hasta se empezó a rodar una película sobre él, con estreno anunciado a bombo y platillo para el día del esperado crimen final. Nunca llegué a verla, pero tengo entendido que acababa con una persecución a tiros del asesino, un malvado agente nazi, por entre las lápidas de la Chacarita.

Por mi parte hacía más de dos años que creía tener todos los datos que necesitaba, y las dos últimas muertes, que colocaban las correspondientes cruces en las casillas vacantes de Brasil, Japón, México y Francia, solo vinieron a confirmarme lo que ya estaba bastante seguro de saber. Emprendí con calma una última tarea de comprobación, y volví a dedicar largas horas de trabajo al paciente escrutinio de las listas de todos los colegios electorales de Buenos Aires, de los roles de pasajeros de todos los barcos que llegaban al puerto, de los huéspedes de todos los hoteles rioplatenses y de las relaciones de cuantos entraban al país por los distintos puestos fronterizos. Estaba seguro de no equivocarme, pero no quería dejar ningún cabo suelto. Mi jefe me miraba como si me hubiera vuelto loco.

- ¿Todavía seguís con esa mierda? Resistió Stalingrado, desembarcaron los aliados en Normandía, la Argentina le declaró la guerra a Alemania ¿te enteraste? y hasta creo que se la va a ganar... König debe de andar sacándole brillo a la momia del Duce, y vos, dale con la macana esta del Murderking. No hay quien te entienda, Lobito. ¿No tenés nada mejor que hacer? - Yo asentía distraídamente, sumido en mis largas listas de apellidos. - Harás lo que te salga'el bolo, como siempre, pero si querés saber quién es a la final el asesino, yo que vos me iba al cine - acababa por decirme, y se alejaba de mi mesa tarareando: “Yo te daré, te daré, patria hermosa, te daré una cosa, una cosa que empieza por P. ¡Perón!” El pobre Hoffmann siempre necesitó agarrarse a algún entusiasmo político para sobrellevar el tedio infinito que le producía tener que trabajar.

El 1 de Enero de 1946 yo estaba desde primera hora bien alerta en la puerta de la sala privada donde se estrenaba la película que tan oportunamente había venido a secundar mis planes. Tenía buenos motivos para creer que era allí donde tendría lugar el último acto de aquel drama del que en mi fuero interno me consideraba ya protagonista. Todas las salidas del edificio estaban vigiladas, y yo seguro de que esta vez Murderking no se iba a escapar.

Creo que fui el único a quien el disparo no tomó por sorpresa. Cuando se encendió la luz esperaba encontrar, como efectivamente encontré, muerto a Don Ignacio Gozmasagarry, ilustre consejero y accionista principal de la productora y de otras diez o doce prósperas empresas. Había tenido tiempo de sobra para asegurarme de que en toda la Argentina no había en aquel momento ningún otro ciudadano con las letras de cuyo apellido pudiera escribirse la inverosímil palabra, Magyarorszag, con que los húngaros denominan a su país.

Lo que no me esperaba es que la pistola que acababa de ser disparada humeara aún en la propia mano del cadáver. Estaba seguro de que Gozmasagarry iba a ser la víctima, pero ni se me había pasado por la imaginación que fuera a resultar, además, el asesino...

Murderking se rió de mí hasta el final. No pude detenerlo, y solo después de muerto logré desenmascararlo. Finalmente resultó que mi difunto suegro tenía razón, yo era un fracaso como policía.

En cambio, como empresario y hombre de negocios, administrando la considerable fortuna que dejó en herencia a su única hija, mi mujer, la encantadora Estela Wolf, de soltera Estela Gozmasagarry, no creo haberme desempeñado desde entonces del todo mal...

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8 Octubre 2007

Recompensa al bloguero pensante

El título de esta entrada se aviene mal con el contenido de la anterior, lo sé. Es una traducción del nombre de un premio, Thinking Blogger Award, que para mi estupefección acaba de conceder a este cajoncillo de sastre uno de sus improbables lectores, Miroslav Panciutti, que, aunque tiene un blog notoriamente más nutrido, interesante y bien escrito que este, llamado Conciertos y Desconciertos , que actualiza con la debida frecuencia, aún encuentra tiempo para leer a ratos el mío y, encima, tiene la amabilidad de proclamar que lo que en él encuentra le complace y le hace pensar. Es, pues, una traducción y una traducción mala sin remedio, porque a ver quién es capaz de encontrar un sinónimo castellano de "Blogger" que no suene bárbaro, como "bloguero", o cursi y forzado como cualquier posible derivado de "bitácora" al que de antemano renuncio; y porque lo de "pensante", aunque tenga el ilustre precedente de la "caña pensante" de Pascal, no acaba tampoco de satisfacerme, maniático que es uno y lleno de prevenciones contra los gerundios, los participios activos y otros lugares de perdición lingüística. Habría podido traducirlo por "Premio al bloguero que piensa", pero prefiero asumir la versión que menos me gusta y exhibir y proclamar sus defectos, a modo de expiación por las cosas terribles que tengo dichas - no son nada, al lado de las que tengo pensadas - de los traductores. Pobres y descarriados hermanos míos, ahora empiezo a comprenderos un poco mejor, y a vislumbrar que quizá no sea solo la maldad la que provoca vuestros notorios desmanes.

No tengo el gusto de conocer a Miroslav, aunque poco a poco voy conociendo su estupendo blog, pero tengo que agradecerle dos cosas importantes, aparte del disfrute que voy sacando de la lectura de sus textos.

O, mejor dicho, tres, si contamos como primera el hecho sorprendente de que me lea. El deseo de ser leído era lo que originalmente me hizo abrir el blog, pero poco a poco, por falta de satisfacción efectiva, lo había ido olvidando y vivía felizmente resignado al hecho de que mis lectores se redujeran a diez o doce amigos, que tampoco entraban muy a menudo una vez comprobaron que yo lo hacía con menos frecuencia aún. Así que descubrir que un perfecto desconocido leía mi blog y hasta me lo comentaba me supuso una emoción bastante considerable.

Más emoción aún me produjo, y ya vamos con la segunda cosa que le agradezco, comprobar que le gustaba lo que leía y que sus comentarios eran elogiosos, hasta el extremo de haber pensado en este blog cuando le llegó la hora de escoger a los cinco a los que se proponía agraciar con lo que acertadamente llama zinquin-bloguer-aguar.

Lo cual nos lleva a la tercera causa de mi agradecimiento: Miroslav me ha dado un excelente ejemplo de cómo repartir este galardón. En vez de concedérselo a cinco de los diez o doce blogs amiguetes que, como todos, él tendrá también, y contribuir así a su degradación, convirtiéndolo en un mecanismo más de la endogamia autocomplaciente que prolifera por tantos rincones de Internet, ha decidido dárselos a blogs de los que apenas sabe nada, que acaba de conocer y que se distinguen, no por recibir sus comentarios, hacérselos a él y alabarse mutuamente todos en una especie de orgía incestuosa, sino única y exclusivamente por hacerle pensar. Me parece francamente inteligente - amén, claro está, de halagador - por su parte y, en la medida de lo posible, me propongo hacer lo mismo.

Miroslav ha llevado su admirable discreción hasta el extremo de no hacer saber a los premiados que lo eran. Yo, por ejemplo, me he enterado de que tenía este premio por una comentarista, Inés Perada, - gracias, Inés - que ha sido tan amable de dejarme un comentario en mi otro blog - clónico de este - en el que, además de decir cosas inteligentes - quiero decir que me da la razón - me insinuaba que Miroslav hablaba de mí. Si no fuera por ella, habría seguido a por uvas hasta mi siguiente visita a Conciertos y desconciertos, que vaya usted a saber cuándo habría tenido lugar, porque estoy ocupadísimo y no frecuento ni mi blog, como para andar visitando los ajenos... No creo que yo haga lo mismo, porque si espero a que los premiados visiten mi blog para enterarse de que lo son no llegarán a saberlo jamás, y así tampoco tiene gracia. Pero salvo ese detalle, sí que me propongo hacer como Miroslav y dárselo a blogs con los que no me une más que la costumbre de leerlos de vez en cuando, porque lo que en ellos encuentro me gusta.

Bueno, al parecer la correcta recepción de este premio exige cumplir varios trámites: El primero es nombrar, a mi vez, otros cinco blogs que me hagan pensar y a los que yo, consecuentemente, otorgue el premio. (Estos galardones se extienden por Internet por este mecanismo multiplicador, lo que, salvando las distancias, los hace bastante parecidos a una epidemia, o a una de esas cadenas de cartas que no puedes romper so pena de ser despedido de tu trabajo o de romperte una pierna). Como la cuestión es bastante complicada y requiere su liturgia, la dejo para dentro de un ratito y, mientras me la pienso, sigo explicando el resto.

El segundo es, dice Miroslav, poner un link a la página original del premio, que al parecer es un blog de lengua inglesa llamado "Curiosity is the key to all wisdom " que fue quien instituyó el premio en fecha tan lejana como el pasado mes de Febrero. Puesto queda.

Y el tercero es mostrar en lugar visible la etiqueta que campea bajo el título de este post, el distintivo físico del premio, vaya; tarea que les confieso que me ha hecho pensar lo suyo antes de cumplirla con éxito. La de ponerla en un lugar permanente de mi blog me supera por completo. Mi plantilla es un libro apenas entreabierto para mí. De modo que espero que baste con su breve - no tan breve, dada la frecuencia con la que yo actualizo - exhibición en este post, porque de otra cosa no soy capaz.

Dicho lo cual, procedo a repartir mis TBA a los siguientes blogs, que recomiendo encarecidamente:

EL CLAVADISTA SOLITARIO , en el que Julián Bluff, recientemente trasplantado a Barcelona desde Madrid, publica unos personalísimos escritos, a mi juicio autobiográficos aunque él asegure que su propósito es el de engañar al lector; y que, si bien no son siempre fáciles de entender, cumplen como pocos el objetivo de hacernos pensar.

COMPLETAMENTE FUERA DE LUGAR COMO LA PIZZA TACO . Es un placer seguir la cuenta que esta andaluza que vive en Madrid va dando de su propia vida. Me permito recomendar especialmente, como buen resumen y muestra representativa, el post que hace ya tiempo dedicó al cumpleaños de su padre.

LA IMAGEN SOCIAL DEL BIBLITECARIO . Odd Librarian demuestra que tras el ceño adusto del bibliotecario tópico puede esconderse una inteligencia crítica muy aguda y francamente cachonda. Y ya quisieran escribir así muchos de los autores de su biblioteca.

HISTORIAS DE ESPAÑA. Un par de excelentes historiadores escribe sobre aspectos de la historia de España - y, cuando les apetece, también del resto del mundo - que normalmente no se encuentran en los manuales. Buenísima vulgarización, divertida, rigurosa y asequible.

ESTE LADO DE LA GALAXIA. Ignacio, valenciano feroz y de ideas claras, deja constancia diaria de lo mal que le parece casi todo. No es siempre fácil estar de acuerdo con él, y a veces es imposible; pero no se puede dejar de admirar su franqueza y su contundencia, y, personalmente, encontrar alguien que ha leído La saga/fuga de J.B. y la conoce a fondo me ha supuesto una satisfacción muy poco frecuente.

Postdata: No tiene nada que ver con lo hasta aquí dicho, pero aprovecho la entrada para hacer notar que, como quizás hayan advertido los más observadores de mis quince lectores, el nombre de este blog ha cambiado. ¿Por qué el nuevo nombre? Sabía que lo preguntarían. Bien, el júbilo es un sentimiento que me gusta y que procuro experimentar siempre que puedo. La mañana, un buen momento para que nos visite. Y ambas cosas juntas, Júbilo matinal, son el título de una de las novelas con las que más he disfrutado de uno de los autores al que debo más horas de júbilo lector.

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7 Septiembre 2007

Traductores en tejanos

Imagino que, como todo el mundo, los traductores de inglés se pondrán pantalones vaqueros en alguna ocasión. Incluso los que no, seguro que tienen algún trato con esta prenda, tienen hijos o parejas o amigos que los usan, y de vez en cuando tienen que hablar de, o al menos pensar en, pantalones vaqueros. Y, naturalmente, al hacerlo los llamarán así, utilizarán la palabra que en España emplea todo el mundo, desde hace cincuenta años, para referirse a estos pantalones: unos vaqueros.

¿Por qué entonces hay tantos traductores - pero tantos, fíjense ustedes y verán - que, cuando en el texto que traducen aparecen los pantalones en cuestión, utilizan la palabra “tejanos” para traducir el original inglés? ¿Han visto que alguien, aparte de ellos mismos cuando traducen, llame “tejanos” a otra cosa que a los naturales de Tejas? Nunca, nadie, en parte alguna de España, ha llamado “tejanos” a los vaqueros, pero ellos perseveran, incomprensiblemente, en escribir “tejanos” como traducción de “blue jeans”, o como quiera que se diga en inglés. Mientras lo hacen probablemente vistan unos cómodos vaqueros a los que jamás se les ha ocurrido llamar de ninguna otra forma que vaqueros.

Es un misterio insondable.

Pero no es más que un ejemplo de un fenómeno que a mí no deja de intrigarme cada vez que abro un libro traducido, y que me permitiría en muchísimos casos saber que es traducido aunque ignorase el título y el autor. Un fenómeno por el cual muchos libros están escritos en un idioma que solo existe en sus páginas y que presenta diferencias sustanciales con cualquier castellano que alguien real haya hablado alguna vez.

Otro ejemplo: ¿nadie ha explicado a esos traductores que el pretérito imperfecto español no equivale ni en significado ni en uso al tiempo pasado inglés? La frase inglesa “She said me to be her friend” debe traducirse por “Dijo que yo era amigo suyo”. “Dijo”. Lo dijo en una ocasión específica, la única a la que se refiere la frase. No se puede traducir por “Decía que yo era amigo suyo”, porque en español el pretérito imperfecto, “decía”, implica, usado así, sin más complementos, que la afirmación se hacía con carácter habitual. No que se dijo en una sola ocasión, sino que se decía frecuente o habitualmente. En inglés, en cambio, el pasado, “said”, se refiere, como nuestro “dijo”, a una sola vez, la concreta vez de la que se está hablando. Y como no tiene, al contrario que el español, dos pretéritos distintos, cuando quiere extender la acción a un plazo indeterminado de tiempo pasado durante el que se realizó frecuente, habitual o constantemente, el inglés emplea el verbo to use: “She used to say me to be her friend”.

Este “used” suena como un clarín en la conciencia de nuestros traductores, los encabrita notablemente. Acuden diligentes a su diccionario, físico o mental, depende de cuánto sepan (de cuánto sepan de inglés, de español siempre saben más bien poquito). “To use: Soler”. ¡Ah! “Ella solía decir que yo era su amigo”, traducen concienzudos, dispuestos a no ignorar ni un matiz del texto original. Y ya los tenemos otra vez hablando de “tejanos”.

“Soler + verbo en infinitivo”, en español no traducido - en español de vaqueros - es, efectivamente, realizar la acción del infinitivo con frecuencia. Y como el propio pretérito imperfecto ya proporciona, él solito y sin necesidad de ningún verbo auxiliar, ese significado de costumbre o frecuencia, "She used to say me to be..." debe traducirse, ahora sí, como “Decía que yo era...”, y el “solía” sobra por completo.

Y menos mal cuando se limita a sobrar, como en este caso, pero sin estorbar demasiado. Porque “soler”, en realidad, significa hacer con frecuencia o a veces la acción a que se refiere el verbo a cuyo infinitivo acompaña, no hacerla habitual, constante y regularmente. “Suele venir los martes” significa “Viene la mayoría de los martes” o “Casi siempre que viene es en martes”. Pero excluye la habitualidad indefectible. No se dice que “suele ocurrir”
de algo que ocurre siempre, matemática e inexorablemente, ni tampoco de algo que ocurre de modo constante, ininterrumpido y permanente. No decimos “Dos y dos suelen ser cuatro”, porque en “soler” va implícita la idea de algo que sucede muchas veces, pero no todas las veces. Ni decimos “Mi hijo suele estudiar Arquitectura” cuando no es que se interese de vez en cuando por la materia, sino que está matriculado como alumno oficial en la Escuela Superior.

Eso a estos traductores no les importa nada, y así todos leemos con frecuencia frases como: “Solía ser amigo mío” o “Solía ir a mi colegio”, en vez de “Era amigo mío” o “Iba a mi colegio”. Y nos tenemos que imaginar al ciudadano declarando su amistad los lunes, miércoles y viernes para negarla los martes, jueves y fines de semana; o haciendo visitas esporádicas al colegio, hombre, Johny, qué te trae tanto por aquí.

Tampoco les importa que el español, al contrario que el inglés, omita salvo en contados casos el sujeto cuando es un pronombre personal. Ellos trabajan un texto inglés, en el que antes de un verbo siempre hay un “I”, un “you”, un “he”, un “she” o un “they”, y su compromiso de fidelidad a ese texto les prohíbe suprimir información tan sustancial como la que dan estos pronombres. Ni les importa que los adjetivos, que en inglés van inevitablemente antes del sustantivo, en español deban ir tras él, salvo en el caso específico y más bien raro de los epítetos. Las manías de los que hablamos español no les incumben. Lo que ellos saben es inglés, por eso lo traducen. Con el idioma de llegada ya nos apañaremos los lectores, que, como no sabemos inglés, podemos ocuparnos de esas tonterías.

Digo que no les importa, no que no lo sepan, y eso es lo que constituye para mí el misterio. Porque aquí no estoy hablando de los innumerables horrores que esas traducciones comparten con otros muchos textos escritos originalmente en castellano. No pienso ahora en los gerundios mal usados, en los “detrás suyo” ni en ninguna otra de las barbaridades comunes que muchos traductores, como mucha otra gente, escribe y dice por simple ignorancia. Todas ellas son espantosas, sí, pero no características de este idioma especial que podríamos llamar “español traducido”, porque desgraciadamente las podemos encontrar prácticamente en cualquier texto, traducido o no.

De lo que hablo ahora, lo que me intriga tan profundamente, son estas otras barbaridades específicas, que a veces no son ni siquiera eso, solo peculiaridades inexplicables, como los tejanos. Las que solo nos encontramos en textos traducidos y que, casi seguro, no tienen nada que ver con el idioma que usan normalmente, cuando no traducen, quienes incurren en ellas.

Si en su vida diaria también hablaran así, si normalmente dijeran “Yo solía ser del Real Madrid” o “Ella solía tener largo su rubio pelo”, lo entendería. Pero no es el caso. Mal o bien, hablan como todo el mundo, saben cómo se habla en español pero, por algún motivo con el que no soy capaz de dar, cuando traducen deciden no usar ese conocimiento y lo dejan cuidadosamente a un lado. Traducen deliberadamente a otro idioma distinto del que hablan, del que se habla. Usan vaqueros, pero ellos suelen traducir “tejanos”.

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