13 Mayo 2008
11 Mayo 2008
Eso que miden los curiosos al final del vídeo es la profundidad del cráter que Reichelt dejó sobre el suelo.
8 Mayo 2008
El 19 de julio de 1808, tras la victoria en la trascendental batalla de Bailén, el ejército del general Castaños hizo prisioneros a varias decenas de miles de soldados napoleónicos. Los franceses fueron concentrados en Sanlúcar durante varios días, bajo el compromiso de ser repatriados a Francia, hasta que el Gobernador de Cádiz decidió no respetar el acuerdo y embarcarlos en ocho navíos con destino a Canarias y Baleares.
Pocos días después, unos 9.000 prisioneros franceses fueron abandonados a su suerte en la pequeña isla de Cabrera. El propio islote, de apenas 16 km2, constituía una cárcel de la que no había manera de escapar; un páramo desierto sin agua ni comida para tantas personas.
En poco tiempo se acabaron los recursos de la isla, los escasos conejos y lagartos que vivían entre sus piedras, y los 9.000 hombres entraron en una situación de absoluta desesperación. Algunos empezaron a comer hierbas silvestres, insectos, lagartijas… se dieron casos de antropofagia que fueron castigados con pena de muerte.
Durante cinco largos años las autoridades españolas se olvidaron de aquellos prisioneros. Cuando regresaron, al acabar la guerra, de los 9.000 franceses solo quedaban 3.600 con vida. La isla quedó sembrada de huesos y de inscripciones de los prisioneros en las rocas, testigos mudos de aquel horror.
Hoy en día, solo un pequeño obelisco – olvidado por todos – recuerda lo que sucedió.
5 Mayo 2008
5 Mayo 2008
5 Mayo 2008
1 Mayo 2008
Se desnuda el cuerpo, se rasura el pelo y se descuartiza el cadáver del ser querido con un cuchillo. Una vez separados los huesos de la carne, se machaca el cráneo con un martillo y se dejan sus restos sobre una piedra, donde son devorados por los buitres. Solo cuando las aves terminan de comer, se considera que su alma ha ascendido a los cielos.
En las tierras de Litang, a 4.600 metros altitud, el suelo es demasiado duro para cavar una fosa y escasea la leña para hacer fuego. En esta zona del Tíbet, los muertos son entregados a los buitres desde hace 5.000 años, un rito inmemorial introducido por los nómadas en tiempos de Zaratustra. Ellos llamaban a sus altares “torres del silencio”.
Durante el ritual, conocido como “funeral celeste”, el sacerdote (rogyapa) descuartiza el cuerpo delante de sus seres queridos y lo entrega a los buitres. Las aves arrancan grandes pedazos de carne que se llevan hacia el cielo. Cuando solo quedan los huesos, el sacerdote procede a machacarlos y a mezclarlos con harina, para que las aves terminen su trabajo.
De acuerdo con la creencia budista, el cuerpo es un mero vehículo para transportar la vida; una vez que el individuo muere, y como última muestra de caridad, su cuerpo debe servir de alimento a los buitres sagrados. No en vano el buitre es considerado por los sacerdotes un ave muy budista: no mata a otros seres y acepta lo que le viene, el curso natural de las cosas.
El monasterio de Drigung Til recibe unos diez cuerpos al día. El ritual se practica allí desde hace siglos. "Acabo agotado todos los días" – dice Celha Qoisang, el sacerdote encargado de los rituales. El hombre ha descuartizado una docena de cadáveres cada día desde hace 15 años.
"Una de las cosas más terribles que le pueden suceder a un muerto – explica Qoisang – es que los buitres no se lo coman". Porque aquí arriba, en las llanuras de Litang, el hecho de que los carroñeros no arranquen hasta el último jirón de tu carne se considera un mal presagio.
1 Mayo 2008
Selecciona el agregador que utilices para suscribirte a este blog (también puedes obtener la URL de los feeds):