Antes que el domingo despegara sus alas, el canto de la lotería rompió el silencio de aquel puerto frío y oscuro. “Compre aquí su billetito, cómprelo antes de que se acabe”, repetía el anciano de guayabera blanca. Eran las ocho de la mañana en un lugar gris donde el día comenzaba a despuntar, lentamente, sus vetas doradas. El olor a combustible quemado se colaba entre los presentes, éramos turistas, curiosos o residentes, todos teniendo sólo dos posibilidades de destino, dirigiéndonos hacia una de las dos islas municipios; siempre aledañas, siempre distantes.
“Bueno, el ferry sale de aquí a las nueve, a las tres o a las seis”, explicaba la boletera. “De Vieques a Fajardo el barco sale a la una o a las cuatro y media... Muchacha, el viaje one way cuesta dos dólares y el roundtrip cuatro.”, dijo intentando agilizar la transacción. Decidí comprar mi viaje de ida solamente y estando allá me preocuparía por el regreso, sin cerciorarme de la hazaña que representa conseguir pasaje tanto de acá para allá como de allá para acá. Minutos después, una voz masculina interrumpió los quehaceres de la sala de espera del puerto: “Los que se dirigen hacia Vieques pasen a la salida número cuatro, los residentes abordan primero”. Unas 80 personas, incluyendo niños, jóvenes, adultos y ancianos, se conglomeraron en el delgado umbral que nos llevaría a la lancha. El abordar estuvo matizado por curiosos equipajes, desde palomas y gallos enjaulados hasta las bicicletas y los “motetes” adquiridos en comercios de la Isla Grande.
“Nos fuimos”, gritó Luis, un empleado del embarcadero, al recoger la escalera que unía la lancha Vieques II con el puerto. Eran las nueve en punto, y el barco comenzaba la travesía, deshaciendo la quietud de las olas y perforando el horizonte que dejó de ser gris para ataviarse azulado. Decidí sentarme, durante la hora y diez minutos que duraría el viaje, en la popa donde se saborea el salitre en el aire y donde podía inmiscuirme en el bullicio compartido.
“Jehová, Jehová, Jehová te va a salvar”, cantaba un hombre que aparentaba 70 años. “No te le resistas que Dios te salvará”, repitió para sí todo el camino. “Los boricuas siempre formamos un alboroto”, enunció una mujer. Una pareja trazaba el recorrido que tomarían al arribar al pueblo. Otros sólo querían llegar a sus hogares.
Entretanto, se divisaba cada vez más una silueta verde oscura contornada sobre el mar lozano. Era Vieques, la Isla Nena según el poeta Luis Lloréns Torres, ese terreno a pocas millas de Puerto Rico, que se perfilaba inconfundible en un sol recién despertado. Ya avecinados al muelle se percibía el olor a maquinaria marítima junto al de las frituras que se preparaban en calles cercanas.
Yo, que al bajarme de la lancha estaba sin mapa y sin dirección, decidí tomar una guagua pública ostentada por Henry, su chofer, y de ahí establecer el rumbo. En su vehículo se dieron cita varios turistas y yo (quizás turista también). Le comenté que mi intención era ver el pueblo y luego las playas. “Aquí no hay tanto que hacer… Yo te doy la vuelta, pero lo mejor es el baño de mar”, declaró el viequense mientras subía el volumen de una canción de salsa, género musical que no abandonaría durante la excursión.
Empezamos por la plaza: al recorrerla se podía observar una glorieta a medio construir que yacía detrás de un olvidado busto de Simón Bolívar. Ésta se encontraba tapada por planchas de cinc. “Lleva tres años eso sin terminar”, sostuvo el chofer. En tanto, andaba el carro e iba dejando pasajeros, a cada uno le cobraba tres dólares por el recorrido. Mientras nos acercábamos a la zona urbana de Vieques, se avistaban cada vez más los pasquines políticos. Uno tras otro repetía, como estribillo de campaña, la frase: “Al rescate de la (Isla) Nena”. Pero, ¿rescatarla de qué? Ya sin Marina, ni zonas de tiros, ¿por qué necesitaba salvamento?
Precisamente, ese domingo, un periódico nacional había publicado una nota informando de las averías que tenían las lanchas dirigidas hacia Vieques y Culebra. Explicaba que se estaban utilizando botes de carga para transportar pasajeros mientras se resolvía el problema. Al comentarle esto, Henry me indicó que el problema “grande” era que la transportación pocas veces funcionaba, con o sin las averías. “Aunque las lanchas estén bien, hace falta más horarios viajes, más transporte. Nuestra autopista es el mar”, pronunció.
Era un problema para todos, tanto los residentes como los no residentes. La manera de llegar y de irse de la Isla Nena era, principalmente, por agua, la opción aérea era muy costosa. Pasamos por extensos pedazos de tierra enlodada perteneciente, según precisaban los letreros, al Gobierno Federal de los Estados Unidos. Por lo demás, el área estaba restringida al tacto público. Por otra parte, yo seguía preocupada por mi vuelta a Isla Grande. Transitando las carreteras que rodeaban la capital del municipio, Isabel II, cabalgaban adyacentes al vehículo yeguas, caballos, potrillos pintos, pardos y blancos. Desde aquel punto alto se podían divisar los trazos de la región, esas curvas que fusionaban las añiles playas con el verde hosco que se había repetido durante toda la travesía. A lo lejos se desdibujaban las orillas y charcos salados, el Balneario Sombe y su espeso arenal. La mirada paradisíaca no me distrajo de pensar en las posibilidades de quedarme varada en Vieques, ya sin capital, ni pasaje para Fajardo.
De regreso al muelle Vieques port y en la fila para hacerme de un boleto de vuelta, se enfilaban tras de mí decenas de personas, en su mayoría residentes del lugar. “Para las cuatro y media todos los tickets están vendidos”, anunció la mujer encargada de los boletos. “¿Qué?”, se escuchaba al unísono, mientras el sol candente laceraba los ánimos. La línea se deshizo entre quejas. “¿Cómo puede ser que no queden boletos si acaban de abrir la ventanilla?”, decía una mujer que a la vez sujetaba a sus dos hijos. “Adelaida, tíranos un ticketcito para las cuatro y media, chica”, le rogó un hombre a la encargada de la taquilla, mientras ésta se negaba.