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Loqueras aleatorias

Aquí plasmando andanzas

Que se abalance sobre mí la claridad de la lumbre que tu boca cela.
Todo aquello luminoso y fijo que desmancha las palabras no está.
Preciso el sol feroz de Guillén, “jamás engaños”, pedía…
Sí, más verdad, te pido más sol, lo necesito para quererte.
Dame el mediodía de tu ser, no más lodazales que mi alma queda curva de tanta mentira.

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  • Has dejado mi alma pantanosa y el mangle invita a la pausa.
    Aquí en el sinmovimiento, en el estático relieve enposado,
    tu nombre se hospeda.
    No hay visitas de otros musgos, ni de otras alas.
    El oscuro hedor a ti todo lo cobija.

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  • Miraste hacia el lado mientras buscabas cuál era la cantidad exacta y necesaria para abordar. Había una señora con ese peinado que tanto critica el lado hispanófilo de tu familia. “Hay que tener pantaletas para salir a la calle en dubi”, recalcó en la memoria la voz de tu tía, blanca y perfilada.

    Decidiste ignorar las prendas ajenas, si total qué importaban. Y te hiciste la desentendida y pagaste sólo 60 centavos. No te atreviste a mirar al chofer. Ya inmersa en las butacas vinos y marrones, la curiosidad espió por quienes ahora compartían transporte contigo. Sí, es cierto, podrías haber llamado a tu amiga para que buscara, pero pensaste que quizás, recordando los años en aquella escuela franciscana, valdría la pena el sacrificio del calor.

    ¡Qué gran gesta decidiste realizar ése día! Te levantarías y te perfumarías igual. “Hoy tomo transporte público”, repetiste sonreída. Había que ir sencilla, te acomodaste las tenis rosadas y apretaste el pantalón. “Hora de caminar”, pensaste al tomar la mochila, que algún momento fue color salmón, y hoy sólo es la crítica perfecta de tu desdeñez.

    Llegaste a la parada y no querías que ningún carro conocido lo fuera, pues deseabas desconocerte en un lugar tan habitualmente conocido para ti. Bajo el calor de las doce (“que horas para salir”), el techo en cinc de la parada se doblaba. “Ten cuida’o, nena. Aquí roban mucho”, pronunció una dama. Y la observaste extrañada, puesto que este recinto inexplorado pero aledaño a lo que concibes como terruño, era para ti inofensivo. El hombre de los pantalones corduroy te miró, mientras se rascaba, lo que sabías que frente a la gente no debía rascar. Así se repetía la historia, entre piquiñas y conversaciones ajenas, y seguían pasando los minutos, que llegaban a 10 y luego a 20 y se multiplicaban por dos.

    La guagua no llegaba y el sol, que ya no era de las doce, continuaba su labor de alumbrar y perforar a cualquiera que se atreviera a salir de la sombra de cinc que proveía la parada. Pero al fin y una hora después de lo estipulado llegó la 18. “Tendré algo que contar”, pensaste.


    Era tan monótona tu vida que quedaste asombrada con las damas que entraron durante la quinta parada y que en fragmentos narraban sus biografías. “A ella que no se meta, dile, que ése es mío”, dijo a la que nombraste en tus apuntes Amanda. “Bueno, ella busca y encuentra lo que quiere ser encontrado”, contestó la otra en defensa de la desconocida en cuestión. A ésa decidiste llamarle Mayra. Ellas, Amanda y Mayra, se bajaron un poco más adelante. “Qué lástima”, te afligiste, hubieran ayudado a tu vocación casi periodística, casi literaria. "Pero ya qué rayos", consideraste, al ver el vehículo casi vacío. "No mas historias por usurpar".

    Cercano ya tu destino final, hiciste un recuento muy escueto de lo acontecido. “Tengo que salir de este país a buscar aventuras”, razonaste durante el inventario de vivencias.
    Primero, la doña y su dubi, luego el sol, la advertencia de robo, el rascabolas en corduroy, el calor, la AMA atrasada, las muchas paradas, Amanda y Mayra hablando y el arrivo a la Avenida Universidad.

    "¿Y ahora qué?". Pero antes que pudieras apenarte y tan pronto como te bajaste y la guagua echo a correr, viste a aquel joven medio distante, medio amigo, con el que solías almorzar. Te le acercaste orgullosa y comenzaste a narrarle: “Chico, a que no sabes cómo llegué a la yupi hoy…”

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  • [Esta crónica fue publicada en periódico Dialogo para la edición de abril-mayo en reacción a los cargos impuestos por el Gobierno Federal Norteamericano en contra del Gobernador de la Isla, Anibal Acevedo Vila. El texto, al igual que todo lo que escribo para medios impresos, fue censurado. La versión final quedó muy diferente a ésta...Esto es un poco de rabieta mezclada con ganas de fiscalizar mi trabajo]

    “¿Qué pasó?”, se escuchó al unísono. Había imágenes fragmentadas y voces sueltas que repetían: “Ejecutivo, trajes, cargos, donativos ilegales y federales, federales, federales”.
    Como buena integrante de la Generación Y corrí hacia el ordenador para divisar las malas nuevas o buenas viejas en el estático portal noticioso. Pero el tráfico me detuvo. Centenas de usuarios varados (igual que yo) intentaban acceder aquel espacio virtual/real. Oh, oh no había forma de informarme por la vía punto com. Aunque… quizás… no debía eliminar la Red aún, seguro Facebook me daría una primicia. Y no fallé pues en él se leían oraciones más o menos informativas que decían: “Arrestos, Arrestos, Arresto” o “Se chavó el Gobe”.

    Por el momento había agotado la herramienta cibernética, así que intenté rápidamente (y con la ayuda del control remoto) buscar en la televisión, tal vez hallaría un resumen completo del acontecimiento. Error. Los canales locales, carentes de pietaje, dispersaban imágenes viejas de cuatrienios pasados o de edificios judiciales de la Isla. Pero la falta de visuales no limitó la capacidad imaginativa de los medios en cuestión… Se preparó, desde las horas más remotas de la mañana, todo una secuencia musical para el asunto, era una mezcla de James Bond y Misión Imposible. Y los reporteros (¡ay, los reporteros!) masticaban palabras como: “el desaparecido Ejecutivo” u otro conjunto de términos lúgubre para llenar los espacios televisados. El espectáculo estaba imparable e incluso y en un acto sin precedentes, un canal interrumpió toda su programación para dedicarse únicamente a cubrir la acusación que se le hiciera al Dirigente del País.

    Pero, ¿qué podían decir? Salvo las versiones incompletas emitidas por aquellos que acusaron, lo demás era comentario o pura politiquería. Yo, cómo tenía antojitos de escuchar la opinocracia boricua, dejé la televisión a un lado y sintonicé la radio…
    “Le sugiero que renuncie”, opinó el Contralor desde el Tribunal Federal. “Hay que preguntarle al pueblo si lo quiere de aspirante todavía”, enunciaba un profesor. “Con esto se hunde el Partido”, decía otro. “Nuestro sistema establece que hay presunción de inocencia”, expresó un locutor. Eran sentencias ubicuas que se duplicaban por las cadenas radiales. Mientras tanto, los periodistas, hambrientos de información, seguían ingeniándoselas para conseguir manifestaciones, ya fuera de “expertos politicólogos” o de simples oyentes que para hablar ataponaban las líneas telefónicas. ¿Qué opciones me quedaban? No se podían leer las noticias impresas, esos periódicos casi recién nacidos en las horas del alba tenían al mediodía más edad que una centuria… ¿Qué hacer? ¿Intentar de nuevo el Internet? ¿Tendría mejor suerte?
    Otra vez a fungir de navegante. El acceso fluyó con más suavidad que en las horas mañaneras. Veo por doquier notas de las agencias de noticias. Por fin, puedo tener más o menos una idea de lo que contiene el pliego acusatorio y digo más o menos, porque las Autoridades son caprichosas y de vez en cuando discretas.

    Pero se complicó el asunto, la prensa internacional notó el revolú boricua. Medios de Nueva York, de Philadelphia, de Florida, ennegrecieron sus títulos para señalar al acusado. “Charged”, “accussed”, “wrongdoer” escribieron y publicaron las fotos, a mi entender, menos favorecedoras del protagonista de la épica.

    ¡Qué evento noticioso! Pero, ‘pérate… ¿Cómo va a ser? Si el Ejecutivo ni siquiera ha asomado el hocico.

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  • Mi comunidad se llama Puerto Rico. Es parte de los Estados Unidos desde hace alrededor de una centuria, es una colonia dicen algunos, es un territorio no incorporado dicen otros. Mide alrededor de 100 x 35 millas y tiene millones de vástagos, según datos censales hay cerca de 4 millones en la Isla. Mi comunidad se llama Puerto Rico y tiene 78 municipios y enfrenta un problema que a mi juicio es terrible. No, no solamente es el estatus sino la planificación urbana, cómo se gesta y sus efectos.

    Al buscar sobre qué oficinas lidian directamente con la planificación en Puerto Rico, nos encontramos con la Junta de Planificación (JP) y la Administración de Reglamentos y Permisos (ARPE). Éstas son las dos agencias de gobierno en las que recae primordialmente el deber de formular y supervisar la implantación de la política pública en el desarrollo urbano del País. Por su parte, la Junta de Planificación está orientada al desarrollo y crecimiento socioeconómico del País a través del programa de inversiones capitales del gobierno, además de preparar y adoptar planes, tales como el de uso de terrenos, los regionales y los especiales. De otra forma, ARPE otorga los permisos de construcción, desarrollo y usos. También es responsable de las segregaciones de tierras y de atender querellas. El proceso de fiscalización se lleva a cabo por las mencionadas querellas que hagan los ciudadanos. Este es un problema. Mi comunidad Puerto Rico se tiene que quejar porque las agencias se han mostrado muy permisibles al cemento.

    Otra agencia que trabaja en conjunto con JP y ARPE es el Departamento de Transportación y Obras Públicas (DTOP). Las tres dependencias antes mencionadas comparten la responsabilidad de los procesos de planificación, construcción de vías, ordenamiento y desarrollo del País.

    Al estudiar los cambios políticos, sociales y económicos que ha sufrido Puerto Rico, uno de ellos es el pilar para entender la planificación urbana del siglo XX, la “Operación Manos a la Obra”. Dicho proyecto fue ideado por Luis Muñoz Marín a partir del 1950. El plan, junto a una reforma agraria enfocada en la industria azucarera, ayudó a mover la economía. “Operación Manos a la Obra” sustituyó tierras fértiles y a los cultivos de caña, azúcar, piña, entre otros, por las manufacturas de textiles, de objetos electrónicos y farmacéuticas. A consecuencia de eso más personas se mudaron a la capital, lo que causó una densidad poblacional en el lugar. Posteriormente, como restaba la tierra, las casas siguieron construyendo en municipios a las afueras de San Juan.

    El desarrollo urbano de mi comunidad Puerto Rico tiene otro hito importante: llegada del automóvil a la isla, para la década del 20. Al igual que en Estados Unidos, en Puerto Rico se gestionó una desplazamiento por aquéllos que teniendo acceso al automóvil y posibilidades de salir del bullicio de la ciudad lo hicieron. Por consiguiente, esas construcciones a las afueras del casco citadino se identificaron como suburbios.

    Se fomentó el uso del automóvil para poder llegar a los terrenos urbanizados aledaños a la ciudad. En tanto a Puerto Rico, tras la llegada del automóvil y del desplazamiento de viviendas, se comenzaron a construir comercios y carreteras dirigidas a ese sector que consume y reside fuera del casco urbano. Hecho que perjudicó a los pequeños comercios del casco urbano que estaban creados para que se accediera “a pie” a ellos. Se fue deshaciendo la necesidad de penetrar el casco urbano porque un centro comercial se construyó cercano a la autopista y a los domicilios en los suburbios.

    Al crecimiento de la ciudad fuera de los núcleos o centros urbanos se le conoce como desparrame o desparramamiento urbano. Esto a la vez provoca otros fenómenos como el ataponamiento y gastos por parte del Gobierno en la creación de vías, de instalaciones de luz eléctrica y agua potable. También acarrea otros malestares, como la construcción en lugares fértiles para la agricultura o en lugares inestables, propensos a inundaciones.

    Lo que catalogo como mala planificación urbana y también el desparrame urbano, afecta varios aspectos de la vida insular. Perturba al pequeño comerciante, pues a consecuencia de la presencia de viviendas esparcidas en municipios cercanos a la ciudad, ha germinado otro tipo de comercio dirigido a los suburbios, como las megas tiendas y no el pequeño comercio. Asimismo, afecta al ambiente (construcción, cemento y vías), crea una dependencia al auto, genera ataponamiento, crea bolsillos de pobreza, por decir sólo algunos. Entonces he aquí el otro problema mayor: se hace imperativa la presencia del carro, del estacionamiento y de las carreteras. La transportación alternativa funciona poco… y se sigue construyendo a tutiplén… se hace sin casi medidas de preservación, sin ninguna agencia gubernamental fungiendo de perro guardián (más bien parecieran perros falderos) sin respeto a la naturaleza y sin conciencia a la cultura.

    Caso: Paseo Caribe

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  • Antes que el domingo despegara sus alas, el canto de la lotería rompió el silencio de aquel puerto frío y oscuro. “Compre aquí su billetito, cómprelo antes de que se acabe”, repetía el anciano de guayabera blanca. Eran las ocho de la mañana en un lugar gris donde el día comenzaba a despuntar, lentamente, sus vetas doradas. El olor a combustible quemado se colaba entre los presentes, éramos turistas, curiosos o residentes, todos teniendo sólo dos posibilidades de destino, dirigiéndonos hacia una de las dos islas municipios; siempre aledañas, siempre distantes.

    “Bueno, el ferry sale de aquí a las nueve, a las tres o a las seis”, explicaba la boletera. “De Vieques a Fajardo el barco sale a la una o a las cuatro y media... Muchacha, el viaje one way cuesta dos dólares y el roundtrip cuatro.”, dijo intentando agilizar la transacción. Decidí comprar mi viaje de ida solamente y estando allá me preocuparía por el regreso, sin cerciorarme de la hazaña que representa conseguir pasaje tanto de acá para allá como de allá para acá. Minutos después, una voz masculina interrumpió los quehaceres de la sala de espera del puerto: “Los que se dirigen hacia Vieques pasen a la salida número cuatro, los residentes abordan primero”. Unas 80 personas, incluyendo niños, jóvenes, adultos y ancianos, se conglomeraron en el delgado umbral que nos llevaría a la lancha. El abordar estuvo matizado por curiosos equipajes, desde palomas y gallos enjaulados hasta las bicicletas y los “motetes” adquiridos en comercios de la Isla Grande.

    “Nos fuimos”, gritó Luis, un empleado del embarcadero, al recoger la escalera que unía la lancha Vieques II con el puerto. Eran las nueve en punto, y el barco comenzaba la travesía, deshaciendo la quietud de las olas y perforando el horizonte que dejó de ser gris para ataviarse azulado. Decidí sentarme, durante la hora y diez minutos que duraría el viaje, en la popa donde se saborea el salitre en el aire y donde podía inmiscuirme en el bullicio compartido.
    “Jehová, Jehová, Jehová te va a salvar”, cantaba un hombre que aparentaba 70 años. “No te le resistas que Dios te salvará”, repitió para sí todo el camino. “Los boricuas siempre formamos un alboroto”, enunció una mujer. Una pareja trazaba el recorrido que tomarían al arribar al pueblo. Otros sólo querían llegar a sus hogares.

    Entretanto, se divisaba cada vez más una silueta verde oscura contornada sobre el mar lozano. Era Vieques, la Isla Nena según el poeta Luis Lloréns Torres, ese terreno a pocas millas de Puerto Rico, que se perfilaba inconfundible en un sol recién despertado. Ya avecinados al muelle se percibía el olor a maquinaria marítima junto al de las frituras que se preparaban en calles cercanas.

    Yo, que al bajarme de la lancha estaba sin mapa y sin dirección, decidí tomar una guagua pública ostentada por Henry, su chofer, y de ahí establecer el rumbo. En su vehículo se dieron cita varios turistas y yo (quizás turista también). Le comenté que mi intención era ver el pueblo y luego las playas. “Aquí no hay tanto que hacer… Yo te doy la vuelta, pero lo mejor es el baño de mar”, declaró el viequense mientras subía el volumen de una canción de salsa, género musical que no abandonaría durante la excursión.

    Empezamos por la plaza: al recorrerla se podía observar una glorieta a medio construir que yacía detrás de un olvidado busto de Simón Bolívar. Ésta se encontraba tapada por planchas de cinc. “Lleva tres años eso sin terminar”, sostuvo el chofer. En tanto, andaba el carro e iba dejando pasajeros, a cada uno le cobraba tres dólares por el recorrido. Mientras nos acercábamos a la zona urbana de Vieques, se avistaban cada vez más los pasquines políticos. Uno tras otro repetía, como estribillo de campaña, la frase: “Al rescate de la (Isla) Nena”. Pero, ¿rescatarla de qué? Ya sin Marina, ni zonas de tiros, ¿por qué necesitaba salvamento?
    Precisamente, ese domingo, un periódico nacional había publicado una nota informando de las averías que tenían las lanchas dirigidas hacia Vieques y Culebra. Explicaba que se estaban utilizando botes de carga para transportar pasajeros mientras se resolvía el problema. Al comentarle esto, Henry me indicó que el problema “grande” era que la transportación pocas veces funcionaba, con o sin las averías. “Aunque las lanchas estén bien, hace falta más horarios viajes, más transporte. Nuestra autopista es el mar”, pronunció.

    Era un problema para todos, tanto los residentes como los no residentes. La manera de llegar y de irse de la Isla Nena era, principalmente, por agua, la opción aérea era muy costosa. Pasamos por extensos pedazos de tierra enlodada perteneciente, según precisaban los letreros, al Gobierno Federal de los Estados Unidos. Por lo demás, el área estaba restringida al tacto público. Por otra parte, yo seguía preocupada por mi vuelta a Isla Grande. Transitando las carreteras que rodeaban la capital del municipio, Isabel II, cabalgaban adyacentes al vehículo yeguas, caballos, potrillos pintos, pardos y blancos. Desde aquel punto alto se podían divisar los trazos de la región, esas curvas que fusionaban las añiles playas con el verde hosco que se había repetido durante toda la travesía. A lo lejos se desdibujaban las orillas y charcos salados, el Balneario Sombe y su espeso arenal. La mirada paradisíaca no me distrajo de pensar en las posibilidades de quedarme varada en Vieques, ya sin capital, ni pasaje para Fajardo.
    De regreso al muelle Vieques port y en la fila para hacerme de un boleto de vuelta, se enfilaban tras de mí decenas de personas, en su mayoría residentes del lugar. “Para las cuatro y media todos los tickets están vendidos”, anunció la mujer encargada de los boletos. “¿Qué?”, se escuchaba al unísono, mientras el sol candente laceraba los ánimos. La línea se deshizo entre quejas. “¿Cómo puede ser que no queden boletos si acaban de abrir la ventanilla?”, decía una mujer que a la vez sujetaba a sus dos hijos. “Adelaida, tíranos un ticketcito para las cuatro y media, chica”, le rogó un hombre a la encargada de la taquilla, mientras ésta se negaba.

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  • Capullo nuestro

    Sobre un recipiente plástico yace el capullo que me diste. Todavía prevalece sonrosado y como el alma hacia ti, se resiste al deceso, aunque no florece.
    ¿Dónde está la entraña tórrida de ayer?
    Sobre un recipiente plástico yace el capullo que me diste. Firme y susbsidiado por agua falsa. No envejece, y como nosotros... tampoco germina.

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  • El amante gris

    "Te quiero a ti, rocas", le decía Leocadia a su marido, mientras éste rehuía devolverle el cariño. Leo, una escritora rosa rosadísima bajo el pseudónimo Amanda Gris, había comenzado a esputar en sus creaciones el desanimo advenido de un matrimonio maltrecho. ¿Suena familiar esta historieta? Bueno, la razón es que le usurpe estos pedacitos a Pedro Almodóvar, que dio vida al mencionado personaje en su pelicula "La flor de mi secreto" (1995). ¿Por qué? Es que se acerca la fecha flechada y vulgar de enamorarse y exhibirlo. No, no con besos o gestos libidinosos sino con globos, osos peludos y rosas rojas... Arribó San Valentín.

    Sin ametrallar lo cursi, se me ocurre preguntar... ¿Qué ha pasado con el enamorado gris? Con aquel que se confunde, que se deja y que vuelve, que besa o ama a más de uno/a? Al parecer no hay día festivo para él.
    El amante gris, el sordido que ya no tiene el enchule de antes, o que quizás el objeto de su afecto no tiene el enchule de antes con él. Siente el amor, sí, pero con destellos de realidad, de aburrimiento, de dependencia y no quiere celebrar un día de adefesios y tarjetas Hallmarks.

    El amante gris no es desempleado, no está del todo vapuleado y no es loco característico de los cascos urbanos. Es un cortejador que está en un brollo de relación híbrida (sin suficiente odio para dejarla, sin suficiente amor como para vivir feliz en ella). No busca otro amor, aunque hay disponibles. Quiere, como Leocadia (ver párrafo 1), aceptar su desventura y aprender a superarla o vivir con ella sin vacilación.

    Bueno, para todos aquellos de nosotros que somos amantes coloridos y que estamos "como una vaca sin cencerro"; aquí les dejo con un manifiesto de lo lindo que es ser cínico, sarcástico, aburrido y en fin, gris. Yo propongo celebrar nuestro día también.

    ¡Qué disfruten! Aquí les dejo a Ana Laan y su tema “Para el dolor”.

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    San Juan, Puerto Rico
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    Mi nombre es Laurie Garriga, tengo 21 años. Vivo en San Juan, Puerto Rico. Estudio en la Universidad de Puerto Rico, concentrándome en Periodismo y Estudios Hispánicos. Aprovecho y les cuento que me encanta leer (es casi una obligación en este gremio), escribir, explorar Río Piedras, la poesía y muchas cosas más. Quise hacer este blog para canalizar todas mis energías (vaya que son muchas), practicar la redacción y creerme que tengo la última palabra en algún argumento. ¡Qué lo disfruten!

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