De cada minuto, un epitafio.
El amor que de noche muere,
para dar lugar al que renace a diario.

Dar una tregua al corazón.
Posar mis ojos en sus ojos, despacio.
Acalambrar mis exhaustas neuronas
por tanto pensar en sus labios.

Diosa del Amor. Color del ocaso.
Vientre virginal, de puro alabastro.

De cada minuto, suspirando.
Donde se tornan amorosos
los amantes desvelados.

Entre sábanas blancas y carmines opacos,
la resurrección de su alma
ilumina el espacio.
Y mi cuerpo...

mi cuerpo, en su cuerpo postrado.

© Luzìa.