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Luis García Montero

los días que son días porque alguien me ama

17 Febrero 2007

Mañana

Como la mayoría de mis amigos están acostumbrados al pesimismo por exigencias de la realidad, no me pasa desapercibida la ilusión cuando reaparece en sus conversaciones. Hay luces que se encienden en las palabras acostumbradas a las sombras como los faroles callejeros en las penumbras del atardecer. A todos nos gusta sentirnos útiles sin tener que traicionarnos. He notado un rebrote de la alegría cívica en los debates sobre el referéndum del Estatuto. No sé si dará resultados significativos en los índices de la participación, pero ya es importante que algunas reflexiones hayan vuelto a unir la interpretación del presente con la ilusión del futuro. Resulta complejo esgrimir el concepto de la alegría en la tradición andaluza, porque durante siglos se ha identificado con la juerga superficial de un territorio herido por las tristezas del hambre. Ahora nuestro tiempo es otro, somos una sociedad avanzada, se ha roto la dinámica de la marginación. Ser una sociedad avanzada, claro está, no significa vivir sin problemas, sino vivir con los problemas y las desigualdades propias de una sociedad avanzada. El Estatuto interpreta la realidad, comprende que hemos pasado de las quejas y los retrasos tradicionales a las contradicciones de una situación nueva, al paisaje de las democracias europeas modernas, y propone respuestas cargadas de alegría cívica. Esta ilusión a la que me refiero descansa en tres claves: dignificación de la política, memoria histórica y futuro histórico. Basta con meditar las noticias de los periódicos para asumir que vivimos años de barbarie neoconservadora. Sufrimos la ley del más fuerte, el descrédito de la política y la liquidación del Estado, en nombre de una eficacia que sólo con mucha fastasmagoría tecnológica puede confundirse con los intereses de los ciudadanos. Motivo de alegría supone afrontar la barbarie no ya con una ética de la resistencia, sino con la oportunidad de un optimismo constructivo.

El desarrollo progresista de la España de las autonomías ha facilitado una coyuntura feliz y extraña: una nueva oportunidad para las competencias públicas. La raíz profunda de la dignificación de la política es inseparable de la reivindicación de los espacios públicos, los amparos sociales, las medidas de igualdad y la defensa del medio ambiente. El Estatuto tiene los ojos abiertos a los problemas reales, a las dificultades económicas, laborales y sociales de los ciudadanos. El protagonismo de la solidaridad es lógico en una tierra con memoria histórica, que conserva recuerdo de un pasado inmediato de emigración, dependencia y pobreza. A la hora de construir el futuro preferimos apostar por la cohesión, la integración de los inmigrantes, la convivencia pacífica y el diálogo entre culturas. El adjetivo histórico se aplica a la memoria para aludir a las experiencias y los recuerdos colectivos. Un sentimiento de alegría se produce cuando nos atrevemos a aplicar este adjetivo al futuro. Y ese es el reto. El tiempo humano también se construye, se hace histórico, futuro histórico, sobre todo cuando pensamos en el porvenir sin la condenas de la fatalidad o de leyes escritas al margen de la voluntad de los ciudadanos. La alegría cívica surge entonces, como algo más que una resistencia ante la hostilidad, como un sentimiento puro de intervención, una apuesta por un modelo de Estado, una negociación con la realidad. De pronto nos sentimos legitimados una vez más para inventar, para imaginar, para sentirnos herederos de las ilusiones optimistas de la modernidad, para recoger la antorcha de la dignificación humana. Las utopías irracionales proponen el paraíso, un futuro perfecto que promete la felicidad, palabra demasiado rotunda, que sólo se hace vida en algunas afortunadas plenitudes del amor azaroso. Para discutir de los horizontes públicos mejor es atenerse al estado modesto de la alegría, que no da soluciones eternas, pero permite unir la ilusión con la realidad. Alegre me parece a mí la apuesta por los espacios públicos del nuevo Estatuto. Conviene aprovecharla.

(fuente: http://www.elpais.com/solotexto/articulo.html?xref=20070217elpand_5&type=Tes&anchor=elpepuespand)

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15 Febrero 2007

Como cada mañana

Ahora sé
que estas calles nos han hecho solitarios
y nuestro corazón
tiene el pulso amarillo
de las maderas lentas de un tranvía.

Sobre su cuerpo viejo
andábamos despacio, de forma irregular,
con una simetría parecida a los árboles.

Era hermoso acudir
cada mañana
y respetar la cita con la hiedra
del muro,
los ropajes cansados de las casas estrechas
y de las calles sucias. Agradable
cruzar sobre algún puente,
detenerse lo exacto
para ver cómo el agua discute en las orillas.

En su jardín olimos
los primeros inviernos, su curso indefinido
por entre las palmeras.
Casi nadie pasaba,
sólo había
cuarenta sillas rojas
de los bares cerrados y alguna soledad
definitiva.

Durante muchos años,
durante tantos días que pasaron
el uno tras el otro,
el deber era un cierto paseo solitario,
la cita con un rumbo que sólo desviamos
para pisar las horas que caían,
los sueños que faltaban,
la superficie helada de los charcos,
para saltar los setos
o besarnos las uñas moradas por el frío.

Y llegando a la puerta solíamos comprar
pequeños caramelos de nata o de violetas.

Entrábamos por fin para mezclarnos
como cada mañana de la vida
con el paso cansado, los azulejos fríos
de un mundo hecho en latín
y números romanos.

Ahora sé
que en aquella ciudad deshabitada
la gente andaba triste,
con una soledad definitiva
llena de abrigos largos y paraguas.

("El jardín extranjero" 1983)

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13 Febrero 2007

Nocturno

(Ver recitación):

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12 Febrero 2007

Paseo marítimo

Será porque el amor tenía entonces
el color de las lámparas de gas
y yo tan pocos años que miraba
caer en las hamacas
una lenta experiencia de cansado
septiembre.
Era en las tardes últimas.
Sentados sobre el porche veíamos la luz.
Finales de verano por las enredaderas,
en los olivos secos,
las palmeras desnudas de un jardín
donde nada pasaba,
solamente la vida.
Con qué coraje, amor, y qué deprisa
se nos llenó más tarde
de paseos franceses y de farolas viejas.
Y era un tiempo feliz el que vivimos,
según dijeron luego. De mi infancia recuerdo
dos zapatos vacíos y azules en el suelo,
el olor de la casa,
sus ojos y los tuyos que llegaron despacio
igual que aquellos sueños
heridos tibiamente por un lápiz de labios,
carmín desesperado de posguerra.
Crecimos
en la oscura presencia de su risa,
sobre balcones altos y glorietas,
de espaldas al temor, a la miseria
que nos miraba a veces
desdibujadamente
desde la ventanilla del último autobús.
Perdón si os hice trampa
pero pienso que nada queda ya
si no es la huella
de este extraño placer que siento al describiros
(y el viejo tema de nuestra amistad).
Porque no es ya su pelo
y ni siquiera el tuyo que vendría más tarde,
sino algunas mañanas en que fuimos al muelle
y vimos solitarias
las lámparas de gas en las paredes,
los charcos sucios
de lluvia y de petróleo,
el mar, el mismo mar
latiendo en las mamparas,
los adoquines húmedos del puerto.
Allí,
bajo los hierros verdes y las grúas,
yo conocí tus ojos cansados de café.
De mi infancia recuerdo la bruma de los barcos
y una luna deshecha, tatuada en el mar.
Cuando otra vez se posan
en las playas del Cable y El Poniente
las luces o los pájaros,
he regresado aquí.
Quizás por eso tenga
alquilado el recuerdo
igual que una pensión por unas horas
y espero a que regresen los barcos mientras busco
las sandalias doradas de tu juventud
en los papeles viejos
de mi vida que hoy rompo.
Todo me llega débil como un baile lejano.
El mundo tiene a veces sabor de Noche Vieja.
Será porque el amor soñaba entonces
el color de las lámparas de gas
y yo recuerdo ahora
su fría insuficiencia, colgada sobre un mástil
que nos dejó en la tierra.
Entonces,
tal vez tú lo recuerdes,
nos hablaba en voz baja la luz de la ciudad.

("El jardín extranjero" 1983)

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11 Febrero 2007

Los andaluces

Decían "Ojú, que frío". José Hierro dedicó en su Libro de las alucinaciones (1964) un poema a "Los andaluces". Había coincidido con muchos andaluces en las cárceles de la posguerra franquista, y los recordaba temblando de frío, con sus ropas delgadas, telas tejidas para cantar y morir siempre al sol. Parecían hechos de indiferencia, pobreza, latigazos, obligados a soportar el frío de Ocaña, la nieve de Burgos, el viento helado del mar de El Dueso. Decían "Ojú, que frío". Un espantoso, tremendo, injusto, inhumano frío. Pasados los años, al viajar por Huelva o Jaén, veía a los muchachos en las plazas de cal, y se acordaba de sus padres, de aquellos andaluces compañeros de cárcel, que no dejaban ni siquiera sombra al caminar por los pasillos y los patios, más solos que ninguno. La pobreza obliga a la humillación, a una silenciosa dignidad, sobre todo en años de derrota, cuando las ilusiones y la rebeldía acaban de ser pasadas por las armas. La historia dejó secuelas, el tiempo de las cárceles fue desplazado por el tiempo de la emigración, y los muchachos de las plazas de cal hicieron sus maletas de cartón y viajaron al norte, a los suburbios de París o de Frankfurt, para seguir pasando frío, ¡ojú, que frío!, y para que un poeta como José Hierro les deseara un grano de trigo, una oliva verde, el aliento de la tierra, el párpado del sol, "para ayer, para mañana, para rescataros... Quiero que despierten del pasado de frío". Aunque la realidad se haya movido de una manera vertiginosa, no hace tantos años de aquellos fríos, de aquella dignidad en la miseria, de aquella pobreza negociada por los andaluces en los trenes nocturnos y en los campos y las ciudades del norte. Más que de un espacio, somos herederos de un tiempo, y yo recuerdo el tiempo de la emigración, y las caras agrietadas y rojizas de los campesinos, y las condiciones de trabajo de los albañiles que levantaban al final de los años 60 las extensiones cicateras y sórdidas de Granada.

Por eso, por ese tiempo, considero muy mío el nuevo Estatuto de Andalucía. Me emocionan poco los debates sobre el concepto de nación. Pero reconozco como mío el artículo 37, cuando declara como objetivo "la integración laboral, económica, social y cultural de los inmigrantes". Y el artículo 62, cuando Andalucía se responsabiliza en el marco de sus competencias de la integración y la participación social de los inmigrantes. No quedan muy lejos las escena contadas por Juan Goytisolo, las señoras parisinas quejándose del servicio, de lo ladronas y poco fiables que eran las muchachas andaluzas. Hay quien recuerda carteles en las puertas de las discotecas, prohibiendo la entrada a los perros y a los emigrantes. Considero muy nuestro el Estatuto cuando, en medio de los contratos basura y la siniestralidad laboral, el artículo 169 compromete a los poderes públicos a orientar sus políticas "a la creación de empleo estable y de calidad para todos los andaluces y andaluzas". No se trata de simple palabrería. En el Estatuto se reconoce una clara voluntad de consolidar los amparos públicos de un Estado democrático y de derechos sociales. Y es aquí donde yo reconozco la historia de Andalucía, el legado de su experiencia, el pacto de una identidad social y de unas leyes. Porque hemos pasado mucho frío en el penal de El Dueso, y en las calles de París, con nuestra ropa para vivir y morir al sol. En un Estatuto nacido de la negociación, del consenso, de la política, donde se ha querido integrar incluso a la minoría que no lo apoya, resulta lógico que haya cosas que sobran y cosas que faltan, disposiciones que gustan más o que gustan menos. Pero un Estatuto no es una declaración individual, sino un marco en el que convivir, y yo siento muy mío, muy de mi historia, el deseo de legalizar el calor o, por lo menos, las temperaturas suaves. Me parece importante, y no solo por el frío que hemos pasado, sino por los tiempos de ahora, por la Europa de hielo neoconservador, empeñada en acabar con ese pacto de derechos, deberes y libertades que llamamos Estado.

(fuente: http://www.elpais.com/solotexto/articulo.html?xref=20070127elpand_8&type=Tes&anchor=elpepuespand)

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3 Febrero 2007

OTAN

La próxima reunión en Sevilla de los responsables de la OTAN invita a recordar las viejas discusiones que sostuvimos sobre nuestra permanencia en el bloque militar liderado por los Estados Unidos. En poco más de 20 años, el mundo ha dado muchas vueltas, muchas más de las que establecen las leyes naturales del universo. ¿Merece la pena volver al debate? Creo que sí, aunque sólo sea para recordar la cara de tontos que se nos quedó a algunos cuando el gobierno de Felipe González ganó el referéndum del 12 de marzo de 1986 y consiguió que los ciudadanos españoles votaran a favor de la OTAN. La cara de tonto suele ser un padecimiento ridículo del que se entrega con sinceridad a una causa noble y resulta castigado por las circunstancias. En 1981, Felipe González afirmó que era conveniente salir de la OTAN, porque el tratado militar no estaba al servicio de Occidente, sino de los Estados Unidos. Sus ideas se plasmaron en las resoluciones del XXIX Congreso del PSOE. A finales del 1985, incluso después del sonoro cambio de postura de la dirección socialista, las encuestas señalaban que sólo un 19 % de los españoles estaba a favor de la permanencia. Pero tres meses después se nos quedó cara de tontos a los que participamos en los movimientos sociales defensores del no a la OTAN. El 52% de los votantes en el referéndum consagraron la pertenencia española a la Alianza. La campaña mediática gubernamental había sido rotunda hasta límites insospechados para una joven conciencia democrática. Nunca se volvieron a ver una radio y una televisión públicas tan manipuladas, hasta que el gobierno conservador de Aznar rompió todos los límites de lo imaginable. En España, por lo visto, para adquirir fama de buen Presidente de Gobierno, conviene ser valiente a la hora de girar hacia posturas conservadoras y manipular con descaro los medios de comunicación. Si uno se muestra partidario de actitudes progresistas y de respetar las pluralidad informativa, es muy posible que los generadores de corrientes de opinión te vean con cara de tonto.

Por mucho que nos acusaran de soñadores, parece que 20 años después las realidades más contundentes nos han dado la razón. El no a la OTAN encerraba una meditación sobre el sentido de la historia contemporánea mucho más objetiva y sensata que las coyunturas estratégicas del sí. Los tiempos de la guerra fría eran ya un capítulo tenebroso del pasado. El hundimiento del socialismo real dibujaba un panorama nuevo, en el que la amenaza para la paz del mundo llegaba con la solitaria prepotencia del neoconservadurismo norteamericano, capaz de violar incluso las leyes internacionales y los acuerdos de la ONU. La globalización tecnológica y económica abría un mapa de mestizajes y tensiones culturales, en el que muy pronto iba a ser necesario apostar por un nuevo tipo de carrera armamentística o por una declarada voluntad de diálogo entre civilizaciones. Resultaba necesario consolidar la independencia democrática europea, como única alternativa posible frente a las inercias neoliberales norteamericanas y el despertar poco tranquilizador del coloso chino, más preocupado por el capitalismo salvaje que por la dignidad laboral de los trabajadores. ¿Qué pintaba la OTAN en esta realidad? Los acontecimientos de los últimos años, con el genocidio de Irak por medio, han demostrado que una alianza militar al servicio de los intereses norteamericanos, sólo servía para debilitar las instituciones internacionales y para dificultar las políticas democráticas de entendimiento entre el Norte y el Sur. Nadie va a pedir perdón en este caso, porque a nadie le gusta quedarse con cara de tonto, aunque a veces sea lo más digno. Pero puede considerarse un consuelo que el artículo 10 del nuevo Estatuto de Andalucía legitime "el fomento de la cultura de la paz y el diálogo entre los pueblos". Tampoco carece de importancia que uno de los principios rectores que asume el artículo 37 declare "la lucha contra el sexismo, la xenofobia, la homofobia y el belicismo". A los soñadores nos gusta que las cosas se pongan en su sitio.

(fuente: http://www.elpais.com/solotexto/articulo.html?xref=20070203elpand_9&type=Tes&anchor=elpepuespand)

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25 Enero 2007

¿Quién eres tú?

Se deshizo la luz,
equivocó su horario por dejarte desnuda,
desdibujó tus ojos mientras me sonreías.

Mientras me sonreías
vi una sonrisa inclinada desvestirse,
abrir la cremallera despacio del silencio,
dejar sobre la alfombra
la civilización.

Y tu cuerpo se hizo dorado y transitable,
feliz como un presagio que nos enfurecía.

Que nos enfurecía.
Solamente nosotros
(camaradas
de una cama ruidosa) y el deseo,
ese difícil viaje de ida y vuelta,
que ahora insiste y me empuja a recordarte

alegre, levantada,
un relámpago abierto entre los ojos,
recogiendo tu falda de joven colegial.

Mientras me sonreías,
yo me quedé dormido
en las manos de un sueño que no puedo contarte.

("Poemas de Tristia", 1982)

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22 Enero 2007

Andalucía

Un lugar en el sur
donde el viento pregunta el nombre de las cosas
y el mar mira a los ojos de la gente que llega.
Un lugar del que ama,
donde la prisa olvida sus razones impuras
y las arenas guardan memoria de los cuerpos.
Con sus años más tristes, sus maletas vacías,
las cartas indecisas, los trenes hacia el norte.
Con las nuevas historias de un sol que no confunde
la dignidad y el lujo, las monedas y el tiempo.
Hay un balcón abierto, un rumor de talleres,
un poeta que paga y acude a su trabajo.
Hay un reto de lluvias en la palabra ayer,
y un himno adolescente recorre las ciudades.
Con la herida que guarda al fondo de su música,
con la luz que comparte en sus días de orgullo.
La cita de los sueños y de la realidad.
Una rama de olivo.
Andalucía.

(Poema inédito de Luis García Montero, recitado por el autor el pasado día 16 en Sevilla).

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