.
Os presentamos una aportación realizada por un buen amigo, de esos de la infancia... que ha tenido la gentileza de escribir este relato especialmente para este blog. Esperamos que lo disfrutéis.
Aquella noche hacia frío. La luna brillaba con una intensidad pocas veces recordada. Su luz era propia de un enorme faro que alumbra al barco perdido en la niebla, y que quiere llegar con la mayor prontitud posible al puerto para poder escapar de la inmensa oscuridad de la noche.
No lograba acordarse de cuándo, cómo y por qué se había desplazado hasta ese lugar. Solo recordaba vagamente cómo había ido a recoger a su prometida, en su Mustang del 67 color granate, para ir a ver la última película que se estrenaba en el cine.
Recordaba cómo se habían sentado en la última fila y cómo se habían comenzado a besar. También recordaba, con menos agrado, cómo el acomodador del cine les había interrumpido para llamarles la atención y cómo ellos habían hecho oídos sordos a aquella situación. Recordaba cómo habían salido del cine y se habían dirigido hacia la cafetería más cercana. Recordaba, y recordaba, y recordaba... Pero aquellos recuerdos se veían interrumpidos en el tiempo como si alguien se los hubiese borrado de la memoria.
Se encontraba en el bosque que había al este del pueblo. Aquel bosque donde iba a jugar de pequeño al escondite. Aquel bosque donde solía ir con su prometida para recordarse lo mucho que se amaban... Era un espeso bosque, plagado de olmos y abedules. Por el día era un hermoso paraje. Pero esta vez tenía una extraña sensación. Su cuerpo temblaba por momentos. No podría decir con exactitud si era por el intenso frío de la noche o por aquella sensación de miedo que poco a poco se convertía en terror, y que le invadía todo el cuerpo.
El rechinar de sus dientes rompía el escalofriante silencio que albergaba aquel bosque. No acertaba a entender por qué aquel paraje, tantas veces recorrido en otras ocasiones, le producía aquel terrible temor. De pronto oyó un ruido. Su corazón se paró un instante. Su aliento se entrecortó. - Habrá sido una ardilla o un pequeño ratón de campo - se obligó a pensar, sin poder lograr que aquella respuesta le trajera a la mente el menor síntoma de alivio. Siguió caminando por el pequeño sendero que se abría entre los centenarios troncos de los árboles.
A medida que avanzaba se dio cuenta de que aquel camino no era tal y como lo recordaba. - Ahora debería aparecer el gran claro que tiene el bosque - pensó. Y poco después debería salir y encontrarme con la carretera que lo separa del pueblo. Pero él seguía y seguía. Aquel gran fanal que era la luna poco a poco se iba apagando con una increíble rapidez. Volvió a oír otro ruido. Esta vez su corazón tardó más tiempo en recuperarse. Cuando se restableció y acumuló el suficiente valor giró su cuerpo.
No vio nada. Empezó a andar más rápido. Sus pequeños pasos se transformaron en zancadas, que se iban ampliando a cada paso que daba. Los segundos le parecían minutos. Los minutos horas. Tenía la sensación de que alguien o algo le seguía. Volvió a girarse. Esta vez parecía como si los árboles hubieran cobrado vida y se inclinasen a su paso para intentar atraparle con sus fuertes ramas.
Volvió a insistir en que sería el aire que movía las ramas y hacía que éstas se balancearan. Pero no era así. Sintió de nuevo la sensación de que alguien o algo le estaba observando. Esa sensación de terror le paralizó las extremidades por un momento. Sentía sus manos heladas. Sentía el gran esfuerzo que tenía que realizar su corazón para poder bombear la sangre por todo su cuerpo.
Contó hasta diez y se aferró a un crucifijo que llevaba colgado al cuello creyendo que éste le traería la calma que necesitaba. Pero no dio resultado. Gritó hasta quebrantarse la voz. Entonces, movido por el pánico y el terror, empezó a correr sin mirar atrás. Corría y corría, pero sentía aquella sombra pisándole los talones. La sentía cada vez más cerca. De pronto, observó un obstáculo en su camino. Era un tronco de enormes dimensiones que estaba caído en medio del sendero. Tomó impulso para saltarlo, pero fue inútil. Era demasiado grande como para lograrlo. Tropezó sin poderlo evitar. Sintió cómo aquella sombra se le echaba encima, cómo le agarraba del cuello con ambas manos y entonces...
Entonces despertó, sumido en un baño de sudor que le empapaba todo el cuerpo. Había un rostro observándole. Era su prometida, que estaba junto a él en la cama, sobresaltada por el alarido que había realizado en el momento de despertarse. - ¿Qué ocurre cariño?- Le preguntó asustada. - Nada. He tenido una pesadilla.- Le respondió él con una sensación de calma que le rebosaba.- Vuélvete a dormir, no pasa nada.
Se levantó de la cama y se dirigió al baño para secarse el sudor y refrescarse la cara. Se miró en el espejo que tenía situado en la pared, todavía asustado y exhausto por aquella horrible pesadilla que había tenido. Le faltaba algo. No sabía exactamente qué, pero le faltaba algo. De pronto bajó la mirada dirigiéndola hacia su cuello. Observó que no tenía el crucifijo...
FIN.
Jose Muñoz













Excelente, gracias por compartirlo