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QUEMANDO LAS NAVES

Mirar atrás sólo para contar historias, las buenas y las otras

Categoría: Granada

Vampirella me cogió de la mano la misma tarde en que me rompieron el corazón del todo. Quizás la chica más preciosa que jamás haya conocido me dejó tirado (a pesar de que la culpa era enteramente mía, ¿de quién sino?).
Vampirella me cogió de la mano con la dulzura que sólo conocen las amantes más codiciadas, y me dejé llevar sin pensar en lo mucho que me dolía el pecho. Apenas escuchaba el latido, apenas apreciaba mi aliento en la garganta, pero ella me contaba, me recitaba.
Suficientemente cerca como para cautivarme.
Suficientemente lejos como para no sufrir un accidente.
Le dije: "¿Te he contado?".
Me contestó: "Sé".
Y rompió la barrera de seguridad, pero yo apenas me di cuenta, porque ella era mucho más inteligente que yo, disponía de más defensas (y armas de ataque) que un pobre manchego.
Vampirella me llevó a un lugar donde no daban cenas, pero sí licores insanos. Puso uno de aquellos brebajes en mis labios, luego otro. Su copa no se agotaba sino que yo la bebía de sus dedos.
Y el dolor fue desapareciendo con la suavidad con que dicen que penetra el te saharaui en el pecho.
"¿Dónde estoy?", me pregunté a mí mismo contemplando una habitación demasiado grande, repleta de obras de arte de imitación, ventanales grandiosos y una terraza con macetas de plantas mágicas, medicinales.
Las sábanas era de un color rojizo, encarnado, como la sangre que sale de las rodillas de los niños que caen por primera vez.
Olía como sólo pueden hacerlo las ninfas.
Hasta que el precioso aroma reparador del café me alivió: aquello era el cielo.
Pero no recordaba cómo había llegado.
"¿Cómo?", dijo Vampirella.
"Vinimos juntos".

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  • Archivado en: Granada Mentiras o Inventos
  • Cuando trato de recordar mi primera vez, me viene a la cabeza el tren y la música, la música siempre en mi cabeza. Si no estaba en mis orejas a modo de auriculares.
    Camino de Villarrobledo, camino de la Mancha a las tres de la mañana en una noche de finales del mes de abril. No es mala hora si estás dormido o entre las piernas de alguien. Eso también es música, aunque de otro tipo, de la que te causa problemas, de la que te regala el cielo.
    Llegué al pueblo a las ocho de la mañana, no había nadie esperando en la estación y me fui yo a buscarlos, parando de manera obligatoria en una churrería de trabajadores.
    Todos mis amigos dormían menos sus madres. Con cara de buen chico y mi cabeza afeitada dije que sí, que sólo sería un rato de música y risa, ellas se lo creían, tengo cara de buen chico.
    Las motos empezaron a llegar, los coches empezaron a llegar.
    Dos bolsas “de a kilo” de marihuana, algunas piedras de chocolate, aunque llamar piedras a aquello es por decir algo, más bien chocolatinas, es más infantil y cercano, menos peligroso.
    El primer grupo que actuó aquella mañana, a las doce del mediodía, era de Villarrobledo. Choco, el cantante, no hacía más que decir, entre canción y canción, “estoy asfixiao”. Nosotros nos moríamos de risa, las sustancias empezaban a hacer el efecto esperado.

    Eran las doce del mediodía.

    Cientos de chavales que no sabían aún lo que el Viñarock podía suponer. Decenas de rastafaris vendían litros de vino en la puerta. Trataban de colarse por las puertas de atrás, escalando las paredes laterales del campo de fútbol municipal de Villarrobledo.

    Los litros los habían comprado en el supermercado más cercano que no imaginaba que una panda de piojosos como aquellos pudieran ser beneficiosos para su negocio.

    Aquel día, muchos otros hicieron negocio.

    Mientras Manolo Cabezabolo tocaba en solitario, unos cuantos chavales echaban un partido de fútbol justo enfrente del escenario. No había seguridad, era libertad, haz lo que quieras, ni un solo mal rollo. Beber, fumar y disfrutar de la música. Aunque a Manolo se le veía el plumero. Su “pipa”, cada dos canciones, le pasaba un enorme petardo. Cuando se cansaba, decía, “ahora sin manos”. Y se dedicaba a cantar pequeñas estrofas que hacían que todos nos descojonáramos un poco más. Los miembros del grupo Mercromina estaban indignados: “Este hijoputa gana lo mismo que todos nosotros juntos”.

    A media tarde Lagartija Nick, lo mejor que he visto en un festival en siglos. Tragamos la tierra que nos dio la gana, el ambiente era especial, la mitad de la gente junto al escenario, el resto bebiendo y drogándose. Tirados por el campo de fútbol, dejándose llevar por un día primaveral en la Mancha, el guitarrista de L.N. dejándose llevar por la magia, a pesar de que todos sus compañeros ya habían abandonado el escenario.
    Los de Telecinco, los esbirros del programa de mierda de Pepe Navarro, grababan a cualquier jilipollas que se pusiera por delante, buscaban a chicos fumados o riendo, pero no se dieron cuenta de que estaban fuera de lugar. Era de ellos de quienes se reía todo el mundo.
    Dos chavales, entre concierto y concierto, se pusieron a simular una corrida de toros, la gente pasó del escenario, la cámara grabada. Dos chavales simulando una corrida de toros. Les dimos las dos orejas y el rabo. Fue su momento. Pero la música debía seguir.
    Por la tarde, ELLA me llevó a dar un paseo, se me estaba pasando la borrachera, me llevó a unas esquinas cercanas, sólo quería hablar. Ninguno de nosotros nos queríamos perder el concierto más esperado, Extremoduro. Pero empezó a llover, nos refugiamos bajo un portal y siguió cayendo. Los de Telecinco ya se había ido y los de Protección Civil ayudaban a salir del recinto a Manolo Cabezabolo, no se tenía en pie.
    El primer Viña no estaba sino empezando. Los Enemigos salieron a tocar bajo un plástico. La lluvia convertía el escenario en un lugar peligroso, pero la gente no se iba, era imposible, parecía que todo iba a explotar, parecía que la luz se mezclaría con el agua y se los llevaría a todos antes de tiempo. Pero siguieron tocando.
    Las gotas de sudor y de lluvia nos caían a ambos por la frente, la música se oía casi en todo el pueblo.
    Yo debía coger un tren para Granada a las ocho de la mañana y eran las tres. Nadie quería irse, sabían, algo dentro se lo decía, que un Viña como aquel no se daría en la vida. No eran conscientes de lo que iba a suponer, el mejor festival del año.
    Llegué a tiempo, de casualidad, el tren ya se iba. Como yo, muchos otros, llenos de polvo, con las narices llenas de tierra y los pulmones de humo. La cabeza llena de música y poco más.

    Recuerdos para contarlos luego frente a una cerveza. Yo estuve allí.

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  • EL PRESIDENTE Y YO

    El presidente me retó a un lugar indefinido, con la ropa que yo prefiriera. Y lo estuve pensando.
    ¿Qué se me daba mejor cuando bebía?
    ¿La cerveza?
    Era muy bueno bebiendo tercios, incluso litros, las cañas me hacían perder tiempo comiendo.
    ¿Chupitos?
    No, los chupitos me ponían idiota y me revolvían el estómago aunque jamás dije que no a una sobredosis de chupiteo.
    ¿Güiski y cubatas?
    Puf, cualquiera me tumbaría, además de caros, no había ninguno que me gustara especialmente.
    ¿Vino?
    Amigo, muy bueno para hacer amistades y darse abrazos a media tarde, pero al cuarto empiezo a decir más tonterías de las habituales.
    El reto del Presidente era una cogorza española donde yo quisiera, con la ropa que eligiera y las condiciones las ponía yo, igualmente.
    Me da ventaja.
    Con el Presidente me quedé mirando un par de japonesas cerca de la Alhambra, ellas sonríen siempre. Cuando quisimos darnos cuenta de que podíamos acercanos a ellas, ya se habían marchado. Pensábamos demasiado en los piropos, somos así, idelizamos la situación y sopesamos los comentarios, las respuestas y demás.
    Ellas habían pasado de largo y la Alhambra se reía de nosotros.
    Por eso creo que el vino es siempre una buena opción.
    Alguien nos explicó en el Albaycín, en el Agua, lo que significa que te las den con queso.
    Así que me quedo pensando en el momento en que el Presidente se me acerque con cara de pillo, para eso es de pueblo, y me diga: "Cuando quieras".
    Esta mañana, camino del trabajo, con los auriculares a toda pastilla, algo así como un grito me ha hecho dirigir la mirada al firmamento.
    Hoy tocaba AZUL, la imaginación se me ha ido a aquellos lugares en que el azul es diferente (como las estupendas fotos de Lola y Jorge de Marruecos, aunque supongo que allí el cielo siempre está turbio).
    El grito no era nada, sólo un aullido entre el guitarreo.
    He pensado en el Presidente y su propuesta, así como en sus recomendaciones para el mes de febrero, ¿música, libros, cine?
    Qué malos amigos que sólo quieren para uno lo peor.
    Cualquiera que me vea por las calles de Albacete, con cara de bobo, pensando en las musarañas, despistado y con la música a toda pastilla, pensará que soy tonto.
    ¡Qué fácil es conocer a la gente!(El presidente y su escolta)

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  • Un amigo me escribe desde la otra parte del mundo y me dice que piensa en la muerte, encima tenemos el fantástico día que lo rememora, y hay quien no lo lleva nada bien. Como él, como muchos, como los que roban flores en las tumbas de otros, por diversión, por falta de dinero, por joder.

    Un día, paseando por un cementerio de cuyo nombre prefiero no acordarme, me encontré con una señora que lloraba desesperada frente a una tumba, la de su marido.
    Al alejarse, me aproximé porque la curiosidad me obligó, aquel tipo había fallecido en los años 60, habían pasado más de veinte años, y la señora lloraba desconsolada, en soledad, como si hubiese sido el día de antes.
    No me quedó más remedio que pensar que su vida había estado condicionada por la pérdida de su ser querido: cuando uno planea las cosas y, de repente, sin saber cómo, algo lo trunca.
    En aquel mismo lugar, detrás de la tapia, un par de chavales se fumaban un chino. Por las noches, los más osados, subían a follar tras la tapia. Un sitio como cualquier otro si no tienes ni piso ni coche, ni dinero para un hostal.

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  • Lost in Granada

    Os he dejado mucho tiempo sin palabras, el primero yo mismo. Ahora, en un hueco, escribo casi sin pensar y pensando en que mañana vuelvo al trabajo.
    fui a Granada, vi a quien tenía que ver y cosas que Echaba de menos, algunas otras las he echado de más.
    Por ejemplo, subir a la Alhambra y encontrar gente con pistola, quizás para algunos sea la única manera de mantener la seguridad en los espacios públicos, pero ver a grupos de chavales de colegio y justo al lado, seguratas con pistola, me daba miedo.
    Por otro lado, al subir con el enano al mirador a rascarnos la barriga, no encontré a las típicas gitanas que tocan las castañuelas, sólo un par de jipis cantando y otros que llegaron al tiempo que yo, éstos a vender pendientes y pulseras.
    Un secreta esperó a que montaran el chiringuito para echarlos de allí, con multa incluída y cuatro motos de municipales para velar por nosotros.
    Así están las cosas.
    Pero me quedo con los desayunos en camino de ronda (no desayuneis en los hoteles) y con las librerías de segunda mano. Esta vuelta, libros de ciencia ficción, para volar.
    Así me vine, volando.
    Así estoy.

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  • Se abrió la puerta y lo primero que vi fue un póster de bob, saludando con un petardo en la mano, debajo un mueble de esos que nadie sabe dónde poner y coloca a la entrada, en el típico rincón muerto.
    Bob, dije, este parece un buen lugar para vivir, a pesar de las humedades en la pared, a pesar de la basura en la terraza, a pesar de los cacharros de la cocina oxidados o inexistentes. Bob, dije, éste es un buen sitio para vivir.
    En el salón comedor no había televisión.
    Un buen sitio para vivir.
    en otro de los rincones muertos de la casa, un equipo de música con plato para discos, en el interior, un disco de Bob Marley: Natty Dread.
    En la casa no había más que aquel disco y cintas regrabadas.
    Un buen sitio para vivir, a pesar de las vecinas cotillas y la chica que follaba escandalosamente a la hora de la siesta molestando a medio vecindario.
    "¿Qué te parece?", me dijo Pablo.
    Un buen sitio para vivir.
    La primera noche cenamos truchas en una sarten que daba miedo, miedo real, miedo al contagio.
    Cenamos trucha y tomate con lechuga.
    Pâblo me dijo cómo llegar a determinados sitios, me insinuó cómo acceder a determinados otros, me invitó a ir a los más divertidos, y cogidos de la mano, me acercó a lugares de vino y otoño sin hojas en el suelo.
    Un buen sitio para vivir.
    La primera noche eché de menos muchas cosas, cientos, miles, muchas.
    Bob sonó despacio, en una cinta regrabada. Bob suena mejor cuando suena despacio.
    Me llevó de la mano, un poco más allá.
    Aún no conocía el resto de rincones de la casa.

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  • La chica estupenda número 1 apareció en La Estrella a eso de las once.
    La chica estupenda número 2 apareció en La Estrella a las once y diez.
    paco y yo
    Llevábamos en La Estrella desde las nueve.
    La música sonaba, Mauri nos dejaba elegir hasta que se llenaba, elegíamos bien, sobre todo Paco, él sabe más de música que la mayoría de la gente, pero no lo aprovecha.
    Las chicas estupendas nos saludaron con un par de besos, o el leve gesto de roce de mejillas que sustituye al beso, uy.
    Habíamos quedado con ellas por la mañana, no tenían plan, se vendrían con nosotros, les mostraríamos el ambiente rockero de Granada.
    la chica estupenda 1 miró a la chica estupenda 2 advirtiendo que Paco y yo llevábamos desde las nueve de cañas: "Tenemos que pillar a éstos", fue su comentario. Y la mejor opción para esprintar son los chupitos, "como somos rockeras, burbon", sonrió estupenda 2.
    Como no hay dos sin tres, no hay cinco sin cuatro.
    Les dio la risa y Paco y yo nos miramos como dos tontos, "¿estaban jugando a pasarse el cubito del primer cubalibre de la noche?".
    Yo confiaba en poder jugar pero se entrelazaron, al son de una vieja canción de Kiss, y el cubito desapareció por el suelo.
    -¿Pedimos otra cerve?
    -Vale.
    Paco y yo nos pusimos a hablar de la importancia de los amigos en los trances más negativos de la vida, mientras las dos chicas estupendas se habían convertido en una sola que hacía las delicias de la gente de La Estrella.
    Eran las doce y media de un miércoles cualquiera.

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  • CAMPOS ELISEOS

    Muchas veces le recordaba a Luismi y a Miguel, allá por los años 80, cuando aún éramos alguien, que las mejores borracheras, las más divertidas, son las de días (o noches en su defecto) lluviosos.
    Está el día tonto, parece que va a llover, y es Feria. Todo invita.
    Puedo recordar algunos de estos paseos bajo el agua pero especialmente recuerdo un paseo, largo y húmedo, como en las mejores películas X, en París. Cuatro tontos, Juan Carlos, Alonso, Luis y yo, nos dijimos que aquello de los Campos Elíseos no era tan largo como parecía, que bajaríamos dando un paseo hasta el final...a tomarnos un café o qué sé yo que se pueda tomar en París con 16 años.
    Como no somos (o éramos) de mapa ni de paraguas, nos pasó lo que suele pasar: el camino empezó siendo entretenido, para pasar a ser agotador y, con la tormenta, divertidísimo.
    Qué divertido es ver a un español haciendo el tonto, SI, bajo la lluvia, a lo largo de varios kilómetros que dura el maldito paseo que será muy bonito, pero no en esas condiciones.
    Cuando quisimos llegar y encontrar un bar en una pequeña plazoleta al estilo Cortázar, el reloj ya había superado la hora del café. Además, el café de allí no es como el de aquí: es mucho más caro.
    Y la mentalidad de los 15 años en adelante es, "ya que me van a robar, que me roben bebiendo alcohol, no café aguado".
    Dejó de llover, pero recuerdo que Juan Carlos, otro gran contador de historias, inventó una peculiar para un tipo que estaba subido en un caballo en mitad de una plaza. Quizás era Napoleón, quizás algún rey galo, pero eso saba lo mismo porque lo importante eran las descripciones, los paisajes, el recorrido: ver y comprender la historia.
    Cómo conseguimos regresar al hotel casi no lo recuerdo, la memoria es selectiva, pero sí recuerdo que aquel viaje a lo largo de la Europa de los libros de historia sufrió muchas tormentas.
    Hacen falta más tormentas.

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