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QUEMANDO LAS NAVES

Mirar atrás sólo para contar historias, las buenas y las otras

Categoría: Granada

21 Agosto 2006

CALLE ELVIRA, tres y fin


Vampirella se enrolló en mi cuello como una serpiente de pitón, sin apenas apretarme pero con la fuerza suficiente como para destrozarme del todo.
No dejaba de sonreírme. Yo trataba de respirar notando cómo sus palabras y sus gestos me envolvían igual que una canción de Los Planetas. Sólo quería respirar.
En un momento de conciencia miré alrededor, olvidando la belleza de Vampirella: la Alhambra a un lado, el Sacromonte detrás de mí, la calle Elvira moviendo la cabeza con un gesto de conocer la situación, abajo, esperando. Era cuestión de tiempo que ella me recogiera y me hiciera olvidarlo todo.
Fue un momento de lucidez, anterior a la asfixia, el que me aseguró que Vampirella quería devorarme sin apenas tocarme, sin apenas rozarme.
Fue un momento de lucidez en el cual recordé a otros despistados que, como yo, se dejaron llevar por los ojos de la diosa, por la cadencia en su manera de caminar y unos labios eternamente sonrientes.
Como aquel alemán que suspiró la belleza de la judería a ella que conoce de antemano las mentiras, aquel teutón delgado y barbilampiño que aseguraba conocer de memoria la poesía de Lorca y el lugar exacto dónde lo habían fusilado. Vampirella le sonrió y le dijo al oído al valiente: “Si quieres meterte en mi cama, no necesitas decirme tanta chorrada”, ella conocía las mentiras y las historias, y no hay nada más cristalino que un europeo tratando de acostarse con una mediterránea, los ojos se les cargan de sexo y la boca de falsa poesía, Vampirella lo sabía y el teutón cedió, se desnudó sin apenas notar las uñas en su carne y, al despertar, no recordaba mucho más que un par de refranes en español y tres sonoros tacos que había escuchado en la plaza de Bibrambla, palabras que no conseguí entender.
Vampirella nos contó aquella historia a Ángela y a mí durante un café, pasadas las dos de la mañana de un lunes cualquiera y yo me imaginé al pobre alemán buscando la estación de autobuses, perdido en una ciudad en la que cruzarte por la calle Elvira supone, sin más, perderte.
Ahora era yo el que había cruzado la línea, a sólo dos manzanas de la calle del arco de piernas largas y endurecidas por las caminatas y el sexo.
Le dije “Vampirella, no, por favor”, pero ella sonreía de la manera en que la había visto hacerlo muchas veces antes, con demasiadas presas. “¿Seré yo uno más?”, me dije, consciente de que la respuesta me la daba su mirada de medio lado, con los ojos negros siempre abiertos para cazarte y devorarte.
La música comenzó a desaparecer, sólo pasos en los adoquines y la calle Elvira con su eco de cañas deslizándose dentro de vasos sucios y tapas grasientas.
Vampirella se acercó a mí y me dijo al oído de la manera más dulce que podía imaginar en esa situación: “No te preocupes”.
Había caído en las redes y me había soltado sin apenas darme cuenta.
Caímos en el mismo lugar en el que se inició la mañana, Elvira sonreía, conoce las historias antes de que comiencen, y conocía el final de ésta.
Me sonrió, sonrió a Vampirella.
Sabía que esta historia en concreto no había finalizado aún.

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18 Agosto 2006

CALLE ELVIRA, capítulo dos

Comenzamos a adentrarnos en las entrañas del Albaycín, con el paso lento de la media mañana.
Antes, poco antes, Vampirella y yo habíamos cumplido uno de los rituales habituales de la parte trasera de la catedral: ella zumo, yo café negro. Los dos tostadas, molletes de Antequera, ella con tomate y aceite, a mí el aceite me sobraba.
Nos bebimos sin parar, nos comimos sin parar, sin parar de hablar, de la vida y del amor, como dicen las canciones, de la vida y del amor, como dicen los poetas de andar por casa.
Y sin querer llegó la media mañana, nos encontrábamos en la parte de la ciudad en que el tiempo te dice exactamente quién eres y qué deberías hacer.
Deslizamos nuestros pies por encima del mercado y la catedral nos condujo a la calle Elvira, que miraba de reojo, que contempla cómo los coches la destrozan a más de cincuenta kilómetros por hora, se reía, sabe de antemano a quién devorará y quién cederá al paso del tiempo en sus redes.
El tiempo se detiene, Vampirella y yo cruzamos el paso de peatones y el olor de las teterías y de hachís nos aseguraba que el reloj de arena se había girado quedándose en posición de tumbado.

“¿Qué hacemos?”, me dijo, “tenemos toda la mañana para perder juntos”. Le sonreí y la llevé de la mano a la librería, ella miraba libros demasiado caros sobre arte y fotografía. Yo perdía mi vista en libros de menos de doscientas pesetas, acartonados, amarillentos, de páginas usadas, leídas, gastadas.
“Éste le va a gustar”, me dije, mirando de reojo su cuerpo ceñido en negro, Vampirella destacaba en la tienda blanca, Vampirella destacaba siempre en cualquier lugar, con el pelo recogido se le salían los ojos de las cuencas, y tú te perdías en ellos. Con el pelo suelto la imaginación del poeta se enturbia.
“Éste le podrá gustar y pensará de mí que soy suficientemente interesante para comer conmigo, para echar la siesta juntos, para tomar café juntos a media tarde y quizás, quizás, cenar”. Vampirella desde el rincón de la tienda, a menos de dos metros de mí, me relataba y me aleccionaba sobre determinados autores alemanes de composición pictográfica.
Tomé un libro al azar ente varios que me gustaban y decidí regalárselo.
Con dedicatoria.
El tiempo se había parado del todo.
Ya caminábamos hacia el Sacromonte.
Vampirella me cogió de la mano y susurrando me dijo: “Qué lindo eres, muchas gracias, es el primer regalo que me hacen”.
Mi corazón se había parado del todo.

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17 Agosto 2006

CALLE ELVIRA, capítulo uno.


La calle se llama Elvira, dan ganas de comérsela sin pelar, sobre todo la primera noche que pasas con ella. Dan ganas de pasar la vida entera deslizándose entre sus esquinas y curvas, porque es una calle con curvas sinuosas, con esquinas pervertidoras.
Pero no lo haces porque eres consciente de que el tiempo fuera corre de otra manera. Si te dejas llevar, al salir, al adentrarte de nuevo en Granada, las cosas se han movido de sitio y tú no eres más que un apunte más, una pintada en la pared de un callejón cualquiera. Sólo te quedarían dos opciones, volver y quedarte para siempre, o huir con los recuerdos.
El inicio, un arco gastado y a punto de derruirse, te permite entrar entre sus piernas sin permiso, piensas que eres el amo de un lugar desconocido, piensas erróneamente que serás el primero y el mejor.
Pero no.
Ella se desliza al ritmo que le marca ser el puente entre el Albaycín y el resto de la ciudad.
Una librería de segunda mano, un bar, una tetería cerca y Vampirella a mi lado, vestida de negro, demasiado ajustado, demasiado brillante para mi imaginación.
El tiempo no se movía desde al menos dos años.
Al menos el que yo contaba, el que colgaba de mi muñeca.

Una triste librería de segunda mano, con flores en la entrada y las paredes demasiado blancas, con láminas de escritores muertos y más flores. No dejaba de preguntarme cómo podía ser triste una librería así. Pero lo era.
Celebrábamos el cumpleaños de Vampirella de la manera que yo mejor conocía: deslizándome por los rincones del Albaycín y la calle Elvira, esa frívola interesada. Con la inútil intención de robar besos entre las curvas, o abrazos simples cuando los coches acelerados se acercan a la acera.
Camino del Sacromonte, camino de los Faroles, a degustar cañas añejas, de botellines con cubierta de polvo y aceitunas del terreno.
Vampirella estaba fuera de mi alcance, lo sabíamos los dos, pero no por eso dejaríamos de engatusarnos el uno al otro, no quedaba nadie más alrededor.
Me miró con los ojos negros, profundos y enormes y me dijo gracias por el libro que le acababa de regalar, con una dedicatoria al estilo San Nicolás: un sitio que no es nada, sólo el espacio que lo rodea, el espacio que desde su mirador se puede contemplar. De nuevo un lugar donde el tiempo no fluye.
Me miró con los ojos y me penetró sin quererlo, tanto que nos sentimos avergonzados.
Elvira me miraba de reojo, desde abajo, consciente de que el tiempo variaba según cruzase su territorio, consciente de que las lunas me sobrevolaban mientras Vampirella me hipnotizaba y encantaba.

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7 Agosto 2006

PASEO DE LOS TRISTES

¿Alguien recuerda un vídeo pirata en el que un periodista y dos aspirantes hacían el tonto entre los rincones del Generalife?

Memorables momentos que sacaré a relucir cuando el periodista y el aspirante a mafioso y a plumilla, asimismo, lleguen a algo (que llegarán).
Lo mejor de ser viejo es que uno sabe qué historias son a las que se les podrá sacar rendimiento, aderezadas con una dosis adecuada de mentiras, sexo y cuatro chistes robados a A.L.A.

Como digo, las mejores historias de la Alhambra no son las de W. Irving, sino las que se han vivido desde los ochenta en adelante, con el telón de fondo de las cañas y las tapas aceitosas.

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27 Julio 2006

JAPONESA EN GRANADA


Nagaka sonreía con un leve gesto de la cabeza cada vez que yo le daba una explicación sobre la procedencia de los árabes o sus luchas contra los españoles del siglo XIV. "¿Qué significa la expulsión?", inquiría ella con dulzura. Y yo, admirando de reojo sus vaqueros ajustados demasiado modernos para cualquier español, su mochila repleta de artilugios electrónicos, y la camiseta blanca de algodón ceñida para admirar su extrema delgadez, inventaba historias que ella quería entender pero no comprendía.
Aquella situación sólo podía conducirnos a un destino: degustar un par de cañas más, y explicarle las bondades del vino y del sol andaluz, como buen anfitrión, como buen español, como cualquiera que trata de engatusar a una dama. Para eso caminábamos los dos bajo la mirada dulcificadora de la Alambra, si las palabras fallaban, siempre podría quedarme mirando con cara romántica y dejarme llevar por unos cuantos vinos más.
Colocó su mochila en la silla de plástico de la terraza del bar, sin siquiera descolgarse la cámara fotográfica del cuello. Supongo que vino a mi cabeza aquel tópico del japonés con cámara pero, del mismo modo, Nagaka me retrataba a mí, con la calles del Albaycín de fondo. Aquello le hacía aún mucha más gracia a ella que a mí, imagino que en su lugar de procedencia, la isla de Kobe, alardearía de un joven hispano de lo más típico, que la sacó de paseo a tomar una caña y a bailar tratando de llevársela a la cama sin pagar el precio a cambio. Sus amigas japonesas disfrutarían con la anécdota una y otra vez.
Escasamente había transcurrido un día desde que nos habíamos conocido aunque, como todo el mundo sabe, y sino debería, un día es suficiente o demasiado. Una sola jornada puede marcar la diferencia entre lo divertido y lo frustrante. Y si el tiempo lo mides en la ciudad del Darro, deja de tener importancia.
Con Nagaka ya había sucedido cuanto tenía que suceder, ahora nos limitábamos a caminar y conocer Granada, como buena guiri, como buen cicerone principiante.
Cuando el cansancio nos agarraba por el pescuezo, un par de cañas o un café. Cada sociedad tiene su forma de avituallamiento, sus rutinas y ésta es la nuestra, aunque tampoco sé muy bien a quién me refiero con esta generalización. Supongo que es mi manera de descansar entre paseo y paseo o entre chica y chica: unas cañas o un café.
Le pregunté dónde se situaba la ciudad de Kobe, su ciudad. Me comentó que no muy lejos de la gran ciudad de Osaka. Aunque yo desconocía dónde podía encontrarse esta ciudad nipona, contesté afirmativamente con la cabeza, como si conociera de memoria cada uno de los rincones del planeta. De cualquier manera, ella insistió en que yo le relatara más sobre la historia de Granada, sobre los maravillosos poetas árabes de los que algo había leído en las guías de viaje. Quería historias de las juderías, de los Reyes Católicos, a los cuales no sabía ubicar políticamente como bondadosos, bienhechores y descubridores; o, por el contrario, como genocidas y ambiciosos sin escrúpulos. Quería que le relatase cada uno de los momentos, mientras nosotros construíamos el nuestro, en apenas una jornada.
A pesar de que mis conocimientos sobre la Edad Moderna se limitan al nombre de las tres caravelas y que el 12 de octubre es fiesta, procuré ofrecerle una visión detallada del final del siglo XV español. Porque para eso, y no para otra cosa, es útil la imaginación: para encandilar a quien te gusta. Y, debido a sus rudimentarios conocimientos de castellano, pude salir airoso.
No nos engañemos: es obligatorio aprovechar las oportunidades, no es una cuestión de convertirse en el más cabrón del Reino ni tampoco el más estúpido.
Dos noches antes, en El Coyote, uno de los maltrechos bares de la calle Elvira, Paco y yo mirábamos obsesivamente las etiquetas de nuestras cervezas. ¿Seríamos capaces de arrancar con la uña del dedo gordo, el logotipo de aquel tercio? Si no, lo intentaríamos con un par más.
Y, en aquel instante, ella apareció.
De esta manera hubiera sucedido si esta narración fuera "una de esas historias", si mi vida hubiese sido de color de rosa. Como otros tonos del rojo existen, otras tantas cosas suceden. Y lo que sucedió fue, ni más ni menos, que Paco y yo nos aburríamos contándonos una y otra vez la misma historia: la nuestra. Y lo que nos hubiera gustado, lo que nos hubiera vuelto locos de verdad era otra cerveza, con la etiqueta bien sellada, por favor. Detrás de la barra, uno de los camareros más característicos de la calle Elvira, seguidor acérrimo de ACDC y, como tantos de nosotros, tenía oculta una obsesión: el coyote degollaba al correcaminos con lentitud mientras reía y sus carcajadas resonaban en todo el desierto. Degolla-correcaminos marca ACME.

Elga y Nagaka compartían hostal, en una de las calles perpendiculares a calle Elvira. Los extranjeros son así, se dejan conducir por las guías de viajeros y terminan todos en las mismas camas, en los mismos lugares, como si todos los viajeros fueran de confianza, potenciales amigos o compañeros de viaje.
Se habían conocido en el Talgo que bajaba desde Madrid a Granada, su inglés fluido y el hecho de ser totalmente diferentes entre sí, las llevó a la decisión de compartir habitación en el mismo hostal que ambas tenían señalado en la guía del viajero barato, con visa oro en un rincón de la mochila y ropa interior de quince mil pelas.
Habían salido esa noche a conocer la marcha de Granada, llevaban la sonrisa maquillada y el monedero repleto. Paco y yo éramos los dos únicos que aún soportaban los cambios de humor y lo chistes malos de Juanan, el dueño del Coyote. No nos engañemos, si no aprovechas determinadas ocasiones es para darte un collejón, con acento en la ó. Si no aprovechas determinadas oportunidades, la vida no volverá a ser tan amable contigo. Y nosotros siempre estábamos ahí, hasta que amanecía, por si la oportunidad se retrasaba.
Ni sabría ni podría decir lo que sucedió entre Paco y Elga. La noche, y parte de la mañana que pasamos Nagaka y yo queda para la memoria, esa gran aliada en los momentos turbios, en los peores, cuando el mundo se resquebraja alrededor.
Aquel día, a la hora del ángelus aproximadamente, nos fuimos a almorzar molletes de Antequera, con aceite y tomate. Le pareció mucho más exótico que las gitanas vendiendo romero frente a la catedral; aunque no tanto como Juan, el dueño del bar Los Faroles, en el Sacromonte, y su madre peinándose eternamente una de las melenas mejores cuidadas de Granada.
Siempre me ha costado menos esfuerzo dejarme llevar por emocionantes recorridos que componer historias. Pero si una dulzura de ojos rasgados y camiseta ceñida solicita sonrisas e historias, se inventan las historias. Las sonrisas aparecen solas. No se trata de mentir ni de engañar, solamente de pasar un buen rato y hacérselo pasar a ella, es suficiente justificación, al menos para mí.
Caminábamos a los pies de la Alhambra en una mañana encantadora, no por agradable sino por hipnótica, como son muchas de las jornadas granaínas. Mientras tanto, yo le explicaba que el nombre de la calle por la cual paseábamos se denominaba Paseo de los Tristes. Nagaka me miró como lo estaba haciendo a lo largo de aquellos dos cálidos días, con atención y curiosidad. Pero en esta ocasión, insistió en que le contase algo más al respecto del nombre de la calle. En inglés no suena de la misma manera, por supuesto, casi cualquier traducción pierde en el camino. Pero insistió, "¿por qué Paseo de los Tristes?", susurró en un inglés impecable.
Puse cara de póker, de mentiroso profesional, y me inventé una historia que, en aquel momento no convenció a la dulzura nipona que desaparecería de mi vida una hora y 45 minutos más tarde.
Nos encontrábamos tomando unas cañas, unas tapas, algunos denominan interculturalidad a estas situaciones, la mezcla, fundirse con personas de otras procedencias. Ella quería una respuesta y mi explicación no la convencía. Así que hice lo único que supe hacer, tomarla de la mano y acercar mis labios a los suyos, como si aquello supusiera el final de la historia. "Tú no sabe, ¿verdad? Cuando sepas, escribe". Y desapareció: habían volado los 105 minutos.

Cuando volví a ver a Paco, me detalló las excentricidades de Elga la holandesa, en la cama de un hostal barato que aparecía en todas las guías para extranjeros sin saber bien cómo. Le pregunté si conocía la puta historia del Paseo de los Tristes y me dijo que parecía jilipollas, pues siempre trataba de ir un poco más allá. Conocer a dos tías en un bar a quienes no vas a ver más en tu vida no implica enamorarse de ellas, ni intercambiar direcciones para luego recibir postales insulsas. "¡Eso se aprende con 15 años, capullo!, me gritó Paco al oído antes de agarrarme por el cuello camino de unas cañas. "Ellas están de turismo y absorben información, pero eso es de día. De noche, por la noche prefieren no saber que el Paseo de los Tristes es el lugar al cual venían los seguidores del movimiento romántico del siglo XVIII a despedirse de la Alhambra y de Granada, momentos antes de partir a sus países de origen. Todos aquellos extranjeros chalados", sonreía Paco encantado de darme una lección al tiempo que nos dejábamos llevar por unas berenjenas rebozadas y unas cañas.
Según me contó, venían a España en busca de algo, en busca de ellos mismos y descubrían un folclore que los descolocaba. Dicen que incluso algunos de ellos se terminaban suicidando, parece ser que más de dos y de tres. Por eso el mito se convirtió en algo mucho mayor de lo que realmente no dejaba de ser una excentricidad de guiris de hace un par de siglos.
"Por eso vienen muchos de estos guiris a pasar unos días o unas semanas a Andalucía, a ver qué se cuece, a comprobar si es cierta toda la literatura, a comprobar las cosas por ellos mismos, como si nosotros vamos al oeste en busca de John Wayne", reía Paco. "De todas formas, te podrías haber inventado algo", sentenció.
-No, si lo hice, pero se me notó mucho- contesté avergonzado de ser tan torpe.
-Pues nada, a aprender algo del sitio en el que vives, que ya es hora. Al menos no tuviste que aguantar atado de pies y manos a la puta cama más de tres cuartos de hora hasta que la loca aquella saliera de la ducha.

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