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QUEMANDO LAS NAVES

Mirar atrás sólo para contar historias, las buenas y las otras

16 Febrero 2007

MI PRIMERA VEZ (viene del artículo anterior)

Cuando trato de recordar mi primera vez, me viene a la cabeza el tren y la música, la música siempre en mi cabeza. Si no estaba en mis orejas a modo de auriculares.
Camino de Villarrobledo, camino de la Mancha a las tres de la mañana en una noche de finales del mes de abril. No es mala hora si estás dormido o entre las piernas de alguien. Eso también es música, aunque de otro tipo, de la que te causa problemas, de la que te regala el cielo.
Llegué al pueblo a las ocho de la mañana, no había nadie esperando en la estación y me fui yo a buscarlos, parando de manera obligatoria en una churrería de trabajadores.
Todos mis amigos dormían menos sus madres. Con cara de buen chico y mi cabeza afeitada dije que sí, que sólo sería un rato de música y risa, ellas se lo creían, tengo cara de buen chico.
Las motos empezaron a llegar, los coches empezaron a llegar.
Dos bolsas “de a kilo” de marihuana, algunas piedras de chocolate, aunque llamar piedras a aquello es por decir algo, más bien chocolatinas, es más infantil y cercano, menos peligroso.
El primer grupo que actuó aquella mañana, a las doce del mediodía, era de Villarrobledo. Choco, el cantante, no hacía más que decir, entre canción y canción, “estoy asfixiao”. Nosotros nos moríamos de risa, las sustancias empezaban a hacer el efecto esperado.

Eran las doce del mediodía.

Cientos de chavales que no sabían aún lo que el Viñarock podía suponer. Decenas de rastafaris vendían litros de vino en la puerta. Trataban de colarse por las puertas de atrás, escalando las paredes laterales del campo de fútbol municipal de Villarrobledo.

Los litros los habían comprado en el supermercado más cercano que no imaginaba que una panda de piojosos como aquellos pudieran ser beneficiosos para su negocio.

Aquel día, muchos otros hicieron negocio.

Mientras Manolo Cabezabolo tocaba en solitario, unos cuantos chavales echaban un partido de fútbol justo enfrente del escenario. No había seguridad, era libertad, haz lo que quieras, ni un solo mal rollo. Beber, fumar y disfrutar de la música. Aunque a Manolo se le veía el plumero. Su “pipa”, cada dos canciones, le pasaba un enorme petardo. Cuando se cansaba, decía, “ahora sin manos”. Y se dedicaba a cantar pequeñas estrofas que hacían que todos nos descojonáramos un poco más. Los miembros del grupo Mercromina estaban indignados: “Este hijoputa gana lo mismo que todos nosotros juntos”.

A media tarde Lagartija Nick, lo mejor que he visto en un festival en siglos. Tragamos la tierra que nos dio la gana, el ambiente era especial, la mitad de la gente junto al escenario, el resto bebiendo y drogándose. Tirados por el campo de fútbol, dejándose llevar por un día primaveral en la Mancha, el guitarrista de L.N. dejándose llevar por la magia, a pesar de que todos sus compañeros ya habían abandonado el escenario.
Los de Telecinco, los esbirros del programa de mierda de Pepe Navarro, grababan a cualquier jilipollas que se pusiera por delante, buscaban a chicos fumados o riendo, pero no se dieron cuenta de que estaban fuera de lugar. Era de ellos de quienes se reía todo el mundo.
Dos chavales, entre concierto y concierto, se pusieron a simular una corrida de toros, la gente pasó del escenario, la cámara grabada. Dos chavales simulando una corrida de toros. Les dimos las dos orejas y el rabo. Fue su momento. Pero la música debía seguir.
Por la tarde, ELLA me llevó a dar un paseo, se me estaba pasando la borrachera, me llevó a unas esquinas cercanas, sólo quería hablar. Ninguno de nosotros nos queríamos perder el concierto más esperado, Extremoduro. Pero empezó a llover, nos refugiamos bajo un portal y siguió cayendo. Los de Telecinco ya se había ido y los de Protección Civil ayudaban a salir del recinto a Manolo Cabezabolo, no se tenía en pie.
El primer Viña no estaba sino empezando. Los Enemigos salieron a tocar bajo un plástico. La lluvia convertía el escenario en un lugar peligroso, pero la gente no se iba, era imposible, parecía que todo iba a explotar, parecía que la luz se mezclaría con el agua y se los llevaría a todos antes de tiempo. Pero siguieron tocando.
Las gotas de sudor y de lluvia nos caían a ambos por la frente, la música se oía casi en todo el pueblo.
Yo debía coger un tren para Granada a las ocho de la mañana y eran las tres. Nadie quería irse, sabían, algo dentro se lo decía, que un Viña como aquel no se daría en la vida. No eran conscientes de lo que iba a suponer, el mejor festival del año.
Llegué a tiempo, de casualidad, el tren ya se iba. Como yo, muchos otros, llenos de polvo, con las narices llenas de tierra y los pulmones de humo. La cabeza llena de música y poco más.

Recuerdos para contarlos luego frente a una cerveza. Yo estuve allí.

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