Un día como cualquier otro,aquel navegante decidió que la única solución pasaba por encender la antorcha y mirar cómo ardían los tablones mohosos en que se habían convertido sus flamantes naves.

Y sonrió de felicidad, de locura y de nostalgia.

Alguien por detrás, quizás su primero, le susurró con malicia que había otras manera de huir, muchas más de escapar, y que el destino de uno no debe nunca ponerse por encima del destino de muchos.

Las lágrimas se secaron mezcladas con el sudor.

Su segundo escupió en la arena y chilló a uno de los marineros que jugaba con los abalorios de una indígena, demasiado sonriente como para no atraer a los problemas.

El navegante escupió con más fuerza que su segundo y le dijo al subordinado que mejor sería adecuar las chozas, “aquellas nubes no pueden traer nada bueno”.

“No estamos en Cáceres, señor, aquí las nubes pueden traer agua o cualquier otra cosa”.

“Cierto es”, respondió atajando cualquier intento de conversación, “pero no menos cierto que a partir de ahora conoceremos de memoria nubes y vientos, mareas, amaneceres y fiebres”.