Hasta que la muerte nos separe
La vida en pareja corre hoy en día un doble peligro. Por un lado, vivir continuamente en el pecado de no haber formalizado la relación ante el altar con la sagrada bendición del matrimonio, y, por otro, verse sometido a los yugos postnupciales de una celebración sacramental que se supone para toda la vida. “Yo os declaro marido y mujer ... hasta que la muerte os separe”.
La oficialización de la vida en pareja, según la Conferencia Episcopal, debe pasar antes por la iglesia para consumarse ante el sacerdote que oficie el acto. “¿Quieres a este hombre como legítimo esposo?”. De esta forma, en lo que es una especie de contrato, legitimidad, legalidad, normalidad y oficialidad entran en juego a la hora de fijar las diferencias entre las parejas de hecho y las de derecho, aunque todas ellas sean, de hecho, parejas. Este asunto, sin embargo, nos embarcaría en otro todavía más manido y teñido de unas subjetividades que en verdad van más allá de lo que es la creencia o práctica de una religión.
Por ello, lo que atañe a este breve artículo son las declaraciones de Juan José Asenjo, obispo auxiliar de Toledo, que, por eso de auxiliar, era de suponer que tendría que haber lanzado dichas palabras teniendo como objetivo salir en defensa, en auxilio, de quien padece, se ve sometido o, como es éste el caso, sufre maltrato. Pero no, lo que Asenjo vino a decir en su desafortunado discurso era que el sacramento del matrimonio estaba por encima de los malos tratos, que éstos no podían ser causa de nulidad matrimonial y que, por encima de todo, el matrimonio era algo que debía contemplarse por siempre jamás hasta el final de nuestros días.
Tremendamente acertado el comentario, créanme. Y es que, mujer, si a tu marido, paliza tras paliza, finalmente se le va la mano y acaba con tu vida, es de agradecer que la Iglesia dé carta blanca a la disolución del matrimonio. Un matrimonio en el que, al ser cosa de dos, la palabra de uno de los cónyuges no cuenta por mucho que les canten, y les calienten, las cuarenta cada vez se que llega al hogar, dulce hogar. Todos felices y contentos, y en paz, claro está, aunque en uno de los casos está paz se traduzca por Riscance In Pace.
Tal vez deberíamos empezar a ver el tema del matrimonio ya no como un contrato, sino como una hipoteca que, por cierto, también es para toda la vida. Señor obispo, por favor, no obligue a quien sufre diariamente a permanecer, de por vida, pagando los intereses de una hipoteca con sangre y lágrimas.
¿Qué se pretende? ¿Acabar con la violencia doméstica o acabar por domesticar la violencia? No lo veo nada claro.
Texto: Mikel Razkin. 2002.
Alberto dijo
Muy cierto lo que dices Mikel, pero escribe algo nuevo y no nos publiques tus cartas al director. ¿Cuando nos pones la de Farinelli, Joselito y otros?
19 Octubre 2006 | 11:23 AM