Categoría: Vuelta y vuelta a mi mundo en 80 viajes
5 Noviembre 2007
Hasta ayer, domingo, el puente éstaba siendo de lo más productivo, la verdad: dormir, ver películas, cocinar, salir de juerga... ummm.
Dormía yo "la mona" el domingo, metabolizando en la camita las copas y los venenos del sábado-noche, y me cuando desperté asomé la cara por la puerta del salón: allí estaban mi buen amigo Edu, con nuestras respectivas, L e I. La cara de él no tenía nada que ver con las de ellas, y, la verdad, me dieron ganas de cerrar la puerta y volverme a la cama. Pero ya era tarde:
-¡Vamos a IKEA esta tarde!- gritaron las dos voces féminas al unísono.
-Coño... puesss no sé... me acosté a las ocho de la mañana, juega la final Rafa Nadal, va a estar petado de gente porque es puente, está en el quinto coño, no hemos cobrado así que no podremos comprar nada...
-¡No, si vamos sólo a mirar!
(O_o ¡¡A mirar!! Joder, para eso te asomas por la ventana), pensamos Edu y yo, pero no lo dijimos. Seguimos intentándolo, pero al final accedimos... resignados, con la reacción de una ameba adolescente, resacosos y entregados a las caras de gato de Shrek de las chicas.
Efectivamente fuimos al más cercano, que está en Las Suertes, paradójica parada para mi estado de ánimo (15 paradas de metro, ná más, cosica fina...), estaba petado. Tuve la maravillosa idea demirar en un cajero si había cobrado por casualidad el sábado (así soy yo de avispado, ya véis) , y ¡¡¡maldita sea, sí!!!
Tener pasta fe excusa ideal para que L me recordara que tengo que comprarme un edredón 60% de pluma de pato, 30% de buey de mar y 10% cola de bacalao, porque
-"es lo mejor, pesa poco y abriga mucho. También dos fundas intercambiables y así lavas una y pones otra, luego pones la otra y la vas la una, luego lavas...".
-"Sí, sí, ya lo pillo, ásí hasta el infinito"
-"Claro".

Bueno, en Las Suertes, donde se acaba la Comunidad de Madrid, (sin bromas, está casi en Castilla la Mancha eso) te recoge un autobús pero la gente se acina al borde de la carretera como si el autobús fuera de Cruz Roja y estuviéramos en plena Guerra de los Balcanes... pos ná, llegamos.
He de decir, en honor a la verdad, que al principio me atrapó IKEA, quizá porque la parte de mi cerebelo destinado al placer estaba sometido aún a los efectos sedantes de la noche, pero me molaba el rollo, todo tan limpito, colocadito ahí... el placer era aderezado por los comentarios de la plebe alrededor: "qué barato", "has visto eso", "este iría bien", "qué te parece"... sofás, estanterías, camas, armarios, sillas, mesas... vamos, muebles...casas montadas en 65 metros cuadrados, en 33 metros cuadrados, en ¡¡25 metros cuadrados!!... bueno, una pasada, mubeles, meubles, muelbes y MUEBLES.
Pero (porque ¡ay amigos!, hay un pero), qué pasa, pues que una vez que entras en el IkeaTourOfTheEggs ya no puedes echarte atrás, se convierte en un sendero irrefrenable del consumismo hasta el final (tardas más de una hora en reocorrerlo sin fijarte en nada, según los últimos estudios antropomórficos el ser humano no sabe "no fijarse en nada")... y bueno, yo ya al final, estaba mareado, de verdad, con tantas cosas, tantos precios, tantos carteles de "más barato", "50 euros menos que en el catálogo anterior". Y reflexioné:

"estos tíos tienen mucho morro. Una mesa de conglomerado gitaneras, que te lo hacen las máquinas, que te lo tienes que llevar tú y montarlo tú...vale 45 euros... ¿barato? Bueno, en comparación con otraos ladrones sí, pero qué coño barato 6000 de las antiguas pesetas por cuatro cachos de conglomerado?".
Empezaban a caerme de puto culo los putos suecos estos con caras de Hansel Y Gretel, mi mareo crecía, y llegamos a la zona de utensilios. Vamos como el todo a cien de los chinos de debajo de tu casa, pero a la bestia. Yo cogí mis fundas de edredón y avisé gritando, a todos lo que había en la tienda:
-¡¡Voy a las cajas a ir pagando que ya no puedo más!!
Y de camino, el agobio me invadió porque para llegar a las cajas, hay que apsar por el almacen (gigantesco) lleno de todo lo que has visto, pero colgado por los aires en estructuras metálicas gigantescas... como un matadero de muebles, qué horror, de verdad, horroroso...
Salí fuera, a tomar el aire y sentí que alcanzaba la superficie tras bucear y que se me hubieran acabado las bombonas de oxígeno.
Cuando Edu, I y L salieron, habñia una cola tremenda para esperar el autobús, pero mira, decidimos que pelearnos para recorrer 300 metros, no merecía la pena, así que fuimos andando hasta Las Suertes... Eran las 9 de la noche, y estábamos todos agotados, o con la nómina inaugurada y... hambrientos como perros abandonados...
Sólo quería llegar a casa, miré atrás y alzando el puño enuncié la famosa frase:
"¡A Thor pongo por testigo que jamás volveré a pisar IKEA!"
Pero la semana que viene rebajan el edredón de plumas de cocodrilo, pato belga y buitre de Monfrague... asíque igual me paso una tarde... qué remedio...
servido por noiserfan
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5 Septiembre 2007
....O de cómo sobrevivir cinco días sin maleta sin móvil y con Santa Tarjeta Visa en el bolsillo...
Tras la pérdida del avión de Praga y un sueño reparador de unas 15 horas ya me dirigía hacia el aeropuerto para ir a Edimburgo. De camino en la carretera me detuve para comprar en una farmacia unos tapones para los oidos. Como suele ocurrir últimamente, me los ofrecieron para meterse en el agua y yo les dije que los quería para el ruido. Vaya, pues de los segundos no tenían. No había tapones, y al subir al coche me doy cuenta de que tampoco había móvil. Se me había caido al bajarme, con las prisas, del vehículo. ¿Alguien puede explicarme para qué **** sirven los calcetines esos en los que se enfunda el móvil? ¡Oh, sí, amigos, yo lo sé! Fue invento de las perras compañías de telefonía móvil y sirve para que si se te cae el móvil al suelo no lo oigas. Me diréis: "no, es para que no se raye". De acuerdo, pero prefiero un móvil rayado a un no-móvil. Otros (lo cual es más preocupante) que "es para que no pase frío en invierno". O_o
Bueno, pues en esas me veía, blasfemia en boca, de camino a un país en el que necesitaba contactar con dos personas: una buena amiga y un compi de curro y buen colega también.
La mala leche se me pasó un poco, sólo un poco -yo cuando me pongo tengo más mala leche que las vacas locas- al llegar al aeropuerto y encontrarme con mis dos compañeros de viaje, y socios desde hace ya más de una década -joder, como pasa el tiempo- Pedro y Jose. Como yo, son periodistas, cercanos al alcoholismo y amigos del trasnochar. Miedo da pensarlo. Tras contarlesla anécdota se descojonan y me tranquilizan. Al embarcar, la compañía de vuelo ya me daba mala espina -no viajéis nunca con Flyglobespan!!- pues me dicen que baje la ventanilla del avión al despegar ¿?¿? y nos ponen caras rarísimas a cada pregunta que hacemos. Tal y como iba las cosas habría apostado la mitad de mis fichas a que el avión se estrellaba o, como mínimo, hacía un aterrizaje de emergencia. Ufff... No. Total, que aterrizamos en Edimburgo, y allí estamos esperando las maletas... algo me hacía sentir que la mía no iba a salir.
Nada, ahí estaba, cada vez más seguro. La gente co
gía su maleta y me echaba un vistazo como si llevara falda escocesa y una gaita o fuese un souvenir o algo raro. (Una japonesa se me acercó a preguntarme si se podía hacer una foro conmigo, "foto con el tonto de la maleta, ¿sí? ¿sí?". Le eché una mirada que aún debe estar sentada en el WC). El caso es que la mía no salió. La blasfemia ya era parte de mi vocabulario innato y la sonrisilla de mis compañeros de viaje era inaguantable -para ellos, que no se la podían aguantar, vamos-.
Me hice a la idea, y la verdad es que después iba muy cómodo yo sin macuto y sin móvil. ¡A la buena de dios! ¡Ale! Ya me veía cinco días con la misma ropa exterior. Sí, sí,la interior sí me la compré, y también un par de camisetas. ¿¿Qué os creíais?? Eso sí, me arriesgué a pillarme un buen resfriado escocés al no comprarme unos deportivos después de que lloviera, pero es que los precios del calzado allí son prohibitivos. Bueno, del calzado ¿y de qué no? Finalmente, tras amenazas con aliento de tequila, el resfriado decidió quedarse en la bella calle de Cowgate. Triste y hambriento de mis leucocitos.
Todo lo demás... un 10!!
Pues sí, la verdad es que sí. Excluyendo las movidas típicas de llamar al aeropuerto para saber si sabían algo del baggage y depender de Internet para contactar con los amigotes que estaban por allí, la ciudad de Edimburgo se me metió en el corazón como un nubarrón se mete en la capital escocesa cada seis minutos -según los ultimos cálculos del Meteosat-.
Al pasear por Princes Street uno ve ya lo que la ciudad ofrece en esencia: edificios hermosos que componen distritos grises y espigados, catalogados como patrimonio de la Unesco con gran justicia, parques grandiosos que transmiten un frescor que no ha abandonado la ciudad en nueves siglos, el olor a cerveza que te perfora la nariz y te invita a saltar de pub en pub -¿cómo decir que no?- y sobre todo mucha gente disfrutando del maravilloso espectáculo que ofrece el Festival de Teatro "Fringe". Un títere, músico, clown, acto teatral, acróbata, payaso, etc. en cada esquina, una sonrisa en cada adoquín, un grupo de gente asombrada a cada paso. Tenéis que ir, tenéis que verlo. Absoluta, total, altísimamente recomendable!! ;)
Las casualidad
es hicieron que, además de encontrarme con mi amiga Davinia y mi amigo Jesús, con quienes ya había acordado tomarnos todas las cervezas que nos diera tiempo a meternos entre pecho y espalda -el alcoholismo comenzaba a ser preocupante, pero es lo bueno que tiene la VISA, que no se queja- viví una experiencia especialmente inolvidable: el encuentro con mi amiga Rocío, una cordobesa graciosa sin par con quien comparto, ademásde muchosde mis gustos preferidos, mi sentido del humor. A pesar de nuestra buena relación ninguno de los dos sabíamos que el otro estaría allí. Cosas del verano. El caso es que subí a dormir la siesta en el albergue y Pedro y Jose se quedaron por abajo en el hall -tratando de ligar, seguro, aunque quizá aleguen otra cosa, ¡mienten!- y hablando con ella, le dijeron que eran de Murcia:
-¡Anda, de Murcia! Pues yo tengo un amigo de Murcia, se llama Trifi...- La cara de los otros dos no pudo más que retorcerse y sus bocas dejaron escapar una carcajada, de esas extrañas que te provocan los acontecimientos increíbles.
-¡Trifi está arriba durmiendo! -no había mucho margen de error, con un nombre como el mío...
Cuando bajé de la siesta escuché un piano sonar plácidamente -Roci toca el piano como los ángeles, o mejor dicho, ya quisieran los ángeles tocar como ella- y después de frotarme los ojos vi que era cierto. To
tal que Pedro, Jose, Davi, Rocío, su amiga Pilar y yo, y Jesús por un buen rato, nos convertimos en una piña que sólo pudieron disolver las borracheras, los malentendidos horarios y las resacas. La subida a Arthur´s Seat se quedará siempre en mi memoria, con aquellos tapones de whisky para celebrar la llagada a la cumbre, las borracheras a tequila, yainseparables de las caras de Davinia -están en video, jaja, no te escapas de verlo-... En fin, un viaje cargado de buenos momentos, juergas, risas y mucha mucha mucha amistad de la auténtica. De la sana.
Tristeza me dio dejar la ciudad -estaba en el aeropuerto dos horas antes de que partiera el avión para no perderlo-, aunque estaba tan agusto sin el peso de la mochila... a esas alturas ya había asumido su pérdida absolutamente. Triste pero sonriente. Porque estoy seguro, 100x100 convencido, de que voy a volver muy muy pronto a Edimburgo.
Saludos y abrazos a todos los aludidos, y perdón por el rollo a los que no!!
Pd.: Mi maleta llegó a los 3 días a casa, sana y salva. Estuvo en un aeropuerto de Sri Lanka, otro de Melbourne, en Moscú, Emiratos Árabes Unidos y Jamaica. Bueno, eso es lo que dice, pero ya sabéis que los equipajes siempre han sido unos mentirosos...
servido por noiserfan
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27 Agosto 2007
En parte por los incidentes, pero aún más por los placenteros momentos, estas vacaciones han sido intensas, diferentes, profundas, sabrosas, etílicas, artísticas y, como siempre, como todas: cortas.
Debo reconocer que Praga era una ciudad que, de antemano, no me caía demasiado bien. Decir por qué resulta complicado, pero creo que se debía a tanto oír cosas estupendas sobre ella, de ver tantas camisetas con la silueta de Kafka por la calle... no sé, pero algo me hacía dudar. Mis dudas se disiparon en el primer paseo. Al llegar a Praga mi existencia se convirtió en un viaje a un pasado inspirador, alegre y sorprendentemente soleado. Para mi sorpresa la cerveza y la gastronomía r
espondían a una relación calidad-precio que ya queda a años luz en la memoria de aquella nuestra España pesetera y en la de la mayoría de las ciudades europeas típicamente turísticas. Praga es una capital hermosa, tranquila, repleta de torreones, palacios y castillos que se aferran a la historia, elegantes y orgullosos de haber sido emblema del Imperio Austrohúngaro y metáfora de las lanzas de la capital del Reino de Bohemia.
El río parte la ciudad en dos dejando a cada lado paisajes que la modernidad no ha sido capaz de plastificar/horrorizar. Al contrario, todos los edificios se mantienen con esa espléndida elegancia que permite oler a través de los ojos el momento glorioso de la ciudad.
Imaginar cómo en el siglo XIV, todos esos edificios decorados hasta los cimientos se construían a la vez, en un cosntante ir y venir de carruajes, de trabajadores, de soldados listos para el viaje y campesinos que acudían a trabajar a las fábricas; las fachadas repletas de andamios de madera, creciendo al unísono bajo los copos de nieve... Asomado a la orilla del Vltava pensaba, fumando un Sparta, "para mí eso es la historia, más allá de todoslos libros llenos de fechas y nombresde gente y detratados. Qué pena no vivir eternamente... qué pena ser sólo una persona enclavada en un instante del tiempo. No haber podido elegir"

No sólo de paseos vive el hombre
Pero bueno, además de cultura, paseos y las imprescindibles visitas a la catedral de San Vito, el Castillo o el fantástico puente de Carlos o la ruta por el barrio judío -repleto de sinagogas que de noche dejarían sin aliento al mismo Golem-, Praga esconde muuuucha juerga ;) y buena música. La absenta en invierno debe ser más útil que una estufa, pues se presenta como la bebida tradicional, -junto a la cerveza, claro- y también el tequila se sirve a discreción. Entre las discotecas de la zona centro, los bares suburbiales de las afueras y las jam sesions de jazz con las que, con algo de suerte puede tropezarse uno, cada noche fue una aventura nueva en la capital checa.
Envueltos mi amigo Edu y yo -podéis disfrutar nuestras andanzas en otros artículos anteriores- en el buen trato de la gente y el grado de alcoholismo que ascendía desde primera hora de la mañana –entiéndase por «mañana» las dos de la tarde–, regamos la última noche con tequila en el bar de la residencia con nuestro nuevo amigo Daniel, de Belfast. Tanto se alargó la juerga que siendo las 6.30 de la madrugada, aunque nuestro avión salía a las 11 de la mañana siguiente, dilucidamos acostarnos un par de horas y despertarnos a las 9. Aún no comprendemos qué nos hizo acordar tal idiota resolución. Pero por si nuestro grado de imbecilidad etílica quedase escasa, lejos de gastarnos 14 míseros euros en un taxi hasta el aeropuerto decidimos coger el metro y el autobus. Resultado: carreras con macuto de 20 kilos a la espalda por el aeropuerto de Praga, intento de embarque gitanero con las maletas como equipaje de mano y negativa por parte de la compañía a dejarnos embarcar. La conversación fue de esta guisa, en english-resacoso-murciano:
–Ese es nuestro avión –lo veíamos a través de la cristalera.
–¿Y?
–Pues, que queremos montarnos.
–No, eso no es posible. Tenían que haber llegado hace cuarenta minutos.
–Pero tenemos el billete y el DNI...
–¿Que creen que es esto? ¿un autobús?
Como el humo salía de nustras cabezas mitad por el enfado, mitad por los efectos del alcohol destilado en sudor, nos mordimos la lengua y nos resignamos a no ver cómo el avión despegaba delante de nuestras narices.
Los vuelos a Madrid para ese día rondaban los 300 euros, así que, gracias a la intestimable ayuda de mi buen amigo Jorge, agente de viajes, que encontré en el messenger, hallamos un vuelo a Barcelona por algo más de 100 euros. Una vez allí cogimos un autobús a Murcia que sólo paró en 34 pueblos de la costa mediterránea y unas 11 horas después ya estábamos en Murcia, en casa. Cansados pero felices, resacosos pero con una Estrella de Levante –grandiosa cerveza murciana, Theo– en la mano. Esa noche dormí, consciente de que apenas treinta horas más tarde salía mi avión hacia Edimburgo...
Pronto Aprendiz de Willy Fog (II). Edimburgo ;)
servido por noiserfan
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10 Agosto 2007
Ver despegar tu avion no es algo saludable, sobre todo si lo ves desde fuera no desde dentro... me ocurrio en Praga, odisea, billetes caros, aunque milagrosamente no muchos, viajes eternos... pero tampoco es que perder el movil de camino al aeropuertosea lo que mas desea uno... y mucho menos que despues pierdan tu mochila al llegar alli. Esto ultimome ha ocurrido hace un par de horas en Edimburgo, donde ahora estoy. He pagado 1 libra por media hora de Internet para contactar con la gente a la que no podre llamar para encontrarme con ellos en esta bella ciudad, y como no quiero dejar ni un solo minuto aqui gratis a la maquina esta, pues os adelanto mis aventurillas... las contare con mas calma... ufff... alguien ahi arriba me debe un favor muuuuuuy gordo...
Saludos agridulces O_o
servido por noiserfan
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17 Mayo 2007
No sabía por qué había cogido ese tren, pero sabía que ese tren y no otro era su huida de la ciudad. No sólo de la ciudad, sino también de su trabajo, de su habitación, de su pasado y sobre todo de ella. Ella había sido para él un viaje maravilloso durante años, amontonados en meses que, con gula, se alimentaron de días ansiosos. Ahora la imaginaba como un vagón de mercancías que falsamente se había anunciado con un gran cartel que rezaba "transporte para pasajeros". Había fingido albergar humanidad, pero sólo contenía materias huecas y vacío. Cuando lo descubrió ya había absorbido gran parte de su ilusión.

Sabía que en otro sitio habría otras identidades -propias y ajenas- esperándole, otra urbe deshaciéndose a cuarenta grados de temperatura, otro sueldo rídículo arrastrándose entre cuentas bancarias. No esperaba dar con esa ciudad de inmediato, pero sentía que lo que llegasesería mejor que lo abandonado. Algo le aseguraba que esa estación era el punto de partida hacia el futuro, un paraíso gris que anhelaba conocer para olvidar la negra mañana de ese domingo. Sabía que ese tren era el punto de inflexión para alzarse a un nuevo yo. Estaba convencido de que ese día en que despertó con la boca llena de ecos de llanto, ese domingo que era algo más que el último día de una semana, era el último día de su vida... tal y como la había conocido hasta el momento.
Imagen -tratada- extraída de aquí
servido por noiserfan
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2 Abril 2007
Y creía que podría estar sin su ordenador, en esa casa rural, leyendo, escuchando el silencio ensuciado sólo por cantos de pájaros diurnos, llantos de grillos en la noche y diez o doce tópicos más propios de los bosques. Apenas llevaba un días y algo comenzó a retorcerle el estómago... pensaba constantemente en su portátil, solo sobre la mesa, pensaba en su bandeja de correo, llena hasta reventar, quizá de spam o quizá de información necesaria, que le iría de lujo para ir adelantando el trabajo de mayo... ese mes lleno de tareas.
Se inquietó, un poco al principio, peligrosamente después. Bajó al pueblo y buscó un cibercafé. Nada. Maldijo la decisión de no haber llevado el coche. Aún le restaban tres días para volver a la rutina de la oficina, del teléfono incansable, del mundo intratable de la arroba de ida y vuelta. Perdió el dinero abonado por la estancia. Ala noche ya había vuelto a la ciudad.
Las cuatro horas de autobús se le hicieron eternas.
Se arrepentía y se consolaba a la vez, pensando en lo mucho que merecería la pena adelantar las labores. En su ascenso.Entró en su casa, nervioso, tropezando en el umbral, tiró la maleta al suelo,encendió el ordenado. La pierna le temblaba. El dedo clickeaba sin tener dónde... Sesión / Oficina / Inicio / Outlook / Bandeja de entrada... Segundos intensos, llenos de impaciencia, ansiosos. Cero mensajes. Comprobó cada detalle. Todo funcionaba bien, no era un error. Nadie le había escrito en un día y medio. Nadie. Se quedó mirando la pantalla sin saber qué hacer. Inmóvil, escuchando el claxon irritadode un coche atrapado por otro en doble fila.
servido por noiserfan
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16 Noviembre 2006

Estuve en Berlín cuatro días hace bien poco. Me llevé un montón de ilusiones y de abrigo, y volví con un saco de desencanto y el jersey de cuello alto sin sacar de la mochila. Si dijera que Berlín es una ciudad que me gustó, sería un mentiroso. Puede resultar extraña una crítica de esta naturaleza viniendo de alguien que vive en Madrid –que en muchos aspectos parece una ciudad prima cercana de la capital alemana–, pero será que soy así de extraño. Por un lado he de discernir, abismalmente, las sensaciones que me produjo el pueblo berlinés y las que me transmitió la urbe: la gente de Berlín es maravillosa, y no lo digo en plan topicazo ni por lo macizas que están las alemanas; lo digo de verdad, porque toda persona con la que me crucé me sonrió, me miró a los ojos y me entendió gracias al interés que puso en ello. Tuve la suerte de vivir unos meses en Holanda hace ya casi un lustro y recuerdo aquellos días con gran aprecio hacia los holandeses; ese espíritu lo aprecié en Berlín también; la mezcla respetuosa de tribus urbanas en el hogar donde me alojé. Esta era una casa casi squatter, ubicada en el tranquilo barrio turco de Kreuzsberg, un lugar donde jóvenes de movida hiphop –entre ellos hay que destacar a mi buen amigo y anfitrión Marten McFly–, o de estilo gótico o punk, convivían con gente que no portaba un movimiento como bandera, y las amistades de todos ellos se trataban con sentido del humor, respeto y ausencia de prejuicios; sentimientos que se apreciaban límpidos, sinceros, y que se echan en falta en España en cada esquina, en cada bar de cada barrio cada noche.
Sin embargo la ciudad no me arropó, o no supe sentirme arropado, quizá me pudo la sensible materia de la que está hecha mi existencia: el desasosiego que me transmitió el peso del pasado alemán representado insistentemente –comprendo que un pueblo no dé la espalda a su historia, pero martirizarse con ello y utilizarlo como "reclamo" turístico me parece excesivo–, la inconexión arquitectónica, que tan pronto se mostraba ocupada por tranquilos e inmensos espacios abiertos o parques y de pronto te arrojaba copias de la Gran Manzana a pequeña escala, me superó. No esperaba una ciudad perfectamente estructurada, la imaginaba caótica, rica en contrastes, pero... no sé qué, pero algo me impedía hacerme a esa ciudad a pesar de la excelente –y gratuita para mi patilla– red de comunicaciones. Berlín queda en mi pecho, como todas las grandes ciudades que he visitado hasta ahora, pero ocupa un lugar especial para ella sola, al otro lado del río donde asoma París, Amsterdam o Barcelona; quizá un poco cerca de Madrid, quizá cerca de Roma –salvando las distancias, por supuesto–; pero con un extraño caparazón que yo no supe romper. Esto no quiere decir que no recomiende la visita a esta ciudad –espero no recibir amenazas de la oficina de turismo berlinesa–, pero si vas, mejor no te lleves mis ojos a ese viaje.
servido por noiserfan
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