A diario
Andrés se baja del autobús y camina hasta el café. Hoy no ha comprado el periódico. Ni siquiera pide a la camarera, a la que saluda sólo con un leve gesto. Mientras espera el cortado enciende el segundo cigarrillo y aspira con fuerza. Desea sentir la quemazón y saber que le hace daño. Recoge el café y comienza a removerlo para que se enfríe. Esta noche tengo que hablar con ella, ya no puedo seguir aguantando silencios y negativas. De hoy no pasa. Tengo que saber que sucede.
El día transcurre en silencio. La soledad del despacho, la monotonía de los papeles. No llega ningún mensaje a la bandeja de correo, salvo los habituales documentos oficiales de cada día. Y, tan rápido, ya es de noche. Llegó el momento. Todos se han acostado. Ella lo ha hecho en silencio, sin decirle siquiera hasta mañana, o me voy a la cama, o ven conmigo a la cama. Cuanto tiempo hace que no escucha esas frases. Ya no recuerda. Andrés, por un momento, ha pensado en seguirla. No le interesa la luz ni el ruido del televisor, ni el libro abierto en su regazo, pero ahora incluso desea el silencio. Es el momento de salir al balcón. Encender un pitillo, aspirar hasta que duela, sentir que se va muriendo poco a poco, en cada calada. Y saber que, por fin, ha pasado un día más con ellas.
Volver tras casi un año en el pais de los silencios, sentir de nuevo la necesidad de contar, de lanzar al vacio sensaciones calladas. Vuelvo de las miradas que me asaltaron cuando intentaba decirle adiós al humo a mis miradas aquí. Otra vez adicto.
