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Desvaríos e Iluminaciones de Pepita Roa, la Valiente.

Esta es la bitácora de Pepita Roa así que no intentes comprender, simplemente lee y escucha.

19 Diciembre 2005

Marsella XIII

La buscaba en los sanatorios, en los puentes levadizos, en el filo de armas blancas, en los balcones, las ventanas altas, y los precipicios; en detonaciones de armas de fuego, en bañeras y escaleras enceradas; acompañaba ancianos y enfermos terminales, psicópatas y sociópatas eran sus proveedores, y era invitado especial de los suicidas... y orgulloso se paseaba por los pabellones de urgencias en hospitales. Cualquier lugar en el que pudiera estar ella, se convertía por segundos en su escenario favorito. Y aún así, jamás la veía llegar entre la muchedumbre. Cansado de las lágrimas y alaridos, de los pasos acelerados y de su nombre de silencio, veía ojos que aun abiertos viajaban por una espiral infinita interior y vacía. Veía los cascarones abandonados en cualquier parte, en cualquier momento.. Detestaba los campos de guerra, y los lugares donde la violencia prostituía ese arte exquisito. Despreciaba a los reporteros de tabloides, a los ingenuos periodistas que intentaban retratarla, porque siempre llegaban demasiado tarde, aún cuando creyesen haber llegado en el momento justo en que su presencia se manifestaba, aún siendo testigos de la propia fatalidad. Odiaba visceralmente las funerarias, los templos, y los tanatorios, lugares del punto final, donde ya no tenía nada que hacer... ni hablar de los cementerios, llenos de viejos amigos, y el lugar donde un mal día decidió iniciar la búsqueda de todas las respuestas.

Vivía en el recuerdo de lo imperativo, en un sin nombre silencioso y arcano del olvido, a veces abandonado y en ocasiones abrazado por lágrimas de algún superviviente desolado... él, era un cúmulo de preguntas sin respuestas, que para otros significaba la única e inexorable certeza.

"La conozco como la palma de mi propia mano... mi mano, en la que confluyen infinitud de líneas informes dando al final la mismísima imagen de una superficie lisa y tersa. Mi mano que no acaba jamás. Mi mano, principio de la eternidad espejo eterno del pasado."

El eternizador del pasado, el arcano sin nombre, el perpetuo ganador, como cualquier currante, como cualquier amante, cayó herido de gravedad presa de la rutina. La desidia le invadió en lo más profundo y decidió rebelarse. No había jefe contra quien izar pancartas, ni a quien gritar su solitaria y natural melancolía. El día que llegaron todas las respuestas, entendió que no había a quien buscar... que eso que consideraba tan lejano, era él en su propia esencia. Entendió que no había otro destinatario de todas las miradas perdidas. Entendió la naturaleza de sus recuerdos. Y como el sacerdote que encontró la llave de entrada al cielo, a la morada de Dios, salió despavorido en dirección contraria. Tenía que hacer lo que fuera con tal de no perder el sentido de su vida.

Así fue como el cielo y el infierno se fueron llenando de millones de vacantes. El purgatorio se quedó encerrado en sus propios desvaríos y un Dios sin oficio, devorado por la depresión de no tener un contendiente, también se echó a las petacas y dejó de crear, de juzgar y torturar.

Satanás antes de jubilarse y sumergirse en el tedio fulminante, cerró resignado las puertas del infierno, sin más opción que colgar a la entrada un cartel que leía, cerrado por defunción.

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