Hoy comienza el futuro
y el pasado queda atrás.
Se saborean por última vez
los besos que dejaste en mi labio,
pero también se guardan
como un secreto de aquí a la eternidad.
No sé cómo nos pasó esto,
pero tiene que pasar,
hasta el final.
Y cuando me recuerdes
quiero sentir desde lejos tu sonrisa.
Hubo un día en que tu sonrisa
hacía cosquillas;
pero ahora todas tus sonrisas
han sido compradas en un bazar de compasiones.
Recuerdo la primera vez que te hice reír a carcajadas.
Fue el sábado de un septiembre que seguro reconocerías
de inmediato.
Y fue una risa leve pero contundente.
Cuando haces reír a una mujer mientras te mira a los ojos,
sabes que tarde o temprano te amará.
Tu risa en ese entonces podía alargarse por horas,
hasta que aprendiste a no reír con la mente llena.
Hubo tantos juramentos
que ahora parecen chistes mal contados
o dios vengándose en su propio nombre.
Sin embargo,
no recuerdo la última vez que reímos juntos
de a de veras;
habrá sido un día especial,
aunque no lo apuntáramos en el calendario,
como pasa con todo lo verdaderamente importante.
No recuerdo el día,
pero sí la inquietante sensación de eternidad.
Está el anciano en su mecedora
secándose como un tronco en el desierto
con las manos en su rostro
llorando
y
pensando
el mundo es un lugar terrible
los niños cayendo muertos en las aceras
los suicidas escribiendo su última carta
los sacerdotes gastando su vida de rodillas
los corazones rotos
y todo lo demás
el mundo es un lugar terrible
llorando
y
pensando
en cómo las jóvenes lo miran con lástima
en las guerras que vio por televisión
y en el bastón que le ha quedado lejos
recordando
las meriendas con su esposa
y luego el cáncer de su esposa
el mundo es un lugar terrible
se dice el anciano
meciéndose hacia su propia muerte
entonces por qué no te disparas
o te avientas de la azotea
o te cuelgas de un árbol como judas
porque entonces no podría saber si va a mejorar
nunca mejora
cuando dicen que has tocado fondo mienten
no hay fondo
ni infierno
ni dios que te sujete desde arriba
tal vez sería mejor que estuvieras muerta
¿tú me quieres?
ella dijo
a veces
yo dije
el amor es un hueso en el hocico de dos perros furiosos
Ahora mismo está tocándose en su cama
o paseando al perro
o caminando de la mano de otro
o leyendo a Brecht
o leyendo esto.
La que en unos años despertará
con su mano sobre mi barriga
tejiendo sueños en el vello corporal,
aún no lo sabe.
Te habrás cansado de tantas despedidas
(y las que te faltan)
dirás adiós a tus muertitos
(que contarás con las arrugas de tu cara cuando seas viejo)
a la mujer que se vaya en avión lejos de tu vida
(y al tiempo que habrás perdido en ir a buscarla)
a las estrellas cada mañana
(cuando entre la luz protagónica de una sola por la ventana)
Podrás despedirte de mano y de beso
del otoño y del sueño,
del mar cuando baje su espuma,
de los amigos cuando los separen toneladas de viento.
Pero un día
(y recuérdalo bien)
echarás una última mirada rencorosa
al mundo que te está matando
sin dejarte despedir de ti mismo.
Una parte de mí ha muerto.
Por casualidad es la parte
que mira hacia delante;
y por unanimidad queda la parte
que no sabe qué hacer consigo.
Una parte de mí ha muerto
y queda sólo una llaga en su lugar.
Un suspiro que el tiempo llenará de polvo
hasta que no quede de él más que un cajón vacío.
Todos los días serán un día antes de haberte conocido,
todas las rosas serán rosas y no más
y los poemas, letras grises puestas al azar sobre una hoja.
Pedro detesta a las cucarachas, a los racistas y a la carne por igual. Pedro no sabe nada de integrales ni derivadas. Pedro fuma. Pedro escribe de noche. Pedro ama lo suficiente a los libros como para leerlos, pero no tanto como para atesorarlos. Lo mismo le sucede con las mujeres. A Pedro la única bebida embriagante que le gusta es el tequila. Pedro ríe cuando ve los Simpsons, y llora cuando escucha Radiohead a solas. Pedro cumplirá tus más imprudentes fantasías lectoriles.