29 Noviembre 2008
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“L’Afrique Sauvage”
por Rocío Medina
Al amanecer las sabanas arbustivas, que son mayoría en África, desperezaron un horizonte naranja, el polvo dorado de la bruma salpicaba la luz que se filtraba por la arboleda de la selva, y la luz radiante del día escocía de belleza los ojos. Sotos convertidos en mares de tierra, que es el color de la ropa que usan en estas llanuras, manan de espesura la vida borboteante de animales salvajes y atropellados por su propia naturaleza, como ese gran “Búfalo Cafre” negro y enorme, que se pasa las horas más cálidas del día durmiendo en el “bush” y rumiando cerca de cualquier charca, río o laguna; porque en el África Oriental no hay pantanos. Y cuando sale, se impregna su piel oscura de una costra sucia y dura. O bien elige un paisaje sombrío del bosque, como si fuera un mal cuento de hadas donde las brujas albergan sus cabañas, y ahí confinados entre espesos matorrales, mantiene su carácter tozudo, malvado y poseído por un crónico mal humor que se refleja en sus grandes ojos teñidos de negro azulado, brillantes y salvajemente protegidos bajo unos poderosos cuernos; son la viva imagen viviente de la más desenfrenada violencia. Y cuando es mortalmente herido, sus casi ochocientos kilos de peso se dejan caer poco a poco a la espesura de la tierra, alargando la cabeza y emitiendo un mugido muy especial que los cazadores controlan, así que nadie se aproxima nunca a esa presa sin antes haber oído este singular grito de muerte.
Y en las selvas, aquellos hombres de ropa verde cruzaban las planicies a pie, ayudados por las viejas vías de los madereros que facilitan el camino de la foresta, dejando los ‘todoterrenos’ aparcados en un lugar con existencia humana, y se adentraban rifle en mano, atraídos como imanes a esa llamada depredadora; la naturaleza les aguardaba con todo su esplendor. El olor a sangre, la propia vida; ese torrente de sentimientos incontrolados se adentra selva a través para encarnizarse en una lucha cuerpo a cuerpo. Donde la filosofía del cazador no es la cantidad de abates, sino la calidad, tanto en la cacería en sí como en los trofeos a abatir. Les gusta ese “trabajo”. Cazan ‘pisteando’, disfrutando y “recechando”, preocupándose en definitiva por involucrarse dentro de esa selva, mimetizándose con ella; algo que desde un coche sería imposible hacer. Así que en coche ojean la zona, y después se lanzan largas horas al ‘rececho’ a pie para dar alcance al animal.
Importantes conservacionistas aseguran de hecho, que la población de elefantes se ha beneficiado gracias a un sistema que permite a los cazadores matar un número limitado de ellos que ya han sido seleccionados por su edad y género. Una ley pragmática que en contra de lo que los más reivindicativos activistas anti-caza aseguran, los cazadores de rececho ya llevan a rajatabla como parte de esa premisa moral que ellos mismos adjudican sin necesidad de un sistema que haya de ser regulado por ley. No olvidemos que son amantes de la naturaleza ante todo. Y prueba de ello es que estos países tienen una población de elefantes, por ejemplo, abundante y sana. Y de igual modo, son ellos mismos, estos cazadores, los que luchan con críticas feroces contra los terratenientes irresponsables que permiten prácticas poco éticas como cazar animales enjaulados o disparar desde un vehículo. Así como luchan ferozmente contra los cazadores furtivos, cuyas repugnantes y deleznables hazañas ayudan a acrecentar el mal ‘marketing’ que tienen los verdaderos cazadores.
En Sudáfrica, por ejemplo, los terratenientes obtuvieron permisos especiales para dejar que los cazadores mataran a rinocerontes machos excedentes cuando la especie comenzó a recuperarse. Hecho que incentivó a la compra de más tierra para animales y muchos científicos han asegurado que esta práctica ha sido el motivo de la recuperación de la población de estos.
El experto de la Universidad de Zimbadwe, “Peter Lindsey”, asegura sin lugar a dudas, que si la caza se prohibiese las consecuencias serían devastadoras para la conservación de muchas especies (como ya ocurre en Kenya, donde la caza lleva prohibida veinte años y las poblaciones deben ser “reducidas” bajo cuerda y en secreto para preservar la foresta literalmente devorada por los ‘paquidermos’).
Aún así, cazar en África se resume fácil; esperar, esperar y esperar, así hasta doce horas al día.
Dicen los que entienden de caza que ‘los recechos’ son realmente complicados en algunos terrenos secos, porque moverse en el silencio es muy difícil; entre otras cosas porque los animales rara vez van solos, y la presión que los predadores naturales ejercen sobre estos animales es muy alta, desde los “chacales” hasta los “leopardos”; así que viven en alerta permanente.
En el norte de Sudáfrica, con el “Río Limpopo” haciendo de frontera con Botswana, me contó un cazador que a su llegada vio un inmenso “leopardo”, y que todas las mañanas veía las huellas de la “hiena”, porque en las sabanas no van en manadas sino que van solos. Con las altas temperaturas, la dirección del viento es impredecible, y uno de los animales más bellos, una hembra de “Steenbok”, un antílope de menos de quince kilos y unos cuarenta centímetros de altura, se acercó a un “waterhole” o ‘punto de agua’ muy levemente, no a beber, porque apenas lo necesitan, sino para lamer una piedra de minerales, y que sintió como un escalofrío; su fragilidad, su belleza... Me asegura que era como ver a un “corzo” en miniatura a unos diez metros de él; no podía dejar de pensar en atrapar esa ‘pieza’, hacerla suya, revolcarse en su belleza, pero no era un macho, así que no disparó. No imagino estar allí y no contemplar a los grupos de hembras y algún machete joven de “Kudus” sin acercarse a los puestos con menos precauciones que los machos.
Y los “facos”, los famosos ‘facos’ apenas se dejaron ver, resultaban esquivos, se movían mucho con el agua que había en la zona y con los abundantes pastos no entraron ni un sólo día a los ‘puestos’, igual que las “cebras” u otras especies.
Pero “hunting is hunting”.... y después de ocho horas en el “blind” o ‘puesto’, el cazador sigue atento, mirando cada arbusto y cada detalle; como hacen los cazadores de todo el mundo sin importar condición ni razón, tan sólo dogma...
Y en la frondosidad de la selva, su silencio despertado por el sonido que pocos conocen, las especies vivas que nunca sucumben al letargo, corean eufonías armónicas que encajan en ese mundo atropellado de una rutina irracional y violenta, que embellece la propia esencia de la vida; sin principio, sin final… Y su espesor no deja ver nada, y su humedad te empapa...
Aunque hay quien dice que cazar en Sudáfrica está lejos de esas ideas románticas de lugares inexplorados y de campamentos en la sabana; porque las granjas se encuentran delimitadas por vallas en alojamientos de primera categoría.
Pese a todo y de cualquier forma, los increíbles atardeceres cenando en el ‘boma’, bajo la luz de una hoguera, levantarse de la cama y ver los “wildebeest” o ‘ñus’ corriendo a cien metros de tí, ver un ‘punto de agua’ desde el porche mientras te tomas un café es algo que no parece de este mundo... Y de pronto, aparecen un grupo formado por nueve “orix” en el puesto, a tan sólo treinta metros de distancia, comiendo o peleándose entre ellos, que te hacen olvidar las largas horas de espera.
Y es que “el rececho” es muy difícil durante la época seca (de Mayo a Octubre) por la hierba punzante y el ruido que se hace al andar. La forma más juiciosa de cazar es la de ‘los puntos de agua’, donde los animales se acercan a beber mientras los cazadores a primeras horas de la mañana, les esperan en ‘puestos’ cavados en el suelo de Namibia por ejemplo, y cubiertos por barro y ramas, donde dentro se está fresco y puedes estirar las piernas.
Siempre había escuchado que quien visita África no piensa en otra cosa más que en volver. Y aunque hay quien dice que no es más que un tópico, lo cierto es que África tiene algo que atrapa; un aroma especial que inunda las fosas nasales y que permanece en lo más profundo del corazón.
La selva: Congo, Centro África, Camerún; “Río Lobeque” y sus ‘búfalos enanos’, ‘bongos’, ‘sitatungas’, ‘hilocheros’, ‘potamoqueros’, ‘duikers’... El cielo no se deja ver cuando estás metido en la zona de foresta, que es todo el rato, y el cazador traga miedo agolpado en latidos más fuertes que el propio silencio, y ‘tira’ cerca, irremediablemente cerca, porque prácticamente no se ve ni a un elefante en veinte metros de distancia...
En la foresta el polvo es gris, como en la sabana es rojo o anaranjado; y los árboles, todos los que están cerca de una pista, se elevan al cielo en la espesura de la selva, y la ropa se vuelve roja, completamente roja, y al lavarte la piel se ha quedado encarnizada en ese polvo de la África más salvaje...
Y el cazador no domesticado; ese cazador de África, se adentra presuroso entre ese silencio de palabras, donde sólo siente la llamada animal que lo purifica y lo mimetiza, sangre a sangre; movido por el impulso de los latidos de su corazón… Y cae la noche en la selva, el hombre se despereza cansado cuando la luna asoma tímida en un cielo raso. Las bajas temperaturas encogen su cuerpo cansado, y los escalofríos le reconfortan pese al cansancio. El pelo suelto, la melena rubia enmarañada del sudor y el barro se agita suavemente en su piel ya tostada.
Pequeñito en ese océano de verdes selvas, donde la tierra es roja y el horizonte se denota espeso, el primitivismo de lo neutro se desprende del convencionalismo gastado de una sociedad que encasilla y enjuicia torpemente la riqueza y los sabores que ni prueba ni entiende, y despojado de la autonomía del capitalismo y el avance de la vida, se prueba el cazador de “rececho”, dando su vida por la propia vida; como un torero en el ruedo de la arena, del coso de aplausos por sangre, de capotes, estocadas y ‘cornás’, y se envuelve en el lecho de la muerte en la tierra, con la sangre, y la piel desgastadas en la premisa de querer atrapar la belleza. Sin razón, sin sentido, sólo ese envite bestia que te crece con el pálpito del alma, avanza presuntuoso el animal con raciocinio, impulsado por la marea de su propia naturaleza desbocada y desmediatizada…
El hombre torna a su origen, y alcanza al animal cerca; se miden, se prueban, y en el cuerpo a cuerpo, se despoja de las vestiduras de la vida que occidente conoce, y varea la cuerda floja del raciocinio a golpes de latidos, y la belleza, la sinrazón, y el sentimiento; se mezclan unidos en la lucha por poseerse, por volver al principio, por depredar sin ser depredado… Y el cuerpo duele, duele tanto como la adrenalina va creciendo dentro, los ojos redondos y verdes del cazador intrépido se clavan estáticos en los del animal apunto de ataque. El calor impregna la ropa, el miedo y la humedad empujan hasta el alma, y la incertidumbre de la espera moja la frente brillante y curtida del cazador salvaje. La melena dorada tapa ahora uno de sus ojos, aún fijos en esa presa que ‘entra’, y él espera al momento en que la ‘trufa’ destile vaho de lucha para abalanzar su envite contra él. Emoción y aliento se unen ahora en el mismo duelo, destensan las emociones que engarrotan su cuerpo y lo amarran al ímpetu de la espera, y seca su frente, con sus manos rotas de arañazos de “guerra”. Y la rodilla le duele...
El animal bello luce cuernos enroscados en una pieza de quinientos kilos, y el animal de ciudad luce rifle abrillantado con munición de metrópoli… Caminan lentos, la bestia le mira con ojos enormes y negros, un vaho de lucha destila ahora su gigante ‘trufa’ negra, amorra el hocico deseando la sangre de su nueva presa, y el cazador; prisionero del pánico y de su adrenalina desatada, genera un veneno autóctono que lo lanza a la lucha más primitiva… Morir y vivir, todo se reduce a eso, y el corazón paraliza, mantiene estático en su puesto de visitante al que se sabe no invitado a ese mundo al que irremediablemente pertenece como herencia ancestral, y por fin da alcance a su presa, y la rodilla le lanza un latigazo de dolor agudo, pero no piensa en eso mientras camina durante horas buscando el punto donde el animal tras el disparo ha huido.
El cazador salvaje, que emigra de su urbe para contemplar lo bello, apresarlo y hacerlo suyo, no entiende de modas en horas de caza, huye del término que lo clasifica como ese asesino despiadado de animales indomesticables, y simplemente lo reduce a un modo de vivir. El sello distinguido de ese ‘animal humano de rececho’ que deja un avión tras de sí con sus trajes de ejecutivo adornando vestidores, no entiende de cacerías; ni mayores, ni menores, sino de la llamada salvaje de la propia naturaleza que lo reclama como un imán. Necesita volver a su mundo, a la fiereza que crea vida fuera de leyes y dogmas, más que la propia sinergia de la vida y la muerte, de la lucha primitiva que nos une a nuestros ancestros; la odisea mancillada del hombre de ciudad que convive siglos adelantados al propio surgir de la vida… El hombre predador no entiende de ‘hobbies’ de ciudad con rifle y ‘piezas’ soltadas en un redil, dispuestas a ser apresadas, inocentes y desprotegidas, sino del volver al origen de todo; donde luchar para vivir o morir se convierten en el día a día.
Por tanto, igual que el jinete se hermana y se armoniza con su caballo, haciéndose uno sólo; una pieza indivisible en la postal añeja de un hipódromo enarbolado de blandidos rivales que ansían la misma meta. De igual modo el cazador es llamado a la tierra sin dueño, a la naturaleza no prostituida, al arbitraje de sus propias leyes; donde se unen la fuerza y el asalto, la carne contra la carne, la fiereza contra la estampa de la fiera que se abalanza sobre la presa; devorándose mutuamente.
La caza salvaje es un modo de vida, una actitud, una personalidad que mantiene genes primitivos del hombre que sale a retarse contra su propia naturaleza animal, cuyo equilibrio de ciudad pasa por la necesidad de mantener su espíritu, calmando su sed de aire, de viento, de lluvia, de oler el campo y sentir la vida en pleno pulso contra ella, salvarse, vivir; ansiar derramar la sangre de esa bestia que estornuda, bella y fiera, a tan sólo quince metros de ti. Sentir su aliento caliente, la maraña de vida y a la vez el impulso de la muerte; tan cerca, tan cerca… que cuando lo miras, la beldad salvaje te atrapa en esa atmósfera de tierra hermosa quemada de sol, y te hace pequeño y necesitado, recogiéndote en tu propio latido, impulsado por la propia naturaleza que te hace guiños de envite al cuerpo a cuerpo, al piel contra piel… La hermosura del entorno te sumerge de lleno en ese bálsamo de tierra y vida que te comprime y te engulle, y te hace querer apresarla para siempre…
Y el disparo suena fuerte y rotundo, la bestia negra de cuernos redondos de nácares negros, cae a la tierra donde renacerá de nuevo la vida, donde la vejez y la masificación retornan al paraíso perdido de las ciudades de neón… Y vuelve el cazador ligero y abatido gimiendo al sentimiento de esas raíces que le copan, toma aliento y su piel huele a sudor y tierra, y se abraza a su presa; apresada en su valentía, a su más fiero oponente, a su rival más digno. Y mira cansado sus ojos abiertos y brillantes, vacíos pero aún con vida, siente su sangre caliente que se resbala hacia abajo bailando por su piel dura y oscura, puliendo los surcos del disparo con una herida abierta de júbilo y armonía… Y esa sangre caliente y viva, rellena la tierra seca de un perfume de vida nueva que genera que la naturaleza siga su camino, su curso… Predador y presa, conviven en el ‘rececho’ sin alergias de ciudad, cantando el himno de la propia muerte por la vida, y dando la vida por la muerte…
Carga el cazador orgulloso su triunfo; trofeo de sangre y sudor. Las carnes ya muertas del racimo de la vida; como las vides se machacan vivas y en esplendor para obtener ese caldo de vino… Sangre de sangre, vida de una vida; vegetal que armoniza nuestras mesas, animal que da vino con su sangre a la vida del que lo posee.
Y vuelve a su metrópoli; a sus ruidos de ciudad y a sus chaquetas de “Hackett”, a sus carreras en moto para llegar a tiempo a una reunión importante, a sus ‘e-mails’ y a sus rutinas de diario. Pero ese hombre de mundo moderno, sobrevive en sus reuniones manteniendo ávidamente su bipolaridad singular; camaleón que se encubre, tal vez, en barrios ‘posh’, y mantiene una lucha entre su realidad, arrastrada por una sociedad que marca pautas concretas para no dar saltos en el río de la urbanidad, y su verdadera pasión. Y sin sobresaltos aparentes, más que un puro latido que se acrecienta a cada vistazo en su memoria, mira tras las vidrieras de su rascacielos el grisáceo ambiente polucionado de la ciudad, y de nuevo siente una punzada de dolor agudo; la rodilla le está matando, la espalda abierta de dormitar en “fly camps” fuera de un colchón mullido le tira con fuerza hacia abajo, pero son dolores que le enorgullecen, como a un ‘matador de toros’ una cornada; sello de su identidad vital. Y no para de holgar en los recovecos de su memoria mientras vive en su urbanidad tópica, pensando en el momento de una nueva aventura de caza, en volver a mirar el cielo desde África, y sentir el calor, y la humedad, y la piel embarrada...
Y se sacude el pelo al salir de la reunión, y lo tiene limpio y planchado, y sus pulseras de pelo de elefante viejo se le enredan constantemente, pero las luce brillantes e hidratadas en esa crema densa y blanca que reblandece el pelo. Y vuelve a mirar su correspondencia, mezclada con fotos de sus cacerías, con la vista del recuerdo puesta en la sed que le mantiene vivo y alerta. Y de nuevo regresa a su África para calmar su sed de viento, de sabana, de selva, de frío de noche y calor de día... Y de nuevo África le llama, post poniendo sus compromisos de ciudad y anticipando el viaje; las heridas aún no se han cerrado, y la espalda sigue abierta y duele, pero la ilusión es tan grande que su bálsamo le cura.
Y en el ocaso de la África pobre y viva, donde los manantiales de agua y selva agrietan el dominio de la tierra, camina un cazador amante de la vida; solitario y cansado, reflejando en su piel las arrugas ajadas de sol y campo. La selva le sonríe despidiéndose de él, haciendo flotar un soplo de viento cálido, y orgullosa emerge su savia, aceptando que el hombre regresa camino de su jaula en un mundo de ciudad. Y brinda sus estepas fértiles guiñándole un ojo hasta la próxima vez, y sabiéndose dueña del origen de la propia vida, sabiéndose dueña de su propia voluntad; en esas reglas marcadas de la propia esencia de la ley animal, irónica desprende su manto de olores tierra, sabiendo que ese pobre hombre, carne de la mazmorra del nuevo mundo adelantado, ha sido en realidad él el prendido, drogado por los enseres de su espíritu salvaje. Y ya no importa el camino que a partir de ahora escoja, el veneno de su narcótico ímpetu le impulsarán siempre hacia lo violento y real de la vida, hacia el instinto más arcaico de la existencia, habiendo coronado un sello en su alma que lo atraerá para siempre.
Y África se divisa a lo lejos como una postal de manadas en estampida, con cielos naranjas a la puesta de sol. Y mientras los aventureros apresados y envueltos en su magia cargan trofeos de caza como alimento de una sed que jamás se colma mientras regresan a esa urbe castigada; en los campos maduros de África, el búfalo se despereza, las cebras cuentan sus rayas, y el cocodrilo sacia su hambre mientras el agua verde flota…
Y el cazador se hace mayor, y envejece en una casa de paredes robustas y revestidas de madera, adornando estancias con trofeos de caza. Repasa las puntas de sus reliquias una y otra vez con sus dedos arrugados y toscos, y las lágrimas se le escapan por los recuerdos de su África, agarrada a sus entrañas, consoladas a media tarde con su copa de ‘Armagnac’ y sus libros antiguos de diarios de caza. Y las fotos, las fotos les miran dibujando en él una sonrisa rugosa y ya magullada que se oculta en una barba canosa. Y se acerca pausadamente a la ventana de su amplia estancia, rodeada de árboles que se agitan en otoño dejando caer sus hojas, y pega la cara al cristal, y mira cómo los ‘tordos’ van comiéndose los frutos rojos del ‘caquilero’, y coge la escopeta y sin pensárselo pega un disparo al aire para ahuyentarles. Y su mundo trascurre tranquilo, ajeno a los ruidos y las prisas de ciudad, agitado en recuerdos que transmite a sus nietos cuando los acuna en sus rodillas. Y la vida ha pasado rápida e intensamente vivida, con historias cargadas de emoción y relatos cortos de aguardiente templado mezclado con el clima y los olores de África. Y su pelo sigue rebelde; largo, desaliñado y canoso, al igual que su propia alma que sigue en rebeldía contra el mundo y sus clichés; en los que tarde o temprano y a nuestra manera, caemos todos. Y sus heridas de ‘guerra’ le sacan una sonrisa al dolerle. Y su mundo no sería su mundo si no hubiese existido África y sus selvas espesas, sus animales salvajes, y su alma indómita se habría apagado triste y lentamente en su mundo de estupor urbanita.
África negra de pieles oscuras, África verde de selvas altas que se alzan al cielo donde que se refleja ocre derramando tierras de dunas sin agua y desiertos llenos de calor. África tosca de vistas brutales que corren ligeras apresando otras vidas de iguales bucles. África, cuyo aliento es aire que da oxígeno al mundo, se adormece a las sombras vivas de sus árboles verdes de troncos oscuros. Y al final del día, el mundo vivo y dejado en ‘barbecho’ de ese cazador penitente, abre las puertas de su selva para que camine cabizbajo hacia su metrópoli. Y la África pobre que presta penas a un mundo de riquezas que le mira de reojo, sonríe ufana, engalanada de aire nuevo, donde generosa, presta su propia vida a aquel que sabe que ella en realidad es la reina de ese otro mundo; donde el dinero se regala, donde el tiempo no se mide con un reloj de esfera, y donde la riqueza no es otra que aquello que cuando lo miras, te duele los ojos por bello, que cuando lo pruebas te engancha, y que cuando lo respiras te deja atrapado para siempre…
África, la bestia embutida en tierra castaña, perfumada de hircismo y sangre; linaje pervertido de hombres de ciudad, se cubre generosa sus pechos verdes preñados de luz, y se viste mimosa de espesura y boscaje, presumida y hermosa, sentándose en ese trono de oxígeno divino y grácil, donde aguarda con prestancia caprichosa a sus rojizos baños de sol.
- Nota de Autor: Quiero agradecer expresamente este relato a “Rodrigo Moreno de Borbón”, a “Jaime Meléndez-Thacker”, a “José María Bernaldo de Quirós y a “Diego de Gregorio Abelló”, cuyas aportaciones han sido imprescindibles para componer este relato. GRACIAS.
servido por rociomedina
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11 Noviembre 2008
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-A Ese Desconocido que...
por Rocío Medina
El día en que nos caigamos al pozo de la decepción y volvamos a coger impulso para subir más arriba, nos daremos cuenta a mitad del camino que nuestras expectativas han cambiado. Subir, subir... siempre subir más alto, volver a caernos y volver a subir; en eso consiste la vida. Tomar aliento, y caminar sin mirar hacia atrás más que lo necesario para sentirnos orgullosos de todo cuando hemos ascendido.
Ir moviéndonos a sacudidas, volver a caer, siempre es el mismo bucle que nos ata y nos suelta al antojo del destino que vamos escogiendo; como un alpinista ha de escoger en dónde colocar manos y pies...
Me reconforta saber que el mundo en el fondo es un poco más simple que la maraña de complicación que nos parece visto desde dentro cuando tomamos cierta perspectiva de las cosas.
Le conocí un día cualquiera, cuando estaba sentada en la terraza de un café tratando de que las gafas de sol sucias y ralladas me tapasen las ojeras. El café humeante me quemaba los labios y las manos al cogerlo, así que seguía afanada en la idea tonta de perder el tiempo o dejar que éste pase mientras ojeaba el móvil sin demasiado entusiasmo y manipulaba las teclas con dedos torpes.
Pasó de largo y ni le miré, en ese momento él podría haber sido cualquiera, era cualquiera que pasaba por la calle a esas horas. Al cabo de un rato pegué el segundo sorbo al café para comprobar que ya se había enfriado casi del todo. Sostuve la taza entre mis manos cuando sonó el teléfono, y entonces me arrepentí del mensaje que había mandado; si no lo hubiese hecho, un mensaje vago sin ningún propósito concreto, ahora no tendría que contestar esa llamada que invitaba a hablar durante intensos minutos acerca de cualquier cosa sin importancia.
Apagué el teléfono, la mañana era muy fría pero despejada, en mañanas así, aún a pesar del cansancio, agradeces haber madrugado y estar sentada entre el vaho del café y el frío a ver desde tu lejanía, cómo la ciudad se despierta y va adquiriendo vida con el paso de los minutos. La gente que cruza sin mirarse, el coche que pega un pitazo, las calles recién limpias, los pájaros que no aparecen, y las luces de las farolas que ya se han vuelto a apagar.
Oí un estornudo muy fuerte cerca de mí, justo detrás de mí, y ese instante despertó mi tiempo y dándome un tremendo susto volví en sí al sentir el calor chorreante y dulzón del café desparramado por mi mano y mi ropa. Me giré casi a la vez, casi con el primer reflejo del sobresalto que incitó a esa violenta sacudida, y entonces le vi. Acatarrado, con la nariz roja, con las orejas rojas y los ojos vidriosos... Medio agachado sosteniendo un pañuelo blanco de papel en su mano izquierda. Apartó el pañuelo y me sonrió, dejó caer sus lágrimas de tos por el surco arrugado de sus ojeras, y de entre sus dientes blancos salió un hilo de voz ronca y varonil que me dijo un “lo siento mucho” sin quitarme los ojos de encima. Aún encorvado y con el pañuelo en le mano, sostenía la mirada sin dejar de sonreír.
No dije nada, ni tan siquiera pude sonreír, me giré y pegué mi espalda contra el asiento de la silla todo lo que pude y me sorprendí tratando de respirar y sintiendo un nudo enorme en el pecho que me congestionaba por dentro. Aún seguía con la taza en la mano, y con los manchurrones de café que el vestido se había tragado por completo dejando unas ronchas marrones, dilatadas y frías. Sentía los dedos pringosos y mi paladar espeso, y sin saber cómo, sin que me preguntase él nada ni yo pudiera decir nada, lo tenía sentado frente a mí pidiéndome otro café y clavándome los ojos en algún punto de mis gafas de pasta oscura, tratando de abrirse camino entre ese cristal chocolate cubierto de rallajos y huellas.
Era el peor día de todos para presentarse una inquietud así a mi vida presente. Estaba cansada, pesimista, me iba todo fatal y no tenía mucho entusiasmo con respecto al rumbo que estaban tomando las cosas en el trabajo. Hacía semanas que no hablaba con mi familia, mi novio me había dejado, a mi mejor amiga le tocó la lotería y se fue un año entero a viajar por el mundo (me alegré mucho por ella, pero ahora ya no la tendría conmigo más que en postales y e-mails), y mi jefe había intentado meterme mano en una reunión (me levantó la falda lo justo como para hacerme sentir sus dedos calientes y gordos trepando por mis muslos). Mi vida estaba destinada a abocarse por el retrete de cualquier camino que tomase, y justo entonces, tenía que ocurrir el conocer a un hombre ‘a priori’ interesante y que era guapo de morir.
Tenía el pelo aún húmedo de la ducha, no olía a perfume, pero destilaba un aroma cálido y varonil, sonreía con naturalidad enfundado en su barba de dos días y su pelo greñosamente bien colocado. Miraba el reloj pero no daba la sensación de tener prisa. No llevaba traje de ejecutivo, ni tampoco tenía pinta de ser un jefazo de multinacional, pero iba impecablemente vestido, con un portafolios de piel grueso y las manos bonitas y cuidadas. Me hablaba, pero yo seguía pensando en mí mirándome con un espejo que yo misma había colocado justo entre él y yo. Me veía en ese espejo y tenía ganas de echar a correr de la misma forma en la que de mis ojos empezaba a querer salir alguna lágrima caprichosa que me hacía imposible olvidar el caos en el que había entrado mi vida.
Me traen el otro café, y sólo recupero mi consciencia cuando el camarero me insiste en que si quiero sacarina o azúcar. Le pido dos de azúcar y se va refunfuñando a la mesa de al lado antes de acercarse al minuto siguiente con un vaso lleno de terrones de azúcar. Él seguía mirándome y sonriendo pausadamente, empezaba a sentir ese sonido que hacen las brocas cuando taladran la pared, y mi cabeza se iba congestionando al vaivén de ese sonido interno que apretaba mis sienes hasta comprimir del todo las ganas de llorar y me quedaba impasible y quieta, sintiendo cómo las lágrimas brotaban en tropel dentro de mis ojos y se escurrían hacia afuera sin poder evitarlo. El maldito espejo seguía de pie mirándome, ¡me daban unas ganas de matarlo!, de estrellar contra él el cenicero y empezar a gritarle sin parar... Pero me miraba riéndose a carcajada limpia, con el pelo descuidado, la cara pálida, las manos temblorosas, vestida sin ganas y con un chico increíblemente guapo frente a mí que me miraba y sonreía aún cuando en ese momento yo era, más que probablemente, la peor compañía que pudiera alguien tener. Definitivamente el espejo de mi cabeza es idiota.
Los espejos que conformamos en nuestra psique para que nos iluminen con su punto de cordura son tremendamente estúpidos a veces. Proyectan sobre nosotros, o nosotros sobre ellos largas y tediosas madejas de prejuicios e inseguridades que nos impiden avanzar en ese mismo instante en que los satisfacemos al dejarlos salir del cofre de nuestra consciencia. Así que me veía inmersa en un mar de contrariedades, sería estúpido pensaba, mientras él pedía un nuevo zumo de naranja, el que ahora pudiera cambiar de actitud y empezar a sonreírle, a contestarle a alguna de esas preguntas que sé que me ha hecho pero que no he escuchado. Y lo mismo de estúpido sería el tratar de contarle mi patética vida a aquel ser que no se sabe por qué narices está sentado frente a mí tratando de conseguir sacarme una sonrisa o al menos alguna palabra coherente y sin balbuceos. Y el espejo, conforme voy pensando esto, se dobla literalmente de la risa y se amplía más y más, y lo veo tan cerca que me asusto porque creo que va a tragarme.
Y entonces me doy cuenta que es cierto que las cosas más extraordinarias siempre ocurren de repente, pero no siempre en el mejor de los momentos. Empiezo a darme cuenta que cuando pensamos en el hecho de tener una pareja para siempre, cuando conocemos a alguien y al final estamos con él y la cosa no funciona, no es por él o por nosotros; sino por el puñetero momento en que los acontecimientos ocurrieron.
Me di cuenta que todas y cada una de las parejas que hemos tenido importantes en la vida, aquellas que nos enamoraron, que nos amaron y que quisimos, aquellas con las que rompimos y el dolor nos invadía por dentro, y aún así, sabíamos que tomase quien tomase la decisión, dura y siempre difícil, era lo acertado tarde o temprano porque había algo en nosotros que nos impedía ser del todo felices y reconociéndolo abierta y humildemente o no, dentro, en algún lugar de nuestro corazón y nuestra conciencia, sabíamos de sobra que tenía que terminarse algún día. Me di cuenta, digo, que todas eran válidas, que con todas esas parejas habríamos sido felices de por vida, pero no llegaron en nuestro momento, o no llegamos en su momento, y todo se hubo de acabar para poder continuar con nuestra vida hasta llegar a ese punto en el que encontrar a alguien, se convertía en el hecho de querer cuidar de la felicidad de esa persona, de saber que no era la persona en sí, sino nuestro propósito y necesidad de amor, y anhelo de que el otro ser, lo sienta de igual modo.
Allí sentada aclaré el asunto; llegados a un punto vital en nuestras vidas, cuando aparece una persona que nos despierta de un letargo rancio y frío, y nos muestra un lado tan igual como el nuestro, estamos en el camino de querer hacer que todo funcione con esa persona, de querer emprender un largo viaje por el destino junto a ella; que no es mejor, ni peor que las anteriores, sino que ha llegado en el momento en que hemos despertado del todo, y estamos dispuestos a sentarnos junto a él a tomar un café.
Le miraba mientras él me miraba, yo sólo veía en realidad el espejo pero él me mostraba su cuello y su nuca a medio peinar, sin inmutarse, mirando al frente que era yo. Los manchurrones del café se habían secado y con el viento fresco de la mañana el olor a café se intensificaba y me hacía estar, no sólo desgreñada y vestida de cualquier manera, sino sucia y tremendamente tosca.
El espejo se fue poco a poco emborronando conforme yo había asumido mi situación de desaliñada, penosa y criatura de lo más triste que había, y conforme el día brillaba en todo su esplendor. Las nubes eran blancas del todo y se dejaban ver muy alto e irregulares, como marcándole unas pecas a un cielo completamente brillante y azul. Sentía mi cuerpo entero congelado, la cara fría y las manos hirviendo por el calor de la taza caliente a la que se agarraban con fuerza. Y el espejo se cayó del todo y le empecé a mirar a él y a dejarme engatusar y adormecer en ese vozarrón resfriado que tenía.
El mechón de pelo del lado izquierdo le tapaba una cicatriz muy diminuta y fina, tenía la nariz grande y unos hoyuelos constantes que le daban a su cara de hombre un gesto de niño travieso, labios finos y dientes grandes, perfectos y blancos. Los ojos eran tan brillantes y tan grandes que no sabía de qué color eran; podían ser iguales de claros que oscuros, su color supongo que se definía como brillo y humedad.
Me estaba contando algo de su abuela, la iba a llevar al médico aquella mañana. Salió de casa a toda prisa y cuando empezaron a llegarle a la “Blackberry” los primeros e-mails del día, se dio cuenta de que había confundido la visita, que era para la semana que viene y se dio la vuelta para sentarse tranquilamente a desayunar. Imagino ahora por qué no centré la atención cuando pasó la primera vez frente a mi silla, cuando el espejo aún no estaba ahí para reflejarme esas realidades que tratamos de tapar. Imagino ahora que si no llego a sacudir mi pelo con cien litros de perfume no habría estornudado y ahora no estaría sentado frente a mí contándome que su abuela le crió y que no puede dejar de pensar en ella con una enorme pena por dentro por lo mayor que es ya y el poco tiempo de vida que sabe que irremediablemente le queda.
Pero un momento, ¿la historia la estoy contando yo, verdad?...
Seguía ahí mirándome y por fin me disculpé, sorprendida de que mi voz saliera casi afónica al principio y a mitad de la frase sonara como algo reconocible. Volvió a sonreír pero esta vez soltando un pequeño ruidito ceremonioso que me tranquilizó mucho. Y el taladro de mi cabeza dejó caer la broca al suelo con un golpe seco y sonoro que silenció mi dolor durante unos minutos. Le dije que estaba destrozada, que mi vida había entrado en un bucle del que no sabía salir, que sabía exactamente lo que quería, y de igual modo lo que no quería, pero que no encontraba el camino, y que buscando el camino me olvidé de comer, y me olvidé de reír, me olvidé de cómo se andaba, de cómo se cogía impulso, de cómo se abrían las ventanas y las puertas para que entrase aire y no morir asfixiada. Que me olvidé de que tenía que respirar, y dormir, y soñar, y seguir creyendo en mi misma...
Y se acercó a aún más, arrastró su silla hacia mi lado izquierdo y ahora ya le podía ver por los cristales de mis viejas gafas de sol y por el rabillo del ojo. Tenía los ojos pardos, verdes como el agua estancada de un estanque en otoño, oscuros como la neblina que se forma bajo el mar cuando abres los ojos dentro... Y su sonrisa olía a naranja, a naranja y a limpieza, a saliva fresca que se ha enjuagado con agua clara para cepillar el blancor de sus dientes de nata. Y poco a poco fue dejando de sonreír, y en el centro de su cara de hombre se formaron unas arrugas quebradas de sol y edad, y su entrecejo se venció al lado de la seriedad, y me cogía las manos ayudando a sostener mi taza. Y yo no quería, porque veía sin querer al espejo que estaba allí enfrente y más cerca mirándome de nuevo, pero mis lágrimas aparecían otra vez, y esta vez con más y más fuerza. Y se escurrían mejillas abajo como una gota perpetua de agua que resbala por un grifo mal cerrado. Y mis palabras ya eran sollozos indescifrables y mi garganta tan sólo era un nudo mojado que intentaba soltarse quedándose en cada intento más y más atrapado. Y mi boca sólo era una curva que se retorcía entre el aire soltado con ecos extraños y un tic pecaminoso desde donde brotaba pena.
Dejé caer la cabeza hacia abajo, necesitaba sacudir las lágrimas que me empañaban los cristales de las gafas y que se llevaran en la sacudida mis ojos y mi amargura, mientras mis manos ahora congeladas, sentían el calor de las suyas que me las sostenían con fuerza. Las gafas se cayeron, y no se llevaron mis ojos, y mis pupilas se hirieron aún más con la luz radiante que se coló por alguna hendidura abierta por las lágrimas. Y él soltó mis manos y me abrazó.
Ahora el silencio ya no formaba parte de mi, sino de él, que callaba y me miraba sin soltarme, pero no me veía, ni yo a él, sólo estábamos quietos sintiéndonos el uno al otro, él ya no podía escucharme, pese a que yo era ahora la que hablaba, porque no decía nada coherente, ni inteligible; tan sólo sollozaba y soltaba dolor desde dentro de mi alma. Sentíamos nuestro calor, el olor de un cuerpo distinto al nuestro, el tacto diferente y agradable de la piel que se roza cuando no se precipita ni se propone nada, cuando la piel se regala al tacto de otros por pura inercia; como cuando un estornudo llega a la nariz de golpe y el olor que te lo ha provocado se queda en tu pituitaria para siempre.
Sentía una mano apretándome mi pecho contra él, la otra acariciándome el pelo, planchándolo con sus dedos entreabiertos de arriba a abajo, el bombear de su cuello; dilatado y de piel gruesa que latía fuerte loando mi corazón y sus latidos, que tomaban impulso en la medida en que secaban mis lágrimas tragándose en el esfuerzo el espejo y sus malditas imágenes.
Y me sentí al mismo tiempo pequeña y recogida, necesitada y frágil. Y también mujer y adolescente, excitada y asustada. Y también me sentía débil y triste, derrotada y pesimista, en la misma medida en que su olor llegaba a mí con impulsos fuertes de hombre demoledoramente protector y sensible, indómito a la vez que empático, y mi optimismo se cargó al espejo de una patada. Y mi mente quiso retomar la fuerza que necesitaba para volver a aprender a caminar, a llegar hasta la puerta y abrir las ventanas, a descubrir que ya no estaba en el camino, porque ya lo había andado, que tenía que caminar aún más y más y más, y volver a caerme, y volver a subir...
Y acurrucada en el hueco de su cuello, entre su piel y su chaqueta de lana, descubrí que en el ‘trekking’ de mi vida sólo había cuerdas al final de la montaña, donde la vista es inmensa y duelen los ojos al mirar la verdadera belleza, que nadie mira hacia abajo sin tumbarse del todo en el suelo por miedo a caerse de nuevo, pero que el horizonte es inmenso y despejado. Que las cuerdas se han soltado y caen desperdigadas por la ladera de la montaña, y que nadie más puede volver a usarlas, que cada cual ha de encontrar su camino y usar sus propias cuerdas, pero que al final del todo, siempre llegará a la cima de su montaña y contemplará un paisaje bello si sabe mirarlo desde la perspectiva adecuada.
Y me besó, un beso intenso y largo, húmedo y caliente... Y los olores se mezclaron con los restos de las lágrimas y sus manos apretaban mi cara queriendo borrar las ojeras y los ojos hinchados. Las gafas seguían en el suelo, y ahí las dejé cuando me dio la mano para levarme de la silla a dar un paseo.
Las calles ahora estaban silenciosas, y seguía sin haber pájaros en la ciudad, tan sólo las palomas que acuden a los parques a repartirse las miguitas de pan duro. Y nadie se movía, sólo nosotros dos caminando con un frío al que no dejábamos entrar dentro de nuestro cuerpo, ni que traspasara por nuestras manos entrelazadas mientras nos movíamos caminando hacia ningún sitio. Andar, andar... eso es el camino.
Y nos detuvimos en cada plaza y en cada parque, y nos desabrochamos los abrigos para respirar aire, y su sonrisa contagió la mía, y nos reíamos tontamente sin tener que hablar de nada. Y mis lágrimas volvían a caer, y ya no había gafas que las taparan, y su pañuelo me secó el agua de mis ojos una y otra vez. Y en su casa no hacía frío. Y el café de su cafetera seguía siendo caliente y fuerte, y su cama era de madera. Y todas las mañanas nos despertamos con un beso, y muchas noches hablamos durante horas. Y muchas otras tardes, cuando él no está, pego la cara a los cristales y contemplo cómo los árboles del jardín van creciendo y albergando pájaros en sus ramas pequeñas y torcidas. Y a veces, cuando estoy triste, le sonrío y no le digo nada, y me acuerdo de su beso, en ese silencio triste y cargado, y me reconforta mirarlo una y otra vez con los ojos del alma, esos que quedan atrapados en la memoria de los recuerdos bonitos, y entonces hago salir al espejo, y le guiño un ojo; y éste me sonríe porque ya nos hemos hecho amigos. Y ahora puedo decir que soy feliz, porque mi espejo sale para darme la perspectiva exacta de mi vida, la que tengo y la que quiero seguir cuidando y hacer crecer más y más... Y mantengo conversaciones largas y profundas con él, que pacientemente me aconseja, y me cuenta en el silencio de mi soledad que todo, hasta los momentos más difíciles y amargos hay que mirarlos con la perspectiva justa, con el ánimo templado, con la serenidad de una mente configurada en el modo maduro de ver las cosas. Que todo al final se soluciona, que no hay río por grande que sea, que al desbordarse, tarde o temprano no alcance su cauce. Que no hay noche, por larga y oscura que sea, que no deje salir al sol de la mañana. Y que todo, absolutamente todo, se puede resolver tarde o temprano, que todas las heridas al final cicatrizan, y que pese a todo, sólo nosotros podemos ayudarnos.
La vida es “ese desconocido que...” te sonríe al pasar y te levanta el ánimo sin proponérselo, “ese desconocido que...” te grita para que no te pille un coche, “ese desconocido que...” te emociona cuando lo ves en la pantalla de cine y te relata una historia con la que te identificas, “ese desconocido que...” te cuenta un chiste, “ese desconocido que...” te sirve una copa con una sonrisa aún cuando tú miras a otro lado, “ese desconocido que...” un día conoces por casualidad en el sitio más insospechado, y alargando la mano para pagar tu café, te da un beso dulce y largo...
La vida es “ese desconocido que...”
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22 Octubre 2008
Huelva; Eucalipto y Pinos. Septiembre 2008
El eucalipto seco flota a ras de viento llenando los pueblos en blanco encalado. Y en las laderas del ‘Atlántico’ sus briznas se mezclan juguetonas con la embriaguez de los pinos. Y las arenas, de blanco peregrino, se admiran en la tranquilidad ‘ceceante’ de sus pueblos de marismas. Y aquellos pescadores rotos, del mar y la brisa, acuden mañaneros al pintar el día a la rutina remendona de su barcos amarrados en “El Rompido” marinero. Y ‘Alosno’ se despierta, grácil y cautivo, cantando un fandango lento…
Huelva, de calle blancas arrulladas por aquel poema de “Platero”, hace sones a la mañana embriagado del romanticismo huraño de esas “Zenobias Camprubí” de pies pequeños. Y canta, canta por “tangos” y “tanguillos”, salvaje y viva, pisando arenas con los cueros trabajados de “Valverde del Camino”.
Y esos “pobres niños tontos”, que se sientan en la puerta de su casa pisando la acera limpia de “Moguer”, “viendo el pasar de los otros”, se enternecen al ladrido del perro callejero, lo acunan aún pulgosos, y les quitan el hambre con cacahuetes salados mientras las ‘Omaítas’ de delantal puesto, les gritan desde la cocina…
Niños ‘incultos’ cultivados en el campo fresero, en la mar de los viejos, o en ese campo ganadero, miran al cielo embobados, pensando en el tiempo rociero… Y vuelven ‘al tajo’, aviejados y risueños, soltando sus eses de cetas, y atusándose las patillas morenas. Y el señor desgarbado, con el palillo en la boca, da los buenos días a la señora, y sale, con el rodillo encalado, a dar temple a su casita vieja… Y el puchero, con garbanzos, tocino y hierbabuena, humea sereno en las posturas de la mesa con “Nuestra Pepa” en la cocina preparando el adobo…
Y los cuadros que pintaron adornan sus casas de verdes ramales, de polvo de carretas, de bahías saladas, de pinos costaneros y de palmeras altas.
Huelva es un pueblo de eucalipto, de sábanas blancas tendidas en sus campos marismeños, que huele a sal y río, a mar y arena, a gambas y vino, a lluvia de sierra y pino, y a capeas próximas a tiempos de “El Rocío”…
Huelva mece palmas en esas monterías de días sueltos, de caballos y ‘jarana’, de ‘Rocío’ y ‘Candelaria’. Y los paseantes descubren boquiabiertos calles tranquilas, de flores y alegría, de plazas limpias y poetas vagabundos… Patios encallados en las aldeas del tiempo repletos de buganvillas resultonas y de macetas con jazmines. Caballos ‘pura sangre’ dotados de hermosura, distinguidos y salvajes, que se dejan lazar a premura de jinetes al galope…
Y el vino se destila, sobre manteles en un blanco desobediente, fresco, con templanza y fino, arropado en fincas cubiertas de olivos. Y las niñas; damas morenas y tempranamente madres, acunan al niño en la teta y lo pasean por sus calles.
Huelva tiene sabor a eucalipto y sierra, a verbena de pueblo viejo, a serranía de Jamón curado, a fincas con senderos descabellados, y a marismas desbordadas cubiertas de ‘flamencos’ dorados a la puesta de sol.
Huelva es un amanecer frente al puerto, rodeada de barcos, con vistas a los ríos que se besan continuamente y mueren juntos en el mar de un océano frío. Y allí, “Colón” protege a su gente, grande su estatua, y pequeños nosotros junto a sus veteranas ‘carabelas’ que salpican tímidas la historia de la “Conquista del Nuevo Mundo”.
Y sentada en “La Punta del Sebo” veo llegar tu barco, entre tostadas calientes de aceite, tomate y sal. Sonríes, moviendo al aire tu sombrero, y amarras el barco tranquilo, y mojando náuticos a pie de río, te sientas junto a mí. Y cantando juntos, pagamos al camarero y nos vamos, camino de un paseo de Huelva a “Punta Umbría”, donde me encuentro con tus vistas, Huelva mía, brillantes y nítidas, y con tus coches lentos...
Huelva duerme la siesta con puestos errantes de ‘melones de año’ y sandías negras, de melocotones suaves y rojos, y de gitanos patriarcas… Huelva es arena caliente, con caballos salvajes y toros bravos, con croquetas caseras y jamón bien curado… Huelva es olor a cangrejo y gambas, a vino fino del aperitivo de la mañana, es una moto que resuena lejana, entre el eco débil de sus calles espartanas de macetas rojas, y tejados con enredaderas, de esas calles del “Alto Conquero”, y esa “Ermita de la Cinta” mía, de “Évora” y de “Juanito Guil”… Y esa “Plaza de Las Monjas” donde quedé contigo, y esa “Palmera” tan próxima a su calle… Y sus vistas, las de “David Cucala” al centro, y el botellón de ciudad sentados en sus portales… “La Calle Concepción” donde pasear al calor de sus losetas, con sus tiendas y su gente, con sus callecitas estrechas.
Y las casas bajas tienen tejados de lluvia, donde se divisan campos preñados a pie de aldea. Y sus ribazos, repletos de trabajadores del campo que sacan dedo por si puedes llevarlos, se llenan de vida a pie de asfalto. Caminos de tierra chica, ensuciados de arena, pájaros que cantan a “El Espigón”, donde se refugian las caracolas y nácares más bellos del mundo, y donde pasear otoños, mojando pies en arena sin pisar, en esa playa visitada por gaviotas…
“El Parque de Los Monos” hace tiempo que no conoce su nombre, y tu silueta se va, divisando lejana un mar de lágrimas atrás…
Huelva es un campo “Triguereño” de mecedoras de mimbre a la entrada de sus casas bajas, de sus ventanas con rejas y sus balcones de madera. De sus panes suaves como las amapolas, y su gente sencilla y buena… Del señorío fugaz que levita a pie de campo llano, de paseos a caballo con las polainas y el sombrero cordobés incrustado en frentes morenas al trote o al ‘paso’…
Y esas niñas de piel tostada, ojos negros que difuminan su cara, sonrisas frescas y carcajadas espontáneas, que friegan a cubos llenos de agua, las puertas y aceras de sus casas…
Y esos niños pequeños, aplomados sobre un tambor pastorilero, ‘se quitan de la escuela’ tempranamente, y cantan por las calles y las plazas, por los bares y por las playas, a ritmo de candela, con una guitarra afinada a lo gitano y sin una de sus cuerdas…
Huelva es la frescura de un pueblo de “La Sierra de Aracena”, de sus zapatillas de esparto y de sus fotos de carretas. De ese “Almonte” seco y verde, de esas dunas calientes, de esos pinos macerados entre tomillos y arenas, de esos carruajes a pie de “Doñana”, y de esa pastora, “Virgen del Rocío”, que recoge velas de promesas, y salta la reja de un tardío Domingo de romería rociera, para pasear por sus calles próximas a la ermita.
Huelva son esos trajes de falda “jinetera”, con su camisa de ‘chorreras’ y sus ‘todoterrenos’ vacilones que atrapan polvo a la vera de sus casas. Son ponchos tostados en ropas verde campo, son flores grandes en el pelo, y botos camperos con faldas flamencas, pantalones de ‘traje corto’ y chaquetilla torera.
Huelva se abriga al son de la candela, de noches arrumbadas o de inviernos contigo, son nueces en otoño, y vino en primavera. Sandías en verano, higos chumbos y palmeras en sus patios…
Y regreso al verde de los campos, los de ‘golf’ y los de antaño, y al paseo de “Cuesta Maneli” y lo bello y tranquilo de “Isla Canela”. Y a ese fragor danzarino de sus pueblos en fiestas, a esa “Salve Rociera” y sus Navidades caseras… Y ese tumulto lejano que despierta los mosquitos en horas de siesta, a las chicharras y los grillos, y a tu voz ‘quebrá’ y somnolienta.
Al abuelo del cuento, y a su nieta que es princesa, a ese plebeyo bello que acaricia tus campos ‘huervanos’ sobre la bicicleta con cesta; y a esa niña, que rompe sentada frente a tu casa su rubia muñeca. A ti, ‘choquero’ de arte de bandera “Blanca y Azul” que pintas de hinojo tu boceto de fantasía, quiero dedicarte un ‘Fandango de la Ría” con saborcillo de naranjos y limones, de “Paco Toronjo” bañado en aroma ‘alosnero’ con un ‘buchito’ de aguardiente, una ‘perrunilla’ de “Antonia, La Pesetera”, un café soluble de “El Tito Juan”, y así; antes de llegar a “Mazagón”, “Matalascañas”, o darme un paseo por “El Cruce” que me lleva a “El Portil”, asomo mi cara cansada y sonriente, a esa brisa de eucalipto seco, y brindo, orgullosa y feliz contigo, guiñándole un ojo al nuevo sol Rociero…
Rocío Medina
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9 Octubre 2008
Andalucía con Menta
Un patio de manises, unas rejas en verde carruaje, las macetas rojas de geranios encendidos que salen a luz de luna a contemplar las guitarras y las voces templadas al aroma de naranjos que se mezclan en azahares, y niñas morenas con pendientes largos. Y una bulería; esa que vibra en la voz del ‘caló’ repeinado que desgarra torrentes de sentimientos acunados en toques de ‘caja flamenca’ y palmas a compás.
La cara se desfigura en torno al ambiente, las piernas se mueven inquietas marcando el ritmo a golpe de tacón, y las manos se arquean en alto, moviendo el pelo suelto al aire de ‘Santa Cruz’.
Tu barrio y el mío no son tan distintos en el fondo…
Camino por esas calles estrechitas, que adornan balcones de hierro con macetas de barro, que sonríen al transeúnte, a los amantes; que pasean arrumacos por sus adoquines moriscos… Ella camina, marcando tacón largo que esculturiza las redondeces de su cuerpo de volantes, y él; repeinado y serio, se suelta la corbata dejando que el soplo de la noche descubra su vello a flor de piel mientras las farolas se van poco a poco apagando con ‘La Madrugá’…
Calles marcadas de recuerdos, de historia, de leyenda, que terminan en un callejón de nadie donde un coche camina a luz velada para entrar en su cochera de caballos. El portón donde te haces las fotos se ilumina templado en el cálido clima del amanecer, y un resoplo de hierbabuena se inyecta rápido mezclado con los naranjos amargos de esa ciudad siempre en flor.
Y el corrillo de la noche termina las ‘sevillanas’ para entonar esa ‘taranta’ rancia, y ese patio, ya sombrío, regala a la mañana cantes de gitanos viejos que a voz ‘quebrá’, mata del todo la noche.
Sevilla es un patio de recuerdos y de arte, de luz propia que brilla en sus adoquines de pinturas moras teñidas a mano, es hierro y barro, es naranjo y menta, es un chorro de agua que salpica los parques verdes y sus bancos de piedra.
Me recuesto en ese pueblo cercano que es Sevilla, dónde el arte pasea por sus calles movido a son de cuerda, y donde las guitarras entonan quimeras en sus ‘tablaos’ de madera. Y ese mantón de “Manila” que se descuelga por los hombros al aire, que se dobla en un ‘quejío’, que disfruta insinuante movido al son ‘calé’ de un arte tan puro… Sevilla es flamenco sentido, que en redoble de ‘castañuelas’ o ‘palillos’, embriaga esa tarde de primavera.
Y los bares encendidos a la vera del río, esa “Calle Betis” que regala quedadas con amigos, entre aceitunas y ‘rumbas’, y ese corto paseo que te lleva a la puerta de “La Anselma” para cantar “La Salve Rociera”… El jamón de Jabugo bañado en vino fino, en esa ‘Manzanilla’ de ‘buchitos’ al catavino, que se pegan al regusto del paladar mezclado con el “Boffard” bien curado, hasta la plaza de toros. Y ‘La Maestranza’ se peina su flequillo de rojo teja, y el aperitivo sucumbe por fin al aliento del puro, camino de la siesta, adornando el paseo de amarillos albero y de geranios en flor.
Y la muchacha sola rompe su silencio al arrullo de esa magia, y sonríe, con su pelo negro recogido en un alfiler de plata. Toca su brazo suavemente, como el trote de los caballos que pasean arrastrando un carro, negro y oro, elegantes y soberbios, y le dice que lo querrá siempre; que siempre permanecerá junto a él mientras camine con ella por las calles de Sevilla. Y él la abraza templado, conteniendo emociones, y como si estuvieran bailando un ‘tango arrumbado’, desdibujan su silueta grisácea mezclada con las sombras de aquellos tejados bajos.
El anciano mira su reloj, y arrastra tembloroso una silla de anea y madera a pie de calle, dejando ver las macetas de su patio y a su señora colgando sábanas. Mira el cielo, azul como el océano, y cierra los ojos abriendo su sueño acalorado de par en par…
Y la mezquita rezuma a lo lejos fragancias de incienso, y las cuestas que me llevan a tu calle son pequeñas y limpias, y el calor ya da tregua… Morena, que te quiero ver paseando por mi puerta, elegante y enjoyada, con pendientes de azabache y brocados con volantes. Morena, que quiero desnudarte bajo la luz que atraviesa mi ventana, que quiero despojarte del corsé que anuda tu cintura… Vente, alma mía, que te de un poco del verde Andalucía, de esa menta que se desborda en el jarabe de mi tierra…
Moreno, gitano de ojos negros, mirada de fiera que se templa al son de la ‘marihuana’ callejera… Moreno, cántame en ‘caló’ como sólo se le canta al espíritu de la mañana… Ven, ilumíname la noche con tu atuendo oscuro, quítale miedo a esta madrugada. Y canta, cántate algo por ‘tanguillos marineros’ que me haga oler sal en un desierto. Y vete rápido, antes de que la luna masculle tu nombre a pie de poema “romancero”…
Y la mañana se bambolea feliz dando sus primeros saludos al pescadero, y en el establecimiento de olor chocolate se desmorona la harina cocida de la tahona caliente. Quiero verte fresca, rosa mía, con tus ojos oscuros perfilados en el aire puro de la mañana, con las mejillas sonrosadas, y caminando, a pie ligero, moviendo la cesta de mimbre con tu pañoleta vieja. Y ese abacero que sube la persiana del bar de la esquina se gira risueño, cigarro y carajillo en mano, para brindarte un poema en forma de piropo castizo. Y cuando regreses, no olvides desabrocharte el escote al pasar por la fuente, llenarte de agua la cara limpia, y regresar oliendo a naranjas con una flor en el pelo.
Y la mañana nace haciendo brillar el día, y el río refleja las barandillas recién pintadas, y te veo, anudándote la chaquetilla con el pelo mojado y tieso, y el café con tostadas bañadas en aceite humea tranquilo antes de las prisas del día…
Yo me quedo en Andalucía, en esa envolvente magia inquieta que discurre tranquila por sus patios soleados y sus calles vivas. Me quedo con su aurora de eterna primavera, y sus atardeceres de candiles amarillentos tornados a luz toronja. Con su trote de caballos, y sus toreros, y sus aceitunas… Me quedo con las calles blancas de sus pueblos en fiesta, con sus niñas morenas que hablan idiomas con sonidos de trapo; con sus hombres, perfilados a esbozos, elegantes y cautivos del buen vivir…
Y con esa postal de sevillana marchita, con el toro bravo que adorna los estantes y carteles de faenas de toros en ese bar pequeño. Con sus azulejos de barro y sus platos adornando cocinas de butano. Con sus macetas de mastranzo y las rejas limpias torneadas en hierro barnizado.
Me quedo contigo, Andalucía mía, me quedo contigo para que me cantes siempre, a voz templada, rota o marchita, al cante de guitarra o al son caribeño de ese ‘cajón’ con agujero que redobla ‘rumbas’ a ritmo flamenco. Andalucía; pura, brillante, blanca, vestida con volantes en primavera, mojada en vino, con humareda de cava de puros, con ese jamón que