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rrodrigo

17 Junio 2007

LA CITA

Sábado. Tras una mala noche poblada de fantasmas, de miedos, de
esperanzas e imaginaciones. Llegó el día de la cita, idea del chico,
aceptada por él a regañadientes. Él se sentía cómodo con su relación
que ya duraba un año, visitando cada uno el blog del otro, él -después
de pasarse a un ordenador potente y a conexión de alta velocidad, para
poder recibir vídeos, canciones...- aprendiendo cosas de rabiosa
actualidad servidas por el chico; el chico -Kikke- desmontando los
relatos publicados a costa de tanto esfuerzo ("Matu, te has pasado
esta vez, y además no es nada original") y de tanto en tanto haciéndole
sufrir con su silencio, una semana entera sin visitas, sin comentarios,
sin publicar... Una relación con fronteras tácitamente definidas. Nada
de nombres. Cada uno su apodo, Kikke y Matu -Matusalén-; nada de
fotos, direcciones ni teléfonos. Nada de datos personales, aunque el
chico quiso dejar bien clara su edad, pero nada de fechas; a pesar de
todo pronto se habían dado cuenta de que vivían relativamente cerca el
uno del otro. Y ahora Kikke empeñado en que debían conocerse, en que
debían verse cara a cara YA, había planeado los detalles del encuentro,
este sábado en el centro comercial, con una gorra roja cada uno para
poder identificarse, sin dar alternativas, como un ultimátum. Él había
aceptado con verdadero miedo. Miedo a perder una relación hasta
entonces sin importancia -sabía que intentaba engañarse a sí mismo- y
que de repente le hizo verse tan frágil, tan vulnerable, pendiente de
la iniciativa de un chico de doce años, con miedo a que la relación tan
cómoda hasta entonces, tan satisfactoria, cambiara radicalmente.
Imposible que todo siga igual después de conocernos. ¿Y si Kikke no es
el muchacho de doce años que dice ser? ¿Y si me encuentra viejo y
vulgar? A partir de los cuarenta todos somos viejos para los chicos; no
soy expiloto de pruebas, ni campeón de karate, ni he dado la vuelta al
mundo en catamarán... ¿Sabrán sus padres que tiene un amigo en
internet? ¿Pensarán que soy un peligro para el chico? Tantas veces le
he dicho que no esconda mi existencia, que les hable de nuestros
contactos, y él parece encantado con vivir una relación secreta, ni
siquiera conocida por sus amigos, con un abuelo virtual.. Con la
histeria que la amistad o simple relación de un mayor con un niño
desata en tantos padres, tantos educadores y tantos censores... (No es
normal. ¿No te parece raro que un viejo envíe mensajes a un niño, que
chatee con él, que jueguen a ajedrez por internet? ¿Qué buscará en
realidad?)

Pensó en su nieto Eric. Si su padre no hubiera muerto en ese estúpido
accidente, si su madre no estuviera tan resentida con toda la familia
paterna, si no se hubiera casado de nuevo con ese influyente abogado...
entre los dos se las habían arreglado para que el chico no tuviera el
más mínimo contacto con la familia paterna. Cinco años sin ver a Eric,
sin una foto, sin una felicitación, sin una llamada... Y ahora podía
perder una relación que, sin habérselo planteado hasta entonces,
llenaba ese vacío. Dejaría de ser el amigo secreto de Kikke, no
compartido con nadie, el abuelo virtual, sabio a sus ojos de niño,
siempre sorprendiéndole con sus puntos de vista razonados, chocantes
pero estimulantes, diferentes, abriéndole puertas, descubriendo puntos
de interés insospechados. Serio, reprendiéndole a veces, pero lleno de
cariño y sincero interés.

Llegado al punto de encuentro, cerca de los multicines, enfrente de la
tienda de chuches, sintiéndose incómodo -más bien ridículo- con la
gorra roja, buscó inútilmente un chico con igual atuendo, imaginándose
espiado, seguido por cámaras de seguridad, vigilado como sospechoso. Al
fin, entre la tanta gente entrando y saliendo de las tiendas o haciendo
cola para comprar entradas o entrar a los cines divisó un chico con
gorra roja, solo, con la gorra del revés, visera hacia atrás, que a su
vez parecía buscar a alguien. Se miraron, se escrutaron. Entonces él
siguió el protocolo establecido por el chico, giró la visera de su
gorra hacia atrás, como la del chico; el chico a su vez giró la visera
hacia delante... ¡contacto! ¡no hay duda! un chispazo mágico, cada uno
percibió en el otro la misma certeza "¡es ÉL!". Y estuvo al borde del
infarto cuando el chico, cuya cara le fue pareciendo más y más familiar
a medida que se acercaba (¿Eric?) salió corriendo hacia él como un
guepardo, saltó como un tigre con los brazos abiertos y se colgó de su
cuello, estrujándole en un abrazo de oso, repitiendo ¡abuelo!,
¡abuelo!..

-publicado en myblog hace 1 año y dos días...-

Tags: historias

servido por rrodrigo 3 comentarios compártelo favorito

3 comentarios · Escribe aquí tu comentario

laninfadelbosque

laninfadelbosque dijo

Es una historia preciosa y muy bien contada.

Enhorabuena, me ha enganchado. Y por añadidura me engancho a tu Blog.

Besos

17 Junio 2007 | 05:37 PM

Marta Aymerich

Marta Aymerich dijo

me encantó la historia, cómo siempre :D

(que sepas que yo sí soy una chica y sí tengo 13 años ja, ja, ja!) nono, por si a caso ;)

18 Junio 2007 | 11:59 AM

ran

ran dijo

Buena trama y un desenlace crucial... Felicidades!!!

28 Junio 2007 | 08:09 AM

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