UK -publicado en myblog, abril 2006-
Chico UK
El contacto físico está excluido entre desconocidos, reglado por normas de urbanidad y de educación. No tocar, no ser tocado. En el autobús se evita chocar, pese a las sacudidas, con los demás pasajeros. En el cine los brazos y los codos se disponen de tal manera que no rocen los del vecino. ¿Y en el avión?
Viajo a Hong Kong. Avión lleno. A mi izquierda, con un pasillo a su izquierda, una señora que viaja con su familia; a mi derecha, con la ventanilla a su derecha, un chico de apenas dieciocho años, aspecto agradable. Chinos, como la inmensa mayoría de los viajeros. Los asientos son estrechos, sumamente estrechos. Nadie delante -estamos en primera fila de la sección central- y mucha gente detrás. Se hace de noche. No hemos cruzado palabra, fuera de los inevitables gestos de cortesía cuando se distribuye la comida y se retiran las bandejas. Leo un libro, el chico lee otro, la señora está pendiente de su familia, sentada a su izquierda, al otro lado del pasillo.
Penumbra, hora de dormir. Los asientos apenas se reclinan, dada la poca distancia entre filas. Hay que buscar una posición cómoda. Pasa el tiempo. Descanso, pero no duermo. A mi izquierda la señora duerme. A mi derecha el chico parece dormido. El apoyabrazos izquierdo está ocupado por la señora. El derecho por el chico, pero no totalmente. Aventuro mi brazo derecho y puedo apoyarlo. Inevitablemente entra en contacto con el brazo del chico. Nuestros brazos están juntos, en contacto. Calor suave. No es desagradable en absoluto. No hay reacción por su parte. ¿No? Tengo la sensación de que el contacto se hace más estrecho, que su brazo, en lugar de retirarse, se junta más al mío, sin empujarlo para que yo lo retire, sin rechazarlo. Así estamos largo, largo tiempo. Si un brazo se retira lo más mínimo, sin brusquedad, el otro avanza y recupera el contacto. Llega un momento que él se gira hacia su derecha y mi brazo queda aislado, dueño del apoyabrazos, solo...
El tiempo pasa y no consigo dormir. ¿Y si...? Algo en mi interior me anima a recuperar el contacto. Mantengo mi brazo derecho en el apoyabrazos y me giro hacia la derecha. Mi mano izquierda, por debajo de mi antebrazo derecho, agarra el apoyabrazos primero, y avanza luego en territorio desconocido. Pronto la yema de mis dedos hace contacto con la delgada manta en que el chico está envuelto. Siento nuevamente su calor... Contacto ligero, suave, como casual, de alguien que dormido cambia de posición. No hay rechazo. No hay reacción. ¿No? Algo cambia. Mis dedos no tocan
su torso como antes. A través de la manta perciben otros dedos que muy suavemente juguetean con ellos, que acarician y se hacen acariciar. El juego dura un buen rato. Estoy adormilado, pero no dejo de hacerme preguntas.. ¿jugamos a estar dormidos? Yo sé que él no duerme, él sabe que yo no duermo, seguimos el juego... sé que lo sabes, y sé que sabes que yo lo sé... ¿es sólo juego? El contacto se pierde, no sabría decir si yo me retiré o si él lo hizo. Me hago una pregunta: ¿me atrevo? y me atrevo, mi mano izquierda busca nuevo contacto mucho más abajo, a la altura de la pierna, los dedos avanzan y pronto entran en contacto, suavemente, presionan luego y lentamente dibujan círculos, así durante unos instantes. Luego se retiran y esperan. ¿Habrá rechazo? ¿reacción? ¿he sobrepasado algún límite?
Pronto lo descubro. Contacto de nuevo: la pierna se ha desplazado para recuperarlo, busca el contacto con los dedos, se hace acariciar de nuevo. Los dedos giran suave, suavemente, durante unos momentos, una eternidad... y de pronto el escenario cambia, se encienden las luces y todo el mundo comienza a desperezarse. También nosotros debemos cambiar de posición. La magia desaparece. Miro al chico. Rostro impasible, sin la menor señal de complicidad, pero amable. El juego ha acabado, nunca hemos jugado. Hablamos brevemente. Me cuenta que vive en UK, United Kingdom, y visita a su familia en Hong Kong. Yo he de coger otro avión. Pronto aterrizamos. Salimos por separado, cada cual a su destino.
