Patata
Celebro el viejo ritual de convertir un tubérculo en milagroso ingrediente que expertas manos convertirán en manjar de dioses. Hablando más claro, estoy pelando patatas. En este momento sólo contamos la patata -una por vez-, el cuchillo y yo. La patata es fruto de una evolución y de una serie de factores (plantada quizá en luna nueva, Marte en cuadrante con Saturno... empaquetada, transportada y puesta a mi alcance el día de compra semanal) que nos han hecho coincidir en el justo momento, en un único punto del espacio-tiempo en que es preciso un digno acompañante de una trucha al horno. Y ¿qué mas digno que una, dos, tres, seis patatas? Así que el cuchillo -de última generación, hablando en tecno- separa amorosamente la piel, con los pequeños cortes que parecen salpicarla y sus motas oscuras, dejando limpia la pálida y amarillenta patata, empapada en sudor frío, totalmente desnuda, lista para transformarse junto con la rosada carne de la trucha y unas virutas de jamón, por obra de la gran sacerdotisa que, sabias manos, todo corazón, oficia el ritual de convertir todo ello -magia, alquimia- en sencillo, grandioso manjar de dioses. Bon appétit!
