2 Noviembre 2007
Las luces del paseo marítimo apenas iluminan unos metros más allá de la estrecha franja de arena que no cubre la marea alta. Más allá, hasta el invisible horizonte, todo es negrura. Negro el cielo, negro el mar. En el límite de la visión surge un leve gris, como un vago resplandor que emerge de la negrura, avanzando hacia la playa en una línea que al acercarse a la arena se revela como una cresta de espuma, más y más blanca a medida que se aproxima a la orilla iluminada. Estalla en un sonido seco, prolongado por el hervor de la espuma, espuma que avanza rugiendo hacia la orilla, en una línea uniforme, rota aquí y allá, discontinua, para prolongarse poco después en un nuevo estallido. La espuma resuena, casi resplandece en cada ola, en ciclos apenas predecibles de suavidad y fuerza. Un mar invisible se hace espuma al abrazar la orilla, al deshacerse en ella, siempre igual, siempre diferente. Su sonido rítmico se impone a nuestros pensamientos, convirtiendo nuestra reflexión en contemplación. Vemos, oímos, una ola, otra y otra, sin cesar... Nuestro pensamiento se acopla a su ritmo y percibe su inmensidad. Durante millones de años ese vaivén sonoro, esa sucesión imparable. preside el encuentro entre agua y tierra. Al percibirlo nos sentimos como un grano de arena de la inmensa playa, como una gota del inmenso océano.
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23 Septiembre 2007
Estamos en el siglo XXI. Hasta bien entrado el XX el año 2000 ha sido una fecha mítica, en que el futuro se haría realidad. Viajes espaciales -no simplemente a la cercana Luna-, medicinas milagrosas, coches voladores, teléfono-visión... una serie de esas metas mágico-científicas se han alcanzado y superado con creces, otras no han cumplido las expectativas. Y el hombre no se ha hecho más "moderno", es el mismo, con otros cachivaches, en un mundo más acelerado, más masificado. Las viejas supersticiones subsisten. La magia, el misterio, lo desconocido continúan llenando las zonas oscuras de nuestra mente, que son muchas.
En una sociedad que nos fragmenta, nos aísla, nos valemos de las ceremonias de masas para sentirnos parte de un colectivo... para no sentirnos solos frente a un universo complejo, desconocido y que funciona sin nuestro permiso (y sin que nos enteremos de gran cosa)
El futuro no nos ha traído la liberación de la humanidad, sino nuevas formas de esclavitud. La explosión de la información no ha traído más sabiduría, quizá ni más conocimiento. Los métodos de control son más sutiles y más eficientes. Espectáculo es igual a negocio. Viejos, ancestrales atavismos perviven y reviven gracias a la televisión y demás medios de comunicación.
El toreo no es una excepción.
La sensibilidad va cambiando. Mal que pese, progresamos y vamos dejando atrás actitudes y costumbres que ahora se nos antojan indignas de gentes civilizadas. Arrojar una cabra desde un campanario es una salvajada, aunque haya sido año tras año el plato fuerte de fiestas en algunos pueblos cuyos moradores, evidentemente, no ven malicia ni crueldad en ello. A fin de cuentas sólo es una cabra, y es divertido. También son divertidísimos, al parecer, e imprescindibles en tantas fiestas mayores, diversos espectáculos -llamémoslo así- en que el toro es protagonista y víctima: encierros, toros sogados, toros de fuego y afines que terminan en general con la muerte cruel de los animales tras una agonía en que jóvenes y no tan jóvenes, animados por el número y el alcohol, ofician de crueles torturadores demostrando de paso su hombría, que en el fondo parece ser el quid de la cuestión. Se tiene o no se tiene. Si tienes, acércate al toro. Si no tienes... puedes quedarte viendo el espectáculo junto a las mujeres...
Claro que el toreo es otra cosa.
Está el placer estético. El ritual del toreo, toro frente a torero; fuerza ciega, primitiva, animal, frente a inteligencia, saber hacer; Goliat frente a David, en un ballet mágico, la bella y la bestia (el toro hace de bestia, el torero viste con estética femenina). El sol colabora, hace brillar los bordados que ornamentan los trajes toreros, hace brillar la sangre del toro, aviva los colores de capotes, trajes, banderillas, flores, banderas. Es cómplice impotente, por realzar cuanto pueda haber de bello en tan cruel celebración. Está la música, alegre y triste a la vez, que completa el círculo de la estética de la fiesta.
El toro está condenado de antemano. Ha de luchar en un terreno pensado para cortarle cualquier vía de escape, de retirada. Está rodeado de hostilidad. Se ve obligado a luchar como sabe, a embestir ciegamente. El toro se enfrenta a un matador, está claro que es un profesional de matar toros. Un profesional que lleva toda su vida ejerciendo tan noble oficio, aprendiendo desde muy temprana edad cómo se engaña al toro, cómo se le reduce y cómo se le mata, aprendiendo de los que saben.. ¿y el toro? ¿puede aprender de su enemigo? Un toro que ha sido toreado en tientas y otras suertes no sirve para la lucha a muerte que es la corrida. El toro de lidia ha de ser noble -es decir, embestir ciegamente, sin desviarse de su primitivo objetivo. Si llega a aprender que la muleta es un engaño o a descubrir que el cuerpo del torero es el blanco eficaz de su furia, se convierte en un resabiado, peligroso por romper reglas del juego que siempre juegan en su contra... por no dar juego, sencillamente. El juego consiste en fuerza ciega, viril, contra inteligencia que atrae, que seduce, engaña y lleva a la muerte.
Un sacrificio que no tiene nada que ver con el respeto de los pueblos que llamamos primitivos por la naturaleza, por el animal al que se pide perdón por matarlo para alimentarse de él, perdón al árbol que hay que talar, perdón y gracias-. Nada que ver. Somos superiores, estamos en la cúspide de la pirámide y lo que hay debajo nos pertenece. El perro, fiel amigo, El caballo, noble bruto. El toro, fiereza ciega.... Y nosotros fieles a la promesa bíblica, aparte de crecer, multiplicarnos y llenar la tierra, dominando a las criaturas, creadas para que las dominemos.
La muerte del toro es EL espectáculo. El toro ha de morir. El toreo es simplemente un sacrificio en que la víctima es un animal que pretendidamente puede luchar por su vida. Conviene al espectáculo mantener el insostenible argumento de que el toro puede salvarse. También conviene que de tanto en tanto el torero muera, o al menos sea herido. Al espectador le anima la secreta y remota esperanza de presenciar una tragedia en vez de un sacrificio. La tragedia consiste en que el sacrificador sea sacrificado. Siempre hay la posibilidad... Cada espectador abriga la secreta esperanza de presenciar una muerte trágica, secretamente apoya al toro y adora al torero. Si éste muere joven y triunfador pasará a engrosar el santoral (que no martirologio) de la fiesta -con incalculables consecuencias mediáticas que podrían hacer pensar a más de un torero que para los suyos vale más muerto que vivo-.
Los gladiadores se han enfrentado a fieras y a otros luchadores. Placer estético: música, un ritual codificado desde principio a fin, sol, color, la excitación de la multitud, la presidencia indultando o condenando, el pueblo animando o rechazando... ¿nos suena familiar? La excitación del combate, el color y el olor de la sangre, el lamento de impotencia del vencido... Sangre... Sacrificio... Los aficionados al toreo se sentirán ofendidos por la comparación. Por supuesto. Es difícil reconocer la crueldad en uno mismo o en el propio bando. En tiempos no muy lejanos los caballos de los picadores no llevaban peto. Naturalmente el toro alcanzaba al caballo y con frecuencia las tripas del caballo se salían por las heridas. Si éstas no eran mortales, los caballos eran remendados in situ y volvían a salir a cumplir su destino. Un hermoso espectáculo. Cuando se impuso el peto para proteger a los caballos los puristas pusieron el grito en el cielo. No es lo mismo, clamaban, el toro no se encelará con el caballo si sus pitones no encuentran carne que perforar, así que su embestida no será igual y las varas no cumplirán su misión... Ahora pocos se atreverían a propugnar que los caballos de los picadores aguanten sin peto la embestida del astado, pocos disfrutarían con el espectáculo de dos, tres, cuatro... caballos destripados por toro. La sensibilidad, mal que pese, progresa. Una vez que uno llega a ser consciente de que la fiesta está basada en el maltrato a un animal que decimos fiero y noble, el espectáculo se hace simplemente insoportable.
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9 Julio 2007
Al verlas entrar pensó "madre e hija, sin duda". Bien vestidas, bien parecidas, la madre luciendo anillos, collares y pendientes, la hija con una discreta cadena de oro y apenas maquillada. Mientras desde la puerta la madre, con un impreciso acento extranjero, preguntaba "-La gestoría ¿verdad? ¿aún está abierta?", él contestando como un autómata "-Sí señora, pasen, por favor..." no tenía ojos más que para la belleza serena de la hija, ojos azules, nada delgada.
Se despertó en él de nuevo esa sensación turbadora que le asaltaba a la vista de determinadas personas, ese regusto de novedad y familiaridad a la vez, esa urgencia por conocer y darse a conocer, esas ganas de gritar "llevo toda mi vida esperándote", ese impulso que tantas veces había acallado por miedo al rechazo, al malentendido. No pudo evitarlo. A sus veintimuchos años no había sentido una sacudida igual. La bella lucía un escote generoso que se entreabrió al acomodarse ella en una silla frente al mostrador, dejando entrever el inicio de unos senos blanquísimos entre los que deseó perderse, perder la cabeza, el alma, la vida....
Habló la madre. Quería saber a nombre de quién figuraba una finca en la zona alta, de casas con jardín, pocos vecinos, barrio tranquilo y seguro donde los haya. "El ático derecha de la calle Fresnos 3. Nosotras vivimos en el ático izquierda". Él volvió a centrar su atención en la madre. "-Sí señora, podemos conseguirle la información -respondió- pero usted puede obtenerla directamente del Registro por mucho menos de lo que le costará a través nuestro..." "-Claro, joven, gracias por su honradez, pero si voy directamente al Registro tendré que dejar mi nombre y dirección, y quiero discreción, tengo mis motivos..." Él iba a contestar, pero ella miró a izquierda y derecha como para asegurarse de que no había nadie más en el despacho y bajando la voz, casi en un susurro, continuó "estuve secuestrada en esa casa, primero me interrogaron para asegurarse de lo que sabía..." Él no se atrevió a responder, asintiendo apenas con la cabeza "y después me drogaron para hacerme olvidar todo, pero los recuerdos vuelven cuando menos lo espero. Recuerdo una habitación insonorizada, las paredes totalmente recubiertas como de embalajes de cartón para huevos, la luz en la cara, un sillón como de dentista donde me sujetaban con correas pies y manos, y esas inyecciones..." Se interrumpió como lamentando haber hablado demasiado. "No hablo de esto con nadie, pero usted me inspira confianza -siguió- Ahora gracias a la ayuda del profesor Téllez voy recuperando el equilibrio. Me trata con calmantes e hipnosis" terminó. Él asintió con la cabeza, incapaz tanto de seguirle la corriente como de contrariarle. "Parece chiflada, pero al menos está en buenas manos", pensó. El profesor Eugenio Téllez Téllez (*nombre supuesto, por supuesto*) era un archiconocido siquiatra que se las arreglaba para intervenir continuamente en debates y foros televisivos, con columna semanal en la prensa, libros publicados y que no le hacía ascos a aparecer como jurado en programas menos serios. La expresión de la hija era tranquila, él diría resignada, como acostumbrada a seguir la corriente a la madre, que al parecer feliz de tener un oyente tan atento, prosiguió bajando aún más la voz: "-El piso es una tapadera del SECOM" -Servicio de contraespionaje militar-. "Sin querer me enteré de cosas que no deben saberse..." continuó la madre. "Necesito esa información con urgencia, ¿cuándo puedo tenerla?" "-Con toda seguridad mañana mismo, me encargaré personalmente de obtenerla y a estas horas estará a su disposición. ¿Quieren venir a recogerla, enviarán un mensajero o... prefieren que se la haga llegar en persona?" "-Por Dios, joven, no quisiera abusar de su amabilidad..." protestaba la madre; él mintió "-Tengo que pasar cerca de su casa mañana después de cerrar. Voy en moto y no me cuesta absolutamente nada llevarles el informe personalmente" "-¿Sería TAN amable...? ¿has visto, Francesca, qué señor TAN amable? La hija asintió en silencio, mirándole a los ojos. En su mirada, él creyó ver una silenciosa pero desesperada petición de socorro. Sus ojos parecían decirle "sálvame, ayúdame a alejarme de ella". "No será fácil -pensó- parece una paranoica llena de inteligencia, de las que no dejan cabos sueltos. Tras pagar el importe de la gestión -sin nombres ni factura- marcharon sin que la bella hubiera abierto la boca.
El día siguiente transcurrió con desesperante lentitud. En su mente sólo había un nombre, Francesca, y la fugaz imagen de su busto generoso, y la determinación de volver a verla a toda costa, de hablarla, de conocerla. El informe del registro se hizo esperar más de lo que hubiera querido. Finalmente llegó un correo electrónico con la información solicitada. Imprimió. Leyó con atención. Un piso ático de más de cien metros cuadrados, vendido a una sociedad hace ya quince años. Sin movimiento. Nada sospechoso, también demasiado tranquilo... salvo un detalle. El administrador único de la sociedad era un médico. Doctor Eugenio Téllez Téllez. Así que la madre elaboraba sus fantasías con su siquiatra. Seguro que le conocía desde hacía tiempo, siendo vecinos de piso. De pronto, como un relámpago de evidencia, le asaltó la duda. ¿Y si la historia fuera cierta? Si el piso era como la madre decía un nido de espías, una tapadera, entonces ella estaba en manos de su enemigo, el siquiatra sería el manipulador número uno y estaría jugando con ella como un gato con un ratón... No veía llegar el momento de cerrar. Finalmente, cinco minutos antes de la hora comenzó a apagar el ordenador, despachó sin atenderlo a un cliente de última hora, cogió el informe, lo metió en su bolsa y en su moto se dirigió a la casa. Aparcó un par de calles más arriba y examinó la casa. El ático izquierda -rápidamente se situó en relación con el portal- tenía una terraza llena de plantas, una mesa de jardín y sillas; era sin duda el piso de ellas. El ático derecha, sin dar sensación de abandonado, parecía vacío. Apenas un par de tiestos -cuidados, eso sí-, persianas bajadas que no parecían haber sido limpiadas a fondo desde hacía años... Había aparcamiento subterráneo en el sótano, con entrada por la parte trasera. Al portal, en la delantera, se accedía a través de un pequeño jardín con reja, pero no cerrado. Antes de que llegara a llamar al timbre del ático izquierda salieron dos niños dejando la puerta abierta, así que entró. Examinó los buzones; pocos nombres, alguno extranjero, en general los rótulos indicaban solamente el piso, ático derecha y ático izquierda no eran la excepción. Había ascensor y una puerta, con llave, hacia el aparcamiento. Subió piso a piso hasta el tercero, que era el ático. Dos puertas, rotuladas derecha e izquierda. En ese momento se sintió estúpido porque no sabía el nombre de la madre. Tanta privacidad, tanto encargar la información y hacer factura a nombre de otro cliente, y resulta que no sabía para quién estaba trabajando. Solamente el nombre de la hija, Francesca, que tantas veces había repetido para sí con aire soñador. Todo el día imaginando el momento de entregar el informe, imaginando que Francesca sería quien se precipitara a abrir la puerta, urdiendo estrategias, pretextos y maneras de poder verla de nuevo... Ahora que llegaba el gran momento se encontraba en un edificio extrañamente silencioso, tan sólo con lejana algarabía de niños jugando en el jardín, indeciso delante de una puerta cerrada, ansioso por llamar, temeroso de hacerlo, deseando y temiendo ser recibido, tan espantado por la posibilidad de bregar con una madre paranoica como por la hipotética certeza de su historia de espías. Armándose de valor, llamó al timbre. El sonido le sobresaltó. Siguió un largo silencio roto apenas por ruidos lejanos. Nadie. Nada. Volvió a llamar. Era evidente que no estaban en casa. Contrariado, pensó que no era prudente dejar el informe en el buzón. Quizá esperaría en la calle, probablemente no tardarían en aparecer. Se situaría en la calle tratando de abarcar tanto la entrada de coches por detrás como la de peatones por delante... Iba a comenzar a descender cuando observó que la puerta derecha no estaba cerrada. Estaba entreabierta. Al diablo, con cualquier pretexto podía meter la nariz y salir de dudas. Diría que se había confundido de puerta, que le esperaban en la otra... Empujó suavemente la puerta, que cedió y quedó abierta a medias. El interior estaba oscuro. "Francesca, señorita Francesca", llamó. Silencio. "¡Hola!" alzó la voz, "¿hay alguien?" Silencio. Finalmente se decidió a asomarse. No pudo distinguir nada. "Hola, señorita Francesca, ¿están ustedes ahí?" El ruido de su corazón no le permitía distinguir ningún otro sonido. Casi sin darse cuenta, como guiado por una fuerza invisible se encontró dentro del piso.
Comenzó a reorganizar sus impresiones poco a poco. El firmamento de estrellas que podía ver con los ojos cerrados parecía girar en torno a un monumental chichón que desde su coronilla latía a cada pulsación de su corazón. Aparte de la evidencia de que había perdido el conocimiento a causa de un golpe en la cabeza, podía darse cuenta de que estaba atado, sujeto de manos y pies a un sillón como de dentista, con un foco delante deslumbrándole, a pesar de lo cual pudo distinguir las paredes recubiertas como de embalajes para huevos. Un rostro apareció delante de su cara. Pese al gorro y la mascarilla pudo distinguir el rostro del doctor Téllez, peligrosamente cerca. Pudo distinguir a contraluz la jeringuilla que el doctor le retiraba de su brazo desnudo cuyas venas resaltaban con una goma atada. Y pese a que todo parecía girar con el fondo de estrellas que no se detenían, a que los oídos le zumbaban todavía, y a que su boca tenía gusto a sangre, seguramente por haberse golpeado cuando cayó al suelo inconsciente, pudo oír perfectamente cómo con la peligrosa suavidad del director de un colegio de jesuitas el doctor le decía "tenemos que hablar..."
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30 Junio 2007
Esto son apuntes desordenados, para aclarar ideas y en lo posible suscitar debate y participación...
quiénes somos
Somos una pequeña parte de los afortunados del planeta. Tenemos a nuestra disposición la mayoría de sus recursos. Producimos cantidades inmensas de desperdicios y aunque ahora parecemos más cuidadosos seguimos arrojando toneladas de basura por persona cada año. En principio nuestras necesidades vitales están cubiertas, tenemos expectativas de larga vida, acceso a tratamientos impensables años atrás ...
¿Somos conscientes de las libertades de que disfrutamos? (bien entendido, libertades conllevan responsabilidades y obligaciones, mis libertades no son ilimitadas en tanto existen las libertades de los demás) Podemos formar parte de asociaciones, clubes, iglesias, sindicatos... sin ser perseguidas/os por ello. Podemos participar en la política local o nacional, por libre o a través de partidos políticos. Podemos expresarnos libremente, informarnos en multitud de sitios -no solamente a través de la radio y televisión oficiales- podemos publicar opiniones sin tener que pedir aprobación de la censura oficial o religiosa.
Disfrutamos otras libertades en apariencia banales como poder bañarse desnuda/o o expresar afecto por personas del mismo sexo. Las leyes nos garantizan con más o menos eficacia que no podemos ser discriminados por razón de sexo, religión o orientación sexual.
Ahora imaginemos que lo cotidiano, tan cotidiano que no lo apreciamos... porque no nos falta, cambia radicalmente.
No puedes llevar ropa que te gusta porque va contra la moral oficial.
No puedes estudiar siendo mujer porque sólo los chicos pueden hacerlo.
No puedes votar porque no hay elecciones, En casos mejores, puedes votar a los candidatos oficiales, En otros casos, los resultados de las urnas son anulados de mil maneras.
No puedes reclamar cuando en el trabajo te obligan a hacer horas extras no pagadas: no hay sindicatos, la huelga es subversiva, la reclamación es subversión.
Puedes ser detenido sin garantías, sin que la policía tenga que rendir cuentas al juez.
Puedes ser enviado a prisión sin juicio, por ser sospechoso o potencialmente peligroso. En muchos sitios puedes simplemente desaparecer: eres detenido y no vuelve a saberse de ti.
¿Hasta qué punto podemos decir que ignoramos lo que pasa en el resto del mundo? hoy en día el mundo está supercomunicado. ¿Hasta qué punto podemos vivir como si no nos afectara?
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30 Junio 2007
Esto son apuntes desordenados, para aclarar ideas y en lo posible suscitar debate y participación...
Dónde estamos
Vivimos en un planeta menor de una estrella menor, en un rincón de una galaxia menor...
Somos, o creemos ser, una especie inteligente (¿?) que ha alcanzado la capacidad de destruir su propio hábitat -¿será ese nuestro propósito oculto?-. No nos preocupa especialmente la posible existencia de otras especies inteligentes. De entrada sólo podemos imaginarlas en planetas semejantes al nuestro. Ni nos planteamos, fuera de la literatura de ficción, que existan especies de inteligencia superior y civilizaciones que en relación a la nuestra se encuentren a la distancia -hablando en términos estrictamente tecnológicos- que separa al primer mundo y a los últimos aborígenes australianos: aviones, internet, trasplantes, megaciudades... frente a una cultura adaptada a la naturaleza y que no utiliza ni la rueda. Por supuesto, si encontráramos una humanidad más atrasada en algún planeta accesible nos faltaría tiempo para partir en misión civilizadora. Lo cierto es que en la práctica actuamos como si fuéramos únicos y como si los recursos de que disponemos fueran ilimitados. La bendición bíblica comienza a tener un tinte de maldición: "creced y multiplicaos, y llenad la tierra..." Bueno, hemos crecido hasta tocar la Luna, nos hemos multiplicado tanto que estamos llenando la tierra, talando sus bosques, envenenando sus aguas, exterminando sus criaturas. Convertimos las riquezas del planeta en dinero, y el dinero se acumula en menos y menos manos. La parte buena de la situación es que cada vez somos más capaces de ver la sombra del cataclismo amenazándonos...
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23 Junio 2007
Quieres hacer algo contra el muro que israel levanta en Cisjordania?
infórmate y actúa: http://web.es.amnesty.org/muro-de-israel/saltar.php
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21 Junio 2007
Chico UK
El contacto físico está excluido entre desconocidos, reglado por normas de urbanidad y de educación. No tocar, no ser tocado. En el autobús se evita chocar, pese a las sacudidas, con los demás pasajeros. En el cine los brazos y los codos se disponen de tal manera que no rocen los del vecino. ¿Y en el avión?
Viajo a Hong Kong. Avión lleno. A mi izquierda, con un pasillo a su izquierda, una señora que viaja con su familia; a mi derecha, con la ventanilla a su derecha, un chico de apenas dieciocho años, aspecto agradable. Chinos, como la inmensa mayoría de los viajeros. Los asientos son estrechos, sumamente estrechos. Nadie delante -estamos en primera fila de la sección central- y mucha gente detrás. Se hace de noche. No hemos cruzado palabra, fuera de los inevitables gestos de cortesía cuando se distribuye la comida y se retiran las bandejas. Leo un libro, el chico lee otro, la señora está pendiente de su familia, sentada a su izquierda, al otro lado del pasillo.
Penumbra, hora de dormir. Los asientos apenas se reclinan, dada la poca distancia entre filas. Hay que buscar una posición cómoda. Pasa el tiempo. Descanso, pero no duermo. A mi izquierda la señora duerme. A mi derecha el chico parece dormido. El apoyabrazos izquierdo está ocupado por la señora. El derecho por el chico, pero no totalmente. Aventuro mi brazo derecho y puedo apoyarlo. Inevitablemente entra en contacto con el brazo del chico. Nuestros brazos están juntos, en contacto. Calor suave. No es desagradable en absoluto. No hay reacción por su parte. ¿No? Tengo la sensación de que el contacto se hace más estrecho, que su brazo, en lugar de retirarse, se junta más al mío, sin empujarlo para que yo lo retire, sin rechazarlo. Así estamos largo, largo tiempo. Si un brazo se retira lo más mínimo, sin brusquedad, el otro avanza y recupera el contacto. Llega un momento que él se gira hacia su derecha y mi brazo queda aislado, dueño del apoyabrazos, solo...
El tiempo pasa y no consigo dormir. ¿Y si...? Algo en mi interior me anima a recuperar el contacto. Mantengo mi brazo derecho en el apoyabrazos y me giro hacia la derecha. Mi mano izquierda, por debajo de mi antebrazo derecho, agarra el apoyabrazos primero, y avanza luego en territorio desconocido. Pronto la yema de mis dedos hace contacto con la delgada manta en que el chico está envuelto. Siento nuevamente su calor... Contacto ligero, suave, como casual, de alguien que dormido cambia de posición. No hay rechazo. No hay reacción. ¿No? Algo cambia. Mis dedos no tocan
su torso como antes. A través de la manta perciben otros dedos que muy suavemente juguetean con ellos, que acarician y se hacen acariciar. El juego dura un buen rato. Estoy adormilado, pero no dejo de hacerme preguntas.. ¿jugamos a estar dormidos? Yo sé que él no duerme, él sabe que yo no duermo, seguimos el juego... sé que lo sabes, y sé que sabes que yo lo sé... ¿es sólo juego? El contacto se pierde, no sabría decir si yo me retiré o si él lo hizo. Me hago una pregunta: ¿me atrevo? y me atrevo, mi mano izquierda busca nuevo contacto mucho más abajo, a la altura de la pierna, los dedos avanzan y pronto entran en contacto, suavemente, presionan luego y lentamente dibujan círculos, así durante unos instantes. Luego se retiran y esperan. ¿Habrá rechazo? ¿reacción? ¿he sobrepasado algún límite?
Pronto lo descubro. Contacto de nuevo: la pierna se ha desplazado para recuperarlo, busca el contacto con los dedos, se hace acariciar de nuevo. Los dedos giran suave, suavemente, durante unos momentos, una eternidad... y de pronto el escenario cambia, se encienden las luces y todo el mundo comienza a desperezarse. También nosotros debemos cambiar de posición. La magia desaparece. Miro al chico. Rostro impasible, sin la menor señal de complicidad, pero amable. El juego ha acabado, nunca hemos jugado. Hablamos brevemente. Me cuenta que vive en UK, United Kingdom, y visita a su familia en Hong Kong. Yo he de coger otro avión. Pronto aterrizamos. Salimos por separado, cada cual a su destino.
servido por rrodrigo
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19 Junio 2007