Las Zapatillas Rojas
No conozco nada bien la filmografía de Michael Powell y Emeric Pressburger, pero para empezar a remediarlo ví hace unas semanas Las Zapatillas Rojas (1948).
Pressburger adaptó un cuento de Hans Christian Andersen para convertirlo –mano a mano con Michael Powell- en un film que es a la vez un sólido melodrama y un experimento visual y musical cuando menos interesante. Al parecer, en el cuento de Andersen una niña compra unas zapatillas de baile de color rojo que, una vez puestas, le hacen bailar y bailar sin parar, lo que al principio es estupendo, pero luego se da cuenta de que no puede detenerlas de ningún modo, y la niña acaba por morir exhausta (bastante cruel el Andersen, no?).

Pressburger retoma la idea transformándola en un drama romántico que pivota sobre tres personajes complejos y, de un modo u otro, atormentados: Victoria Page (Moira Shearer) es una talentosa bailarina que lucha por llamar la atención de Boris Lermontov (Anton Walbrook), un gran director de escena. Cuando Lermontov accede a dar forma a la carrera a de Victoria, se hace patente que es un ser preocupado únicamente por el arte y la disciplina, capaz de dejar a un lado cualquier tipo de sentimiento, aunque en el fondo esté enamorado de Victoria. Entre ambos se cruza el compositor Julian Craster (Marius Goring), que ofrece a Victoria el amor que Lermontov nunca podrá darle. Y a partir de aquí el desastre… Lermontov, devorado por los celos, logrará que Victoria exprima su talento, y sumida en una crisis nerviosa provoca finalmente su autodestrucción (ale, la bailarina no tiene otra que arrojarse bajo las ruedas de un tren justo antes de una representación, lo que teñirá de rojo sus zapatillas!).

El guión desde luego tiene su fundamento y su intríngulis (Lermontov, por ejemplo, es realmente un personaje maligno, complejo, y profundamente atormentado), pero Las Zapatillas Rojas ha pasado a la historia del cine como un musical vanguardista en su momento, que influenciaría con su estilo a pelis posteriores como Un Americano en París (1951) (en la que Minelli llevaría hasta las últimas consecuencias la exploración de los decorados, apurando al máximo el Technicolor). La excelente fotografía del Jack Cardiff y la dirección artística de Arthur Lawson, amalgamados magistralmente por el tándem Powell/Presburger, brillan de forma especial en el número de ballet que puede verse hacia la mitad del metraje.
La representación del cuento de Andersen, núcleo
conceptual de la peli, es donde Michael Powell exprime la mayor parte de la fuerza visual de la peli, sacando gran partido a los decorados del escenógrafo expresionista Hein Heckroth (y que tienen un regusto daliniano palpable), cosa que no hubiera conseguido sin el excelente iluminador que era Cardiff. El resultado es un notable ejercicio de estilo cinematográfico encapsulado en el centro del desarrollo narrativo del film.
La peli tiene unos colores completamente chillones que me recuerdan al extraño uso del color que hizo Albert Lewin en Pandora and The Flying Dutchman (1951) (una de mis pelis preferidas de todos los tiempos…).
La recomiendo, la recomiendo… y anoto mentalmente la obligación de ver al menos Narciso Negro.








































jasoninternauta dijo
La vi cuando por edad tenía que haber leído el cuento. (o sea, que hace la tira de tiempo que la vi)
No recuerdo casi nada de ella. El argumento se me ha fundido con el de la historia de Andersen. Así que me la pongo de deberes, como dices tu. Otra para el lote que tengo que ver en las vacaciones de S.S.
Gracias por el post, Rrose, me ha refrescado la memoria.
Buenas noches :)
24 Marzo 2006 | 12:29 AM