La Sombra del Obelisco

Conocí a un hombre que debía soportar el impertinente amor de sus brazos; no a él, sino amor de brazo a brazo. El hombre era gris, compuesto y muy formal; y los brazos desvariaban. Tenían una loca inclinación el uno por el otro. Cuando el sujeto estaba desprevenido se toqueteaban, se acariciaban de manera indecente, entonces cerraba los ojos avergonzado. Sin embargo, lo más desagradable de la situación era cuando los brazos se peleaban, ya que se agredían sin ningún miramiento, golpeándose. En ocasiones llegaron a atacarse con la alevosía del arma blanca. El hombre se sentía impotente en este caos. Su voz seca y autoritaria, ordenando el cese de las hostilidades, no era escuchada.
Cierto día lo vi ocultando las lesiones de unos brazos apáticos: Están disgustados –me dijo-, y no me obedecen. Al poco, una hermosa mañana, encontré paseando por las ramblas a un mutilado, un hombre a quien la cirugía milagrosa le había liberado de los brazos. Y me sonrió con tristeza, como si los echara de menos.
Rafael Pérez Estrada. La Sombra del Obelisco. Espasa Calpe, 2002. p. 17







































¿ysiestaveztequedaras? dijo
Hace mucha ilusión acostarse con estas dosis de ingenio e imaginación
7 Julio 2006 | 12:30 AM