Góngora de las narices

Mi ciudad, que es la ciudad de Góngora, no se acuerda de su poeta más excelso. No existe un premio de poesía con su nombre. Supongo que existe alguna calle o alguna plaza bajo su advocación, pero eso es inevitable. Lo cierto es que ni siquiera existe un monumento que haga una ligera sombra a su obra (la estatua renegrida colocada junto a la Escuela de Artes y Oficios es una verdadera mierda).
Pero quién puede negar que Góngora fue uno de los mayores poetas de su tiempo, si no el mayor, y también
uno de los mayores poetas de todos los tiempos, sino el mayor. Lezama Lima lo sabía y no sintió cansancio al repetirlo. ¿Quién recuerda que fue un cubano homosexual su mayor admirador, su más fecundo admirador?
En Inglaterra existe un Centro de Estudios Shakespearianos, en Alcalá de Henares tiene su sede el Centro de Estudios Cervantinos, y aquí podría existir un Centro de Estudios Gongorinos. Aquellos que conocen bien la obra de Don Luis –y no soy precisamente uno de ellos- saben que la comparación no solo no es irrisoria, sino que lo irrisorio y lo lamentable es que aún no exista tal institución. Góngora da para eso, y para más. Estas cosas –u otras similares- se las oí decir una vez a Joaquín Roses -director de los sucesivos Seminarios de Estudios Gongorinos, voz clamando en el desierto- y las he ido constatando con frustración
Hemos de soportar esta situación entre otras cosas porque de repente esta ciudad se embarca en algo llamado Capitalidad Cultural, y unos cuantos pelagatos se empeñan en señalarnos con el dedo qué es y qué no es cultura. Lo hacen sentados sobre el tejado y con las piernas colgando, en el campanario de una ciudad que no conocen. Probablemente Góngora no es rentable, pero incluso esta afirmación sería discutible: Góngora solo puede ser gravoso para cegatos sin la más mínima imaginación. Y es cierto, Don Luis no es el único afectado en esta amnesia burocrática -también necesitamos un Centro de Arte Contemporáneo, una Casa de la Cultura, o una sede digna para la Orquesta- pero aceptemos que es una de las omisiones más vergonzosas.
Bien, la obra de Góngora es oscura (pero a decir verdad no toda ella). Bien, fue siempre un dificil, incluso para sus contemporáneos. Parece incluso mirarnos con cara de verdadera mala ostia desde el retrato que le hizo Velázquez, cascarrabias orgulloso, como si aún desde ahí nos reprendiera, víctima del resentimiento y la frustración de no haber alcanzado la fama que soñaba para sí. Pero ¡qué magnífico e inigualable retrato! Nada que envidiar al de Inocencio X. Y qué cráneo, dios santo, qué asco de cabezón y de tabique, dan ganas de mirarlo todo con lupa -tal y como Cortázar propuso hacer con el retrato de Enrique VIII- de hacer planos y mediciones como si se tratase de la Luna, o un blando Himalaya, o un extraño repollo granítico (¿qué habrá en la cara oculta de esa mole ósea?).
Sin embargo, la obra de Góngora, que aparentemente tiene tan poco que darnos, los poemas con los que tanto nos martirizaron en el colegio, han sido como un ceremonioso y complejo tatuaje oculto aún más abajo de la piel, y por ello ha viajado tan cuajada y maravillosamente en el tiempo. Los poetas del 27 (el amigo Federico, el amigo Rafael, y tantos otros), quisieron sacar el cadaver a la luz, solearlo bien, ir al encuentro de algo que no sintieron como extraño, que les era no solo familiar sino tremendamente útil. Útil. Vimos entonces el tatuaje de Góngora palpitando en el corazón de la vanguardia.

Al contemplar alguna de esas estupendas esculturas blanquísimas de Equipo 57 me he acordado siempre, inmediatamente, de Don Luis, de alguna estrofa de las Soledades. Me refiero a la inexplicable intuición de hallarme exactamente ante la misma cosa.

Estructura y superficie unidas en la forma. Espacio entrecortado, contradictorio, pero a la vez asombrosamente fluido, contínuo, suntuoso, y dominado por una lógica interna que aquí y allá nos deja encantados y también perdidos, burlándose de nosotros. Como la belleza de una fórmula matémática o la espiral ósea de algunos animales marinos.

Góngora fue un moderno ¿Será preciso repetirlo hoy de nuevo? Un mago de lo dificil, el verdadero creador del sudoku poético, un gigantesco sudoku de versos, grande como una catedral repleta de ojos parpadeantes y atentos, una conformación preciosa y enrevesada que se llamó Soledades y que dejó sin terminar, como esas catedrales mancas o calvas en las que entra el sol y la lluvia, y donde lo mismo anidan vencejos que a puntapié asoman restos de naufragio.
Yo a Góngora lo admiro, lo reverencio como reverencio a Rimbaud, a Lezama y a Blas de Otero, pero no reconozco al Gongorilla de la urna, al Gongorilla del periódico local, del Círculo y del Casino. A Góngora siempre he querido romperle la napia de un buen porretazo, desguazarlo, sí, como quien desarma la radio. A Góngora, si es preciso, habrá que desarmarlo para volverlo a armar. Mi Góngora es el tahur, el mujeriego embozado, el niño que hace equilibrios sobre las tapias, el payaso hosco...



































la escapa·ratista dijo
Pensar en Góngora para mí, es pensar en Quevedo. Recuerdo las risas en el instituto leyendo las lindezas que ambos se dedicaban. Como era..."yo untaré mis versos con ¿morcilla?, para que no me los muerdas Gongorilla".
28 Octubre 2006 | 03:23 PM