El último grito

XXXVI
Gritos amordazados circulan aprisa, muy aprisa por los corredores del hospital: -¿Qué ocurre?, ¿qué ocurre?- pregunta inquieta una voz anclada en la desesperanza. Nadie responde, cualquier respuesta puede ser imprudente. Están todos demasiado ocupados en desgajar a un hombre de su sombra.
V
Al anochecer, el grito engendró otros gritos.
La palabra tiende a la dispersión, nunca al silencio.Solo la renuncia, un especial sentido metafísico de la palabra, conduce al silencio.
La belleza del grito.
La abstracción comunicante.
La trama y el guión, también lo argumental, son los déspotas de la literatura, los impedimentos a la comunicación libre.
El fulgor de la idea sin apenas materia que la sostenga.
La idea, la funambulista del concepto.
La literatura es enemiga de lo explicativo.
El coleccionista de gritos es muy hábil a la hora de cambiar los gritos repetidos: un grito –advierte amenazante- ha de tener todos sus dientes, el color índigo en la especialidad desvaída y ser conforme a cuantas particularidades y menudencias establece el Ivert Tellier.
La rubia de los labios sangrantes se pronuncia decidida: -Yo amo el silencio. Y para demostrarlo lanza una carcajada asida a un sinfín de aros de humo.
Rafael Pérez Estrada. El Grito & Diario de un tiempo difícil. Málaga: Miguel Gómez Ediciones, 1999. (edición de 500 ejemplares)








































Munch dijo
El penúltimo, hijo mío.
Sólo es el penúltimo.
17 Noviembre 2006 | 08:58