Cinelandia

Junto al edificio del gran estudio se levantaba la enorme fábrica de luz eléctrica que subvenía al enorme despilfarro luminoso de Cinelandia. Los rayos de todas las inexploradas tormentas africanas los estilizaba aquella gran fábrica ojival.
Era la más potente del mundo y la habían dado forma de catedral, no solo porque así se cumplía mejor su fin, sino porque era aprovechada a veces como fondo peliculesco. La luz que aparecía en sus altas claraboyas hacía un gesto estrábico a la luna.
Constantemente sonaba la fábria a rota, a parada, a interrumpida, a haberse pillado un dedo algo y a haber interpuesto todos los frenos para poder contenerla en sus histerismos.
La mayor propulsión de la gran fábrica iba a parar al gran estudio cinematográfico, ese gran almacén de luz y decorados que funciona hoy en plena creación. Bajo su gran pósito todo es actividad.
Los rotulistas en sus grandes mesas escriben los rótulos de las películas con sus estilográficas de luz, como si fuesen los delineantes o los secretarios de los autores. Con una pequeña evolución más se pondrían a escribir los poemas luminosos que tan buen servicio harían a las películas cloróticas de lirismo (…)
Muestras de luz, aplicaciones de luz, parches magníficos cubrían todo el ámbito y vertían sobre él las ráfagas y los grandes platos de natillas luminosas…
Cinelandia (1923). Ramón Gómez de la Serna. Editorial Valdemar, 1995. pp. 59-60









































bambu dijo
Gracias, me has recordado que tengo que comprarme ese libro.
16 Julio 2007 | 09:59 AM