Daguerreotypes

Daguerreotypes es el título de una cinta documental rodada por Agnès Varda en 1976. Yo, como otros muchos, conocí a la realizadora a través de Les glaneurs et la glaneuse (2000), y fue a partir de ahí que comencé a indagar en su obra: Cléo de 5 à 7, Jacquot de Nantes, Ulysse, Daguerreotypes, Les dites cariatides… todas y cada una de sus cintas merecen, y mucho, la pena.
En primera instancia, el título del documental nos desorienta. ¿Nos hablará Varda –excelente fotógrafa- de historia de la fotografía? ¿Datos biográficos sobre Louis Daguerre? Para nada. Y sin embargo, el título de esta obra es perfectamente idóneo. La residencia habitual de Agnès ha estado siempre en la Rue Daguerre, y con Daguerreotypes la realizadora se propone la elaboración de un mapa humano que permita conocer la vida de varios de sus vecinos, y más concretamente de los comerciantes que abren cada día su negocio en dicha calle. Los daguerrotipos pues, serán retratos de los habitantes de la Rue Daguerre en los que se pretende condensar la psicología y la biografía de cada uno de esos personajes.

La idea de partida puede parecer insustancial, y el tono frío y prolongado de muchas secuencias puede dar esa impresión, pero se trata de un experimento sin duda apasionante, por su contenido y por la resolución cinematográfica de la propuesta. La observación –cámara fija o en mano- del panadero, del relojero, o del empleado de la tienda de ultramarinos revela, como es de esperar, una dinámica de gestos repetidos, de inamovibles hábitos diarios, de aburrimiento vital en la espera de los clientes, de trabajo esforzado en la trastienda. La mirada de Varda parece somera, las entrevistas que realiza a los daguerro-tipos son breves y concisas, pero el montaje de las imágenes es incisivo, y el documental desde luego no deja indiferente. Esa es la genialidad de la directora francesa: la suma de breves pinceladas, apuntes, reflexiones ligeras, pero ordenadas de un modo tan personal y sincero, que emociona. Lo profundo, lo definitivo, lo necesario, presentado a modo de ejercicio liviano.

Daguerreotypes es un minucioso estudio sociológico, pero se trata de una sociología de lo inmediato, de lo cercano, con nombres y apellidos y datos biográficos. Al igual que en otras de sus cintas, Varda pregunta a sus entrevistados por sus orígenes, por el modo en que conocieron a sus respectivas parejas, de tal modo que siempre intuiremos una historia de amor, una narración en la que las grandes alegrías y tragedias solo quedan apuntadas. Varda únicamente nos da pistas, el resto el cosa del espectador.

Agnès alcanza lo universal a través de lo pequeño y lo personal. El hecho de que Daguerreotypes se circunscriba a un entorno concreto –la Rue Daguerre- hace que el documental se convierta en un curioso precedente de otra obra –literaria- de su tiempo: La vie mode d´emploi (1978), de Georges Perec. Sociólogo de formación, Perec dio a luz en su novela un artefacto literario de primer orden, consistente en la narración minuciosa del contenido de un edificio, con todos sus trastos dentro, y la narración precisa de las vidas de cada uno de sus habitantes, vivos o muertos. Perec escoge un inmueble en la calle Simon-Crubellier; Varda, como hemos dicho, toma su propia calle. Perec se detiene siempre en la enumeración de objetos y los objetos centran su narración; Varda comienza su documental con un despacioso repaso a los rancios objetos que se amontonan en el escaparate del perfumista. Perec nos ofrece biografías y más biografías; los personajes de Varda ofrecen – unos con desconfianza, otros entregadamente- sus nombres, sus fechas de nacimiento, y varios episodios de juventud. Y aunque el tapiz narrativo que Perec teje es inmenso y es ficticio, comparte con Varda la atención prestada a aquello que pueda resultar perfectamente mecánico, cotidiano, y aparentemente carente de relevancia o interés estético.

Varda, además, parece realizar un ensayo acerca del modo en que los espacios en los que habitan los personajes definen a esos mismos personajes. A veces estos lugares, que son completamente reales, nos resultan inverosímiles, como la tienda del relojero, o el taller del costurero. Tenemos incluso la sensación de estar viendo los distintos cubículos de un decorado perfectamente preparado y estudiado. Varda llega a realizar tomas de cada uno de los comerciantes como si estuvieran posando para una foto, para uno de aquellos daguerrotipos de estudio, aquellos retratos perfectamente preparados, muchas veces sintéticos y simbólicos, como le son propios a una cultura en la que las imágenes aún no habían alcanzado la profusión y devaluación actual.
¿No les ha ocurrido alguna vez de tener ante sus ojos uno de esos daguerrotipos, ajados y frágiles, pero tremendamente vivaces aún, en los que vemos a un ser anónimo (una dama muy seria, o quizás un caballero bien atiplado) y uno se pregunta –es imposible no preguntárselo- quién es esa persona, a qué se dedicaba, qué tipo de almuerzo tomó para llevar ese rictus enfermizo en la cara, si eran o no felices, y sobre todo qué tipo de adversidades habrá debido de atravesar esa maldita placa metálica hasta llegar a nosotros? Agnès Varda compone unos nuevos daguerrotipos, pero parece como si conociera la frustración de que les hablo, y nos proporciona el goce de fisgar en sus vidas, en todo -o al menos una gran parte de- lo que no está en la fotografía.


A menudo se ve a los comerciantes asomarse a sus escaparates, como peces aburridos en sus peceras: su existencia parece monótona y, ciertamente, triste. Varda logra romper o contraponer esta grisura existencial con dos elementos argumentales. En primer lugar la celebración de una sesión de magia a la que acuden todos los tenderos. Varda da rienda suelta aquí a una de las partes más creativas y significativas del proceso de montaje. En segundo lugar, cuando ya nos ha presentado a todos los personajes, la realizadora les interroga acerca de sus sueños. Unos afirman que nunca sueñan, otros reconocen pesadillas, y alguno de ellos atisba sueños agradables o recuerdos de juventud.

Lo que parece un ejercicio documental desenfadado, una simple encuestación sociológica, adquiere con Varda otro sentido. Algo despiadado y dramático se abre paso entre las imágenes, porque a cada rato la mirada de la realizadora se obstina, se detiene en determinados rostros y gestos, como ocurre con Marcelle, la esposa del perfumista. El seguimiento de esta ancianita menuda, que parece presa de algún trastorno mental, que pasa las horas encerrada junto a su marido en la droguería, y que al caer la noche siente un irrefrenable y nunca satisfecho deseo de huir, se puede leer en el contexto del film como ilustración del sometimiento de la mujer, o como deterioro de la libertad personal por las constricciones de la clase media común, pero me parece ante todo un modo no ficcional (y por tanto pavoroso) de ilustrar nuestro deseo más oculto de huir de nuestras obligaciones diarias, de nuestro rol no escogido, de nuestra aburrida profesión, de nuestro estrecho daguerrotipo.




































Bashevis dijo
Gran comentario para un ENORME documento de la señora Varda... A ver si la gente se anima a echarle un vistazo, yo si no la hubiera visto tras leerte no lo dudaria.
Esa sensación que comentas en torno a los seres anonimos de los daguerrotipos, es exactamente la que me viene a la cabeza cada vez que "me pierdo" por http://www.iphotocentral.com , o cualquiera de estos archivos...
Esa calle que Varda retrata con leves pinceladas hoy dia no sera lo mismo, ni parecido, un modelo de vida perdido... Una maravilla de pelicula que haces muy bien en reivindicar.
Un saludo.
4 Mayo 2008 | 11:56 PM