OJOS
Estuvo durante cinco meses distribuyendo pornografía infantil a través de Internet. Guardaba las imágenes en el disco duro de su ordenador y en un cedé bajo su mesilla; en su domicilio. Utilizaba una línea telefónica de la que era titular su madre. J.M.R.B. de 25 años y residente en Mairena del Aljarafe, pasará tres años en la cárcel por su delito. Ésa es la condena que le ha impuesto la Audiencia de Sevilla.
De J.M.R.B. no hay imágenes disponibles. De quienes continúan explotando sexualmente a miles de niños y niñas en el mundo, tampoco. Ignoramos qué rostro tienen los que toman o muestran este tipo de fotografías. Sin embargo, no cabe duda alguna de que a diario, muchos adultos se excitan contemplando los cuerpos desnudos de seres inocentes que, por sí mismos, no pueden defenderse.
Mientras en nuestra sociedad no se tomen las medidas necesarias para prevenir la aparición de este tipo de conductas abusivas, seguirá habiendo niños y niñas víctimas de quienes no respetan ni sus derechos ni sus libertades.
Un menor no entiende su participación en una actividad sexual, no está preparado ni física ni psicológicamente. Tampoco puede otorgar su consentimiento. No sabe lo que hace, ni lo que le hacen. Todo eso lo conocen bien esos adultos que se benefician observando y aprovechándose de los resultados de este sórdido negocio. Lo saben bien los adultos que explotan y abusan sexualmente de los niños y de las niñas. Lo saben quienes convierten a los hijos propios o ajenos, a los hijos que heredarán nuestra tierra, en meros objetos disponibles para el mercadeo más oscuro e indecente que existe.

