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The Watcher and The Tower

Blog acerca de cómics, libros, música y lo que tenga a bien su autor.

3 Mayo 2008

Cómic: Strangers in Paradise, de Terry Moore.

El pasado (y aún reciente) Salón del Cómic de Barcelona salió a la venta al fin el último tomo de Strangers in Paradise, una de las series más importantes del panorama independediente en EEUU, guionizada y dibujada por Terry Moore.

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Strangers in Paradise fue, junto con Bone, la primera serie que comencé a coleccionar que no era de superhéroes. Hace ya unos diez años, la editorial hoy desaparecida Dude Comics se lanzó al mercado, entonces casi dominado por sólo dos o tres grandes editoriales, publicando ambas series. De SIP se publicaron los primeros arcos argumentales en cómics de 24 páginas de periodicidad más bien errática, hasta que, sin ninguna explicación pública, se interrumpió la serie. Parece ser que algo raro pasó con sus derechos, coincidiendo además con la crisis y desaparición de la editorial. Pasaron un par de años en los que acabé por pensar que jamás vería su final, hasta que Norma Editorial se hizo con sus derechos. Y en un par de años se ha ventilado la serie entera en siete tomos que nos ha permitido al fin saber cómo acaba todo.

¿De qué va Strangers in Paradise? Básicamente de la relación entre sus dos protagonistas, Francine y Katchoo. Y David, el otro vértice de esta especie de triángulo amoroso un poco raro. Supongo que podría considerarse un ejemplo de slice of life, con elementos de género negro y mucho humor. En esa mezcla reside buena parte del acierto de la serie, ya que permite cambiar de registro y reinventarla contínuamente. Terry Moore además juega mucho con los saltos en el tiempo y con ciertos experimentos narrativos de desigual resultado, fruto todo ello de la absoluta libertad que el autor tuvo desde el principio al elegir autoeditarse, y que después, mantuvo en la editorial Image. Como dibujante, Moore empieza algo dubitativo, pero evoluciona y aprende continuamente de forma que el último tercio o así de la serie goza de un gran dibujo, y sobre todo de una gran narrativa.

Lo más importante de la serie son las relaciones entre sus protagonistas y sus sentimientos. Y a ver, no nos engañemos: podría usar muchos eufemismos, pero SIP no deja de ser un culebrón. La mayor parte del tiempo bien llevado, con tramas truculentas, revelaciones efectivistas del pasado de los personajes, y giros inesperados en el guión que tensan cada vez más la cuerda del mismo, y que mantienen enganchados a los lectores como todo buen culebrón (pero culebrón al fin y al cabo). Además Terry Moore cuando quiere puede ser muuuy cursi. No en los diálogos (uno de los puntos fuertes de la serie, por realistas y a veces ingeniosos), pero sí en las canciones y poemas que aparecen frecuentemente en la serie. Claro que es lo esperable de un tipo que dice que la mejor canción del mundo es Yesterday... Además, la mayor parte de sus textos en prosa (a veces le da por contar ciertas cosas de forma novelada) son penosos, como la larga historia ambientada en el pasado que aparece en el último tomo justo antes del arco argumental final.

Y sin embargo, y reconociendo totalmente que no soy NADA imparcial con este cómic, tengo que decir que pese a todos sus defectos, tiene algo muy difícil de encontrar: intensidad. Hay momentos muy sinceros en este cómic. Brutalmente honrados. Diálogos y situaciones que llegan al lector, que le tocan. Tiene mucho que ver la complejidad de sus protagonistas. Francine y Katchoo, dos chicas muy distintas pero tan reales que es imposible no empatizar con ellas y quererlas un poco. Ellas, como el resto del reparto de SIP, simplemente viven. Y en ese vivir es donde el lector encuentra una historia de amor y amistad auténticos que se entremezclan y confunden, o quizás, simplemente, una historia de personas que se quieren y no se preocupan de ponerle etiquetas a ese amor (y sí, el que acaba de soltar una cursilería como el peñón de Gibraltar de grande ahora he sido yo. Mis disculpas).

El caso es que han sido diez años de seguir las andanzas de estas dos muchachas, la dulce Francine y la sombría Katchoo. Y ahora que ha acabado su historia, con un final que en realidad no podía ser otro, las voy a echar de menos. Strangers in Paradise fue una serie que me enseñó que el cómic puede ser mucho más que un montón de tipos dándose de hostias, y sin la que probablemente no habrían venido muchos otras. Y sólo por eso siempre será importante.

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19 Abril 2008

Cómic: Jacarandá, de Shiriagari Kotobuki.

A veces pasa que cuando esperas durante mucho tiempo algo que te interesa, acabas creándote unas expectativas que son imposibles de satisfacer. Al leer al fin Jacarandá, que además lleva sufriendo retrasos desde octubre del año pasado, pensé que probablemente había sido lo que me ha sucedido con él. Pero me temo que no. Leyendo su argumento (básicamente que un árbol gigante destruye Tokio), me imaginaba que habría cierto contenido ecológico, que habría alguna crítica a la sociedad actual, algún simbolismo en la destrucción de la mayor ciudad del mundo.

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Pero nada de nada. Ni rastro de “una de las críticas más ácidas a la sociedad japonesa”, que decía el texto promocional. Vamos, sí, salen dos niñas mirando escaparates mientras ignoran las tremebundas noticias de la destrucción de su ciudad. Qué ácido y qué profundo, ¿eh? El resto, interminables páginas de explosiones y edificios derrumbándose. Punto. Ni idea de por qué ha cosechado éxito y premios, no sólo en Japón sino también en Francia.

El dibujo al menos no está mal. Kotobuki tiene un estilo sucio y descuidado que pega bastante con el tono de la historia y ayuda a recrear el caos y la confusión causados por el árbol de marras, a la vez que dota de un toque caricaturesco a las personas. Por otro lado, tampoco es lo suficientemente bueno como para que no se haga tediosa la “lectura” de las páginas en las que no hay diálogos, que dan lugar a momentos en los que te sientes un poco idiota por haber pagado 16 euros (precio excesivo por parte de Dolmen, aunque la edición no está mal, salvo algún error en los bocadillos) por un tebeo que se lee en quince minutos pese a sus trescientas páginas. Ah, y encima el autor tiene los huevos de reconocer en el epílogo que ha “estirado una tira de cuatro viñetas a lo largo de trescientas páginas”, como si fuera algo digno de elogio. Una cosa es que la narrativa japonesa sea lenta (que puede serlo), y otra esto, que es, a ratos, una tomadura de pelo, que no pasa de ser el equivalente a las películas yanquis de catástrofes al estilo de Volcano o matarratos semejantes. Una pena. El Jacarandá que había en mi cabeza era mejor...

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2 Abril 2008

Jim Henson: Epílogo.

El 16 de mayo de 1990 Jim Henson moría en Nueva York víctima de una neumonía. Tenía sólo cincuenta y tres años. Unos días después, se oficiaba su funeral en la catedral de St. John. Por deseo expreso del propio Henson, el funeral se hizo abierto a todo el mundo, con el único requisito de no llevar ropa negra. La gente del Muppet’s Workshop decoró la catedral, y una banda de jazz tocó música en directo. Y junto a familiares, compañeros y amigos, hubo muppets. Y a nadie le pareció de mal gusto o fuera de lugar. Simplemente, en una celebración de la vida y la obra de Jim Henson no podían faltar. Varios de sus colaboradores hablaron en su recuerdo, entre ellos Frank Oz, su mano derecha durante prácticamente toda su carrera. Big Bird cantó It’s not Easy Being Green (Kermit no podía. Se había quedado sin voz), y al final del acto todos los muppets, de todas las series creadas por Henson, interpretaron el tema popular When the Saints Go Marching In. Fue el mejor homenaje posible a un hombre que dejaba un enorme vacío, pero también un gran legado.

Quizás el mejor homenaje que se le pudo hacer es mantener viva su compañía. No nos engañemos, es una multinacional que da muchos beneficios, pero igualmente cierto es que el espíritu de Henson se respeta y que sus sucesores son conscientes de su legado y de la enorme responsabilidad que tienen. Tras la muerte de su fundador, la Jim Henson Company quedó en manos de sus hijos. Años después pasaron por serias dificultades económicas que les obligaron a vender la compañía, aunque la recompraron poco después. Sesame Street siguió emitiéndose con nuevas temporadas, y además, se produjeron varias de una nueva versión de The Muppets Show, titulada Muppets Tonight, con personajes clásicos y otros nuevos, y que trasladaba la acción del clásico teatro a un estudio de televisión. Steve Whitmire se hizo cargo de la enorme tarea de manejar a Kermit sucediendo a Henson, y el resto de sus personajes fueron adoptados por los más veteranos de sus colaboradores.

Aunque lo he intentando a lo largo de esta serie de artículos, no hay palabras que le hagan justicia. Jim Henson fue sin discusión uno de los creativos más importantes del siglo pasado. Un trabajador incansable, un artesano, un creador de mitos contemporáneos. Hoy, dieciocho años después de su muerte, no todo el mundo recuerda su nombre, pero síempre recordaremos sus personajes. Y eso lo hace inmortal.

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18 Marzo 2008

Música: Music of the Spheres, de Mike Oldfield.

Al fin, tras múltiples retrasos, hoy he comprado y escuchado el último trabajo de Mike Oldfield. El veredicto... ni frío ni calor.

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Vamos por partes. Para mí es evidente que supone una mejora respecto a sus tres últimos discos, de los que poca cosa me parecía rescatable. Contar con una orquesta tenía que suponer necesariamente un cambio en el resultado final, pero, que nadie se llame a engaño, esto no es la incursión de Oldfield en la música sinfónica, por mucho que así nos lo hayan vendido: Music of the Spheres es una banda sonora épica al estilo de las que pueden encontrarse en muchas películas de Hollywood. Hergest Ridge o Incantations están más cercanas en intención a una sinfonía de lo que está MOTS.

Qué duda cabe de que el disco es agradable, “bonito”. Ningún tema chirría, el sonido es fabuloso... Y sin embargo, también es un disco tramposo, que tira de todos los recursos fáciles para emocionar que pueden encontrarse en las bandas sonoras en las que se inspira (de manera más o menos directa), y que cualquier compositor conoce bien. Se aprecia perfectamente cómo se construyen los clímax, qué mecanismos usan Oldfield y Karl Jenkins para llegar al oyente: ahora metemos timbales, ahora la sección de viento metal, si queremos conmover metemos un piano lentito... Todo muy de manual. En su época dorada Oldfield hacía justo lo contrario: tiraba siempre por el camino difícil, no caía en lo obvio y no le importaba no calar a la primera. MOTS entra de forma mucho más rápida que Amarok (por poner un ejemplo), pero de la misma manera, saldrá antes, porque la complejidad e intención de ambos discos es totalmente distinta, y tras varias escuchas, esas emociones que provoca desaparecerán y no habrá detrás nada sólido que invite a revisitarlo (hablo de mi caso personal, naturalmente).

De esta forma, escuchar MOTS es una experiencia que sorprende muy pocas veces. Tiene demasiados lugares comunes, tanto de su propia obra (me temo que estoy de acuerdo con los que consideran excesiva la enésima referencia al inicio de Tubular Bells, pero es que además Musica Universalis recuerda poderosamente a The Bell) como de otras bandas sonoras (las de Danny Elfman, por ejemplo). El disco se va escuchando sin sobresaltos, con partes más inspiradas y otras más normalitas, algunas pasándose de cursis, pero siempre dentro de los cauces esperados, sin salirse del guión establecido. De todos los temas el que más me ha gustado es The Tempest, donde, a pesar del sobado guiño tubular, veo cierta creatividad, algo diferente.

La voz de Hayley Westenra ciertamente es muy buena, a pesar de que On My Heart como tema no me parezca nada del otro mundo, ella solita lo levanta perfectamente. Lang Lang por su parte está muy bien, pero no entiendo (salvo como maniobra de marketing) que se cuente con un pianista de su calibre para hacer lo que hace: es como llamar al doctor House para curar un catarro.

Por otra parte, me ha sorprendido, y lamento mucho, que la guitarra de Oldfield apenas se escuche en el disco. Por los comentarios que había leído me imaginaba que no tendría una gran presencia, pero no esperaba que fuera tan poca. Para mí es muy triste, sabiendo como sabemos lo que era capaz de hacer Oldfield tan sólo con una guitarra clásica o acústica, a pelo, comprobar que se ha abandonado tanto como guitarrista que apenas esboza cuatro melodías en todo el disco, brevísimas. En Aurora hay una muy maja, pero en la que no ahonda, como habría hecho hace años, retorciéndola, matizándola, enriqueciéndola. No quiere o no puede, en realidad es lo mismo.

La conclusión a la que llego es que, aunque es un disco digno (que no es poco estando como estaba el patio), MOTS no supone la vuelta del mejor Oldfield (que, asumásmolo, no va a volver). Es su incursión en un género en el que hay maestros con los que sale muy mal parado en una comparación, y quizás es éste el problema: Mike Oldfield lleva demasiado tiempo sin hacer lo que hace mejor (su propia música, inclasificable, ecléctica, única) e intentando hacer un disco de música celta, otro de tecno, otro de chill out... ahora le ha tocado el turno a las bandas sonoras orquestales.

Al menos, Music of the Spheres le ha devuelto el favor de muchos fans y cierto prestigio en el mundo musical que se había perdido. Ha vuelto a estar en los medios y se ha vuelto a involucrar, aunque haya sido a regañadientes, en la promoción. De cara al futuro, dudo mucho que veamos gira o disco nuevo en muchos años. Asumo que está prejubilado y lo que menos le importa ahora mismo es la música. Está en su derecho, naturalmente, pero uno ve a otros músicos, de su edad o incluso más mayores, sacando buenos discos, dando conciertos continuamente, disfrutando de la música... y da pena, de verdad.

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16 Marzo 2008

Cómic: El jardín armado y otras historias, de David B.

Después de leer esa obra maestra absoluta que es La Ascensión del Gran Mal, me convertí en un seguidor incondicional de David B. He leído prácticamente todo lo que se ha publicado en España, pero, a pesar de que compro cualquier cómic con su nombre en la portada con los ojos cerrados, ninguna llega a la altura (porque no se puede) del Gran Mal. Los complots nocturnos (Ponent Mon, 2006) es una interesante pero irregular colección de sueños; Los buscadores de tesoros, un excelente tebeo de aventuras; la también reciente La lectura de las ruinas, una historia original y sorprendente, pero falta de algo que la convierta en un cómic imprescindible.

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Pulsa para verlo en tamaño grande

Menos mal que ha aparecido este Jardín armado para convencerme definitivamente de que lo de David B. no fue casualidad. El volumen, espléndidamente editado por Sins Entido (que ya va siendo hora que se reconozca como la mejor editorial de cómics española, quizás junto con Astiberri), consta de tres historias en las que David B. juega con las obsesiones que el lector de La Ascensión Gran Mal conoce bien: el pasado, la religión y la espiritualidad, las batallas... Tres historias maravillosas en todos los sentidos, en las que se mezclan sin que rasque herejías medievales con el califa de las Mil y una noches, contadas con un grafismo radical continuador de aquel que impactó en el Gran Mal y que convierte cada página en un experimento, parte de una búsqueda incesante de nuevas formas de contar historias (y que sorprende, favorablemente, si tenemos en cuenta que el autor se acerca a los cincuenta). En ese dibujo está la clave de que en estas historias se pase de lo real a lo imaginado sin traumas, sin diferenciar de hecho qué es real y qué no, dejándonos simplemente llevar por lo que se nos cuenta, gracias también a una narrativa única, sin la que la fértil imaginación de David B. no podría expresarse de forma tan efectiva (el final del primer relato, por ejemplo, es el remate a un cuento más brillante que he leído en mucho tiempo).

Son tres historias crepusculares, contadas con un ritmo conscientemente lento, apoyándose en unos textos de apoyo que en ocasiones hacen que más que un cómic sea una especie de relato ilustrado (si es que hay alguna diferencia), que tiene esa rara cualidad de erizarte los pelos de la nuca, porque lo que se cuenta no son unas historias, sino la historia, la de siempre, la nuestra, la que nos llega desde hace siglos. El mito, sin más.

Prueben ustedes, y luego vienen y me dicen que el cómic es sólo para críos.

Bibliografía básica:

La Ascensión del Gran Mal (Seis volúmenes, Sins Entido, 2001-2007).

Los buscadores de tesoros (Dos volúmenes hasta la fecha, Sins Entido, 2006-2007).

La lectura de las ruinas (Volumen único, Norma Editorial, 2007).

El jardín armado y otras historias (Volumen único, Sins Entido, 2008).

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5 Marzo 2008

Gary Gygax falla su última tirada de salvación.

Llego a casa y me entero por un correo electrónico: ha muerto Gary Gygax. A la mayoría ni os sonará, pero Gygax, aparte de escritor, fue el diseñador de la primera versión de Dungeons & Dragons, el primer juego de rol de la historia. Varias generaciones de roleros han disfrutado con la creación de este hombre, y yo a nivel personal le debo, sencillamente, algunos de los mejores momentos de mi vida.

Ha muerto el gurú lúdico de muchos de nosotros, aunque en realidad, su juego estaba en pañales; sin la aportación de otros a lo largo de los años, no habría llegado a ser lo que es. Pero sin esa primera idea, nada hubiera sido posible. Así que, señor Gygax, gracias por esa chispa genial, gracias por tus elfos y enanos (que no eran tuyos, pero los hiciste un poco tuyos), gracias por los dados de veinte caras y los cubos gelatinosos, por las puertas secretas y los proyectiles mágicos. Gracias por tu ilusión, y la que nos diste a los demás, y gracias, sobre todo, por seguir jugando hasta el final.

Os dejo uno de los mejores homenajes que se le hicieron: su aparición en Futurama.

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29 Febrero 2008

Cine: Sweeney Todd.

Aunque cada vez voy menos al cine (porque cada vez me interesa menos el tipo de cine que se hace hoy en día), hay ciertas películas que procuro no perderme, entre ellas las de Tim Burton, director con altibajos, pero que siempre ofrece cosas interesantes en el peor de los casos, y alguna que otra obra maestra.

Sweeney Todd no lo es, pero me ha sorprendido porque en ella Burton se deshace de algunos de sus tics, sin dejar de ser él. Dicho de otro modo, es una película 100% Burton, pero un Burton que controla mejor sus excesos y evita los síntomas de repetición que empezaban a verse en sus películas.

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En Sweeney Todd ofrece un espectáculo delirante, macabro, y, si entras en el juego, muy divertido. El humor es negrísimo (más que en otras películas de Burton) y asume casi todo el protagonismo por encima incluso de la trama. El hecho de que la película sea un musical acentúa aún más ese clima, por contraste (los protagonistas hablan de hacer auténticas burradas mientras cantan felices). No hay además tanta noñería como en otras películas de Burton (ñoñería que me gusta, ojo, pero que ya empezaba a cansar). Me he dado cuenta con Sweeney Todd de cuánta culpa tenía la música de Danny Elfman en esa ñoñería. No es que sea un mal compositor, es que desde hace años se dedica a plagiarse a sí mismo, y a repetirse más que el ajo en las bandas sonoras, con esos agudos, esos pianitos cursis en realidad tan tramposos pero tan efectivos para provocar emociones. Aquí la música corre a cargo de Stephen Sondheim, que es también coautor del musical de Broadway que adapta la película, y la mejora se nota.

El Londres victoriano encaja perfectamente con el gusto estético de Burton, y la leyenda urbana (porque no hay una sola evidencia histórica de la existencia de Sweeney Todd) en la que se basa la película parece hecha a su medida.

Hay que decir también que el reparto de la película está bastante bien, y cumple con solvencia con la papeleta de cantar. Destaca sobre todo Johnny Deep, a quien es justo que se le reconozca, en una industria plagada de actores que se interpretan a sí mismos una y otra vez, como uno de los mejores actores del momento, uno de los pocos que hacen lo que se supone que tiene que hacer un actor: dejar de ser él y ser otro.

En fin, que la recomiendo totalmente. No es la película del siglo (ni la mejor de Burton, que para mí siguen siendo Big Fish y Ed Wood), pero es muy divertida, extravagante, y diferente a lo que se puede encontrar hoy en día en los cines. ¡Y sale Snape! ¿Qué más queréis?

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24 Febrero 2008

Jim Henson: Fraggle Rock.

En el año 1983, aún con el rodaje de Cristal Oscuro en marcha, la compañía de Jim Henson empezó a idear una nueva serie con muppets. Se les encargó la creación de una que pudiera venderse en todo el mundo sin tener que realizar adaptaciones culturales (como sí ocurría con Barrio Sésamo, con el que era frecuente que cada país produjera su versión), y que promoviera valores como la amistad, el compañerismo y la paz. El resultado de aquella propuesta fue Fraggle Rock, una de las mejores series infantiles que se han hecho nunca. Aunque nunca alcanzó el éxito de Barrio Sésamo, se produjeron cinco temporadas (noventa y seis episodios en total, emitidos entre 1983 y 1987). Contó con su propio cómic editado por Marvel y una serie de dibujos animados que pasó sin pena ni gloria.

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Jim Henson, en esta época hasta arriba de trabajo, no se involucró mucho en este proyecto, aunque dirigió varios capítulos (entre ellos el piloto). La serie quedó en manos de sus colaboradores, y la presencia de pesos pesados de la compañía como Jerry Juhll (autor de muchos de los guiones) o de Steve Withmire, Dave Goelz o Jerry Nelson manejando a las marionetas garantizaba la calidad de la serie. Tanto los muppets como los decorados llevaban la marca de fábrica de la compañía, y eran excelentes.

Los Fraggles (Fraguel en España) son un pueblo de criaturas que viven bajo tierra, en un lugar que para ellos, como se dice en la cabecera de la serie, es el centro del universo. No tienen demasiadas preocupaciones (salvo cumplir con su dura jornada laboral... de treinta minutos semanales) y se pasan el día jugando y cantando. Los protagonistas de la serie son cinco Fraggles con personalidades muy distintas y a la vez muy definidas: Gobo, valiente y decidido; Rosi (Red en el original), tremendamente competitiva; Dudo (Wembley) un indeciso patológico; Bombo (Boober), pesimista y seguidor de todas las supersticiones que existen (y las que se inventa); y Musi (Mokey), mi favorita, una Fraggle artista, espiritual y algo zumbada.

Todos ellos tienen grandes momentos a lo largo de toda la serie, a la vez que van haciendo aparición otros fraggle como el Convincente John o Cantus el juglar (interpretados por Jim Henson).

La primera aparición de Cantus.

Compartiendo hábitat con los Fraggle tenemos a los Curris (Doozers en inglés), una raza de pequeños seres que trabajan incansablemente y sin objetivo aparente, al margen de crear estructuras que los Fraggle consideran un manjar. La relación entre Curris y Fraggles se limita básicamente a eso, pero el contraste entre ambas razas es uno de los grandes aciertos de la serie. Los Curris y sus máquinas eran manejados por control remoto, y son creación de Faz Fazakas (que también construyó réplicas en miniatura de los Fraggle que se usaron en algunas escenas).

A menudo, los fraggles se veían obligados a visitar el jardín de los Goris (Gorgs en la versión original), unas criaturas gigantes (muppets de cuerpo entero) que consideran a los Fraggles una plaga en su huerta (y no les falta razón, que se dedican a robarles los rábanos). En el jardín sólo viven tres Goris, un matrimonio y su hijo, Junior. Junior es el que más aparece y tiene una función claramente cómica, pero de pequeño me pasaba desapercibido el padre, que es un personaje genial: autoproclamado rey del universo, dando órdenes a súbditos inexistentes y librando batallas contra enemigos imaginarios.

En el jardín de los Goris también vive la Montaña de Basura, considerada como una especie de gurú por parte de los Fraggle. La mitad de las veces no sabe muy bien qué está diciendo, aunque eso sí, tiene un sentido del ritmo genial.

Por último tenemos al único personaje humano que aparece en la serie, un viejo inventor al que llaman Doc. Doc vive en el taller donde se encuentra el agujero que conecta el mundo subterráneo de los Fraggle con el espacio exterior, y aunque jamás descubrirá su existencia, su perro Sprocket (un muppet genial) se pasará toda la serie intentando advertirle. En cada episodio protagonizaban una pequeña trama que estaba más o menos relacionada con la principal.

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Todos los episodios tenían una serie de constantes. Por ejemplo, en todos había siempre dos o tres canciones, algunas realmente buenas, en gran parte gracias a que en lugar de tirar del típico teclado cutre ochentero había una banda de rock interpretando los temas. Otro elemento que siempre aparecía era una pequeña aventura del tío Matt el Viajero en el mundo exterior de los humanos, que éste le contaba a su sobrino Gobo en las postales que le enviaba, y que siempre tenían que ver con el problema que tenían los Fraggle. Estas postales son de lo mejor de la serie. En el peor de los casos, eran buenos gags cómicos, pero muchas veces eran un ejercicio de imaginación maravilloso, en el que se conseguía realmente ver desde fuera el comportamiento de esas criaturas del mundo exterior y darles una interpretación nueva (por supuesto, el despiste que tenía siempre encima el Tío Matt ayudaba bastante).

Una gran postal del Tío Matt.

Se daba la circunstancia de que Fraggle Rock no tenía director fijo, sino que varios se turnaban, lo que hizo que hubiera episodios más cómicos y otros más profundos, en los que de manera más seria se nos acercaba la cultura de los Fraggle o alguna de sus tradiciones. La idea inicial de sus creadores de transmitir valores no se hacía a base de sermonear a los niños; no aparecían los Fraggle al final del episodio para decirnos lo que habíamos aprendido (como en los dibujos animados de He-Man). Como en todas las creaciones de Henson, se consideraba a los niños lo suficientemente inteligentes como para captar mensajes sin hacerlos explícitos.

La creatividad de la serie y su sentido del humor hacen que sea una delicia también para los adultos, pero más que eso (que también) a mí lo que me engancha es que rezuma optimismo por los cuatro costados. Es una serie tremendamente positiva y la mejor terapia contra la depresión. Mientras ves Fraggle Rock es difícil estar enfadado o ser cínico, porque el optimismo de los Fraggle es contagioso y consigue que, al menos por un rato, los problemas parezcan menos importantes. Y pocas series pueden conseguir eso.

¡Oíd la trágica historia de Sir Branderbrain Fraggle!.

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