Aunque cada vez voy menos al cine (porque cada vez me interesa menos el tipo de cine que se hace hoy en día), hay ciertas películas que procuro no perderme, entre ellas las de Tim Burton, director con altibajos, pero que siempre ofrece cosas interesantes en el peor de los casos, y alguna que otra obra maestra.
Sweeney Todd no lo es, pero me ha sorprendido porque en ella Burton se deshace de algunos de sus tics, sin dejar de ser él. Dicho de otro modo, es una película 100% Burton, pero un Burton que controla mejor sus excesos y evita los síntomas de repetición que empezaban a verse en sus películas.
En Sweeney Todd ofrece un espectáculo delirante, macabro, y, si entras en el juego, muy divertido. El humor es negrísimo (más que en otras películas de Burton) y asume casi todo el protagonismo por encima incluso de la trama. El hecho de que la película sea un musical acentúa aún más ese clima, por contraste (los protagonistas hablan de hacer auténticas burradas mientras cantan felices). No hay además tanta noñería como en otras películas de Burton (ñoñería que me gusta, ojo, pero que ya empezaba a cansar). Me he dado cuenta con Sweeney Todd de cuánta culpa tenía la música de Danny Elfman en esa ñoñería. No es que sea un mal compositor, es que desde hace años se dedica a plagiarse a sí mismo, y a repetirse más que el ajo en las bandas sonoras, con esos agudos, esos pianitos cursis en realidad tan tramposos pero tan efectivos para provocar emociones. Aquí la música corre a cargo de Stephen Sondheim, que es también coautor del musical de Broadway que adapta la película, y la mejora se nota.
El Londres victoriano encaja perfectamente con el gusto estético de Burton, y la leyenda urbana (porque no hay una sola evidencia histórica de la existencia de Sweeney Todd) en la que se basa la película parece hecha a su medida.
Hay que decir también que el reparto de la película está bastante bien, y cumple con solvencia con la papeleta de cantar. Destaca sobre todo Johnny Deep, a quien es justo que se le reconozca, en una industria plagada de actores que se interpretan a sí mismos una y otra vez, como uno de los mejores actores del momento, uno de los pocos que hacen lo que se supone que tiene que hacer un actor: dejar de ser él y ser otro.
En fin, que la recomiendo totalmente. No es la película del siglo (ni la mejor de Burton, que para mí siguen siendo Big Fish y Ed Wood), pero es muy divertida, extravagante, y diferente a lo que se puede encontrar hoy en día en los cines. ¡Y sale Snape! ¿Qué más queréis?
En 1985, tres años después del estreno de Cristal Oscuro, Jim Henson y su equipo iniciaron el rodaje de su siguiente largometraje, Labyrinth (traducida como Dentro del Laberinto en España, aunque yo siempre me he referido a ella y lo haré en este artículo como Laberinto a secas). En esta ocasión, el proyecto contaría con la producción ejecutiva de George Lucas (hasta las cejas de dinero tras el estreno de su trilogía de Star Wars), lo que le permitió acceder a lo más avanzado en efectos digitales de la época. Y de nuevo, Henson confió la creación gráfica de los personajes a Brian Froud, que tan buenos resultados le dio en Dark Crystal, pero esta vez partiendo de un guión.
George Lucas, David Bowie y Jim Henson.
En el rodaje de la nueva película estuvo su inseparable Frank Oz, aunque esta vez no como codirector, y además su hijo, Brian Henson, que había empezado poco antes a involucrarse en la compañía de su padre y trabajar como marionetista con él. Como guionista, Henson contó con Terry Jones, ex-Monty Python (algo que se nota mucho en ciertas escenas humorísticas), de forma que buena parte del resultado final de la película es culpa suya.
La historia bebe mucho de los libros de Alicia y el Mago de Oz, al menos en su punto de partida: Sarah, una chica con una imaginación desbordante que tiene que quedarse en casa cuidando de su hermano pequeño, invoca al rey de los goblins de las historias que lee para que le libre de él. Y aparece. Se lleva a su hermano, dándole un tiempo determinado para que llegue a su castillo, en el centro de un laberinto, antes de que el crío se convierta en un goblin para siempre. A partir de ahí, empieza el viaje de Sarah a través del laberinto, lleno de peligros, acertijos y tentaciones, hasta llegar al enfrentamiento final con el rey de los goblins.
En esta ocasión, Henson decidió que habría actores humanos interactuando con las marionetas. El papel de Sarah está interpretado por Jennifer Connelly, mientras que a Jareth, el rey de los goblins, lo encarna David Bowie. Aunque choque al principio, la verdad es que es uno de los mayores aciertos de Laberinto. Bowie está GENIAL, sin más. Es la definición de carisma, el villano perfecto, con esa cara de mala leche y su peculiar mirada de dos colores, caracterizado fabulosamente bien. Además, se involucró bastante en Laberinto, incluso componiendo varios de los temas que aparecen (incluyendo la fantástica Underground).
Jareth en la réplica de la escalera de Escher.
Las marionetas de Laberinto siguen la línea de Cristal Oscuro y se benefician de todas las sofisticaciones técnicas logradas por el equipo de Henson en el anterior largometraje. Aunque perdían protagonismo frente a los actores humanos, fueron cuidadas al detalle. Los goblins (las marionetas más froudianas) son geniales porque en lugar de estar construídos en serie son todos distintos, pero el mejor sin duda es Hoggle, quizás la marioneta más realista creada nunca. Además de la actriz que iba dentro, era manejada por un equipo de cuatro personas que se coordinaba para dar vida a todos sus rasgos faciales (los ojos, la boca, las cejas) mediante un sistema de control remoto. Sin embargo, tanto las marionetas como los decorados y el vestuario, de alguna forma se notan al servicio de la historia, a diferencia de lo que sucedía en Cristal Oscuro, donde daba la sensación contraria.
Hoggle y Jennifer Connelly.
Lo más importante de Laberinto es la magia. Desde el principio hasta el final transmite una sensación de maravilla (“El lugar en el que todo parece posible y nada es lo que parece”, decía una frase promocional) que nunca he vuelto a ver en ninguna película. A pesar de contar con los efectos especiales de los Industrial Light & Magic de George Lucas, sólo se usan para cosas muy concretas. Ése es el secreto de la atemporalidad de la película: mientras que los morphings de Willow (más o menos de la época) hoy en día son sonrojantes, la transformación de Jareth al principio de la película, de la que sólo vemos su sombra, funcionará siempre y es mucho más efectiva. La magia en Laberinto es algo sutil; es ilusión. Juegos de espejos, efectos ópticos, trucos de encuadre y enfoque con la cámara. Es el mismo laberinto, que parece infinito, las manos que forman caras, la escalera de Escher, y los malabarismos con esferas de cristal. La magia es una princesa que debajo del vestido lleva unos vaqueros.
No obstante, aunque me encante, Laberinto tiene algunas pegas. Con menos canciones y menos humor la historia ganaría. La escena de la batalla contra los goblins hacia el final no me gusta nada, pero todo ello son cosas comprensibles si tenemos en cuenta que la película está dirigida sobre todo a un público infantil. Pero bajo todo eso late lo verdaderamente importante, algo que se intuye detrás de lo evidente, y que no se terminar de explicar: en realidad todo lo que ha pasado es lo que Sarah deseaba que pasase. Se insinúa en la secuencia del enfrentamiento final entre ella y Jareth (mi parte favorita) y todo lo que aparece en el viaje de Sarah está en su habitación, de un modo u otro. Todo ha sido producto de su imaginación, pero no por ello deja de ser real. Eso es una de las cosas que más me gustan: no se utiliza el sobado recurso de sembrar la duda en el espectador de si todo ha sido un sueño. Ha pasado y punto, y con la misma naturalidad que lo acepta Sarah lo aceptamos nosotros.
Pero el mayor valor que Henson plasmó en Laberinto es la idea de que la fantasía y la ficción no son meros entretenimientos intrascendentes, sino que son, como han sido siempre, los mejores vehículos de aprendizaje y crecimiento. No es sinónimo de escapismo. Al principio Sarah es una cría caprichosa, y es a través de la fantasía como madura y se hace adulta, sin que eso signifique dejar atrás el mundo de su infancia, que la acompañará siempre (“En algunos momentos de mi vida, sin ninguna razón en especial, os necesitaré”, dice Sarah al final de la película) Jareth representa ese escapismo egoísta, y como tal tienta a Sarah, que en una simbólica escena rechaza la posibilidad de olvidarlo todo y quedarse para siempre jugando con sus juguetes.
Laberinto se estrenó en 1986, y fue el último largometraje que dirigió Jim Henson, y también el mejor testimonio del trabajo de toda su vida. Simplemente, es la imaginación en estado puro, un tesoro que podrás disfrutar toda tu vida. Fue una película que marcó a mucha gente de mi generación, y que es recordada como una de las mejores películas de fantasía que se han hecho nunca. Es lo que pasa cuando las cosas se hacen dejándose el alma en ellas.
A finales de 1982, se estrenaba Dark Crystal (Cristal Oscuro en España) en los cines. Fue uno de los proyectos más ambiciosos de Jim Henson, además de uno de los que más se enorgullecía, y eso a pesar de que su éxito fue moderado (aunque hoy es para muchos película de culto).
Cartel de Dark Crystal.
La gestación de Cristal Oscuro empezó cinco años antes, en 1977, cuando cayó en las manos de Henson un libro de ilustraciones de Brian Froud. Henson, amante del folklore europeo, quedó fascinado por la obra de Froud, hasta el punto de que se puso en contacto con él y acabó por hacerle una visita a su estudio en Inglaterra. En esa época, Henson estaba pensando en realizar un largometraje, pero no había nada decidido, al margen de que quería una historia fantástica. Una vez pudo ver el trabajo de Froud de cerca le hizo una propuesta: Froud crearía a toda una serie de personajes y razas que protagonizarían su película. En lugar de escribir el guión y después trabajar en los diseños, el proceso sería inverso: Henson escribiría un guión y una historia para los personajes que Froud inventara. De hecho, Henson trabajó en la historia, las lenguas, las religiones de las distintas criaturas, en sus modos de vida y su organización social, en su arte. Como él mismo cuenta en el documental The World of Dark Crystal, sabía que todo ese trabajo no se vería en la película salvo en pequeños detalles, pero que era necesario para dotarla de verosimilitud.
Jen y Kira.
De esta manera tan curiosa se inició la producción de Dark Crystal. A partir de los bocetos de Brian Froud, el equipo de Henson comenzó a trabajar en la construcción de los decorados y las marionetas que serían necesarias para la película, que no empezaría a rodarse hasta 1981. Dirigida por Jim Henson y Frank Oz, Dark Crystal es una película única. Protagonizada únicamente por marionetas y grabada en entornos reales (sin apenas usar ni el croma), desde el primer momento puede verse el esfuerzo titánico de todo un equipo de profesionales de lo más variopinto, reunido entorno a Jim Henson.
Una escena de acción. Atentos al diálogo del final, impagable.
Hay escenarios que cortan la respiración: mimados hasta el detalle más nimio, es un auténtico placer para el espectador observar el interior del castillo de los Skeksis, el modelo del universo de la vieja Aughra o el pantano en el que se encuentran los dos protagonistas, fabricado parcialmente con vegetación real.
Las criaturas que aparecen en la película son a cual más espectacular. El mismo detallismo que se aprecia en los decorados puede verse en las marionetas, no sólo en su aspecto, sino también en sus movimientos y expresiones faciales, realmente brillantes. Fue necesario idear multitud de nuevas técnicas para controlarlas que se probaban sobre la marcha, aportando ideas entre todos, y siempre con la máxima de que todo es posible. Por ejemplo, los Mystics y los Skeksis (mis favoritos), las dos razas ancestrales de las que ya sólo quedan diez miembros de cada una, eran manejados por varias personas: un marionetista se introducía en la marioneta (eran de cuerpo entero), mientras que otros accionaban partes del cuerpo que no podían controlarse desde dentro. Al mismo tiempo, varias personas se encargaban de controlar a distancia los movimientos de ojos y boca con unos controles especiales que desarrollaron y que revolucionaron por completo el manejo de muñecos en el cine, alcanzado unos niveles de expresividad y realismo jamás vistos. El pueblo de los Pod (¡creados por Froud inspirándose en patatas!), Aughra, y los dos Gelflings (los protagonistas) eran marionetas tradicionales, pero también tremendamente sofisticadas si las comparamos con las que se venían usando en Barrio Sésamo o The Muppet Show. Jim Henson se encargó de manejar a Jen, el Gelfling, además de a uno de los corruptos Skeksis, aunque prefirió no ponerles su voz para evitar que al espectador pudiera recordarles a la voz de Kermit. Por su parte, Frank Oz se ocupó de la vieja Aughra y del chambelán de los Skeksis. El resto de los personajes quedaron en manos de un numeroso grupo de actores, mimos, acróbatas y marionetistas, coordinados y entrenados por un famoso mimo francés que Henson contrató, Jean-Pierre Amiel.
La fiesta en el poblado Pod, una de mis escenas favoritas.
La única pega que puede ponérsele a Dark Crystal no es, sin embargo, pequeña: pese a que el resultado visual es insuperable, la historia que cuenta la película no está a la altura. Quizás por dedicar tantos esfuerzos a la creación del mundo y sus habitantes, quizás también por partir de los personajes y amoldar la trama a los mismos, la historia en sí queda en un segundo plano, oculta por el apabullante despliegue de imaginación que se ve en pantalla: una mera excusa para ir mostrando escenarios y personajes. Además abusa en exceso de los tópicos del género: una profecía, un pequeño e indefenso protagonista con el destino del mundo en sus manos, el viaje...
Un Mystic.
A pesar del acertado tono crepuscular, de mundo que se muere, la historia es demasiado fría, cuesta empatizar con los personajes y emocionarse, y no porque sean marionetas, ni mucho menos, sino porque le falta algo de épica y algo de intensidad. La película, corta por necesidad, no ofrece suficiente desarrollo de los personajes para que entendamos sus motivos y su carácter. Por eso los mejores son los Mystics y los Skeksis, criaturas simbólicas que no necesitan ser desarrolladas para entenderse. Los Skeksis, además de ser las marionetas más logradas, protagonizan en su decadente corte los mejores momentos de Dark Crystal, como éste:
Pese a todo, la recomiendo sin reservas: Dark Crystal es una película que se ve con la boca abierta de admiración, y que compensa las carencias argumentales con un impresionante espectáculo que ningún efecto especial generado por ordenador podrá superar.
Vaya año llevamos. Primero fue Umbral, y hoy el que nos deja es Fernando Fernán Gómez. Escritor, actor, director, y ante todo, señor sin pelos en la lengua y que llamaba a las cosas por su nombre. Siempre fiel a sus ideas, trabajador incansable, y con un mal genio mítico, Fernán Gómez fue uno de los pocos intelectuales que alumbraba el panorama desolador de la España en posguerra.
Lo peor no es que mueran, no. No queda otra. Lo peor es que nadie recoge la antorcha, y el mundo es cada vez un poco más mediocre.
El cine fantástico actual (al menos el americano) tiene dos grandes males: uno es la infantilización por sistema de cualquier historia; otro, el exceso de medios tecnológicos de los que dispone, que algunos creen que pueden sustituir a la imaginación y el talento. Stardust no es una excepción.
Cartel de la película.
Empecemos por el principio. Stardust, para quien no lo sepa, está basado (por decir algo) en un relato del mismo nombre escrito por Neil Gaiman (de quien ya hablé en otro post) e ilustrado por Charles Vess. No es una obra espectacularmente buena, pero dentro de la producción de Gaiman es de lo mejor. Tiene la virtud de actualizar aquellos cuentos ilustrados que leíamos de pequeños y a la vez crear una historia disfrutable por adultos. Por supuesto, sería injusto quitarle mérito al trabajo de Vess, un dibujante dotado de una habilidad especial para reflejar el mundo de las hadas, y sin el que Stardust no tendría ni la mitad de interés (razón por la que no entiendo ni entenderé que se empeñen en editarla como una novela, sin los dibujos).
Una de las portadas del relato ilustrado.
Yo comprendo que el cine y la literatura son medios distintos, y que lo que funciona bien en uno no tiene por qué hacerlo en otro. Entiendo que ciertos cambios son lógicos: la simplificación del argumento, que algunos personajes desaparezcan y otros cambien de función. Pero transformar los varios meses que dura el viaje del protagonista, Tristran, en una semana, convirtiendo su maduración en un absurdo, la aparición de Robert de Niro de capitán travesti, o hacer de los fantasmas de los siete hermanos el alivio cómico de la película, no puedo entenderlo. Que sí, que son medios distintos, pero no justifiquemos con esa obviedad cualquier disparate. Digámoslo alto y claro: el cine NO exige las convenciones que nos venden desde Hollywood. No exige la historia ñoña de amor, no exige el amigo negro del prota que al final muere, ni alivios cómicos. Eso puede exigirlo el cine palomitero, las productoras que buscan el blockbuster de la semana. Pero no el cine. Gaiman podría haber vendido su historia a una productora independiente, con menos medios, con menos repercusión, pero con la posiblidad de mantener su esencia. En lugar de eso, optó por hacer una superproducción y además participar como coproductor, cosa que yo, ingenuo de mí, pensé que garantizaría un mínimo de fidelidad.
Al contrario, es una película que superficialmente puede parecer fiel (como le pasa a V de Vendetta, con la que estoy hasta las narices de que la gente me diga “tío, es clavadita al cómic”, cuando precisamente falla en lo esencial), pero que carece de lo mejor del relato ilustrado, y que, ironía, no es de Gaiman. Todo el folklore, todos los elementos de la tradición que aparecen, han desaparecido en la película. Ni una mención a las hadas, ni a Fairie (que en la película llaman Stormhold, en el relato, el nombre que recibía la fortaleza del rey). El cuento de hadas, con sus reglas, sus crepúsculos, sus profecías imposibles, siempre funciona. Hay en el folklore algo que conecta con nosotros a un nivel inconsciente, que pone los pelos de punta y hace saltar las lágrimas, que nos vincula con nuestro pasado y a la vez con nosotros mismos. El cuento de hadas nos llega tan adentro porque en realidad nos está contando cómo somos, cómo funciona el hombre, cuáles son sus pasiones y sus preocupaciones, que son las mismas siempre.
Michelle Pfeiffer en su papel de bruja.
Todo esto, con mejor o peor fortuna según el momento, se podía encontrar en la Stardust escrita. Sin esto, la película está vacía. Es falsa, hueca, porque lo único que queda es el armazón bajo el cual latía la esencia de la historia. Un armazón que además ha sido azucarado para conformar una película ñoña, “bonita”, en el sentido más despectivo de la palabra, y además, una película que cumple punto por punto el manual de la perfecta película taquillera intrascendente. Por poner un par de ejemplos: el final está totalmente modificado para encajar la obligatoria batalla final que hay que meter por decreto en cualquier película de fantasía, aunque no pegue ni con cola, aunque la historia ni lo pida ni lo admita... Hay que meterlo. De igual forma, la relación entre Tristran y la estrella, que en el cuento era divertidísima y nada cursi (la estrella lo insulta contínuamente), y que al final, SÓLO al final, descubren que están enamorados, cambia radicalmente: el cabreo le dura a la estrella dos minutos: después a ponerse ojitos el uno al otro y a hablar del amor verdadero con cara de cordero degollado. Y qué dos actores más pésimos, por favor. He visto pocas parejas con menos química que estos dos. Tristran, que en su versión original era un joven soñador, con la sangre de las hadas corriendo por sus venas, que va aprendiendo poco a poco a moverse por su mundo, ahora es un gañán torpe que en realidad no hace nada. Y la estrella, bueno, a mí esta chica no me parece que tenga fuego por dentro. La estrella de Gaiman era pura pasión, pura ira contenida en un cuerpo mortal. Esta chica es una sosa que casi desde el principio ya bebe los vientos por Tristran.
¿Los amantes de Teruel? No, Tristran y la estrella.
Consecuencia de esto es el cambio que hay en el final con todo el asunto (previsible) del corazón de la estrella y sacarse de la manga que al amar a Tristran se lo ha entregado y por tanto lo hace inmortal. Lo que da la vida eterna, ¡es la víscera!, no tiene nada con el amor. Las brujas SE COMEN el corazón de la estrella y con eso consiguen prolongar su vida. Pero qué más da todo, si los dos suben al cielo en forma de estrella, el narrador dice “y vivieron felices para siempre” y todos en sala dicen “oooooh” y comienzan a aplaudir. Pues vale, con su pan se lo coman.
Volvemos al principio del artículo: este final feliz no es más que el mejor ejemplo de cómo una historia que pretendía ser un cuento de hadas para adultos acaba en el polo opuesto: rebajada y dulcificada para entrar en la clasificación para mayores de trece años (que ya les vale también a estos americanos; si esta películas no puede verla cualquier crío, apaga y vámonos). Lo más evidente es la falta de sangre en toda la película (muy divertido, incluso cuando las brujas sacrifican algún animal, sacan las vísceras limpitas), pero hay otras modificaciones en el argumento para hacerlo más políticamente correcto que son bastante lamentables (por ejemplo, el padre de Tristran, que en el relato se casaba con una mortal tras su escarceo con el hada, aquí permanece soltero y fiel hasta que se reencuentra con ella). Otro detalle incomprensible son los sacerdotes del castillo del rey, que son ¡obispos católicos! Y así podría seguir durante varias páginas.
Me queda el tema de los efectos especiales. Si ya me parece mal que se abuse cuando son buenos, si son ramplones y desfasados (como si la película fuera de hace cinco años) me resulta incomprensible. Las vistas panorámicas de escenarios generados por ordenador cantan muchísimo (¿de verdad suponen un avance respecto a las maquetas?), y ni los efectos ni los escenarios consiguen sustituir dignamente los dibujos de Charles Vess (por ejemplo, fracasa estrepitosamente al mostrar el mercado de las hadas, que tiene que ser fascinante). El ambiente que pedía esta película es brumoso, etéreo. La magia de Stardust no necesita de combates con rayos de colores, sino de sutilidad, de juegos de espejos, de sombras, de semanas con dos lunes. Magia del folklore, no de partida de rol.
Lo peor es que Gaiman todo esto lo sabe mejor que yo, y le ha dado igual. Ha dejado que conviertan una buena historia en una película del montón que no puedo recomendar a nadie, le guste la fantasía o no. Mal camino llevamos, como no entendamos de una vez que la fantasía no es esto.
Hoy comienzo una serie de artículos centrados en la figura y obra de Jim Henson, creador de algunos de los mitos más importantes de mi vida. En un principio pensé en un solo artículo, pero a sugerencia de Álvaro Naira, lo he convertido en una serie, lo cual me permitirá ahondar más en algunas de sus creaciones, tanto las más conocidas por todos, como otras más oscuras (era eso o escribir un artículo de veinte páginas que no se iba a leer ni dios). Este primer post es de presentación: en los siguientes me centraré en obras concretas.
Jim Henson es una de las pocas personas (o tal vez la única) que admiro totalmente. En primer lugar por su profesión, que siempre me ha fascinado. Un marionetista hace magia: mientras está en sus manos, la marioneta está viva, él le insufla vida. Pero no es sólo eso. Henson tenía una creatividad desbordante, y una imaginación privilegiada, no sólo para crear historias y personajes, sino también para aplicarla en buscar soluciones a cuestiones técnicas. De espíritu inquieto, siempre estuvo investigando nuevas formas de construir y manejar sus marionetas, desde que empezó a trabajar en televisión hasta que murió en 1990. Sin ir más lejos, es el inventor del muppet (contracción de marionet y puppet), un tipo de marioneta que se manejaba introduciendo una mano en ella y manejando los brazos con un cable del que se encargaba la otra mano del marionetista. También ideó una peculiar pero utilísima forma de manejarlas: el muppet se colocaba por encima de la cabeza, y a la vez, el marionetista podía ver los movimientos que ejecutaba en un monitor, de forma que se conseguía una precisión mucho mayor y se eliminaba la necesidad de que el humano estuviera en escena manejando la marioneta.
También experimentó con materiales blandos y flexibles como la felpa o la espuma de caucho, que dotaron de expresividad a las marionetas. Hasta entonces, todas eran del estilo del muñeco de Edgar Bergen. ¿No sabéis quién es? Sí, hombre, éste:
Con el tiempo, creó muppets que debían ser manejados por dos personas, muppets de cuerpo entero como Big Bird, o muppets con sofisticados controles remotos que eran accionados por cinco o seis marionetistas, como por ejemplo Hoggle de Laberinto. Jim Henson, sencillamente, cambió el arte de las marionetas.
Gracias a esa determinación de seguir siempre experimentando, para Henson y su equipo no existía la palabra imposible. Todo podía hacerse, siempre había una forma de conseguir hacer realidad lo que se cocía en su cabeza. Fue uno de esos tipos carismáticos y apasionados que contagian a sus colaboradores de su locura y consiguen que se comprometan con su trabajo tanto como él. Cuando uno se da cuenta de la cantidad de esfuerzo y de horas de trabajo que supusieron ciertos sketchs de los muppets, o los cinco años de trabajo previos al estreno de Cristal Oscuro, es cuando realmente se comprende el mérito de Henson (y se le ponen a uno los pelos de punta al imaginarlo, de paso). Todas las cosas increíbles que consiguió tuvieron como base el trabajo artesanal, utilizando los efectos especiales y la tecnología digital para enriquecerlo, no para suplantarlo. Y ahí está la clave de la atemporalidad de sus criaturas: un muppet existe físicamente, interactúa de verdad con actores humanos o con otros muppets: no envejece porque no pretende pasar por real. Las criaturas generadas por ordenador, tarde o temprano (temprano, normalmente), quedan obsoletas. Cuando uno ve un capitulo del Cuentacuentos, queda admirado; cuando ve uno del Hércules de Kevin Sorbo, se parte de risa.
Los medios audiovisuales actuales pueden mostrarlo todo: Henson poseyó, frente a este vicio, la virtud de insinuar. La imaginación y el ingenio suplían cualquier carencia técnica, y de hecho, hicieron que la mayoría de las veces el resultado fuera superior, porque la fantasía funciona mejor si es atisbada en lugar de mostrada explícitamente. Jim Henson sabía esto perfectamente: de su concepción de la fantasía (que comparto al cien por cien) hablaré en futuros artículos.
En todos sus años de profesión, Jim Henson supo alternar la creación de programas de encargo (dotados siempre de su personalidad inconfundible) y el diseño de personajes que se convertirían en iconos absolutos en todo el mundo con otros trabajos mucho más personales y normalmente desconocidos para el gran público.
Todo eso, sumado a su excepcional sensibilidad estética, y a un sentido del humor muy especial, es lo que convirtió a Henson en un auténtico genio. Sin embargo él siempre se consideró a sí mismo un trabajador, un artesano, y ni cuando disfrutó del reconocimiento mundial y su compañía cosechaba éxito tras éxito, dejó nunca de dirigir nuevos proyectos o de manejar a sus personajes en los distintos programas que producía. Era tremendamente humilde, y nunca pensó estar haciendo algo especialmente trascendente: sólo intentaba que sus espectadores soñaran y disfrutaran un poco. Como si hubiera algo más importante, Jim.
Nota:
Muchos de los datos que utilizo en este artículo y en los siguientes dedicados a Henson los he sacado de la página oficial de la Jim Henson Company, de la página jimhensonlegacy.org y del excelente libro de Josep Busquet, La diferencia entre arriba y abajo (Camaleón ediciones, 1998).
No es que sea un gran seguidor de la obra de Miguelanxo Prado, pero siempre me ha parecido un excelente dibujante. Así que cuando supe que había dirigido y dibujado una película de animación, sentí bastante interés. Como en su momento De Profundis fue estrenada en dos cines, y duró en cartel algo así como veinte segundos, he aprovechado la salida del DVD para verla. Y es una lástima, pero ha sido decepcionante.
El principal problema de la película es que carece de texto. Y aunque es una perogrullada, contar una historia sin palabras es más difícil de lo que parece. Hay algunos ejemplos de que se puede hacer y se puede hacer bien (Fantasía, por ejemplo), pero es que en De Profundis lo de menos es la historia. El argumento es casi inexistente: un marinero cae al mar, se encuentra el mundo submarino que plasmaba en sus dibujos, y se lo pasa teta hasta que se acuerda de su mujer y vuelve. Final simbólico desconcertante y fundido en negro. Una mera excusa, con muy poca chicha para una película de casi hora y media.
Así las cosas el punto fuerte de la película debería ser el deleite estético de las escenas bajo el mar que va presenciando el protagonista. Pero tampoco eso funciona. No niego que en pantalla de cine alguna escena puede quedar más impactante, pero en general, lo que producen es impaciencia y aburrimiento. Una música adecuada y los dibujos de Prado, por buenos que sean, no bastan para sostener la película, porque el cine es mucho más que eso: es ritmo, sobre todo, y aquí es donde fracasa estrepitosamente De Profundis. Al no haber historia no hay prácticamente acción ni trama: todo es una sucesión de bonitas estampas marinas que hubiera preferido ver en un libro de ilustraciones. Ya digo que ni siquiera son espectaculares. Alguna podría serlo, pero el enfoque de la cámara, monótono y demasiado fijo, les resta la poca fuerza que tienen.
La animación puede que sea lo más llamativo. No es animación tradicional, sino que los dibujos de Prado han sido dotados de tridimensionalidad y animados por ordenador. El resultado es desigual: algunas veces queda muy bien (la mujer tocando el violoncello), otras chirría bastante, con los movimientos demasiado ortopédicos. Las expresiones faciales son exageradamente histriónicas y casi molestas, como si con esa expresividad se quisiera compensar la falta de diálogo.
En el lado positivo, muy poquito: los diseños y dibujos de Miguelanxo Prado son excelentes (la mansión en el mar, el barco en el que vuelve el protagonista), la música me ha gustado bastante. La presentación del DVD, en consonancia con la película: mucho cuidado por la forma, pero el fondo está vacío. De Profundis es un experimento fallido, un ejercicio de estilo del que Prado probablemente habrá quedado muy orgulloso, pero que está hueco y deja completamente frío al espectador. Eso sí, un diez por el esfuerzo de intentar abrir nuevos caminos a una animación original, que no se limite al plagio de los estudios americanos. Una lástima que Prado se olvidara de contarnos una historia, ya que estaba.
Cuando uno va al cine a ver una película de Harry Potter, ya sabe a lo que va. Al igual que los libros no tienen precisamente el nivel de Kafka, las películas tampoco están a la altura del recientemente fallecido Bergman. Los libros son lo que son: un magnífico entretenimiento, escritos decentemente (que es más de lo que se puede decir de la mayoría de los best-sellers o de otros “hypes” de la fantasía actual, como Eragon), que enganchan, y que tienen algo que valoro mucho: carecen de moralina, no parece que la autora quiera adoctrinar a los niños con ellos. Son algo gamberretes, tienen cierta dosis de humor inglés, e incluso se critica al poder político y se valora la toma de decisiones personales al margen de las reglas. Vale, tampoco es que sean un alegato anarquista, pero me gusta y me tranquiliza que en estos libros que están leyendo millones de chavales aparezcan estos mensajes y no otros más reaccionarios.
Tienen todos cara de malote menos Neville, que está el pobre más perdido que un pulpo en un garaje.
Siempre he pensado que el quinto libro era el más difícil de adaptar al cine, entre otras cosas por su extensión, pero el director ha dado en el clavo: la solución no es rodar un tocho infumable de cuatro horas, sino sintetizar más y mejor. El resultado es una película de dos horas y poco, ágil y entretenida, nada farragosa, y que se entiende por sí misma sin necesidad de leerse el libro, pero que tampoco lo destroza convirtiendo en irreconocible la historia. No es la leche, no revoluciona nada, pero es un entretenimiento digno (que hoy por hoy es decir mucho), y dudo que se pueda hacer mucho mejor, la verdad. Y es que el problema cuando tienes que renunciar a cosas, es que aunque aciertes siempre se echarán en falta. Gran parte del éxito de la serie de libros está en el día a día del colegio (como novela de internado que en realidad es, aunque los alumnos lleven varita), lo que yo llamo chorradas, aunque me encanten: A tal le gusta cual, pero acaba saliendo con pascual, Ron y Harry tienen que presentar un trabajo de tal cosa, o copian en un examen... Chorradas, al fin y al cabo, pero que le dan vidilla a la cosa, y que en la película no tienen cabida. De hecho, cuando en anteriores entregas han intentado meterlas, no ha salido bien, porque se rompe el ritmo. En El cáliz de fuego, la sensación que me daba cuando la vi es que iban a toda pastilla. Era una película acelerada que sin embargo se para demasiado tiempo en algo que no deja de ser anecdótico, el baile. Por eso me quedo con los libros. ¿Por qué renunciar a nada? Ahí tengo todo. Lo que pasa es que hoy en día, si un libro no es adaptado al cine, parece que no existe. Era inevitable, y además, tampoco veo por qué J.K. Rowling tendría que renunciar a la pasta que se habrá llevado. Pero donde de verdad hubiera funcionado una adaptación de Harry Potter es en el formato televisivo: una serie, a razón de una temporada por libro. Claro, el cine da más dinero, y cuando se empezó a adaptar la saga aún no vivíamos esta era dorada de las series (con todo lo que conlleva respecto a presupuesto), así que ya es tarde. Tampoco es que me quite el sueño, y además ya digo que las películas tampoco son basura.
El cásting es lo más acertado de lejos, como siempre: Ron ha mejorado muchísimo, y este director no lo interpreta como un bufón, así que eso que salimos ganando (a ver si mojan él y Hermione de una vez en el último libro). Hermione tampoco está tan exageradamente repipi como en las anteriores, y Harry sigue siendo correcto. Me mola un montón Luna, han encontrado a la actriz perfecta para ella, por su aspecto, pero también por el aire entre zumbado y místico que tiene. También me ha encantado Tonks, y eso que en los libros pasa desapercibida. Sirius, Ojo Loco y Lupin, también me convencen. Y Snape es simplemente genial, cada minuto (pocos) que sale en la película es un tesoro: divertidísimo. Dumbledore, convincente, y Voldemort, bueno, no me acaba de gustar, pero es pasable. Bellatrix Lestrange en cambio me ha gustado mucho, con ese aspecto histriónico de bruja piruja filogótica. Umbridge, bien, sin más. El problema con los personajes es que se ha llegado a un punto en la saga en el que hay que mover demasiados, y la mayoría saben a poco. Hay algunos que no saldrán ni tres minutos en total, y casi sin diálogo (Draco Malfoy por ejemplo: vaya papelón le ha tocado al chaval que lo interpreta). De todas formas, poca solución tiene.
Luna Lovegood: Perfecta.
Los decorados y los efectos especiales muy bien, como siempre. Incluso quizás mejor que otras veces, porque no hay ese afán por mostrar todo explícitamente. El misterio y la insinuación es algo que acabará por desaparecer del cine, porque prácticamente ya puede mostrarse cualquier cosa tirando de ordenador. Eso no significa que deba hacerse, pero pocos directores lo saben. En La Orden del Fénix, en cambio, hay escenas que llaman la atención por eso: en lugar de tirar de morphing, Sirius Black se transforma detrás de una puerta y sólo vemos su sombra. Perfecto. Y en una de las mejores escenas de la película, la de los centauros, también se beneficia de esa falta de afán por alardear de efectos, de “mira lo que podemos hacer”.
En conjunto lo que se nos ofrece es algo cada vez más raro: una película fantástica, de aventuras, hecha con esmero y sin tratar al espectador como un gilipollas; ni al adulto, ni, lo que es aún más infrecuente, al niño. A ver si podemos decir lo mismo de la avalancha de películas del género que se nos viene encima...