Categoría: Cómic
3 Mayo 2008
El pasado (y aún reciente) Salón del Cómic de Barcelona salió a la venta al fin el último tomo de Strangers in Paradise, una de las series más importantes del panorama independediente en EEUU, guionizada y dibujada por Terry Moore.

Strangers in Paradise fue, junto con Bone, la primera serie que comencé a coleccionar que no era de superhéroes. Hace ya unos diez años, la editorial hoy desaparecida Dude Comics se lanzó al mercado, entonces casi dominado por sólo dos o tres grandes editoriales, publicando ambas series. De SIP se publicaron los primeros arcos argumentales en cómics de 24 páginas de periodicidad más bien errática, hasta que, sin ninguna explicación pública, se interrumpió la serie. Parece ser que algo raro pasó con sus derechos, coincidiendo además con la crisis y desaparición de la editorial. Pasaron un par de años en los que acabé por pensar que jamás vería su final, hasta que Norma Editorial se hizo con sus derechos. Y en un par de años se ha ventilado la serie entera en siete tomos que nos ha permitido al fin saber cómo acaba todo.
¿De qué va Strangers in Paradise? Básicamente de la relación entre sus dos protagonistas, Francine y Katchoo. Y David, el otro vértice de esta especie de triángulo amoroso un poco raro. Supongo que podría considerarse un ejemplo de slice of life, con elementos de género negro y mucho humor. En esa mezcla reside buena parte del acierto de la serie, ya que permite cambiar de registro y reinventarla contínuamente. Terry Moore además juega mucho con los saltos en el tiempo y con ciertos experimentos narrativos de desigual resultado, fruto todo ello de la absoluta libertad que el autor tuvo desde el principio al elegir autoeditarse, y que después, mantuvo en la editorial Image. Como dibujante, Moore empieza algo dubitativo, pero evoluciona y aprende continuamente de forma que el último tercio o así de la serie goza de un gran dibujo, y sobre todo de una gran narrativa.
Lo más importante de la serie son las relaciones entre sus protagonistas y sus sentimientos. Y a ver, no nos engañemos: podría usar muchos eufemismos, pero SIP no deja de ser un culebrón. La mayor parte del tiempo bien llevado, con tramas truculentas, revelaciones efectivistas del pasado de los personajes, y giros inesperados en el guión que tensan cada vez más la cuerda del mismo, y que mantienen enganchados a los lectores como todo buen culebrón (pero culebrón al fin y al cabo). Además Terry Moore cuando quiere puede ser muuuy cursi. No en los diálogos (uno de los puntos fuertes de la serie, por realistas y a veces ingeniosos), pero sí en las canciones y poemas que aparecen frecuentemente en la serie. Claro que es lo esperable de un tipo que dice que la mejor canción del mundo es Yesterday... Además, la mayor parte de sus textos en prosa (a veces le da por contar ciertas cosas de forma novelada) son penosos, como la larga historia ambientada en el pasado que aparece en el último tomo justo antes del arco argumental final.
Y sin embargo, y reconociendo totalmente que no soy NADA imparcial con este cómic, tengo que decir que pese a todos sus defectos, tiene algo muy difícil de encontrar: intensidad. Hay momentos muy sinceros en este cómic. Brutalmente honrados. Diálogos y situaciones que llegan al lector, que le tocan. Tiene mucho que ver la complejidad de sus protagonistas. Francine y Katchoo, dos chicas muy distintas pero tan reales que es imposible no empatizar con ellas y quererlas un poco. Ellas, como el resto del reparto de SIP, simplemente viven. Y en ese vivir es donde el lector encuentra una historia de amor y amistad auténticos que se entremezclan y confunden, o quizás, simplemente, una historia de personas que se quieren y no se preocupan de ponerle etiquetas a ese amor (y sí, el que acaba de soltar una cursilería como el peñón de Gibraltar de grande ahora he sido yo. Mis disculpas).
El caso es que han sido diez años de seguir las andanzas de estas dos muchachas, la dulce Francine y la sombría Katchoo. Y ahora que ha acabado su historia, con un final que en realidad no podía ser otro, las voy a echar de menos. Strangers in Paradise fue una serie que me enseñó que el cómic puede ser mucho más que un montón de tipos dándose de hostias, y sin la que probablemente no habrían venido muchos otras. Y sólo por eso siempre será importante.
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19 Abril 2008
A veces pasa que cuando esperas durante mucho tiempo algo que te interesa, acabas creándote unas expectativas que son imposibles de satisfacer. Al leer al fin Jacarandá, que además lleva sufriendo retrasos desde octubre del año pasado, pensé que probablemente había sido lo que me ha sucedido con él. Pero me temo que no. Leyendo su argumento (básicamente que un árbol gigante destruye Tokio), me imaginaba que habría cierto contenido ecológico, que habría alguna crítica a la sociedad actual, algún simbolismo en la destrucción de la mayor ciudad del mundo.

Pero nada de nada. Ni rastro de “una de las críticas más ácidas a la sociedad japonesa”, que decía el texto promocional. Vamos, sí, salen dos niñas mirando escaparates mientras ignoran las tremebundas noticias de la destrucción de su ciudad. Qué ácido y qué profundo, ¿eh? El resto, interminables páginas de explosiones y edificios derrumbándose. Punto. Ni idea de por qué ha cosechado éxito y premios, no sólo en Japón sino también en Francia.
El dibujo al menos no está mal. Kotobuki tiene un estilo sucio y descuidado que pega bastante con el tono de la historia y ayuda a recrear el caos y la confusión causados por el árbol de marras, a la vez que dota de un toque caricaturesco a las personas. Por otro lado, tampoco es lo suficientemente bueno como para que no se haga tediosa la “lectura” de las páginas en las que no hay diálogos, que dan lugar a momentos en los que te sientes un poco idiota por haber pagado 16 euros (precio excesivo por parte de Dolmen, aunque la edición no está mal, salvo algún error en los bocadillos) por un tebeo que se lee en quince minutos pese a sus trescientas páginas. Ah, y encima el autor tiene los huevos de reconocer en el epílogo que ha “estirado una tira de cuatro viñetas a lo largo de trescientas páginas”, como si fuera algo digno de elogio. Una cosa es que la narrativa japonesa sea lenta (que puede serlo), y otra esto, que es, a ratos, una tomadura de pelo, que no pasa de ser el equivalente a las películas yanquis de catástrofes al estilo de Volcano o matarratos semejantes. Una pena. El Jacarandá que había en mi cabeza era mejor...
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16 Marzo 2008
Después de leer esa obra maestra absoluta que es La Ascensión del Gran Mal, me convertí en un seguidor incondicional de David B. He leído prácticamente todo lo que se ha publicado en España, pero, a pesar de que compro cualquier cómic con su nombre en la portada con los ojos cerrados, ninguna llega a la altura (porque no se puede) del Gran Mal. Los complots nocturnos (Ponent Mon, 2006) es una interesante pero irregular colección de sueños; Los buscadores de tesoros, un excelente tebeo de aventuras; la también reciente La lectura de las ruinas, una historia original y sorprendente, pero falta de algo que la convierta en un cómic imprescindible.

Pulsa para verlo en tamaño grande
Menos mal que ha aparecido este Jardín armado para convencerme definitivamente de que lo de David B. no fue casualidad. El volumen, espléndidamente editado por Sins Entido (que ya va siendo hora que se reconozca como la mejor editorial de cómics española, quizás junto con Astiberri), consta de tres historias en las que David B. juega con las obsesiones que el lector de La Ascensión Gran Mal conoce bien: el pasado, la religión y la espiritualidad, las batallas... Tres historias maravillosas en todos los sentidos, en las que se mezclan sin que rasque herejías medievales con el califa de las Mil y una noches, contadas con un grafismo radical continuador de aquel que impactó en el Gran Mal y que convierte cada página en un experimento, parte de una búsqueda incesante de nuevas formas de contar historias (y que sorprende, favorablemente, si tenemos en cuenta que el autor se acerca a los cincuenta). En ese dibujo está la clave de que en estas historias se pase de lo real a lo imaginado sin traumas, sin diferenciar de hecho qué es real y qué no, dejándonos simplemente llevar por lo que se nos cuenta, gracias también a una narrativa única, sin la que la fértil imaginación de David B. no podría expresarse de forma tan efectiva (el final del primer relato, por ejemplo, es el remate a un cuento más brillante que he leído en mucho tiempo).
Son tres historias crepusculares, contadas con un ritmo conscientemente lento, apoyándose en unos textos de apoyo que en ocasiones hacen que más que un cómic sea una especie de relato ilustrado (si es que hay alguna diferencia), que tiene esa rara cualidad de erizarte los pelos de la nuca, porque lo que se cuenta no son unas historias, sino la historia, la de siempre, la nuestra, la que nos llega desde hace siglos. El mito, sin más.
Prueben ustedes, y luego vienen y me dicen que el cómic es sólo para críos.
Bibliografía básica:
La Ascensión del Gran Mal (Seis volúmenes, Sins Entido, 2001-2007).
Los buscadores de tesoros (Dos volúmenes hasta la fecha, Sins Entido, 2006-2007).
La lectura de las ruinas (Volumen único, Norma Editorial, 2007).
El jardín armado y otras historias (Volumen único, Sins Entido, 2008).
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26 Enero 2008
Retomando la idea de este post, hoy toca elegir cinco tebeos de superhéroes “sin pretensiones”, cómics de género puro y duro con el único objetivo de entretener (como todos, con la diferencia de que éstos lo consiguen). Aquí están, sin ningún orden consciente en particular:

Astro City, por Kurt Busiek (Guión) y Brent Anderson (Dibujo): Algunos años después de que Busiek escribiera para Marvel probablemente su mejor obra de la década de los noventa, se lió la manta a la cabeza con este proyecto de creación propia que para muchos es su mejor cómic. Alrededor de la ficticia ciudad de Astro City, Busiek crea todo un universo lleno de referencias y guiños para el lector toda la vida, que le van a servir para contar historias en diferentes épocas y lugares. A pesar de que en ocasiones peca de referencial y se pone un pelín pedante, Astro City es una serie con la virtud de ser fiel a la tradición del género y a la vez ofrecer un punto de vista novedoso al mismo, basado en un acercamiento “humano” a los héroes y sus motivaciones.

La Patrulla-X, por Chris Claremont (Guión) y John Byrne (Dibujo): La etapa de estos dos creadores (hoy venidos muy, muy a menos) en los X-Men tiene todo lo que un tebeo de superhéroes tiene que tener: acción a raudales, personajes humanos bien definidos y con debilidades, drama, culebrón... Y aventura, mucha aventura. Tormenta, Rondador Nocturno, Fénix, Cíclope, Coloso, y el hoy archifamoso Lobezno eran héroes, pero también era gente normal que iba de copas, al teatro o al cine, que tenían sentimientos y hablaban de sus cosas. La sensación de que cualquier cosa podía pasar en el siguiente número (inexistente en los soporíferos tebeos de mutantes de hoy) fue la clave para el éxito de esta etapa, que en su culmen, la saga de Fénix Oscura, contiene la esencia del género.

Top Ten, por Alan Moore (Guión) y Gene Ha y Zander Cannon (Dibujo): Después de parir esa obra maestra que es From Hell, a Moore se le cruzaron los cables y decidió que iba a hacer tebeos mainstream. De esa idea que al principio podía sonar peregrina surgió el sello editorial ABC (American Best Comics, la modestia se la dejó en casa), y dentro de ese sello, apareció esta serie limitada de doce números. Es, evidentemente, una obra menor dentro de la producción del guionista, pero un Moore al 20% se basta para crear un cómic que deje a la altura del betún a la mayoría de los superhéroes actuales de Marvel o DC. En Top Ten crea una curiosa mezcla de ese género con el policiaco, con las series tipo Canción Triste de Hill Street, para entendernos, y el resultado no podría resultar más fresco y divertido. Policías superpoderosos en una ciudad en la que todo el mundo tiene superpoderes: parecía fácil imaginarlo, pero tuvo que venir Alan Moore a hacerlo.

Liga de la Justicia, por Keith Giffen y J.M. DeMatteis (Guión) y unos treinta tipos (Dibujo). Si se le menciona a alguien la Liga de la Justicia, enseguida pensará en Superman, Batman, Wonder Woman y demás iconos de la editorial DC. Pero hubo una época en los ochenta en la que la JLA era un grupo de personajes desconocidos (en realidad Batman se pasaba de vez en cuando, pero no los soportaba). Un Detective Marciano adicto a las galletas oreo, Blue Bettle, el primer superhéroe con problemas de sobrepeso, y un montón de ineptos incapaces de hacer nada a derechas. Eso por no hablar de supervillanos como el Gran Manga Khan (el primer villano director de su propia escuela de villanos, donde da clases de elocuencia) o Mr. Nébula, Decorador Interplanetario (un trasunto de Galactus que en lugar de devorar mundos los redecora). Situaciones delirantemente absurdas, chistes malos, y sobre todo una enorme capacidad por parte de los autores para no tomarse en serio ni su trabajo ni a ellos mismos. Los 90 (la época de los dientes apretados y las armas más grandes que los propios tipos que las llevaban) acabaron con esta Liga, pero aún hoy cuenta con toda una legión de fans.

Spiderman, por Stan Lee (Guión) y Steve Ditko (Dibujo): A principios de los años 60, los tebeos de superhéroes estaban protagonizados por perfectos adonis que no cometían errores, superhombres sin problemas y con novias eternas. Imaginaos la revolución que supuso la aparición de un personaje que en su primera aventura la caga y por su culpa muere su tío, tiene problemas para llegar a fin de mes, las tías pasan de él, coge la gripe... Lee y Ditko le dieron nueva vida a un género que agonizaba, atrapado en las mismas fórmulas desde los años 40, repitiendo mes tras mes el mismo esquema monolítico. Crearon el concepto de “superhéroe con superproblemas”, dotaron de continuidad sus historias, y perfilaron un tipo de héroe con el que sus lectores realmente podían identificarse. Consiguieron que la vida de Peter Parker nos interesara tanto o más que la del propio Spiderman. Tras su etapa hubo otras mejores, pero el mérito de golpear primero es suyo.
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8 Diciembre 2007
Cuando uno empieza a leer un álbum de Ángel Sefija, siempre pasa lo mismo. Al principio lo leemos con una sonrisa cómplice con el autor, y nos divertimos viendo hasta qué punto es absurda y mezquina la sociedad. Hay que ver qué cosas hace la gente. Ocasionalmente, soltamos la carcajada ante algún diálogo especialmente agudo. Pero tarde o temprano, sin avisar, una de esas carcajadas se nos queda a la mitad, congelada: acabamos de reconocernos en una frase, una actitud, una imagen. Una patada en los huevos de nuestra autoestima. Mauro Entrialgo también se está riendo de nosotros. Llegados a este punto, sólo hay dos opciones: el lector puede negar lo evidente y tirar el tebeo a la basura, o puede seguir leyendo a la vez que realiza el sanísimo ejercicio de reírse de sí mismo.

La capacidad de observación de Entrialgo es admirable. Tiene una habilidad innata para capturar el detalle, pero también para diseccionar la realidad social y pasar a través del entramado de excusas, justificaciones y mentiras que nos montamos para poder estar a gusto con nosotros mismos. La frase hecha, el tópico, la convención social, la contradicción del comportamiento humano: todo es atacado por el autor, que se vale de algo tan simple y a la vez tan excepcional como es el sentido común. Y lo más divertido es que ni siquiera necesita deformar excesivamente la realidad para provocar la risa: las situaciones que presenta la mayoría de las veces no son esperpénticas, sino todo lo contrario.

Pincha para ampliar.
Haciendo uso de acertadas analogías, y apoyándose en un dibujo de colores planos y trazo naif (pero engañoso: a ver cuántos tienen la capacidad de representación simbólica de Entrialgo con sus mismas limitaciones técnicas), nos va mostrando hasta qué punto somos vagos, mentirosos, mezquinos e incongruentes. Hasta qué punto es absurda la película que nos hemos montado entre todos. Y esto lo hace no desde una posición de superioridad, sino desde abajo, riéndose también de sí mismo.

Pincha para ampliar.
Todo esto lo convierte en uno de los autores españoles de cómic humorístico más certero y más despierto que tenemos en la actualidad. Su copiosa producción en revistas, fanzines y periódicos, además del mantenimiento de un par de blogs, no hace que su ingenio se difumine, sino que, al contrario, sabe muy bien acotar terrenos y tener muy claro de qué va a hablar con cada personaje, y en qué tono (Ángel Sefija es mucho menos escatológico que sus creaciones más burras).

Una de las mejores páginas del anterior volumen. Pincha para verla más grande.
En esta nueva entrega de Ángel Sefija (que aconsejo, como con cualquiera de Entrialgo, se lea en tres o cuatro dosis, para no empacharse), encontramos páginas dedicadas a las nuevas tecnologías, al mundo del arte, al mercado laboral, y en general de cualquier cosa que llame la atención de Entrialgo. A veces sus tiras son reflexiones acerca de algo que ha visto, otras son chistes más o menos buenos, según el día, pero siempre, al terminar el álbum, se piensa lo mismo: Entrialgo, cabrón, cómo nos conoces.
Bibliografía básica:
Ángel Sefija en la cosa más nimia (El Jueves, 2002).
Drugos el acumulador (La Cúpula, 2003).
Cómo convertirse en un hijo de puta (con Ata y Orue, Astiberri, 2004).
Ángel Sefija por tercera vez (Astiberri, 2006).
El Demonio Rojo: Ganas de follar (La Cúpula, 2007).
Ángel Sefija con cuatro ojos (Astiberri, 2007).
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16 Octubre 2007
Hay muchas formas de editar cómics. Se pueden editar como un mero producto de consumo rápido, con malos materiales, de cualquier forma, sin corregir siquiera los textos. Editar mal, vaya. O se puede editar como está editando el señor Manuel Caldas esa obra maestra que es Príncipe Valiente, cuyo tercer volumen recibí por correo el sábado pasado. El trabajo de este hombre es tan abrumador, que me siento obligado a aportar mi granito de arena a que se conozca, para devolver de algún modo este regalo que nos hace. Sí, regalo, porque Caldas, para seguir con la edición en castellano de su obra, se conforma con no perder dinero. Luego contaré el porqué.
Es una edición jodidamente buena. Punto. La mejor que se puede hacer, al menos por el momento. El que quiera buscarle los tres pies al gato (que los hay: esta edición lleva suscitando la polémica desde que salió el primer tomo) te dirá que si la tapa dura, que si el color, que si la abuela fuma. Pero todo se cae por su propio peso cuando uno abre uno de los tomos y empieza apreciar el trabajo, el amor por lo que está editando que Caldas se ha dejado ahí, en cada ejemplar. El tamaño es suficientemente grande como para apreciar adecuadamente el detallado dibujo de Foster, y además evita la necesidad de resumir textos para que entren en espacios minúsculos que tienen otras ediciones. El trabajo de restauración le ha llevado horas infinitas, es un trabajo meticuloso y duro que le ha permitido recuperar el trazo original de Harold Foster, en blanco y negro, porque el color original no puede recuperarse a día de hoy, y el color de las reediciones actuales es así de bueno:

El que prefiera esto, tiene un problema.
A la inconmensurable labor restauradora de Manuel Caldas, hay que unir el diseño de Jesús Yugo, precioso, y la traducción (sin cobrar un duro) de Rafael Marín, apasionado reconocido de Príncipe Valiente, cosa que se agradece (algunos errores de traducción de la edición de Planeta, que es la otra que tengo en casa, eran de traca: valga como ejemplo traducir “boar” por oso en lugar de jabalí, demostrando que el traductor ni conoce la obra, ni la tiene delante cuando traduce).
Las circunstancias que rodean la edición son especialmente difíciles: sin entrar en pormenores (porque los propios Caldas y Marín prefieren que así sea), un problema de derechos impide que la colección se siga distribuyendo en tiendas, como ocurrió con los volúmenes uno y dos, que fueron un éxito de ventas que prácticamente agotaron las tiradas. La situación actual le permite al editor vender al territorio español únicamente por vía postal. Éste es el motivo de que simplemente aspire a cubrir gastos: ha calculado que se necesita vender trescientos ejemplares para ello. Conmigo desde luego va a contar, hasta donde él pueda llegar. En lugar de discutir, o cagarse en los culpables de esta nueva situación (tan incómoda para el lector como para el propio Caldas, que sale muy perjudicado de ello), hay que apoyar la edición comprándola, así de sencillo. Cada tomo sale por veinticinco euros, más cinco de gastos de envío. Parece caro, pero creedme, no lo es. Caro es pagar diez euros por un tomucho editado con desgana, traducido por preescolares y maquetado por chimpancés. Y sé de lo que hablo, que tengo la habitación llena.
Así que si alguno os animáis, ésta es la dirección a la que hay que enviar el giro postal:
Apartado 222
4490-909 Póvoa de Varzim
PORTUGAL
Y éste es el correo electrónico de Manuel Caldas, para cualquier duda o comentario sobre Príncipe Valiente. Como se ve por la dirección Caldas es portugués, pero se le puede escribir en castellano sin problemas. Doy fe de que responde muy rápidamente:
mcaldas59@sapo.pt
En cuanto al material en sí, poco se puede decir salvo que es uno de los clásicos absolutos de la historia del cómic. Es simplemente imprescindible. Foster fue no sólo uno de los más grandes dibujantes que ha dado el medio, sino que ha influído a varias generaciones de artistas de una forma evidente. Observad este ejemplo, una de las más espectaculares viñetas de la serie, incluida en este tercer tomo:

Pinchad en la imagen para verla a un tamaño lógico.
La viñeta muestra el momento en el que el rey Arturo descubre a sus caballeros los signos de la tortura a la que los vikingos han sometido a Val. Al margen del evidente dominio de la anatomía, de las luces y de la perspectiva, hay que fijarse en la composición de la escena: Valiente como eje central, junto al rey y todos los caballeros desplegados frente a ellos. Y sobre todo destaca la increíble pericia de Foster: las terribles heridas del protagonista no se muestran directamente al lector, si no que las imagina al observar las expresiones de los caballeros que sí las ven, expresiones que van de la ira a la incomprensión, pasando por el asombro, el dolor... Magistral.
Pero no es sólo el increíble dibujo de Foster. Ni su agradable sentido del humor, ni siquiera la apabullante labor de documentación que realizó (¡y sin google! ¿os lo podéis creer?). No, Príncipe Valiente no es un tebeo más. Es una obra enriquecedora que además de ofrecer un extraordinario sentido de la aventura trata los temas universales que aparecen en cualquier clásico. Es una historia acerca del paso del tiempo: lo que cambia, y lo que es inmutable. Sus protagonistas son humanos y como tales se equivocan, y son víctimas de la ira, la envidia, la codicia... Val, al contrario que otros héroes del cómic de su época, no gana siempre. Sufre amargas derrotas y la pérdida de seres queridos. Y sin embargo, se intuye optimismo, la idea de que todo dolor es pasajero. En Príncipe Valiente Foster rehuye la corrección política (eran otros tiempos), a la vez que crea a partir de los mitos artúricos un mundo pseudohistórico situado en algún momento tras la caída del imperio romano, en el que conviven personajes y situaciones de lo menos cinco siglos, en un ambiente obviamente romántico pero que no oculta la violencia inherente a la época, ni tampoco la existencia de esclavos ni los saqueos como práctica habitual, a la que recurren incluso “los buenos”. A lo largo de todos los años que dura la serie, Valiente viaja a África, a América, a tierra santa. Foster incluso llegó a visitar muchos de los lugares a los que quería llevar a Val con el fin de documentarlos correctamente.
Y si bien él era un dibujante plenamente maduro cuando inició Príncipe Valiente, como guionista lo vemos evolucionar casi en cada plancha. Aún en el tomo tres el autor está en plena búsqueda del tono definitivo con el que se sentirá cómodo, con el ritmo adecuado para la serie. Así, por ejemplo, se observa que en un principio no tiene reparos en mostrarnos el elemento fantástico como parte del mundo de Valiente (ese jardín de Merlín, lleno de duendes y hadas), para poco a poco ir desplazándolo, hasta el punto de que el propio Merlín confesará a Val que todo es truco e ilusión, pese a lo cual en ocasiones excepcionales veremos auténtica magia, o incluso apariciones de dioses, aunque siempre de un modo ambiguo, no explícito (y por tanto más interesante).
En definitiva, un clásico atemporal que a pesar de tener setenta años de antigüedad se mantiene totalmente fresco, divertido y apasionante. Una de las obras cumbre del cómic, que ningún aficionado debería dejar de leer al menos una vez, y que se mantendrá viva para siempre. Una vez más: gracias, señor Caldas.
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9 Octubre 2007
Cada vez entiendo menos los trabajos de encargo de Neil Gaiman. No soy de los que consideran que sólo The Sandman vale la pena de entre toda su producción (aunque vale, es su gran obra y mi favorita), pero ciertos guiones que ha firmado en los últimos años están excesivamente por debajo de su nivel. Es incomprensible: no son guiones alimenticios, porque dudo que a Gaiman le haga falta el dinero que pueda haber ganado con ellos. Supongo que tiene más que ver con un deseo de no dejar de estar vinculado al cómic sin romperse mucho la cabeza, a pesar de que es obvio que lleva años más interesado en la novela y el cine. Nunca se sabe cuándo te vas a estrellar y vas a necesitar que el medio que te dio la fama te acoja cual hijo pródigo, eso es cierto.
Obviamente, Los Eternos forma parte de ese grupo de guiones. Una serie limitada de siete números, en los que, salvo en algunos diálogos (uno de los puntos fuertes del guionista), apenas reconocemos a Gaiman, que está soso, impersonal, anodino. Hay alguna idea interesante, pero que no explota en absoluto. Ni disfruta él ni hace disfrutar al lector, que en algún momento sentirá, y con razón, que le están tomando el pelo. A Gaiman le importan un comino los Eternos, y se nota. Y en Marvel estarán muy contentos por tener en nómina a uno de los guionistas más mediáticos y conocidos (junto con Frank Miller, y ambos por el mismo motivo: el salto a otro medio), pero entre esta serie y la de 1602, me empiezo a preguntar a qué viene todo esto. Porque la realidad es que si un guionista joven y sin caché entrega un guión así y no lo acompañan con un dibujante estrella, no vende ni dos tebeos.
La premisa inicial es buena, pero no es suya. Toda la historia de los Eternos y los Desviantes, la venida de los Celestiales, es fruto de la mente de Jack Kirby en pleno delirio tardosetentero, habiéndose empapado de todas las teorías marcianas (en todos sus sentidos) de gente como Von Danyken. Kirby fue un dibujante crucial para el desarrollo del cómic americano, pero también fue un creador de conceptos inigualable, por lo que la materia prima con la que contaba Gaiman era perfecta. Incluso me atrevería a decir que en principio podría pensarse que se le ajusta como anillo al dedo, y que no hay nadie mejor que él para actualizar las creaciones kirbianas (¿o kirbiescas?). Pero nada.

Una de las portadas de la serie.
Lo único que consigue producir este tebeo es aburrimiento, desgana e indiferencia. Los personajes no tienen carisma (precisamente lo que mejor se le da a Gaiman: dotar de carisma a sus personajes). La trama está estirada en exceso, y no está pensada para el formato de tebeo mensual. Algunas de las situaciones que se plantean, como el reality show de jóvenes superhéroes, son absurdas. Además, la clasificación de la historia es confusa: al principio parece que está fuera de continuidad y hasta fuera del universo Marvel tradicional, pero luego empiezan a aparecer por ahí Iron Man, Chaqueta Amarilla y la Avispa, y se hace alusión a situaciones actuales de ese universo de ficción (lo que hace que resulte obvio que a Gaiman le han ayudado en los guiones para encajarlos en la actualidad Marvel, si no que alguien me explique cómo sabe este hombre que Sersi ha estado en los Vengadores o qué demonios es la Civil War). Esto le resta atemporalidad a la historia, y dificulta su lectura una vez pase cierto tiempo, aunque supongo que tampoco era la intención de nadie hacer una obra maestra que perdurara mínimamente.
Lo mejor de la serie, y el verdadero motivo de que aguantase comprándola hasta el final, es el dibujo de John Romita Jr. Es un auténtico misterio que este gigante del cómic de superhéroes permanezca en el primer plano en estos tiempos de amerimanga y dibujos calcados de revistas y/o fotocopiados, pero es que realmente, cada vez dibuja mejor. En Los Eternos, a pesar de que la paleta de colores no es la más adecuada para sus lápices, Romita Jr sí que consigue ser un digno sucesor de Kirby, mostrando perfectamente la fuerza y la grandiosidad monolítica de los Celestiales o de esas ciudades extravagantes y llenas de tecnología que le encantaba dibujar. Desafortunadamente, Romita no puede dar rienda suelta a su imaginación hasta los dos últimos números prácticamente, demostrando Gaiman poca vista a la hora de explotar las mejores cualidades del lujazo de dibujante que le habían asignado.
Un ejemplo de lo que es capaz de hacer Romita: Pinchen y babeen.
La edición de Panini, bueno. Elegir las portadas alternativas del insípido y photoshopero Rick Berry en lugar de las de Romita me parece un error, y además, qué queréis que os diga, estoy demasiado viejo como para perder el culo porque usen tinta metalizada para el título. Hubiera preferido que la edición fuera más modesta y no me clavaran tres euros por treinta y seis páginas, o directamente, que lo hubieran publicado en un tomo. La historia habría ganado al leerse del tirón y habría salido más económica.
En fin, nada más que añadir. Otro argumento más para los detractores de Gaiman, que cada vez son más. Yo con vuestro permiso me voy a releer The Sandman.
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21 Septiembre 2007
A veces conviene recordar que no todo el manga es shonen y shojo. Hay otras formas de contar historias en el cómic japonés, otros estilos, que sólo poco a poco y con cuentagotas van llegando a occidente. Ése sería el caso de El Lobo Solitario y su cachorro, una larga serie (veinte tomazos en la edición de Planeta) que Koike y Kojima desarrollaron durante los años setenta.
El Lobo Solitario no es sólo mi manga favorito, sino también uno de los quince o veinte tebeos que más me han impactado emocionalmente.
La serie cuenta la historia del antiguo albacea del Shogun, Itto Ogami, ahora caído en desgracia y convertido en un sicario que mata por dinero. En sus viajes lo acompaña su hijo pequeño, Daigoro. Ambos están, en palabras del propio Itto, “en el camino del infierno”: viajando por el Japón feudal, un mundo cruel y violento en el que la vida no vale nada, ambos asumen que sus propias vidas pueden acabar en cualquier momento. A lo largo de la serie se van desvelando los detalles de aquella caída en desgracia, y se va desgranando la conspiración de los Yagyu, clan de asesinos al servicio del Shogun y enemigos del clan Ogami. A la vez que avanza esta trama central, los autores intercalan historias cortas que a menudo son tan interesantes como la historia principal.
El tema central de la historia es el honor. Es un concepto del honor oriental, y por ello en ocasiones el comportamiento de los personajes le puede parecer extraño a un occidental del siglo XXI, pero si podemos hacer el esfuerzo de entrar en esa mentalidad descubriremos un universo apasionante en el que todo está magnificado y alcanza proporciones de mito, especialmente en el tramo final de la serie (los cuatro últimos tomos), que cuenta el enfrentamiento definitivo entre el Lobo Solitario y Retsudo Yagyu, el anciano líder del clan. El respeto al enemigo llevado a sus últimas consecuencias, ambos convertidos en figuras simbólicas, un enfrentamiento contado con tal pulso que esos cuatro tomos se hacen cortos, y un final que deja al lector impactado y sorprendido, y que obviamente no voy a contar aquí. Y por encima de todo, siempre, el amor entre el padre y el hijo, sin ñoñerías, pero contado con una sensibilidad que rara vez puede verse en una historia de samurais.
Carátula de una de las películas basadas en el manga.
Es obligado hablar también de la narrativa, una de las más impresionantes que he visto en un cómic (y he leído unos cuantos). El sentido épico de lo que se está contando, la pausa, el silencio, la magistral planificación de las viñetas (los primeros planos, las panorámicas): todo en este cómic es ritmo. Y en realidad es eso lo que le da a la historia ese tono que hace que el lector se dé cuenta de inmediato que está leyendo algo con peso, algo grande, importante. El Lobo Solitario atrapa al lector gracias a la narrativa: es uno de los pocos tebeos capaces de imponer un ritmo de lectura al lector, cuando en este medio siempre suele ser al contrario. El dibujo es sucio y feísta, pero al servicio de esa narrativa funciona a la perfección. Tiene además una gran virtud, igualmente rara en el cómic japonés: una claridad meridiana en las escenas de acción, sin renunciar a ser espectacular. Yo confieso que normalmente me pierdo en los combates del manga actual (en los pocos que me he animado a leer), donde los autores confunden espectacularidad con confusión (como en el cine, vaya), y por eso resulta algo paradójico que en Japón, donde se les considera y se les llama maestros, se note menos la influencia de Koike y Kojima que en autores americanos como Frank Miller.
Si tenéis la oportunidad, leedlo. Os encontraréis con una historia apasionante, absorbente, dura pero bella a la vez. Si el precio y la extensión os echa para atrás (los veinte tomos salen por unos doscientos euros), probad en bibliotecas municipales. En Madrid al menos sé de varias que disponen de la colección. No os arrepentiréis.
servido por The Watcher
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