Categoría: Cómic
9 Octubre 2007
Cada vez entiendo menos los trabajos de encargo de Neil Gaiman. No soy de los que consideran que sólo The Sandman vale la pena de entre toda su producción (aunque vale, es su gran obra y mi favorita), pero ciertos guiones que ha firmado en los últimos años están excesivamente por debajo de su nivel. Es incomprensible: no son guiones alimenticios, porque dudo que a Gaiman le haga falta el dinero que pueda haber ganado con ellos. Supongo que tiene más que ver con un deseo de no dejar de estar vinculado al cómic sin romperse mucho la cabeza, a pesar de que es obvio que lleva años más interesado en la novela y el cine. Nunca se sabe cuándo te vas a estrellar y vas a necesitar que el medio que te dio la fama te acoja cual hijo pródigo, eso es cierto.
Obviamente, Los Eternos forma parte de ese grupo de guiones. Una serie limitada de siete números, en los que, salvo en algunos diálogos (uno de los puntos fuertes del guionista), apenas reconocemos a Gaiman, que está soso, impersonal, anodino. Hay alguna idea interesante, pero que no explota en absoluto. Ni disfruta él ni hace disfrutar al lector, que en algún momento sentirá, y con razón, que le están tomando el pelo. A Gaiman le importan un comino los Eternos, y se nota. Y en Marvel estarán muy contentos por tener en nómina a uno de los guionistas más mediáticos y conocidos (junto con Frank Miller, y ambos por el mismo motivo: el salto a otro medio), pero entre esta serie y la de 1602, me empiezo a preguntar a qué viene todo esto. Porque la realidad es que si un guionista joven y sin caché entrega un guión así y no lo acompañan con un dibujante estrella, no vende ni dos tebeos.
La premisa inicial es buena, pero no es suya. Toda la historia de los Eternos y los Desviantes, la venida de los Celestiales, es fruto de la mente de Jack Kirby en pleno delirio tardosetentero, habiéndose empapado de todas las teorías marcianas (en todos sus sentidos) de gente como Von Danyken. Kirby fue un dibujante crucial para el desarrollo del cómic americano, pero también fue un creador de conceptos inigualable, por lo que la materia prima con la que contaba Gaiman era perfecta. Incluso me atrevería a decir que en principio podría pensarse que se le ajusta como anillo al dedo, y que no hay nadie mejor que él para actualizar las creaciones kirbianas (¿o kirbiescas?). Pero nada.

Una de las portadas de la serie.
Lo único que consigue producir este tebeo es aburrimiento, desgana e indiferencia. Los personajes no tienen carisma (precisamente lo que mejor se le da a Gaiman: dotar de carisma a sus personajes). La trama está estirada en exceso, y no está pensada para el formato de tebeo mensual. Algunas de las situaciones que se plantean, como el reality show de jóvenes superhéroes, son absurdas. Además, la clasificación de la historia es confusa: al principio parece que está fuera de continuidad y hasta fuera del universo Marvel tradicional, pero luego empiezan a aparecer por ahí Iron Man, Chaqueta Amarilla y la Avispa, y se hace alusión a situaciones actuales de ese universo de ficción (lo que hace que resulte obvio que a Gaiman le han ayudado en los guiones para encajarlos en la actualidad Marvel, si no que alguien me explique cómo sabe este hombre que Sersi ha estado en los Vengadores o qué demonios es la Civil War). Esto le resta atemporalidad a la historia, y dificulta su lectura una vez pase cierto tiempo, aunque supongo que tampoco era la intención de nadie hacer una obra maestra que perdurara mínimamente.
Lo mejor de la serie, y el verdadero motivo de que aguantase comprándola hasta el final, es el dibujo de John Romita Jr. Es un auténtico misterio que este gigante del cómic de superhéroes permanezca en el primer plano en estos tiempos de amerimanga y dibujos calcados de revistas y/o fotocopiados, pero es que realmente, cada vez dibuja mejor. En Los Eternos, a pesar de que la paleta de colores no es la más adecuada para sus lápices, Romita Jr sí que consigue ser un digno sucesor de Kirby, mostrando perfectamente la fuerza y la grandiosidad monolítica de los Celestiales o de esas ciudades extravagantes y llenas de tecnología que le encantaba dibujar. Desafortunadamente, Romita no puede dar rienda suelta a su imaginación hasta los dos últimos números prácticamente, demostrando Gaiman poca vista a la hora de explotar las mejores cualidades del lujazo de dibujante que le habían asignado.
Un ejemplo de lo que es capaz de hacer Romita: Pinchen y babeen.
La edición de Panini, bueno. Elegir las portadas alternativas del insípido y photoshopero Rick Berry en lugar de las de Romita me parece un error, y además, qué queréis que os diga, estoy demasiado viejo como para perder el culo porque usen tinta metalizada para el título. Hubiera preferido que la edición fuera más modesta y no me clavaran tres euros por treinta y seis páginas, o directamente, que lo hubieran publicado en un tomo. La historia habría ganado al leerse del tirón y habría salido más económica.
En fin, nada más que añadir. Otro argumento más para los detractores de Gaiman, que cada vez son más. Yo con vuestro permiso me voy a releer The Sandman.
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21 Septiembre 2007
A veces conviene recordar que no todo el manga es shonen y shojo. Hay otras formas de contar historias en el cómic japonés, otros estilos, que sólo poco a poco y con cuentagotas van llegando a occidente. Ése sería el caso de El Lobo Solitario y su cachorro, una larga serie (veinte tomazos en la edición de Planeta) que Koike y Kojima desarrollaron durante los años setenta.
El Lobo Solitario no es sólo mi manga favorito, sino también uno de los quince o veinte tebeos que más me han impactado emocionalmente.
La serie cuenta la historia del antiguo albacea del Shogun, Itto Ogami, ahora caído en desgracia y convertido en un sicario que mata por dinero. En sus viajes lo acompaña su hijo pequeño, Daigoro. Ambos están, en palabras del propio Itto, “en el camino del infierno”: viajando por el Japón feudal, un mundo cruel y violento en el que la vida no vale nada, ambos asumen que sus propias vidas pueden acabar en cualquier momento. A lo largo de la serie se van desvelando los detalles de aquella caída en desgracia, y se va desgranando la conspiración de los Yagyu, clan de asesinos al servicio del Shogun y enemigos del clan Ogami. A la vez que avanza esta trama central, los autores intercalan historias cortas que a menudo son tan interesantes como la historia principal.
El tema central de la historia es el honor. Es un concepto del honor oriental, y por ello en ocasiones el comportamiento de los personajes le puede parecer extraño a un occidental del siglo XXI, pero si podemos hacer el esfuerzo de entrar en esa mentalidad descubriremos un universo apasionante en el que todo está magnificado y alcanza proporciones de mito, especialmente en el tramo final de la serie (los cuatro últimos tomos), que cuenta el enfrentamiento definitivo entre el Lobo Solitario y Retsudo Yagyu, el anciano líder del clan. El respeto al enemigo llevado a sus últimas consecuencias, ambos convertidos en figuras simbólicas, un enfrentamiento contado con tal pulso que esos cuatro tomos se hacen cortos, y un final que deja al lector impactado y sorprendido, y que obviamente no voy a contar aquí. Y por encima de todo, siempre, el amor entre el padre y el hijo, sin ñoñerías, pero contado con una sensibilidad que rara vez puede verse en una historia de samurais.
Carátula de una de las películas basadas en el manga.
Es obligado hablar también de la narrativa, una de las más impresionantes que he visto en un cómic (y he leído unos cuantos). El sentido épico de lo que se está contando, la pausa, el silencio, la magistral planificación de las viñetas (los primeros planos, las panorámicas): todo en este cómic es ritmo. Y en realidad es eso lo que le da a la historia ese tono que hace que el lector se dé cuenta de inmediato que está leyendo algo con peso, algo grande, importante. El Lobo Solitario atrapa al lector gracias a la narrativa: es uno de los pocos tebeos capaces de imponer un ritmo de lectura al lector, cuando en este medio siempre suele ser al contrario. El dibujo es sucio y feísta, pero al servicio de esa narrativa funciona a la perfección. Tiene además una gran virtud, igualmente rara en el cómic japonés: una claridad meridiana en las escenas de acción, sin renunciar a ser espectacular. Yo confieso que normalmente me pierdo en los combates del manga actual (en los pocos que me he animado a leer), donde los autores confunden espectacularidad con confusión (como en el cine, vaya), y por eso resulta algo paradójico que en Japón, donde se les considera y se les llama maestros, se note menos la influencia de Koike y Kojima que en autores americanos como Frank Miller.
Si tenéis la oportunidad, leedlo. Os encontraréis con una historia apasionante, absorbente, dura pero bella a la vez. Si el precio y la extensión os echa para atrás (los veinte tomos salen por unos doscientos euros), probad en bibliotecas municipales. En Madrid al menos sé de varias que disponen de la colección. No os arrepentiréis.
servido por The Watcher
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7 Septiembre 2007
A estas alturas me parece obvio decirlo, pero allá voy: el cómic es un medio de expresión tan válido para contar cualquier historia como el cine o la literatura. El problema es que, como el cine y la literatura, tiene una vertiente comercial que eclipsa casi completamente a la artística. Y lo que sucede es que mucha gente asume que en la literatura pueden convivir las obras de Cervantes y los truños de Dan Brown, pero le cuesta ver en el cómic más allá de Mortadelo y Filemón o Spiderman. Dentro de esa faceta comercial, de la industria de tebeos, ocupa un lugar bastante importante el género de los superhéroes. Aunque pueda parecer algo muy contemporáneo, lo cierto es que desde que el hombre empezó a contar historias, la figura de un tipo con poderes sobrehumanos ha sido un arquetipo más que recurrente. Sin embargo, en el cómic se creó un nuevo enfoque para ese arquetipo, especialmente en el seno de las dos compañías más importantes del mercado americano: D.C. y Marvel.
Hoy me apetece hablar de algunos tebeos de superhéroes que de alguna manera han trascendido la dimensión puramente lúdica que tiene el género, que van mucho más allá del consumo inmediato. Esto no es una justificación o una apología de ese género, porque tampoco las necesita: los tebeos de superhéroes de las grandes compañías son lo que son: un producto, a veces bien hecho, a veces mal, un producto que ha contado con excelentes creativos, y que, beneficiándose de ellos, en algunas ocasiones ha sabido escapar de sus propios límites. No tengo nada en contra de los cómics que no lo hacen: en otra ocasión hablaré de tebeos excelentes cuyo único objetivo es entretener.

La muerte del Capitán Marvel, por Jim Starlin (guión y dibujo): El Capitán Marvel no murió víctima de los planes de un maquiavélico villano, ni en medio de una épica batalla. Murió en la cama devorado por el cáncer. Decir que este cómic marcó un antes y un después sería un tópico, pero no por ello menos cierto. Una brillante reflexión acerca de la muerte, desde una óptica madura y reflexiva, y un acercamiento realista por parte de Starlin a lo que sería esa clase de agonía para alguien capaz de surcar las estrellas. La muerte del Capitán Marvel fue un tebeo tan importante, la muerte del héroe tan impactante, que la editorial la respetó durante varias décadas, sin recurrir a la resurrección con fines comerciales que aguarda a cualquier difunto de la casa tarde o temprano.

Marvels, por Kurt Busiek (guión) y Alex Ross (dibujo): A mediados de los noventa, el tipo de historia que triunfaba en el mercado americano solía incluir muchas balas, bastantes litros de sangre, y héroes oscuros y atormentados con mucha mala leche. Es por eso que sorprende más aún la valentía de Busiek y Ross a la hora de crear esta miniserie. Básicamente, su idea era repasar los primeros años de vida de la editorial a través de los ojos del fotógrafo Phil Sheldon, testigo de los acontecimientos más importantes. Marvels es tanto una obra de amor hacia el género como una reflexión acerca de lo que la existencia de gente con superpoderes significaría para la gente normal. Es una aproximación amable a esa convivencia, y por ello probablemente poco realista, pero aún así la obra es totalmente recomendable.

La última cacería de Kraven, por J.M. DeMatteis (guión) y Mike Zeck (dibujo): Esta historia fue una saga que se desarrolló durante tres meses en las tres colecciones con las que entonces contaba Spiderman. Kraven, villano olvidado y con su puntito ridículo, regresa a la actividad para enfrentarse por última vez a Spiderman. Consigue vencerlo, y usurpa su identidad enmascarada. Contado así no parece gran cosa, pero os aseguro que el tono de la historia no es en absoluto ridículo, sino que se asienta en la psicología de los personajes tanto como en su simbología, con uso y abuso del monólogo interior, que nos permite acercarnos a los motivos del “villano” como pocas veces es posible (villano al que DeMatteis dota de una dignidad grandiosa). Esta historia tiene algunos de las escenas más angustiosas que he podido leer en un cómic. No es una obra perfecta, pero es probablemente la mejor historia de Spiderman que se ha escrito en los más de cuarenta años de tebeos del personaje, además de ser una historia que llegó todo lo lejos que se podía llegar sin salirse de los límites de la franquicia.

Daredevil: Born Again, por Frank Miller (guión) y David Mazzuchelli (dibujo): A los que conozcais al personaje por la película aquella lamentable con música de Evanescence, quizás os sorprenda saber que en su colección de cómics durante los años ochenta, un jovencito Frank Miller (tan conocido hoy por la adaptación al cine de sus Sin City y 300) plantó las semillas de lo que acabaría siendo la revolución del género años después, a base de introducir un tono “adulto” en sus historias. Born Again, más que una historia de superhéroes, es la historia de la caída en desgracia de un hombre y el camino que tiene que recorrer para salir de ella. Es también la lucha entre dos voluntades, la del héroe, Matt Murdock, y Kingpin, ese impresionante mafioso que en manos de Miller se convierte prácticamente en el mal mismo. Sobra la batalla final, con aparición de los Vengadores incluída, a la que por más que releo el tebeo no soy capaz de encontrarle sentido. Pero hasta ahí, una historia impecable, de la que interesa no sólo lo que se cuenta sino cómo se cuenta, dado que tanto Miller como Mazzuchelli tienen un sentido de la narrativa impresionante.

Watchmen, por Alan Moore (guión) y Dave Gibbons (dibujo): Para muchos, entre los que me incluyo, Alan Moore es el mejor guionista de cómics que ha habido, y Watchmen, sin ser la mejor prueba de ello, ofrece suficientes argumentos a favor. Los doce tebeos de los que consta son un auténtico mecanismo de relojería densísimo en el que todo está medido al milímetro y encajado a la perfección, con cada detalle, por nimio que sea, controlado con precisión enfermiza. A mí me impresionan los muchos niveles de complejidad de la obra, fruto de la obsesión, de origen desconocido, por parte de Moore de hacer de un trabajo de encargo un proyecto personal en el que plasmar no sólo una historia de superhombres, sino todas sus ideas acerca de la naturaleza del hombre y la sociedad (poco esperanzadora, la verdad). Hay cosas en Watchmen que simplemente no han sido superadas, sobre todo en el uso de los recursos narrativos que ofrece el cómic y que no pueden encontrarse en ningún otro medio. Pero de todas formas, el grandísimo mérito de Moore consiste en crear un cómic que es la gran obra maestra del género a la vez que aquella que lo aniquila por completo creativamente. Y no me extiendo más porque probablemente le acabe dedicando una entrada en exclusiva.
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20 Julio 2007

Y no me refiero a la portada, que uno es pacato, pero no tanto. Me refiero a la decisión del juez Del Olmo. La última vez que fue secuestrada (es curioso, el eufemismo se supone que tiene que sonar mejor que la palabra a la que sustituye, y en este caso están ahí ahí) una edición de El Jueves, fue hace treinta años, en plena transición. Es para estar orgullosos de lo mucho que han avanzado las cosas en este país. Dije en su día que no iba a hablar de política, y no lo hago. Hablo de libertad de expresión. Hablo del derecho a dibujar (sí, eso que tanto se defendía el año pasado con la historieta de Mahoma). Hablo de que no existe lo que Del Olmo llama "objetivamente infamante". Que lo que a mí me ofende no tiene por qué ofender a nadie más, ni al revés.
Yo no compro la revista desde hace años, ya no me gusta (salvo el absolutamente genial Mauro Entrialgo, ya hablaré de él). ¿Saben por qué? Porque es muchísimo más floja que antes. El Jueves actual es blandito, no mucho más provocativo que cualquier programa televisivo. Si el juez Del Olmo viera ejemplares de El Jueves de los setenta, alucinaba. hoy la revista no es combativa, y es cualquier cosa menos radical, quizás porque no hace falta. O tal vez, visto lo visto, sí que la haga. Porque un señor que lo único que hace es dibujar puede acabar en la cárcel. Y no sería el primero, que es aún más grave. Porque se supone que estas cosas aquí no pasan. Porque estamos en un país democrático. Pero claro, mañana todavía saldrá alguno con aquello de "es que confunden la libertad con el libertinaje", y tirará a la basura esta bonita ilusión en que vivimos. Treinta años, a veces, es muy poco tiempo.
servido por The Watcher
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13 Julio 2007
La salida al mercado de una nueva obra de Luis Durán siempre es una buena noticia. Un autor diferente, que se define como un "contador de historias", con unas marcadas señas de identidad y sobre todo, un autor que tiene algo que contar y la habilidad para hacerlo, que no es poco.
En Volátil, Durán cuenta la historia del joven Tobías, que tras acabar sus estudios, pasa un verano en el pueblo de sus tíos, donde toma la decisión de seguir sus instintos y dedicarse a escribir la historia de un petroglifo vikingo que lo obsesiona desde su infancia. Lo hace a partir de un nombre, Audum, y de unos cánticos en su honor inscritos en la piedra (extraídos del poema de Taliesin del siglo XIV). Contará con la ayuda de su tía Ariadna (profético nombre), escritora de varios libros en su juventud pero en sequía creativa desde hace varios años.

Luis Durán bien puede ser ahora mismo el autor español de más calidad, y eso que considero que aún no ha parido una verdadera obra maestra. Sin embargo, Volátil es sin duda su mejor tebeo hasta el momento, y esa es la gran baza de Durán: salvo alguna excepción, siempre se está superando. En cada uno de sus libros se le nota más seguro y más suelto con los recursos que ha elegido para contar sus historias. Su ritmo pausado, sin prisas; ese particular foco que nos lleva del detalle más nimio a lo universal; ese tratamiento del elemento fantástico integrado en lo cotidiano, heredado del realismo mágico (cuánto le debe Durán a García Márquez). En Volátil, lo que llama la atención es que el elemento fantástico queda para la historia dentro de la historia, para el libro que está escribiendo el protagonista. Y fuera, la magia reside en el hecho de crear: la literatura es lo fantástico. Ese es el mayor hallazgo del album, mostrar la forma en la que lo que va sucediendo entorno al escritor configura la historia que está creando, cómo, en realidad, ambas historias se crean la una a la otra, entrelazándose hasta el punto de que es imposible disociarlas. La magia del proceso literario. Los símbolos, tan importantes en toda su obra, también aparecen en Volátil: los cuervos, las libélulas...
Su estilo gráfico, ya plenamente definido y madurado, sigue teniendo la misma cualidad extraña de siempre: al principio, choca violentamente, esos cuerpos casi deformes, esas cabezas anormalmente grandes... Sorprende la huida del realismo. Pero, a medida que se va leyendo la obra, el lector va entrando en ese particular universo, en el que ese estilo de dibujo es una pieza vital, hasta el punto de que, cuando acabamos la lectura, es imposible imaginarlo dibujado por otras manos (de hecho, en el trabajo más flojo de Durán, La cruz del sur, sólo se encargó del guión). En Volátil, además, se anima a ir un poco más allá en la experimentación gráfica, dándonos algunas páginas, como las del capítulo de Cuentos para libélulas, realmente sorprendentes. También sorprendente puede parecer el apego del autor al blanco y negro en estos tiempos de colores infográficos, pero lo cierto es que comparando sus obras a color con ésta, por mí que siga muchos años con esa obstinación. El uso que hace de las sombras y de los contrastes le añaden una rotundidad a sus dibujos que se pierde con el color, que además es completamente innecesario.

Bien, y, a pesar de todo esto, ¿por qué no considero Volátil una obra maestra? Probablemente porque aún le falta peso a Durán como narrador. En algunas ocasiones, a sus finales les falta contundencia: en Volátil, menos, pero también. El principal problema que le encuentro es que, en el fondo, Durán siempre me cuenta la misma historia: la del hombre que se busca a sí mismo. Me la cuenta muy bien: tanto, que no me aburre por más veces que me la cuente. Pero un autor de su capacidad debería empezar a plantearse otro tipo de historias, porque puede llegar un día en el que sí aburra. Durán es un autor maduro; este año cumple los cuarenta, y tiene una producción realmente asombrosa en calidad y cantidad. Pero su mayor desafío será cambiar de historia manteniendo esa sinceridad que le caracteriza, y que le convierten en el mejor contador de historias del cómic español.
Bibliografía esencial:
Antoine de las Tormentas. Astiberri, 2003.
Álgebra. Astiberri, 2004.
Caballero de Espadas. Planeta, 2005.
Nuestro verdadero nombre. De Ponent, 2005.
La ilusión de Overlain. Planeta, 2005.
servido por The Watcher
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5 Julio 2007
Hoy, aprovechando esta excelente noticia (a pesar de que tiene miga meterlo en ficción) aparecida en La Cárcel de Papel, os voy a hablar de uno de mis cómics favoritos: Maus.
Maus no es sólo una de las escasas obras maestras absolutas que ha dado el cómic en su corta vida, sino que es también uno de los pocos tebeos que han alcanzado cierta notoriedad fuera de los límites del mundillo. De hecho, siempre que se habla de Maus parece obligado mencionar que ganó el premio Pulitzer en 1992, así que yo no voy a hacerlo. Hum. Mierda.

Bueno, sigo. ¿De qué trata Maus? Básicamente, es la historia del padre del autor –Art Spiegelman- y sus vivencias como judío en la Europa ocupada por los nazis, entre los primeros años de ocupación en Polonia y el fin de la guerra y la liberación de los campos: desde el gueto hasta Auschwitz. Es una reconstrucción tan completa y minuciosa de lo que le pasó a millones de judíos, aporta tanta información, que debería ser lectura obligatoria en los colegios. El acercamiento sincero por parte de Spiegelman, pero libre del melodrama y la moralina tan frecuentes en este tipo de historias, convierte a Maus en una de las reflexiones más lúcidas y a la vez menos maniqueas que se han hecho acerca del Holocausto. Es una lectura que estremece porque constata que la supervivencia en estos casos, pese a las muestras de ingenio que da el protagonista, es en realidad una cuestión de puro azar.
Pero en Maus no encontramos sólo la historia de un superviviente. Tan importante como ésta, es la historia de la relación entre padre e hijo, una relación de amor y odio que es contada con la misma sinceridad que la otra. Huyendo de la solución fácil –idealizar al padre convirtiéndolo en un mártir-, escoge analizar todas las contradicciones de una persona que sufrió una persecución étnica y sin embargo es racista, alguien a quien todos los años de escasez han convertido en un miserable tacaño que recoge cable teléfonico por la calle y se deja el gas encendido para no gastar cerillas, y que le hace la vida imposible a la mujer con la que vive. El suicidio de la madre, la sombra del hermano muerto al que nunca conoció, están igualmente presentes en las reflexiones del autor, que no nos oculta todas las dudas surgidas durante todos los años que tardó en completar la obra.
En cuanto al estilo de Spiegelman, no debemos dejarnos engañar por la aparente sencillez o incluso puerilidad de su dibujo. Tras ellas se encuentran algunas soluciones gráficas verdaderamente excelentes, no siendo la menor de ellas la representación de los personajes como animales antropomórficos – ratones los judíos, gatos los alemanes, cerdos los polacos -. Spiegelman puede no ser un maestro de la anatomía, pero es un narrador gráfico efectivo y rotundo en su composición de página, además de llevar a cabo interesantes y atrevidos ejercicios metalingüísticos, como la escena en la que discute con su mujer acerca de con qué animal debería representarla, dado que es francesa pero convertida al judaísmo, o la página que tenéis a continuación, absolutamente brillante.

En definitiva, lo único que me queda por decir es que es un tebeo que os recomiendo totalmente a los que no lo conozcáis, tanto si os gusta el cómic como si no. Y es que, de la misma manera que en el cine siempre tendremos El Padrino por muchas películas que estrene Michael Bay, en el cómic no todo son Mortadelos y Dragonboles...
Un saludo.
servido por The Watcher
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