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The Watcher and The Tower

Blog acerca de cómics, libros, música y lo que tenga a bien su autor.

Categoría: Literatura

22 Noviembre 2007

Fernando Fernán Gómez.

Vaya año llevamos. Primero fue Umbral, y hoy el que nos deja es Fernando Fernán Gómez. Escritor, actor, director, y ante todo, señor sin pelos en la lengua y que llamaba a las cosas por su nombre. Siempre fiel a sus ideas, trabajador incansable, y con un mal genio mítico, Fernán Gómez fue uno de los pocos intelectuales que alumbraba el panorama desolador de la España en posguerra.

Lo peor no es que mueran, no. No queda otra. Lo peor es que nadie recoge la antorcha, y el mundo es cada vez un poco más mediocre.

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28 Agosto 2007

Francisco Umbral.

Esta mañana nada más levantarme me he enterado de la muerte de Francisco Umbral. Muere relativamente joven, a los setenta y dos años, aunque parece ser que llevaba varios enfermo (dato que yo, con mi habitual apego a la actualidad, desconocía).

Estos días nos van a contar su vida y obra, nos van a decir que ha muerto un grande de las letras españolas, y también nos venderán la moto de su enorme calidad humana y lo buena persona que era. Pues no, joder. Umbral era un cabrón con pintas. No la persona, que sólo le pertenece a él y si acaso a la familia, sino el personaje Umbral, con sus gafas de culo de vaso, el pelo siempre largo, y su permanente aire de cabreo (de hecho, el mayor logro de su vida puede que no fuera su literatura, sino conseguir que nadie lo fotografiara jamás sonriendo). Era un tipo huraño y polémico, quizás un pelo reaccionario. No era agradable en público ni pretendía serlo. Y será lamentablemente recordado más por el pifostio aquel con la Milá (ya saben, “yo aquí he venido a hablar de mi libro”) que por su obra.

Pero también era una persona original, algo de incalculable valor en esta sociedad emponzoñada de corrección política y globalización. Era un respondón que no se callaba ni debajo del agua, dotado con un ingenio rápido y dañino. Umbral era un snob de chupa de cuero. La antítesis del rancio Cela. Un cabrón con pintas, vaya, y dudo mucho que quisiera ser recordado de otra forma. Y sí, también era escritor.

Hace un tiempo, hablando de literatura con Álvaro Naira, me dijo que hay escritores que escriben con la cabeza y escritores que escriben con el corazón. Yo le dije que Umbral escribía con la polla. Y es cierto: con la polla, y sin corregir, o eso parecía. Su prosa era engañosamente descuidada, sus diarios (género que probablemente trabajó para ahorrarse el trabajo de la estructura novelística, el muy zángano) eran a veces repetitivos.

Sin embargo, la sinceridad que destilaban, lo descarnado de su estilo, su capacidad de hablar de lo más intrascendente y hacerlo sagrado, de pasar de lo soez a lo lírico sin despeinarse y sin que chirriara, suplía con creces cualquier defecto. Umbral, al que no le gustaba la música porque no podía olerla, que era capaz de escribir del esmegma que se le quedaba impregnado en el capullo y hacer que fuera fascinante, no era el mejor, pero era único.
Y yo hoy estoy jodido.

Leo en la página de El País que será incinerado en una ceremonia privada y estrictamente civil: el último acto de rebeldía de un rebelde sin causa. Con dos cojones, don Paco.

“No, la ciudad no existe, la ciudad es una locura, una invención, una esperanza, una mentira. La sueñan desde allá abajo los que van en Metro, ánimas del purgatorio en túnel, justos en multitud, limbo húmedo, catacumba veloz. No existimos, no tomamos café, no hacemos el amor. Sólo nos sueña, desde lo profundo, un hombre silencioso que va en Metro”.

Francisco Umbral, Mortal y rosa.

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19 Agosto 2007

Literatura: Harry Potter and the Deathly Hallows (AVISO: SPOILERS DE LOS GORDOS).

El problema del éxito es que luego es difícil estar a la altura de ti mismo. Eso es lo que le ha pasado a J.K. Rowling en el último libro de su saga; tras siete libros y unos diez años, quizás era imposible darle un final a la historia que realmente dejara satisfechos a todos sus lectores. El libro es todo un bajón, para qué negarlo, un bluf que no da ni frío ni calor, con muy pocos momentos que emocionen. Ni siquiera engancha como los otros, que devoré (este he tardado casi un mes en acabarlo, y no por falta de tiempo, sino de ganas). Y me fastidia de verdad tener que decirlo, porque yo he disfrutado bastante con estos libros y me hubiera encantado poder decir que el final es la leche y que me ha sido el mejor libro de todos, pero no puedo.

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Y encima la portada es fea y parece más de Mundo Disco que de Harry Potter.

¿Por qué ha pasado esto? Bueno, para empezar hay un problema de base, que es la incoherencia de desmarcarse de la estructura de las entregas anteriores. Si todos los libros transcurren el Hogwarts, ¿para qué romper eso en el último? Además, sin el calendario escolar como muleta para manejar el ritmo de la historia, Rowling se pierde totalmente. Las primeras trescientas páginas (o más), no es que sean de paja, porque pasan cosas, pero tienen momentos de absoluto sopor, con Harry, Ron y Hermione pasando semanas eternas en una tienda de campaña sin hacer nada. No se maneja bien el paso del tiempo ni el ritmo, aunque eso es algo que no es nuevo: normalmente, en los libros de Harry Potter la trama avanza en las últimas cien páginas, hasta entonces todo viene a ser más o menos paja. Que vale, que sí, que tiene que buscar los Horcruxes, y los Death Hallows, pero que eso se puede contar de otra manera para que no parezca una ginkana, con los personajes teleportándose de un lado a otro hasta extremos ridículos (que sí, que si es una herramienta que tienen a su disposición, lo lógico es que la usen... pero que no deja de ser una salida torpe y fácil por parte de Rowling, una forma de tener a cualquier personaje en cualquier parte sin preocuparse por justificarlo).

Durante prácticamente todo el libro, tuve la sensación de querer estar en otro sitio, de estar perdiéndome lo que realmente molaba en favor de una búsqueda que vale, es más importante, pero también un coñazo de cuidado. No, yo querría haber leído la resistencia del Ejército de Dumbledore en Hogwarts, las misiones de la Orden del Fénix, la muerte de Ojo Loco. Eso hubiera sido infinitamente más divertido. Pero era imposible tal y como está planteada la historia, debido al tipo de narrador que usa Rowling en todos los libros (salvo algunos prólogos). El lector siempre va con Potter, sabemos lo que sabe él, y lo vemos todo desde su punto de vista. Claro, eso tiene sus ventajas y simplifica mucho las cosas para ella, pero cuando el lector o Potter necesitan saber algo, Rowling tiene que recurrir a recursos como el pensadero, sueños, o la conexión con Voldemort que le da la cicatriz a Harry, que son recursos tremendamente torpes, deux ex machina que hacen avanzar la trama a trompicones.

Afortunadamente, cuando la acción se traslada al colegio, la cosa remonta bastante. Es cuando te das cuenta de que en Hogwarts es donde se encuentra el mayor hallazgo de la autora. Es en ese escenario tan atractivo, tan lleno de posibilidades, donde realmente tienen sentido las aventuras de Harry Potter. Pero Rowling no supo encontrar la forma de contar lo mismo pero desde dentro del colegio, y eso que ella misma idea un método para estar escondido en él sin ser detectado, y una forma de salir y entrar como Pedro por su casa.

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Esto ya es otra cosa.

La batalla final tiene buenos momentos, pero una vez más se queda corta. El capítulo del pensadero es brutalmente anticlimático en medio de la acción, y la mera acumulación de personajes de todos los libros que acuden al rescate no basta para transmitir la verdadera dimensión del conflicto, casi parece una pelea de superhéroes con todo el mundo lanzando rayitos de colores. Le falta épica. Le falta que el lector pueda despegarse del culo de Harry y ser testigo de lo mejor, como siempre. Yo acabé viéndolo como un castigo, una especie de penitencia. Con Harry hasta el final, los demás personajes que se jodan. El problema es que eso nunca fue un inconveniente, pero en este libro, Rowling no sabe hacer atractivo algo que sucede tal y como todos sabemos que iba a suceder, detalle más o detalle menos.

Y qué decir del final, con esa gran trampa inverosímil para que Harry muera pero no muera y así justificar la profecía y que el prota pueda llegar a viejo. Y por supuesto, como no podía ser de otra forma, al final, Dumbledore al rescate del lector, para atar cabos sueltos y explicar todo lo que había quedado inexplicado. Ni muerto le dejan al hombre descansar, oigan. Es completamente irreal que un personaje se tire páginas y páginas soltando toneladas de información de golpe, simplemente. Pero es que encima es otra vez en medio de la acción. Y la muerte de Voldemort es de un disney que tira de espaldas, ¡hasta amanece cuando muere, a lo Rey León!

El epílogo en cambio, sí me llegó. Sobre todo por el detalle del nombre del hijo de Harry y Ginny, Albus Severus, y las palabras de Harry acerca de Snape: “es el hombre más valiente que he conocido jamás”.

Y es que Snape es uno de los personajes que mejor parados salen del final de la saga. Evidentemente, no resulta ser malvado ni ha estado engañando a Dumbledore desde el principio (como resulta obvio si se lee con atención el final del libro anterior). Nunca deja de ser un cabrón amargado que lo ha tenido muy difícil y que cometió muchos errores, pero que después encontró la fuerza para hacer lo que debía, teniéndolo todo en contra y estando absolutamente solo, y todo eso sin dejar de ser un cabrón. ¿Dónde está el fallo? En contarlo. O en contarlo de forma tan explícita, vaya. Ya hemos visto retazos del pasado de Snape. No nos hace falta saberlo todo para comprender al personaje. De hecho, gana más siendo ambiguo, como sucede con Dumbledore.

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Pese a todo, Snape sigue siendo el mejor.

Lo que sucede con el carismático director es extraño. Por un lado, considero un auténtico acierto que se nos revele como un manipulador frío y casi sin escrúpulos, que lo maneja todo en la sombra cual Master of Puppets, y que usa a los demás diciéndoles sólo lo que a él le interesa para conseguir que hagan lo que quiera. También es un acierto que en su juventud flirteara con la idea de encabezar una rebelión para tomar el poder y gobernar a los muggles “por su propio bien”, a lo imperio británico. Que tenga esqueletos en el armario, vaya. Me parece perfecto, y además me flipa. Lo que pasa es que se nota que al final Rowling se arrepiente y recula. Con la conversación final con Harry, Rowling le quita todo su valor a la visión de Dumbledore que ha ido construyendo durante todo el libro. Al final, puede más el miedo a hacer de Dumbledore un personaje moralmente ambiguo y se va al otro extremo: lo convierte en un personaje patético y débil.

Capítulo aparte merece el tema de la muerte. Muere hasta el apuntador, como si Rowling quisiera quitar de en medio personajes por alguna extraña razón. Ojo Loco, Dobby, Tonks, Fred Weasley, Lupin, Snape, varios estudiantes... Excesivo. Y como todo lo excesivo, carente de fuerza. Llega un momento en el que al lector no le afecta. Además, la mayoría de estas muertes son absurdas o ni siquiera las vemos. La muerte de Dobby es tópica (ese cuchillo lanzado en el último momento antes de la teleportación, por dios), pero al menos la vemos y tiene algún sentido. Pero en la batalla final, se acumulan los cadáveres sin ton ni son. Y lo peor es que intuyo el motivo: la moralina. Qué cruel y qué absurda y qué sin sentido es la guerra. Niños, recordad que la guerra es mala. Y me cabrea, porque precisamente la falta de moralina y la incorrección política de la Rowling era lo que más me gustaba de la serie. Yo lo siento mucho, pero si quieres mostrar el horror de la guerra, lo puedes hacer con un personaje, pero no con todos. No estoy diciendo que todo el mundo tenga una muerte épica, pero no puedes cargarte a personajes como Lupin u Ojo Loco de esa manera. Merecen una muerte digna, y el lector merece leerlas. Eso por no hablar de la trampa y el vacile al lector que supone decir que no se ha encontrado el cuerpo de Ojo Loco para luego que no pase nada al respecto.

La sensación que se queda al final de la lectura ya la anticipaba al principio: desilusión. La sensación de que no se explotan todas las posibilidades que tiene el mundo de Harry Potter, como la situación misma de tener a los mortífagos en el poder, la persecución nazi a la que someten a los sangre sucia: eso, llevado a sus últimas consecuencias, hubiera sido tremendamente interesante. O ese Neville curtido, duro, lleno de cicatrices, que acaba molando más que el mismo Harry (cómo me repatea que no se nos cuente su lucha particular en Hogwarts).

Y es que al final, por mucho que le dé vueltas, siempre llego a lo mismo: que es un libro aburrido. Y si a Harry Potter le quitas la diversión, ¿qué nos queda? ¿La abrumadora capacidad literaria de la autora? Me temo que no. Harry Potter es un libro de aventuras, un entretenimiento sin pretensiones que cumplía su objetivo perfectamente. Era además una lectura inteligente, algo gamberra y decentemente escrita. Pero en este último capítulo, a Rowling le puede la presión de tener que concluir satisfactoriamente, pierde bastante de su humor, y acaba por caer en el error de tomarse su creación demasiado en serio, y de quererla demasiado: tanto que no puede resistirse a hacer trampa y darle un happy end. Pierde la perspectiva, cuenta lo que tiene que contar como si fuera un trámite hasta llegar al final, un trámite tedioso y aburrido. Y ser aburrido es un lujo que un libro de Harry Potter no se puede permitir.

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