En el año 1983, aún con el rodaje de Cristal Oscuro en marcha, la compañía de Jim Henson empezó a idear una nueva serie con muppets. Se les encargó la creación de una que pudiera venderse en todo el mundo sin tener que realizar adaptaciones culturales (como sí ocurría con Barrio Sésamo, con el que era frecuente que cada país produjera su versión), y que promoviera valores como la amistad, el compañerismo y la paz. El resultado de aquella propuesta fue Fraggle Rock, una de las mejores series infantiles que se han hecho nunca. Aunque nunca alcanzó el éxito de Barrio Sésamo, se produjeron cinco temporadas (noventa y seis episodios en total, emitidos entre 1983 y 1987). Contó con su propio cómic editado por Marvel y una serie de dibujos animados que pasó sin pena ni gloria.
Jim Henson, en esta época hasta arriba de trabajo, no se involucró mucho en este proyecto, aunque dirigió varios capítulos (entre ellos el piloto). La serie quedó en manos de sus colaboradores, y la presencia de pesos pesados de la compañía como Jerry Juhll (autor de muchos de los guiones) o de Steve Withmire, Dave Goelz o Jerry Nelson manejando a las marionetas garantizaba la calidad de la serie. Tanto los muppets como los decorados llevaban la marca de fábrica de la compañía, y eran excelentes.
Los Fraggles (Fraguel en España) son un pueblo de criaturas que viven bajo tierra, en un lugar que para ellos, como se dice en la cabecera de la serie, es el centro del universo. No tienen demasiadas preocupaciones (salvo cumplir con su dura jornada laboral... de treinta minutos semanales) y se pasan el día jugando y cantando. Los protagonistas de la serie son cinco Fraggles con personalidades muy distintas y a la vez muy definidas: Gobo, valiente y decidido; Rosi (Red en el original), tremendamente competitiva; Dudo (Wembley) un indeciso patológico; Bombo (Boober), pesimista y seguidor de todas las supersticiones que existen (y las que se inventa); y Musi (Mokey), mi favorita, una Fraggle artista, espiritual y algo zumbada.
Todos ellos tienen grandes momentos a lo largo de toda la serie, a la vez que van haciendo aparición otros fraggle como el Convincente John o Cantus el juglar (interpretados por Jim Henson).
La primera aparición de Cantus.
Compartiendo hábitat con los Fraggle tenemos a los Curris (Doozers en inglés), una raza de pequeños seres que trabajan incansablemente y sin objetivo aparente, al margen de crear estructuras que los Fraggle consideran un manjar. La relación entre Curris y Fraggles se limita básicamente a eso, pero el contraste entre ambas razas es uno de los grandes aciertos de la serie. Los Curris y sus máquinas eran manejados por control remoto, y son creación de Faz Fazakas (que también construyó réplicas en miniatura de los Fraggle que se usaron en algunas escenas).
A menudo, los fraggles se veían obligados a visitar el jardín de los Goris (Gorgs en la versión original), unas criaturas gigantes (muppets de cuerpo entero) que consideran a los Fraggles una plaga en su huerta (y no les falta razón, que se dedican a robarles los rábanos). En el jardín sólo viven tres Goris, un matrimonio y su hijo, Junior. Junior es el que más aparece y tiene una función claramente cómica, pero de pequeño me pasaba desapercibido el padre, que es un personaje genial: autoproclamado rey del universo, dando órdenes a súbditos inexistentes y librando batallas contra enemigos imaginarios.
En el jardín de los Goris también vive la Montaña de Basura, considerada como una especie de gurú por parte de los Fraggle. La mitad de las veces no sabe muy bien qué está diciendo, aunque eso sí, tiene un sentido del ritmo genial.
Por último tenemos al único personaje humano que aparece en la serie, un viejo inventor al que llaman Doc. Doc vive en el taller donde se encuentra el agujero que conecta el mundo subterráneo de los Fraggle con el espacio exterior, y aunque jamás descubrirá su existencia, su perro Sprocket (un muppet genial) se pasará toda la serie intentando advertirle. En cada episodio protagonizaban una pequeña trama que estaba más o menos relacionada con la principal.
Todos los episodios tenían una serie de constantes. Por ejemplo, en todos había siempre dos o tres canciones, algunas realmente buenas, en gran parte gracias a que en lugar de tirar del típico teclado cutre ochentero había una banda de rock interpretando los temas. Otro elemento que siempre aparecía era una pequeña aventura del tío Matt el Viajero en el mundo exterior de los humanos, que éste le contaba a su sobrino Gobo en las postales que le enviaba, y que siempre tenían que ver con el problema que tenían los Fraggle. Estas postales son de lo mejor de la serie. En el peor de los casos, eran buenos gags cómicos, pero muchas veces eran un ejercicio de imaginación maravilloso, en el que se conseguía realmente ver desde fuera el comportamiento de esas criaturas del mundo exterior y darles una interpretación nueva (por supuesto, el despiste que tenía siempre encima el Tío Matt ayudaba bastante).
Una gran postal del Tío Matt.
Se daba la circunstancia de que Fraggle Rock no tenía director fijo, sino que varios se turnaban, lo que hizo que hubiera episodios más cómicos y otros más profundos, en los que de manera más seria se nos acercaba la cultura de los Fraggle o alguna de sus tradiciones. La idea inicial de sus creadores de transmitir valores no se hacía a base de sermonear a los niños; no aparecían los Fraggle al final del episodio para decirnos lo que habíamos aprendido (como en los dibujos animados de He-Man). Como en todas las creaciones de Henson, se consideraba a los niños lo suficientemente inteligentes como para captar mensajes sin hacerlos explícitos.
La creatividad de la serie y su sentido del humor hacen que sea una delicia también para los adultos, pero más que eso (que también) a mí lo que me engancha es que rezuma optimismo por los cuatro costados. Es una serie tremendamente positiva y la mejor terapia contra la depresión. Mientras ves Fraggle Rock es difícil estar enfadado o ser cínico, porque el optimismo de los Fraggle es contagioso y consigue que, al menos por un rato, los problemas parezcan menos importantes. Y pocas series pueden conseguir eso.
¡Oíd la trágica historia de Sir Branderbrain Fraggle!.
“Cuando las gentes sabían de su pasado a través de los cuentos, explicaban su presente contándose cuentos y predecían su futuro con cuentos, el mejor lugar de la casa junto al fuego, se le reservaba siempre al cuentacuentos”.
Con estas palabras empezaba cada capítulo del Cuentacuentos (The Storyteller), la serie que fue el tributo y a la vez la aportación de Jim Henson no sólo a los cuentos populares, sino también al arte de contarlos. Esas palabras también resumen la idea del folklore que Henson tenía desde su viaje de juventud a Europa: el cuento y el mito son la forma más antigua de conocimiento, una manera de explicar el mundo y al hombre. Los cuentos de hadas no son un pasatiempo infantil, sino que contienen la sabiduría de siglos de tradición oral: todas las historias están en el folklore.
Jim Henson decía que el Cuentacuentos era su mejor trabajo, y la verdad es que, si dejo a un lado la carga emocional que tiene para mí Laberinto, tengo que darle la razón. Todo en esta serie es perfecto, sin más: el tono, el enfoque con el que mira los cuentos que adapta es justamente el adecuado, la mejor manera de acercarse a ellos.
El soldado y la muerte.
En el Cuentacuentos se encuentran todos los tópicos y fórmulas que hacen que los cuentos funcionen y perduren: si hay tres hermanas, dos serán malas y una buena, el demonio está cojo, y el príncipe y la princesa al final se casan y tienen muchos hijos. El ritmo de la narración es perfecto y cada episodio un manual de cómo contar una historia completa en veinte minutos, y la ambientación es exquisita, como no podía ser de otra forma con el impecable gusto estético de Henson. El vestuario, los espectaculares muppets, los escenarios, la tenue iluminación, hasta los colores que predominan, todo es perfecto. Es todo eso lo que hace que la serie transmita autenticidad, que no parezca de cartón piedra. Veinte años después, aún te la crees, y como siempre en todo lo que hizo Henson, el secreto de esto reside tanto en el comedido uso de los efectos especiales en favor de lo artesanal como en el calado y la profundidad de lo que cuenta.
Fueron nueve episodios, basados en diferentes cuentos europeos. Primer acierto de Henson: elegir cuentos poco conocidos en EEUU y sin edulcorar por Disney (cuyas versiones se convierten automáticamente en canónicas anulando las versiones tradicionales). Son cuentos que adapta junto con el guionista Anthony Minguella sin ñoñerías, y sin demasiadas concesiones al público infantil. En cada capítulo, recrea un pasado remoto, difuso e indefinido, con caminos llenos de polvo y niebla, harapos y suciedad, cielos encapotados y luces crepusculares. Lo que en un principio puede parecer un impedimento, la ausencia de escenas rodadas en exteriores, Henson y su equipo lo convierten en un elemento fundamental en ese tono íntimo y ambiguo, tan alejado de la fantasía de purpurina y rayos de colorines que sufrimos hoy en día.
¿Quién necesita efectos digitales?
La mecánica de cada capítulo era siempre la misma: el Cuentacuentos, interpretado por John Hurt, solo en su castillo y sentado junto al fuego, comienza a recordar una historia. Su única audiencia es un perro, un muppet extraordinariamente expresivo manejado por el hijo de Jim, Brian. El cuento avanza en una mezcla entre escenas interpretadas por actores y narraciones en tercera persona del propio Cuentacuentos. En ocasiones, él y su perro intervienen en la trama, viéndose transportados al cuento que están contando. En cada capítulo hay siempre recursos visuales que aún hoy resultan innovadores. A veces los personajes caminan por los tapices y cuadros que hay colgados en el castillo del Cuentacuentos, otras sólo vemos sus sombras contra una pared.
Los actores de la serie, que siempre variaban en cada capítulo (con alguna sorpresa que otra, como un jovencísimo Sean Bean, que años después sería Boromir en la jacksoniana trilogía de El Señor de los Anillos), cumplían bien con su papel, pero sobresale con diferencia el propio Cuentacuentos. Un personaje lleno de matices, que es más de lo que parece, y al que se le intuye toda una historia detrás que es atisbada fugazmente en algunos capítulos. John Hurt, un actor como la copa de un pino, interpreta a un hombre cansado y melancólico, que vive recluído y apartado del mundo, y que pasa sus últimos días contando historias. Y además, destaca la capacidad increíble que tiene el actor para transmitir emociones, para cautivar al espectador y hacerle parte de la historia, dominando la pausa y la entonación para darle fuerza a la narración, algo que de hecho es esencial en un cuentacuentos. Igual que me cebo con los malos doblajes, es justo decir que la excelente voz que le ponen en éste contribuye mucho a todo esto: es la voz perfecta para un cuentacuentos (aunque, ojo, la voz original de Hurt también es excelente).
John Hurt es el Cuentacuentos.
Ésta es la lista de los nueve capítulos de la primera y única temporada de el Cuentacuentos:
El soldado y la Muerte (The soldier and the Death): Mi favorito. Basado en un cuento ruso, es una auténtica obra maestra en veintitrés minutos, que tiene todo lo que un cuento tiene que tener. El mejor ejemplo de todas las virtudes de la serie, y de cómo mostrar la magia, con un final impresionante.
Juan Sin Miedo (Fearnot): Es probablemente el cuento más conocido de toda la serie, la conocida historia de un chico que no conocía el miedo y salió de viaje por el mundo para encontrarlo... Una excelente adaptación, con momentos tétricos.
El niño afortunado (The Luck Child): Basado de nuevo en un cuento ruso, es de los más flojos, lo que no quiera decir que sea malo, ni mucho menos. Aparece uno de los muppets más impresionantes de la serie, el enorme grifón. Destaca sobre todo el final, con el destino del malvado rey... Eso es un cuento popular, cruel y sin noñerías.
Cuando me faltó un cuento (A Story Short): El mejor junto a El Soldado y la muerte. El único que tiene como protagonista absoluto al propio Cuentacuentos. Hay elementos entremezclados de varios cuentos (entre ellos La sopa de piedra), pero la trama principal cuenta qué le pasó al Cuentacuentos el día que se quedó sin cuentos... Y cómo un cuento se hace a sí mismo. Atípico pero magistral.
Hans, mi pequeño erizo (Hans my Hedgedog): Otro excelente capítulo. Uno de los cuentos más extraños y oníricos (inspirado en un cuento alemán), que trata de un niño que nace maldito con la apariencia de un erizo, y que acaba apartándose del mundo para no sufrir las burlas de los demás y el desprecio de su padre. El erizo es espectacular, y verlo montar en su gallo gigante, impagable.
Los tres cuervos (The Three Ravens). Simplemente impresionante. De los más duros, a pesar de que tiene un final feliz. El conjuro que recita la bruja (tenéis el vídeo más arriba), es quizás la mejor escena de la serie.
Cenicienta (Sapsorrow). Es una traducción libre motivada porque en el capítulo hay elementos de Cinderella (el zapato, las dos hermanastras). Una princesa se ve obligada a casarse con su propio padre y para evitarlo se escapa, ocultando su identidad bajo un disfraz de plumas y pelo El resultado final es un poco deslabazado. Aunque tiene buenos momentos, la moraleja es demasiado evidente, lo que hace que baje un poco en el escalafón.
El gigante sin corazón (The Heartless Giant). Otro de mis favoritos. La historia de un gigante preso en un castillo que engaña al joven príncipe para escapar. Para liberar a sus hermanos, el príncipe se convierte en el sirviente del gigante e inicia la búsqueda de su corazón, que guarda en un lugar secreto. El gigante es un muppet de cuerpo entero extraordinario, muy realista y expresivo, y el cuento, el más triste de la serie.
La verdadera novia (The True Bride). Otro de los más extraños. Una joven huérfana, esclava de un troll, recibe la ayuda de un león parlante para cumplir las tareas imposibles que éste le va mandando, y llegado el momento la libera. Tiempo después, la chica tendrá que enfrentarse a la hija del troll para recuperar a su amado, víctima de un hechizo.
La serie fue emitida durante 1988, y aunque el episodio piloto ganó un Emi, no tuvo excesivo éxito en EEUU, supongo que principalmente porque el folklore europeo dejaba frío al público americano, que además estaba acostumbrado a otra forma de contar cuentos (con canciones y animales parlantes, ya sabéis). Pese al éxito que la serie sí tuvo en Europa y Japón, jamás hubo una segunda temporada. El tiempo y el dinero invertidos en la producción de cada capítulo superaba con mucho los que entonces se manejaban en la televisión, y sólo un gran éxito hubiera permitido la continuidad del proyecto. Es algo que siempre lamentaré profundamente. La ceguera del público yanqui frente a la maravilla que Henson les ofrecía nos privó de otra temporada, y nos dejó con las ganas de ver lo que habría hecho con cuentos como Hansel y Gretel o La Bella y la Bestia, por ejemplo.
Lo único que hubo fue una miniserie de cuatro capítulos en la que Jim Henson se implicó mucho menos, y que adaptaba mitos clásicos como el de Ícaro y Dédalo. Aún no la he visto, así que no puedo opinar de ella, pero se considera bastante inferior a la serie original.
Me resulta totalmente incomprensible que no la hayan repuesto jamás desde la primera vez que lo emitieron en España (en la primera encarnación del Club Disney de TVE1), o que sea imposible encontrarla en DVD aunque fue editada hace ya tiempo en EEUU. Quizás por eso poca gente sabe de su existencia. Quienes la recuerdan vagamente, no obstante, suelen hacerlo con nostalgia, incluso aunque no recuerden muchos detalles, ni siquiera que se la debemos al creador de Barrio Sésamo.
Pese a ello, el Cuentacuentos es un auténtico tesoro que combina todo el poder de la narración oral con las maravillas de las que Henson y su equipo eran capaces, y que aún hoy siguen asombrando y a veces, poniendo los pelos de punta. Si no habéis visto nunca el Cuentacuentos, ya tardáis.
No, no es que hayan hecho una versión subidita de tono. Es el de siempre, el clásico, cuyas primeras temporadas acaban de salir en DVD en Estados Unidos... con un sello que las cataloga como material para adultos. Un perfecto símbolo de decadencia en una sociedad cada vez más esperpéntica. Me preocupa que hayamos llegado a un punto en el que las mentes bienpensantes, políticamente correctas, consideren que Barrio Sésamo es un programa no apto para niños. Dice mucho de los estándares educativos esta medida, y nada bueno. Pues nada, tengamos a los niños idiotizados, tratémosles como si fueran de cristal, preservémosles de todo lo que pueda impresionarles. Es evidente que estos criterios funcionan, ¿no? Quiero decir, los sistemas de educación, los niveles de éxito escolar, el civismo de la gente, son ahora mucho mejores que antes, cuando estábamos expuestos a programas nocivos para nosotros, ¿no es verdad?
A ver si algún día nos enteramos de que la tele no tiene la culpa de casi nada. Que los que tienen que educar son los padres. Porque como esto siga así, por favor, que paren este puto mundo, que yo me bajo.
Continuando con la serie de artículos dedicados a Jim Henson, vamos a repasar sus dos programas televisivos más importantes, Barrio Sésamo y The Muppet Show.
Barrio Sésamo:
En 1966, una productora televisiva llamada Joan Ganz Connie recibió el encargo de crear un nuevo programa que llegara a la audiencia infantil y tuviera a la vez valores educativos. Desde el principio, Connie pensó en Henson y su equipo, que por aquel entonces triunfaban en su espacio dentro de The Jimmy Dean Show. Cuando recibió la propuesta, Jim Henson se mostró reticente. No había trabajado nunca con niños y dudaba de que pudiera salir bien. Afortunadamente, se dio cuenta de que la audiencia infantil es la más exigente que existe, y que trabajar para ellos no significaría hacer cucamonas con los muppets delante de la cámara, sino que, al contrario, los gags no tenían por qué ser menos elaborados e inteligentes.
Así, Henson aceptó la propuesta, y junto con todos sus colaboradores (con Frank Oz como mano derecha, el hombre que muchos años después manejaría a Yoda en el Imperio Contraataca), comenzó la realización de Sesame Street en 1969. La premisa inicial era trabajar con contenidos dirigidos a preescolares, acercándoles cosas básicas como los números o las letras, pero ofreciendo siempre algo que pudiera divertir tanto a los niños como a los padres, para que vieran juntos el programa. Y eso lo consiguieron plenamente: hay muchos gags que siguen haciendo gracia hoy, más de treinta años después, y que son disfrutables por los adultos, no sólo porque les recuerden su infancia, sino porque son buenos gags en sí mismos, dotados de un sentido del humor inconfundible.
Super Coco era en realidad Coco. Pero no se lo digáis a nadie, es un secreto.
Además de varios actores humanos que vivían en la “Sesame Street”, en el programa aparecieron multitud de marionetas. Henson introdujo a Kermit (la rana Gustavo en España), que ya aparecía en los tiempos de Sam & Friends, y al que manejaba él mismo. Ernie y Bert (Epi y Blas) eran manejados por Henson y Oz, respectivamente, que mostraban la química que siempre tuvieron trabajando juntos con la genial pareja. Frank Oz también interpretaba a dos de los personajes más populares del programa, Grover con su alter ego Super Grover (Koko y Super Koko), y Cookie Monster (Triki). Otros personajes eran Count Von Count (Conde Draco), Big Bird (Caponata), un muppet de cuerpo entero, o Elmo, muy popular en Estados Unidos pero conocido desde hace poco en España por no aparecer en las primeras adaptaciones del programa.
Los únicos e inimitables: Epi y Blas.
En algunos sketches había niños que participaban junto a los muppets, y es realmente sorprendente ver cómo interactuaban con ellos con total naturalidad. Sobre esto cuenta una anécdota Josep Busquet en su libro sobre Jim Henson: Kermit y una niña estaban grabando un sketch donde se repasaba el alfabeto. Al llegar a la ce, la niña empezó a reír sin parar y a llamar a gritos a Cookie Monster. Era imposible seguir, pero Henson, en lugar de parar, quitarse la marioneta de la mano para intentar calmar a la niña, hizo que Kermit se marchara triste y cabizbajo porque la niña no le hacía caso. Al ver esto, la niña le pidió perdón muy seria y le dio un abrazo. ¿No veía la niña al marionetista bajo la rana? Evidentemente, sí lo hacía, pero para ella no había contradicción en que hubiera allí un señor de carne y hueso y Kermit fuera real, y eso es lo verdaderamente grande de las marionetas.
El Conde Draco y su peculiar idea de ligar.
Barrio Sésamo es el mejor programa infantil que se ha hecho nunca. No es nostalgia barata: simplemente, era un programa para niños que no trataba a los niños como imbéciles. Un niño no es un tonto, ni tampoco un ser frágil e impresionable al que le crearia un trauma fatal ver una escena en la televisión que no se ajuste a los criterios pedagógicos que rigen hoy en día los programas infantiles. Henson y su equipo demostraron que se puede enseñar sin ser ñoño, que se pueden transmitir valores sin caer en el adoctrinamiento. Al contrario que los Teletubbies, que obedecen como zombies las órdenes que salen del altavoz, como si del Gran Hermano se tratara (el de Orwell, por supuesto, no “el otro”), en Barrio Sésamo tenemos personajes que piensan por sí mismos, con su propia personalidad, algo gamberros, sí, pero independientes. Se animaba a los niños a ser ellos mismos y aceptar la diferencia de los demás sin marginarles. Y nada representa mejor esta idea que la mítica It’s not Easy Being Green, la canción cantada por Kermit y compuesta por Joe Raposo, habitual colaborador de Henson:
It’s not Easy Being Green
It's not that easy being green
Having to spend each day the color of the leaves
When I think it could be nicer being red, or yellow or gold
Or something much more colorful like that
It's not easy being green
It seems you blend in with so many other ordinary things
And people tend to pass you over 'cause you're
Not standing out like flashy sparkles in the water
Or stars in the sky
But green's the color of Spring
And green can be cool and friendly-like
And green can be big like an ocean, or important
Like a mountain, or tall like a tree
When green is all there is to be
It could make you wonder why, but why wonder why
Wonder, I am green and it'll do fine, it's beautiful
And I think it's what I want to be
El programa continuó ininterrumpidamente durante muchos años (con una menor implicación por parte de Henson a partir de los ochenta, aunque seguía manejando a Kermit y sus otros personajes) y sobrevivió a la muerte de su creador hasta nuestros días. Modernizándose con los años, incorporando personajes nuevos, Barrio Sésamo sigue siendo un éxito de audiencia. Desde su creación, ha sido premiado con la friolera de ciento nueve Emmys, va ya por las treinta y siete temporadas, y actualmente está presente en ciento veinte países de todo el mundo.
The Muppet Show:
En 1974, con Barrio Sésamo plenamente asentado y triunfando en todo el mundo, Jim Henson comenzó a pensar en un nuevo proyecto. Si la premisa de Barrio Sésamo era ser un programa infantil apto para adultos, la de este nuevo proyecto sería la opuesta: un programa de humor protagonizado por muppets enfocado a un público adulto.
Inicialmente, ninguna cadena aceptó producir un programa así, a pesar del éxito de Barrio Sésamo, porque no terminaban de verlo viable. Tras un par de especiales en los que ya aparecían algunos de los muppets que después protagonizarían The Muppet Show, y varias colaboraciones en el famoso programa The Saturday Night Show, Henson consiguió que la cadena CBS firmara una primera temporada de veinticuatro episodios, pero ellos sólo la emitirían, corriendo la producción a cargo de la empresa ITC, propiedad de Lord Grade, un magnate de las telecomunicaciones. Este hecho fue clave para el programa, porque garantizó una total libertad creativa para Henson y su equipo, que se trasladó a Londres, a los estudios de la ITC, para rodar los veinticuatro programas.
Jim Henson con los principales personajes del programa.
Al fin, The Muppet Show se estrena en 1976. La mecánica era realmente original: en cada programa los muppets intentaban sacar adelante un espectáculo de variedades que tenía lugar en un teatro. Kermit, el personaje fetiche de Henson, era el responsable de las funciones, que lógicamente, casi siempre acababan de forma desastrosa. La naturaleza del programa permitía alternar números musicales con otros cómicos, o directamente inclasificables. También hubo varios seriales al margen de las actuaciones “en directo”, parodias de series de éxito de la época, como “Cerdada Espacial” (Star Trek pero con cerdos) y Hospital Veterinario.
Al margen del propio Kermit, Henson recicló a Rowlf, un perro pianista que había nacido años antes para un anuncio de comida para perros y que ya había usado en otros programas. Rowlf era un muppet especial, porque debía ser manejado por dos marionetistas a la vez. Henson manejaba la cabeza y le daba voz, mientras que Franz Oz se ocupaba de sus manos. La vedette del programa era Ms. Piggy, una cerda con ínfulas de estrella enamorada de Kermit (para desesperación suya) y manejada por Frank Oz. Oz también se encargaba del oso Fozzie, el cómico del show, autor de algunos de los chistes más PÉSIMOS de la historia de la humanidad... y por eso era genial. También estaban Waldorf y Statler (Henson y Richard Hunt), dos viejos que veían la función desde el palco, criticando todos los números con un sarcasmo exquisito que no dejaba títere con cabeza.
Pero quizás mi personaje favorito del programa era Gonzo, un bicho inclasificable (manejado por Dave Goelz) que tenía una sospechosa inclinación hacia las gallinas y se dedicaba a intentar proezas suicidas como parte del show de la función. Algunos de los mejores momentos del programa (y de los más bestias) fueron obra suya y de su peculiar sentido del espectáculo.
Y no podría olvidarme de la Electric Mayhem, la banda de músicos del teatro, de impresionante puesta en escena (por la complejidad que entrañaba sus actuaciones), y de la que formaba parte el gran, gran Animal. Animal era manejado por Frank Oz, mientras que Henson se ocupaba del Dr. Teeth, teclista y líder de la banda.
La Eletric Mayhem en riguroso directo.
Uno de los alicientes de The Muppet Show era la presencia en cada programa de una estrella invitada de carne y hueso. Al principio, costaba encontrar invitados dispuestos a ir al programa y grabar sketches con los muppets, pero todo cambio con el éxito que obtuvo. El día que Rudolf Nureyev aceptó participar en el programa, se acabaron de golpe todas las dudas acerca de si era o no una buena idea aparecer rodeado de marionetas en un programa de humor. Por el teatro de los muppets pasaron Sylvester Stallone, Peter Sellers, Vincent Price, Steve Martin, Elton John, Alice Cooper o John Cleese de los Monty Python.
Alice Cooper y los muppets.
A pesar de que hubo programas mejores y peores, en conjunto el resultado fue excelente. Marionetistas y guionistas trabajaron codo con codo para dotar al programa de un humor delirante pero inteligente, creando gags absolutamente geniales. Consiguieron además clavar a la perfección el ritmo frenético del show, que avanzaba a trompicones y era fruto de la improvisación la mayor parte de las veces (para desesperación de Kermit, todo un mártir). Algunos sketches eran impresionantes, por la calidad de los decorados y por el número de muppets en escena, pero sin que se notara el enorme esfuerzo que llevaban detrás. Precisamente, Henson sabía que la clave estaba en que no se notara el trabajo de los marionetistas, para que el público pudiera percibir como reales a las marionetas, para que se centrara en lo que estaba pasando y no pensara continuamente “uf, qué difícil debió de ser hacer eso”.
Kermit entrevista en exclusiva a Animal.
Los muppets actuaban con toda naturalidad, y así se demostró que era posible sustentar un programa para adultos en ellos, sin que la cosa chirriara. Henson y su equipo demostraron que un muppet podía ser tan buen actor como un humano (o mejor: Kermit es más expresivo que Russell Crowe y Ben Affleck juntos), a la vez que innovaban cada vez más en las técnicas para manejar sus creaciones. Mientras que en Barrio Sésamo eran más conservadores, en The Muppet Show se atrevían con todo: un muppet era capaz de cualquier cosa, sólo había que currárselo. La incorporación al equipo del técnico Franz Fazakas supuso un paso más en la sofisticación de los muppets, ya que permitió crear sistemas de control remoto para una parte de la marioneta o para toda ella, abriendo todo un mundo de posibilidades.
La encarnación original de The Muppet Show duró ciento veinte programas (cinco temporadas), tras los cuales Jim Henson decidió que ya habían hecho todo lo que podía hacerse en ese formato, y se encaminó a nuevos retos, que veremos en próximos artículos.
Hoy comienzo una serie de artículos centrados en la figura y obra de Jim Henson, creador de algunos de los mitos más importantes de mi vida. En un principio pensé en un solo artículo, pero a sugerencia de Álvaro Naira, lo he convertido en una serie, lo cual me permitirá ahondar más en algunas de sus creaciones, tanto las más conocidas por todos, como otras más oscuras (era eso o escribir un artículo de veinte páginas que no se iba a leer ni dios). Este primer post es de presentación: en los siguientes me centraré en obras concretas.
Jim Henson es una de las pocas personas (o tal vez la única) que admiro totalmente. En primer lugar por su profesión, que siempre me ha fascinado. Un marionetista hace magia: mientras está en sus manos, la marioneta está viva, él le insufla vida. Pero no es sólo eso. Henson tenía una creatividad desbordante, y una imaginación privilegiada, no sólo para crear historias y personajes, sino también para aplicarla en buscar soluciones a cuestiones técnicas. De espíritu inquieto, siempre estuvo investigando nuevas formas de construir y manejar sus marionetas, desde que empezó a trabajar en televisión hasta que murió en 1990. Sin ir más lejos, es el inventor del muppet (contracción de marionet y puppet), un tipo de marioneta que se manejaba introduciendo una mano en ella y manejando los brazos con un cable del que se encargaba la otra mano del marionetista. También ideó una peculiar pero utilísima forma de manejarlas: el muppet se colocaba por encima de la cabeza, y a la vez, el marionetista podía ver los movimientos que ejecutaba en un monitor, de forma que se conseguía una precisión mucho mayor y se eliminaba la necesidad de que el humano estuviera en escena manejando la marioneta.
También experimentó con materiales blandos y flexibles como la felpa o la espuma de caucho, que dotaron de expresividad a las marionetas. Hasta entonces, todas eran del estilo del muñeco de Edgar Bergen. ¿No sabéis quién es? Sí, hombre, éste:
Con el tiempo, creó muppets que debían ser manejados por dos personas, muppets de cuerpo entero como Big Bird, o muppets con sofisticados controles remotos que eran accionados por cinco o seis marionetistas, como por ejemplo Hoggle de Laberinto. Jim Henson, sencillamente, cambió el arte de las marionetas.
Gracias a esa determinación de seguir siempre experimentando, para Henson y su equipo no existía la palabra imposible. Todo podía hacerse, siempre había una forma de conseguir hacer realidad lo que se cocía en su cabeza. Fue uno de esos tipos carismáticos y apasionados que contagian a sus colaboradores de su locura y consiguen que se comprometan con su trabajo tanto como él. Cuando uno se da cuenta de la cantidad de esfuerzo y de horas de trabajo que supusieron ciertos sketchs de los muppets, o los cinco años de trabajo previos al estreno de Cristal Oscuro, es cuando realmente se comprende el mérito de Henson (y se le ponen a uno los pelos de punta al imaginarlo, de paso). Todas las cosas increíbles que consiguió tuvieron como base el trabajo artesanal, utilizando los efectos especiales y la tecnología digital para enriquecerlo, no para suplantarlo. Y ahí está la clave de la atemporalidad de sus criaturas: un muppet existe físicamente, interactúa de verdad con actores humanos o con otros muppets: no envejece porque no pretende pasar por real. Las criaturas generadas por ordenador, tarde o temprano (temprano, normalmente), quedan obsoletas. Cuando uno ve un capitulo del Cuentacuentos, queda admirado; cuando ve uno del Hércules de Kevin Sorbo, se parte de risa.
Los medios audiovisuales actuales pueden mostrarlo todo: Henson poseyó, frente a este vicio, la virtud de insinuar. La imaginación y el ingenio suplían cualquier carencia técnica, y de hecho, hicieron que la mayoría de las veces el resultado fuera superior, porque la fantasía funciona mejor si es atisbada en lugar de mostrada explícitamente. Jim Henson sabía esto perfectamente: de su concepción de la fantasía (que comparto al cien por cien) hablaré en futuros artículos.
En todos sus años de profesión, Jim Henson supo alternar la creación de programas de encargo (dotados siempre de su personalidad inconfundible) y el diseño de personajes que se convertirían en iconos absolutos en todo el mundo con otros trabajos mucho más personales y normalmente desconocidos para el gran público.
Todo eso, sumado a su excepcional sensibilidad estética, y a un sentido del humor muy especial, es lo que convirtió a Henson en un auténtico genio. Sin embargo él siempre se consideró a sí mismo un trabajador, un artesano, y ni cuando disfrutó del reconocimiento mundial y su compañía cosechaba éxito tras éxito, dejó nunca de dirigir nuevos proyectos o de manejar a sus personajes en los distintos programas que producía. Era tremendamente humilde, y nunca pensó estar haciendo algo especialmente trascendente: sólo intentaba que sus espectadores soñaran y disfrutaran un poco. Como si hubiera algo más importante, Jim.
Nota:
Muchos de los datos que utilizo en este artículo y en los siguientes dedicados a Henson los he sacado de la página oficial de la Jim Henson Company, de la página jimhensonlegacy.org y del excelente libro de Josep Busquet, La diferencia entre arriba y abajo (Camaleón ediciones, 1998).
Hace tiempo que me apetece hablar de Héroes, pero por una cosa o por otra nunca acababa de ponerme. Así que aprovecho el inicio de la segunda temporada (o volumen) de la serie para reseñar la primera. Aviso de que a pesar de que intentaré no hablar del argumento, se me puede escapar algún spoiler, por si las moscas.
Cuando me acerqué a Héroes, llevaba ya sus buenos ocho o nueve capítulos emitidos, y la verdad es que lo hice con cierto reparo. Para alguien que como yo lleva más de media vida leyendo tebeos de superhéroes (buenos y malos), la idea de una serie con esta temática era atractiva, pero el punto de partida me recordaba demasiado a un par de series de cómic de Strakzynski (Supreme Power y sobre todo, Rising Stars), y me olía el plagio. Sin embargo, en lugar de con un plagio, me encontré con una serie que consigue algo que podría parecer impensable: que muchos de los que leemos tebeos de superhéroes la consideremos la mejor actualización posible del género (y fuera del medio que lo vio nacer: que espabilen las grandes editoriales) a la vez que engancha y apasiona a millones de espectadores que no se acercarían en su vida a un cómic, de superhéroes o de lo que sea.
Las referencias al mundo del cómic son muchísimas. Ya he mencionado la premisa inicial (básicamente, empiezan a aparecer seres con poderes por todo el mundo, cuyo origen parece tener una fuente común), pero hay más. La influencia del Watchmen de Alan Moore es clara (Linderman y su plan recuerdan poderosamente a Ozymandias, por ejemplo), los poderes y actitudes de muchos personajes tienen un referente claro en el papel (el más claro de todos ellos, al margen del homenaje nada disimulado a Spiderman/Peter Parker en la aliteración del nombre de Peter Petrelli, es el mentor de éste, un tipo al que sólo le falta estar ciego para ser Stick, el maestro de Daredevil), los juegos temporales y las consecuentes paradojas son las mismas con las que lleva años lidiando la Patrulla-X. Incluso las pinturas del vidente Isaac Méndez son en realidad obra de Tim Sale, un dibujante de cómics.
Rising Stars, uno de los referentes más claros de Héroes.
El mérito de los creadores de Héroes no está en usar estos referentes, sino en la forma en la que lo hacen: la diferencia entre la inspiración y el plagio está en el tratamiento que le dan, en el punto de vista, que hace que situaciones y conceptos más viejos que el sol parezcan novedosos y frescos. En lugar de crear un pastiche, han dado un paso adelante, revitalizando un género que les apasiona y que en los tebeos hace por lo menos una década que se muere. Para ello no queda otra que quedarse con lo que vale y desprenderse de lo que no: en Héroes no hay trajes, ni identidades secretas, pero el tema del poder, el control y la responsabilidad está ahí, y es de eso de lo que en realidad van los cómics de superhéroes, al menos desde que Stan Lee y Marvel crearan el concepto del “superhéroe con superproblemas”. La angustia de Claire, o de Nathan Petrelli, dividido entre su carrera política y el amor a su hermano, es la misma que mostraban Spiderman o la Cosa en los tebeos. Así, demuestran que como tales las historias de superhéroes no tienen ninguna tara de fábrica que hace que sean aptas únicamente para cuatro frikis, sino que pueden ser un producto de entretenimiento masivo, y además de calidad.
El éxito de la serie reside también en otros factores: el elenco de personajes, creíbles y bien caracterizados, algunos más carismáticos, otros menos, pero siempre ambiguos (salvo Sylar no hay “buenos” ni “malos” claros, hasta el friki japonés Hiro muestra una cara oscura); el acierto de crear una continuidad jugando con el pasado, el presente y el futuro; la forma en que todo va conectándose conforme pasan los capítulos... Y probablemente los mejores “continuarás” que he visto en una serie de televisión, que te dejan siempre con la boca abierta y ganas de cagarte en la madre que parió a los guionistas por dejarlo ahí, como debe ser. Esa capacidad de enganchar al espectador se complementa con la habilidad de resolver correctamente, casi siempre, tramas en las que han creado expectación durante varios capítulos. La información se dosifica, en cada capítulo vamos sabiendo algo más, al tiempo que se nos plantean nuevas preguntas. Y siempre sin que se nos quite la sensación de que puede pasar cualquier cosa, de que ningún personaje es intocable y cualquier giro es posible. Precisamente lo que no encontramos en los cómics actuales, tan predecibles. Y pese a los fallos, que los hay, o a que a veces, como en cualquier historia de paradoja temporal, se recurra a truquillos varios y algún deus ex machina que otro, la verdad es que saben sacarle mucho partido al juego de comprobar cómo se llega a determinada situación futura, si se cumple o no tal o cual vaticinio y de qué manera, y si al final los personajes escaparán al destino que el espectador conoce o no. Y todo esto sin romper la credibilidad del mismo, que es lo difícil.
El protagonismo coral funciona porque casi todos los personajes tienen algo que decir y su historia interesa en alguna medida, y porque los guionistas saben cuándo tienen que saltar de una trama a otra manteniendo siempre el interés. Y también porque en contra de lo que suele ser habitual en otras series, la mitad del reparto no parece ser gilipollas y ninguno resulta cargante (por lo menos a mí). Mis preferidos: el agente Parkman, un tipo normal y majete que se ve metido en un berenjenal de la leche, y Noah Bennet, quizás de los personajes más complejos y el que más sorprende.
En la columna del debe, estarían los efectos especiales, un poco limitados al mostrar ciertos poderes (imagino que por falta de presupuesto), y la forma en la que encajan ciertas tramas, un poco pilladas por los pelos. Tampoco se entiende muy bien el papel de ciertos personajes que desaparecen misteriosamente, algunos por razones externas (el amigo del instituto de Claire, según dicen porque los guionistas planeaban desvelar la homosexualidad del personaje, cosa que no gustó al agente del chaval) otras por motivos misteriosos, como el Haitiano (que la verdad es que diálogo no tenía mucho, pero molaba). También se echa en falta un villano que destile la grandeza de un Magneto o un Doctor Muerte, porque Sylar queda un poco plano. Y la verdad es que hay que decir que algunos actores son más bien malillos, de la escuela de la cariátide, por aquello del rostro inexpresivo.
Los creadores de Héroes se han puesto el listón bastante alto. Pese a algunas pegas, han conseguido lo que necesita toda serie televisiva: una legión de seguidores. La primera temporada nos enganchó: ahora toca estar a la altura. Hoy mismo he visto el primer capítulo y la verdad es que de momento la cosa pinta bien: se presentan algunos personajes nuevos, se plantean nuevas situaciones y nuevos enemigos, y vemos el nuevo estatus de algunos de los protagonistas de la anterior temporada, mientras que de otros aún no sabemos nada. Esperemos que no lo estropeen y sobre todo, que sepan cuándo parar (que es lo más difícil, sin duda alguna).
En todo caso, aquí estaremos para verlo. Si no conocéis la serie, dadle una oportunidad: unos tipos capaces de convertir a una animadora rubia en un personaje interesante bien la merecen.
Aprovechando que acabo de terminar de verla hace unas pocas horas, hoy voy a hablar de Twin Peaks, la famosa creación de David Lynch y Mark Frost, hoy convertida en serie de culto. La pregunta de “¿quién mató a Laura Palmer?” fue todo un clásico; la imagen de la chica recién sacada del lago, todo un icono televisivo de los noventa.
La historia arranca con el asesinato de la joven Laura Palmer en el pequeño pueblo de Twin Peaks, al que llegará el agente especial del FBI Dale Cooper, con el encargo de encontrar a su asesino y esclarecer las circunstancias de la muerte. Contado así, parece una serie policíaca más, pero nada más lejos. Pronto se ve que hay mucho más que el típico argumento de “¿quién lo hizo?”, al empezar a descubrirse toda una serie de secretos, hasta llegar a un conflicto que va más allá del asesinato de Laura, que queda casi en anecdótico.
El gran acierto de la serie, y lo que creo que hizo que hoy siga siendo recordada, fue el protagonismo coral, convertir al pueblo de Twin Peaks en el protagonista de la historia. Un pueblo montañero alejado de la civilización, pero también de la realidad, en el que no cesan de suceder cosas inverosímiles que son aceptadas con naturalidad por los miembros de la comunidad, personajes delirantes que en otro contexto no serían creíbles (destacan por méritos propios Lady Leño y el psiquiatra doctor Jacoby, que como no podía ser de otra forma, es el más loco de todos), pero que aquí no chirrían. ¿Por qué? Ahí está la clave y el gran mérito de Lynch. Todo el pueblo y sus habitantes está envuelto en una atmósfera de ligera irrealidad, como si existieran en su propio universo, en el que ciertos acontecimientos excepcionales pueden ser aceptados. Como si todo el pueblo fuera una alucinación. Y funciona, que es lo sorprendente. El espectador entra en el juego y no enarca las cejas pensando “y qué más”. Un ejemplo: aparece una mujer tuerta, con algunos problemas mentales, y que, como otro pequeño detalle, tiene superfuerza. Y NO SE EXPLICA. Y no nos importa. Y no chirría. De hecho, los que chirrían son los personajes normales, aquellos que por contraste con los otros parecen totalmente grises y anodinos (como los pavisosos Donna y James, pareja insoportable más propia de Sensación de vivir). Porque lo que de verdad importa es todo lo que tienen que ocultar, todos los secretos que hay detrás de cada vida de Twin Peaks. No hay nadie que sea lo que aparenta ser (y menos que nadie, la a priori angelical Laura Palmer). Al final de la serie, todos los habitantes de Twin Peaks han cambiado, de una manera u otra. Ir descubriendo esto, y las relaciones que atan a unos con otros, es uno de los mayores alicientes para seguir la serie.
A este escenario llegará el agente Cooper, el personaje central de la serie y sin duda el más carismático. Con una inteligencia privilegiada y una actitud extraña ante la vida, adicto al café y a la tarta de cerezas, siempre trajeado y dejando constancia de sus pensamientos en una grabadora, budista y entusiasta por naturaleza, Cooper se enamora de Twin Peaks nada más llegar. No choca con el surrealismo del pueblo porque él mismo va chorreando surrealismo por los cuatro costados (estamos hablando de un hombre capaz de interrumpir la descripción de los detalles más escabrosos de una autopsia para señalar lo bien que huelen los pinos de Twin Peaks), de la misma manera que lo hace el desfile de agentes del FBI que va llegando al pueblo para ayudarle en sus investigaciones (entre ellos un David Duchovny pre Expediente-X encarnando a un agente travesti).
La imagen más repetida de la serie: Cooper bebiendo café.
Y bajo todo esto, late el elemento sobrenatural, que tiñe en realidad todo lo que sucede, pero que va siendo introducido muy lentamente en la trama. Primero en pequeñas dosis: una visión allí, un sueño allá, un método intuitivo absurdo para seguir la pista del asesino que sin embargo funciona, pero que podría haberlo hecho por casualidad: esta es la verdadera clave. Después, una vez ganado al espectador sin que éste se dé cuenta de que ha entrado en el juego, se convierte en el eje central de la historia, y ya no hay necesidad de velarlo. Y se hace bien, dosificando la información y las apariciones de lo fantástico, que encajan a la perfección en lo cotidiano (aunque lo que en Twin Peaks puede entenderse como cotidiano dista mucho de la normalidad). Quizás sea este tratamiento de lo sobrenatural lo que más me atraiga de la serie, porque me parece tremendamente difícil hacer que algo así funcione.
A lo largo de la serie, vamos siguiendo las investigaciones de Cooper, encontrando pistas, hábilmente diseminadas a lo largo de la historia. Todo está conectado, nada, ni lo más extraño, es gratuito. Todo está anticipado si se sabe ver, en un hábil y arriesgado juego de símbolos y frases crípticas, de enigmas que no tienen que ser necesariamente resueltos. Todo esto, gratinado con un glorioso humor negro que al contacto con la muerte se vuelve casi esperpento, y acompañado de una música sencillamente perfecta, compuesta por Angelo Badalamenti, una música que se ajusta como un guante a la acción y que ayuda tremendamente a hacer creíble todo lo que ocurre: de quitarse el sombrero.
¿Problemas? Hay varios, a pesar de todo. Una vez se ha descubierto al asesino de Laura Palmer, hacia el ecuador de la serie, Lynch la dejó en manos de su equipo de guionistas, y se resintió de forma espectacular. Hay un bajón tremendo en esa segunda parte de la historia, en la que la atención se desvía a insulsas tramas secundarias, y se pierde un tanto ese elemento surrealista que había antes, cayendo en la rutina y perdiendo también verosimilitud con ello. El agente Cooper deja de ser investigador activo y se limita a reaccionar y esperar acontecimientos, algo que decepciona bastante y hace perder el interés: casi parece que se haya vuelto tonto de golpe. Y en determinada trama, la acción se saca de Twin Peaks. Mal. Tremendo, tremendo error. Como explicaba antes, es en el pueblo donde son aceptables ciertos sucesos, entre sus bosques misteriosos y sus habitantes pirados. Fuera de ese escenario, no tiene sentido ni interés alguno.
Afortunadamente, en el clímax final de la serie, Lynch volvió a tomar las riendas, dirigiendo un último capítulo sencillamente brillante, que salvaba el barco a la deriva en el que se había convertido Twin Peaks. Un capítulo arriesgado, en el que se proponían más enigmas de los que se resolvían, en el que se dejaba prácticamente todo abierto y con una secuencia final en la habitación roja, que al margen de todo, está rodada de forma magistral. A mí me ha puesto los pelos de punta, y no digo más por no reventarle a nadie la serie. Ahora bien, el riesgo de que todo parezca una tomadura de pelo es grande, eso es cierto. Lynch fuerza más que nunca al espectador. O entras, o no lo haces. O juegas a adivinar el significado del desconcertante final en el que nada es evidente, o acabas pensando que se están riendo de ti. Yo soy de los primeros, pero francamente, admito que es algo completamente subjetivo.
Para concluir, aquí pongo el vídeo de la mítica cabecera de Twin Peaks: