Por qué llevo sin actualizar un mes.
Como la vida misma, oigan.
Blog acerca de cómics, libros, música y lo que tenga a bien su autor.
22 Febrero 2008
Como la vida misma, oigan.
26 Enero 2008
Retomando la idea de este post, hoy toca elegir cinco tebeos de superhéroes “sin pretensiones”, cómics de género puro y duro con el único objetivo de entretener (como todos, con la diferencia de que éstos lo consiguen). Aquí están, sin ningún orden consciente en particular:
Astro City, por Kurt Busiek (Guión) y Brent Anderson (Dibujo): Algunos años después de que Busiek escribiera para Marvel probablemente su mejor obra de la década de los noventa, se lió la manta a la cabeza con este proyecto de creación propia que para muchos es su mejor cómic. Alrededor de la ficticia ciudad de Astro City, Busiek crea todo un universo lleno de referencias y guiños para el lector toda la vida, que le van a servir para contar historias en diferentes épocas y lugares. A pesar de que en ocasiones peca de referencial y se pone un pelín pedante, Astro City es una serie con la virtud de ser fiel a la tradición del género y a la vez ofrecer un punto de vista novedoso al mismo, basado en un acercamiento “humano” a los héroes y sus motivaciones.
La Patrulla-X, por Chris Claremont (Guión) y John Byrne (Dibujo): La etapa de estos dos creadores (hoy venidos muy, muy a menos) en los X-Men tiene todo lo que un tebeo de superhéroes tiene que tener: acción a raudales, personajes humanos bien definidos y con debilidades, drama, culebrón... Y aventura, mucha aventura. Tormenta, Rondador Nocturno, Fénix, Cíclope, Coloso, y el hoy archifamoso Lobezno eran héroes, pero también era gente normal que iba de copas, al teatro o al cine, que tenían sentimientos y hablaban de sus cosas. La sensación de que cualquier cosa podía pasar en el siguiente número (inexistente en los soporíferos tebeos de mutantes de hoy) fue la clave para el éxito de esta etapa, que en su culmen, la saga de Fénix Oscura, contiene la esencia del género.
Top Ten, por Alan Moore (Guión) y Gene Ha y Zander Cannon (Dibujo): Después de parir esa obra maestra que es From Hell, a Moore se le cruzaron los cables y decidió que iba a hacer tebeos mainstream. De esa idea que al principio podía sonar peregrina surgió el sello editorial ABC (American Best Comics, la modestia se la dejó en casa), y dentro de ese sello, apareció esta serie limitada de doce números. Es, evidentemente, una obra menor dentro de la producción del guionista, pero un Moore al 20% se basta para crear un cómic que deje a la altura del betún a la mayoría de los superhéroes actuales de Marvel o DC. En Top Ten crea una curiosa mezcla de ese género con el policiaco, con las series tipo Canción Triste de Hill Street, para entendernos, y el resultado no podría resultar más fresco y divertido. Policías superpoderosos en una ciudad en la que todo el mundo tiene superpoderes: parecía fácil imaginarlo, pero tuvo que venir Alan Moore a hacerlo.
Liga de la Justicia, por Keith Giffen y J.M. DeMatteis (Guión) y unos treinta tipos (Dibujo). Si se le menciona a alguien la Liga de la Justicia, enseguida pensará en Superman, Batman, Wonder Woman y demás iconos de la editorial DC. Pero hubo una época en los ochenta en la que la JLA era un grupo de personajes desconocidos (en realidad Batman se pasaba de vez en cuando, pero no los soportaba). Un Detective Marciano adicto a las galletas oreo, Blue Bettle, el primer superhéroe con problemas de sobrepeso, y un montón de ineptos incapaces de hacer nada a derechas. Eso por no hablar de supervillanos como el Gran Manga Khan (el primer villano director de su propia escuela de villanos, donde da clases de elocuencia) o Mr. Nébula, Decorador Interplanetario (un trasunto de Galactus que en lugar de devorar mundos los redecora). Situaciones delirantemente absurdas, chistes malos, y sobre todo una enorme capacidad por parte de los autores para no tomarse en serio ni su trabajo ni a ellos mismos. Los 90 (la época de los dientes apretados y las armas más grandes que los propios tipos que las llevaban) acabaron con esta Liga, pero aún hoy cuenta con toda una legión de fans.
Spiderman, por Stan Lee (Guión) y Steve Ditko (Dibujo): A principios de los años 60, los tebeos de superhéroes estaban protagonizados por perfectos adonis que no cometían errores, superhombres sin problemas y con novias eternas. Imaginaos la revolución que supuso la aparición de un personaje que en su primera aventura la caga y por su culpa muere su tío, tiene problemas para llegar a fin de mes, las tías pasan de él, coge la gripe... Lee y Ditko le dieron nueva vida a un género que agonizaba, atrapado en las mismas fórmulas desde los años 40, repitiendo mes tras mes el mismo esquema monolítico. Crearon el concepto de “superhéroe con superproblemas”, dotaron de continuidad sus historias, y perfilaron un tipo de héroe con el que sus lectores realmente podían identificarse. Consiguieron que la vida de Peter Parker nos interesara tanto o más que la del propio Spiderman. Tras su etapa hubo otras mejores, pero el mérito de golpear primero es suyo.
18 Enero 2008
“Cuando las gentes sabían de su pasado a través de los cuentos, explicaban su presente contándose cuentos y predecían su futuro con cuentos, el mejor lugar de la casa junto al fuego, se le reservaba siempre al cuentacuentos”.
Con estas palabras empezaba cada capítulo del Cuentacuentos (The Storyteller), la serie que fue el tributo y a la vez la aportación de Jim Henson no sólo a los cuentos populares, sino también al arte de contarlos. Esas palabras también resumen la idea del folklore que Henson tenía desde su viaje de juventud a Europa: el cuento y el mito son la forma más antigua de conocimiento, una manera de explicar el mundo y al hombre. Los cuentos de hadas no son un pasatiempo infantil, sino que contienen la sabiduría de siglos de tradición oral: todas las historias están en el folklore.
Jim Henson decía que el Cuentacuentos era su mejor trabajo, y la verdad es que, si dejo a un lado la carga emocional que tiene para mí Laberinto, tengo que darle la razón. Todo en esta serie es perfecto, sin más: el tono, el enfoque con el que mira los cuentos que adapta es justamente el adecuado, la mejor manera de acercarse a ellos.
El soldado y la muerte.
En el Cuentacuentos se encuentran todos los tópicos y fórmulas que hacen que los cuentos funcionen y perduren: si hay tres hermanas, dos serán malas y una buena, el demonio está cojo, y el príncipe y la princesa al final se casan y tienen muchos hijos. El ritmo de la narración es perfecto y cada episodio un manual de cómo contar una historia completa en veinte minutos, y la ambientación es exquisita, como no podía ser de otra forma con el impecable gusto estético de Henson. El vestuario, los espectaculares muppets, los escenarios, la tenue iluminación, hasta los colores que predominan, todo es perfecto. Es todo eso lo que hace que la serie transmita autenticidad, que no parezca de cartón piedra. Veinte años después, aún te la crees, y como siempre en todo lo que hizo Henson, el secreto de esto reside tanto en el comedido uso de los efectos especiales en favor de lo artesanal como en el calado y la profundidad de lo que cuenta.
Fueron nueve episodios, basados en diferentes cuentos europeos. Primer acierto de Henson: elegir cuentos poco conocidos en EEUU y sin edulcorar por Disney (cuyas versiones se convierten automáticamente en canónicas anulando las versiones tradicionales). Son cuentos que adapta junto con el guionista Anthony Minguella sin ñoñerías, y sin demasiadas concesiones al público infantil. En cada capítulo, recrea un pasado remoto, difuso e indefinido, con caminos llenos de polvo y niebla, harapos y suciedad, cielos encapotados y luces crepusculares. Lo que en un principio puede parecer un impedimento, la ausencia de escenas rodadas en exteriores, Henson y su equipo lo convierten en un elemento fundamental en ese tono íntimo y ambiguo, tan alejado de la fantasía de purpurina y rayos de colorines que sufrimos hoy en día.
¿Quién necesita efectos digitales?
La mecánica de cada capítulo era siempre la misma: el Cuentacuentos, interpretado por John Hurt, solo en su castillo y sentado junto al fuego, comienza a recordar una historia. Su única audiencia es un perro, un muppet extraordinariamente expresivo manejado por el hijo de Jim, Brian. El cuento avanza en una mezcla entre escenas interpretadas por actores y narraciones en tercera persona del propio Cuentacuentos. En ocasiones, él y su perro intervienen en la trama, viéndose transportados al cuento que están contando. En cada capítulo hay siempre recursos visuales que aún hoy resultan innovadores. A veces los personajes caminan por los tapices y cuadros que hay colgados en el castillo del Cuentacuentos, otras sólo vemos sus sombras contra una pared.
Los actores de la serie, que siempre variaban en cada capítulo (con alguna sorpresa que otra, como un jovencísimo Sean Bean, que años después sería Boromir en la jacksoniana trilogía de El Señor de los Anillos), cumplían bien con su papel, pero sobresale con diferencia el propio Cuentacuentos. Un personaje lleno de matices, que es más de lo que parece, y al que se le intuye toda una historia detrás que es atisbada fugazmente en algunos capítulos. John Hurt, un actor como la copa de un pino, interpreta a un hombre cansado y melancólico, que vive recluído y apartado del mundo, y que pasa sus últimos días contando historias. Y además, destaca la capacidad increíble que tiene el actor para transmitir emociones, para cautivar al espectador y hacerle parte de la historia, dominando la pausa y la entonación para darle fuerza a la narración, algo que de hecho es esencial en un cuentacuentos. Igual que me cebo con los malos doblajes, es justo decir que la excelente voz que le ponen en éste contribuye mucho a todo esto: es la voz perfecta para un cuentacuentos (aunque, ojo, la voz original de Hurt también es excelente).
John Hurt es el Cuentacuentos.
Ésta es la lista de los nueve capítulos de la primera y única temporada de el Cuentacuentos:
El soldado y la Muerte (The soldier and the Death): Mi favorito. Basado en un cuento ruso, es una auténtica obra maestra en veintitrés minutos, que tiene todo lo que un cuento tiene que tener. El mejor ejemplo de todas las virtudes de la serie, y de cómo mostrar la magia, con un final impresionante.
Juan Sin Miedo (Fearnot): Es probablemente el cuento más conocido de toda la serie, la conocida historia de un chico que no conocía el miedo y salió de viaje por el mundo para encontrarlo... Una excelente adaptación, con momentos tétricos.
El niño afortunado (The Luck Child): Basado de nuevo en un cuento ruso, es de los más flojos, lo que no quiera decir que sea malo, ni mucho menos. Aparece uno de los muppets más impresionantes de la serie, el enorme grifón. Destaca sobre todo el final, con el destino del malvado rey... Eso es un cuento popular, cruel y sin noñerías.
Cuando me faltó un cuento (A Story Short): El mejor junto a El Soldado y la muerte. El único que tiene como protagonista absoluto al propio Cuentacuentos. Hay elementos entremezclados de varios cuentos (entre ellos La sopa de piedra), pero la trama principal cuenta qué le pasó al Cuentacuentos el día que se quedó sin cuentos... Y cómo un cuento se hace a sí mismo. Atípico pero magistral.
Hans, mi pequeño erizo (Hans my Hedgedog): Otro excelente capítulo. Uno de los cuentos más extraños y oníricos (inspirado en un cuento alemán), que trata de un niño que nace maldito con la apariencia de un erizo, y que acaba apartándose del mundo para no sufrir las burlas de los demás y el desprecio de su padre. El erizo es espectacular, y verlo montar en su gallo gigante, impagable.
Los tres cuervos (The Three Ravens). Simplemente impresionante. De los más duros, a pesar de que tiene un final feliz. El conjuro que recita la bruja (tenéis el vídeo más arriba), es quizás la mejor escena de la serie.
Cenicienta (Sapsorrow). Es una traducción libre motivada porque en el capítulo hay elementos de Cinderella (el zapato, las dos hermanastras). Una princesa se ve obligada a casarse con su propio padre y para evitarlo se escapa, ocultando su identidad bajo un disfraz de plumas y pelo El resultado final es un poco deslabazado. Aunque tiene buenos momentos, la moraleja es demasiado evidente, lo que hace que baje un poco en el escalafón.
El gigante sin corazón (The Heartless Giant). Otro de mis favoritos. La historia de un gigante preso en un castillo que engaña al joven príncipe para escapar. Para liberar a sus hermanos, el príncipe se convierte en el sirviente del gigante e inicia la búsqueda de su corazón, que guarda en un lugar secreto. El gigante es un muppet de cuerpo entero extraordinario, muy realista y expresivo, y el cuento, el más triste de la serie.
La verdadera novia (The True Bride). Otro de los más extraños. Una joven huérfana, esclava de un troll, recibe la ayuda de un león parlante para cumplir las tareas imposibles que éste le va mandando, y llegado el momento la libera. Tiempo después, la chica tendrá que enfrentarse a la hija del troll para recuperar a su amado, víctima de un hechizo.
La serie fue emitida durante 1988, y aunque el episodio piloto ganó un Emi, no tuvo excesivo éxito en EEUU, supongo que principalmente porque el folklore europeo dejaba frío al público americano, que además estaba acostumbrado a otra forma de contar cuentos (con canciones y animales parlantes, ya sabéis). Pese al éxito que la serie sí tuvo en Europa y Japón, jamás hubo una segunda temporada. El tiempo y el dinero invertidos en la producción de cada capítulo superaba con mucho los que entonces se manejaban en la televisión, y sólo un gran éxito hubiera permitido la continuidad del proyecto. Es algo que siempre lamentaré profundamente. La ceguera del público yanqui frente a la maravilla que Henson les ofrecía nos privó de otra temporada, y nos dejó con las ganas de ver lo que habría hecho con cuentos como Hansel y Gretel o La Bella y la Bestia, por ejemplo.
Lo único que hubo fue una miniserie de cuatro capítulos en la que Jim Henson se implicó mucho menos, y que adaptaba mitos clásicos como el de Ícaro y Dédalo. Aún no la he visto, así que no puedo opinar de ella, pero se considera bastante inferior a la serie original.
Me resulta totalmente incomprensible que no la hayan repuesto jamás desde la primera vez que lo emitieron en España (en la primera encarnación del Club Disney de TVE1), o que sea imposible encontrarla en DVD aunque fue editada hace ya tiempo en EEUU. Quizás por eso poca gente sabe de su existencia. Quienes la recuerdan vagamente, no obstante, suelen hacerlo con nostalgia, incluso aunque no recuerden muchos detalles, ni siquiera que se la debemos al creador de Barrio Sésamo.
Pese a ello, el Cuentacuentos es un auténtico tesoro que combina todo el poder de la narración oral con las maravillas de las que Henson y su equipo eran capaces, y que aún hoy siguen asombrando y a veces, poniendo los pelos de punta. Si no habéis visto nunca el Cuentacuentos, ya tardáis.
1 Enero 2008
En 1985, tres años después del estreno de Cristal Oscuro, Jim Henson y su equipo iniciaron el rodaje de su siguiente largometraje, Labyrinth (traducida como Dentro del Laberinto en España, aunque yo siempre me he referido a ella y lo haré en este artículo como Laberinto a secas). En esta ocasión, el proyecto contaría con la producción ejecutiva de George Lucas (hasta las cejas de dinero tras el estreno de su trilogía de Star Wars), lo que le permitió acceder a lo más avanzado en efectos digitales de la época. Y de nuevo, Henson confió la creación gráfica de los personajes a Brian Froud, que tan buenos resultados le dio en Dark Crystal, pero esta vez partiendo de un guión.
George Lucas, David Bowie y Jim Henson.
En el rodaje de la nueva película estuvo su inseparable Frank Oz, aunque esta vez no como codirector, y además su hijo, Brian Henson, que había empezado poco antes a involucrarse en la compañía de su padre y trabajar como marionetista con él. Como guionista, Henson contó con Terry Jones, ex-Monty Python (algo que se nota mucho en ciertas escenas humorísticas), de forma que buena parte del resultado final de la película es culpa suya.
La historia bebe mucho de los libros de Alicia y el Mago de Oz, al menos en su punto de partida: Sarah, una chica con una imaginación desbordante que tiene que quedarse en casa cuidando de su hermano pequeño, invoca al rey de los goblins de las historias que lee para que le libre de él. Y aparece. Se lleva a su hermano, dándole un tiempo determinado para que llegue a su castillo, en el centro de un laberinto, antes de que el crío se convierta en un goblin para siempre. A partir de ahí, empieza el viaje de Sarah a través del laberinto, lleno de peligros, acertijos y tentaciones, hasta llegar al enfrentamiento final con el rey de los goblins.
En esta ocasión, Henson decidió que habría actores humanos interactuando con las marionetas. El papel de Sarah está interpretado por Jennifer Connelly, mientras que a Jareth, el rey de los goblins, lo encarna David Bowie. Aunque choque al principio, la verdad es que es uno de los mayores aciertos de Laberinto. Bowie está GENIAL, sin más. Es la definición de carisma, el villano perfecto, con esa cara de mala leche y su peculiar mirada de dos colores, caracterizado fabulosamente bien. Además, se involucró bastante en Laberinto, incluso componiendo varios de los temas que aparecen (incluyendo la fantástica Underground).
Jareth en la réplica de la escalera de Escher.
Las marionetas de Laberinto siguen la línea de Cristal Oscuro y se benefician de todas las sofisticaciones técnicas logradas por el equipo de Henson en el anterior largometraje. Aunque perdían protagonismo frente a los actores humanos, fueron cuidadas al detalle. Los goblins (las marionetas más froudianas) son geniales porque en lugar de estar construídos en serie son todos distintos, pero el mejor sin duda es Hoggle, quizás la marioneta más realista creada nunca. Además de la actriz que iba dentro, era manejada por un equipo de cuatro personas que se coordinaba para dar vida a todos sus rasgos faciales (los ojos, la boca, las cejas) mediante un sistema de control remoto. Sin embargo, tanto las marionetas como los decorados y el vestuario, de alguna forma se notan al servicio de la historia, a diferencia de lo que sucedía en Cristal Oscuro, donde daba la sensación contraria.
Hoggle y Jennifer Connelly.
Lo más importante de Laberinto es la magia. Desde el principio hasta el final transmite una sensación de maravilla (“El lugar en el que todo parece posible y nada es lo que parece”, decía una frase promocional) que nunca he vuelto a ver en ninguna película. A pesar de contar con los efectos especiales de los Industrial Light & Magic de George Lucas, sólo se usan para cosas muy concretas. Ése es el secreto de la atemporalidad de la película: mientras que los morphings de Willow (más o menos de la época) hoy en día son sonrojantes, la transformación de Jareth al principio de la película, de la que sólo vemos su sombra, funcionará siempre y es mucho más efectiva. La magia en Laberinto es algo sutil; es ilusión. Juegos de espejos, efectos ópticos, trucos de encuadre y enfoque con la cámara. Es el mismo laberinto, que parece infinito, las manos que forman caras, la escalera de Escher, y los malabarismos con esferas de cristal. La magia es una princesa que debajo del vestido lleva unos vaqueros.
No obstante, aunque me encante, Laberinto tiene algunas pegas. Con menos canciones y menos humor la historia ganaría. La escena de la batalla contra los goblins hacia el final no me gusta nada, pero todo ello son cosas comprensibles si tenemos en cuenta que la película está dirigida sobre todo a un público infantil. Pero bajo todo eso late lo verdaderamente importante, algo que se intuye detrás de lo evidente, y que no se terminar de explicar: en realidad todo lo que ha pasado es lo que Sarah deseaba que pasase. Se insinúa en la secuencia del enfrentamiento final entre ella y Jareth (mi parte favorita) y todo lo que aparece en el viaje de Sarah está en su habitación, de un modo u otro. Todo ha sido producto de su imaginación, pero no por ello deja de ser real. Eso es una de las cosas que más me gustan: no se utiliza el sobado recurso de sembrar la duda en el espectador de si todo ha sido un sueño. Ha pasado y punto, y con la misma naturalidad que lo acepta Sarah lo aceptamos nosotros.
Pero el mayor valor que Henson plasmó en Laberinto es la idea de que la fantasía y la ficción no son meros entretenimientos intrascendentes, sino que son, como han sido siempre, los mejores vehículos de aprendizaje y crecimiento. No es sinónimo de escapismo. Al principio Sarah es una cría caprichosa, y es a través de la fantasía como madura y se hace adulta, sin que eso signifique dejar atrás el mundo de su infancia, que la acompañará siempre (“En algunos momentos de mi vida, sin ninguna razón en especial, os necesitaré”, dice Sarah al final de la película) Jareth representa ese escapismo egoísta, y como tal tienta a Sarah, que en una simbólica escena rechaza la posibilidad de olvidarlo todo y quedarse para siempre jugando con sus juguetes.
Laberinto se estrenó en 1986, y fue el último largometraje que dirigió Jim Henson, y también el mejor testimonio del trabajo de toda su vida. Simplemente, es la imaginación en estado puro, un tesoro que podrás disfrutar toda tu vida. Fue una película que marcó a mucha gente de mi generación, y que es recordada como una de las mejores películas de fantasía que se han hecho nunca. Es lo que pasa cuando las cosas se hacen dejándose el alma en ellas.
8 Diciembre 2007
Cuando uno empieza a leer un álbum de Ángel Sefija, siempre pasa lo mismo. Al principio lo leemos con una sonrisa cómplice con el autor, y nos divertimos viendo hasta qué punto es absurda y mezquina la sociedad. Hay que ver qué cosas hace la gente. Ocasionalmente, soltamos la carcajada ante algún diálogo especialmente agudo. Pero tarde o temprano, sin avisar, una de esas carcajadas se nos queda a la mitad, congelada: acabamos de reconocernos en una frase, una actitud, una imagen. Una patada en los huevos de nuestra autoestima. Mauro Entrialgo también se está riendo de nosotros. Llegados a este punto, sólo hay dos opciones: el lector puede negar lo evidente y tirar el tebeo a la basura, o puede seguir leyendo a la vez que realiza el sanísimo ejercicio de reírse de sí mismo.
La capacidad de observación de Entrialgo es admirable. Tiene una habilidad innata para capturar el detalle, pero también para diseccionar la realidad social y pasar a través del entramado de excusas, justificaciones y mentiras que nos montamos para poder estar a gusto con nosotros mismos. La frase hecha, el tópico, la convención social, la contradicción del comportamiento humano: todo es atacado por el autor, que se vale de algo tan simple y a la vez tan excepcional como es el sentido común. Y lo más divertido es que ni siquiera necesita deformar excesivamente la realidad para provocar la risa: las situaciones que presenta la mayoría de las veces no son esperpénticas, sino todo lo contrario.
Pincha para ampliar.
Haciendo uso de acertadas analogías, y apoyándose en un dibujo de colores planos y trazo naif (pero engañoso: a ver cuántos tienen la capacidad de representación simbólica de Entrialgo con sus mismas limitaciones técnicas), nos va mostrando hasta qué punto somos vagos, mentirosos, mezquinos e incongruentes. Hasta qué punto es absurda la película que nos hemos montado entre todos. Y esto lo hace no desde una posición de superioridad, sino desde abajo, riéndose también de sí mismo.
Pincha para ampliar.
Todo esto lo convierte en uno de los autores españoles de cómic humorístico más certero y más despierto que tenemos en la actualidad. Su copiosa producción en revistas, fanzines y periódicos, además del mantenimiento de un par de blogs, no hace que su ingenio se difumine, sino que, al contrario, sabe muy bien acotar terrenos y tener muy claro de qué va a hablar con cada personaje, y en qué tono (Ángel Sefija es mucho menos escatológico que sus creaciones más burras).
Una de las mejores páginas del anterior volumen. Pincha para verla más grande.
En esta nueva entrega de Ángel Sefija (que aconsejo, como con cualquiera de Entrialgo, se lea en tres o cuatro dosis, para no empacharse), encontramos páginas dedicadas a las nuevas tecnologías, al mundo del arte, al mercado laboral, y en general de cualquier cosa que llame la atención de Entrialgo. A veces sus tiras son reflexiones acerca de algo que ha visto, otras son chistes más o menos buenos, según el día, pero siempre, al terminar el álbum, se piensa lo mismo: Entrialgo, cabrón, cómo nos conoces.
Bibliografía básica:
Ángel Sefija en la cosa más nimia (El Jueves, 2002).
Drugos el acumulador (La Cúpula, 2003).
Cómo convertirse en un hijo de puta (con Ata y Orue, Astiberri, 2004).
Ángel Sefija por tercera vez (Astiberri, 2006).
El Demonio Rojo: Ganas de follar (La Cúpula, 2007).
Ángel Sefija con cuatro ojos (Astiberri, 2007).
30 Noviembre 2007
A finales de 1982, se estrenaba Dark Crystal (Cristal Oscuro en España) en los cines. Fue uno de los proyectos más ambiciosos de Jim Henson, además de uno de los que más se enorgullecía, y eso a pesar de que su éxito fue moderado (aunque hoy es para muchos película de culto).
Cartel de Dark Crystal.
La gestación de Cristal Oscuro empezó cinco años antes, en 1977, cuando cayó en las manos de Henson un libro de ilustraciones de Brian Froud. Henson, amante del folklore europeo, quedó fascinado por la obra de Froud, hasta el punto de que se puso en contacto con él y acabó por hacerle una visita a su estudio en Inglaterra. En esa época, Henson estaba pensando en realizar un largometraje, pero no había nada decidido, al margen de que quería una historia fantástica. Una vez pudo ver el trabajo de Froud de cerca le hizo una propuesta: Froud crearía a toda una serie de personajes y razas que protagonizarían su película. En lugar de escribir el guión y después trabajar en los diseños, el proceso sería inverso: Henson escribiría un guión y una historia para los personajes que Froud inventara. De hecho, Henson trabajó en la historia, las lenguas, las religiones de las distintas criaturas, en sus modos de vida y su organización social, en su arte. Como él mismo cuenta en el documental The World of Dark Crystal, sabía que todo ese trabajo no se vería en la película salvo en pequeños detalles, pero que era necesario para dotarla de verosimilitud.
Jen y Kira.
De esta manera tan curiosa se inició la producción de Dark Crystal. A partir de los bocetos de Brian Froud, el equipo de Henson comenzó a trabajar en la construcción de los decorados y las marionetas que serían necesarias para la película, que no empezaría a rodarse hasta 1981. Dirigida por Jim Henson y Frank Oz, Dark Crystal es una película única. Protagonizada únicamente por marionetas y grabada en entornos reales (sin apenas usar ni el croma), desde el primer momento puede verse el esfuerzo titánico de todo un equipo de profesionales de lo más variopinto, reunido entorno a Jim Henson.
Una escena de acción. Atentos al diálogo del final, impagable.
Hay escenarios que cortan la respiración: mimados hasta el detalle más nimio, es un auténtico placer para el espectador observar el interior del castillo de los Skeksis, el modelo del universo de la vieja Aughra o el pantano en el que se encuentran los dos protagonistas, fabricado parcialmente con vegetación real.
Las criaturas que aparecen en la película son a cual más espectacular. El mismo detallismo que se aprecia en los decorados puede verse en las marionetas, no sólo en su aspecto, sino también en sus movimientos y expresiones faciales, realmente brillantes. Fue necesario idear multitud de nuevas técnicas para controlarlas que se probaban sobre la marcha, aportando ideas entre todos, y siempre con la máxima de que todo es posible. Por ejemplo, los Mystics y los Skeksis (mis favoritos), las dos razas ancestrales de las que ya sólo quedan diez miembros de cada una, eran manejados por varias personas: un marionetista se introducía en la marioneta (eran de cuerpo entero), mientras que otros accionaban partes del cuerpo que no podían controlarse desde dentro. Al mismo tiempo, varias personas se encargaban de controlar a distancia los movimientos de ojos y boca con unos controles especiales que desarrollaron y que revolucionaron por completo el manejo de muñecos en el cine, alcanzado unos niveles de expresividad y realismo jamás vistos. El pueblo de los Pod (¡creados por Froud inspirándose en patatas!), Aughra, y los dos Gelflings (los protagonistas) eran marionetas tradicionales, pero también tremendamente sofisticadas si las comparamos con las que se venían usando en Barrio Sésamo o The Muppet Show. Jim Henson se encargó de manejar a Jen, el Gelfling, además de a uno de los corruptos Skeksis, aunque prefirió no ponerles su voz para evitar que al espectador pudiera recordarles a la voz de Kermit. Por su parte, Frank Oz se ocupó de la vieja Aughra y del chambelán de los Skeksis. El resto de los personajes quedaron en manos de un numeroso grupo de actores, mimos, acróbatas y marionetistas, coordinados y entrenados por un famoso mimo francés que Henson contrató, Jean-Pierre Amiel.
La fiesta en el poblado Pod, una de mis escenas favoritas.
La única pega que puede ponérsele a Dark Crystal no es, sin embargo, pequeña: pese a que el resultado visual es insuperable, la historia que cuenta la película no está a la altura. Quizás por dedicar tantos esfuerzos a la creación del mundo y sus habitantes, quizás también por partir de los personajes y amoldar la trama a los mismos, la historia en sí queda en un segundo plano, oculta por el apabullante despliegue de imaginación que se ve en pantalla: una mera excusa para ir mostrando escenarios y personajes. Además abusa en exceso de los tópicos del género: una profecía, un pequeño e indefenso protagonista con el destino del mundo en sus manos, el viaje...
Un Mystic.
A pesar del acertado tono crepuscular, de mundo que se muere, la historia es demasiado fría, cuesta empatizar con los personajes y emocionarse, y no porque sean marionetas, ni mucho menos, sino porque le falta algo de épica y algo de intensidad. La película, corta por necesidad, no ofrece suficiente desarrollo de los personajes para que entendamos sus motivos y su carácter. Por eso los mejores son los Mystics y los Skeksis, criaturas simbólicas que no necesitan ser desarrolladas para entenderse. Los Skeksis, además de ser las marionetas más logradas, protagonizan en su decadente corte los mejores momentos de Dark Crystal, como éste:
Pese a todo, la recomiendo sin reservas: Dark Crystal es una película que se ve con la boca abierta de admiración, y que compensa las carencias argumentales con un impresionante espectáculo que ningún efecto especial generado por ordenador podrá superar.
22 Noviembre 2007
Vaya año llevamos. Primero fue Umbral, y hoy el que nos deja es Fernando Fernán Gómez. Escritor, actor, director, y ante todo, señor sin pelos en la lengua y que llamaba a las cosas por su nombre. Siempre fiel a sus ideas, trabajador incansable, y con un mal genio mítico, Fernán Gómez fue uno de los pocos intelectuales que alumbraba el panorama desolador de la España en posguerra.
Lo peor no es que mueran, no. No queda otra. Lo peor es que nadie recoge la antorcha, y el mundo es cada vez un poco más mediocre.

21 Noviembre 2007
No, no es que hayan hecho una versión subidita de tono. Es el de siempre, el clásico, cuyas primeras temporadas acaban de salir en DVD en Estados Unidos... con un sello que las cataloga como material para adultos. Un perfecto símbolo de decadencia en una sociedad cada vez más esperpéntica. Me preocupa que hayamos llegado a un punto en el que las mentes bienpensantes, políticamente correctas, consideren que Barrio Sésamo es un programa no apto para niños. Dice mucho de los estándares educativos esta medida, y nada bueno. Pues nada, tengamos a los niños idiotizados, tratémosles como si fueran de cristal, preservémosles de todo lo que pueda impresionarles. Es evidente que estos criterios funcionan, ¿no? Quiero decir, los sistemas de educación, los niveles de éxito escolar, el civismo de la gente, son ahora mucho mejores que antes, cuando estábamos expuestos a programas nocivos para nosotros, ¿no es verdad?
A ver si algún día nos enteramos de que la tele no tiene la culpa de casi nada. Que los que tienen que educar son los padres. Porque como esto siga así, por favor, que paren este puto mundo, que yo me bajo.
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