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The Watcher and The Tower

Blog acerca de cómics, libros, música y lo que tenga a bien su autor.

25 Mayo 2008

El mercado editorial.

ADVERTENCIA: El post que vais a leer a continuación está autocensurado. El motivo es muy práctico: proteger el puesto de trabajo de una persona que está envuelta en esto y que podría verse afectada si sus jefes leyeran el post. El día que esta circunstancia cambie, publicaré el artículo íntegro con nombres y apellidos.

El post de hoy va a ser distinto a lo habitual. Hoy vais a leer (si tenéis estómago) unas cuantas cosas del mercado editorial de este país. ¿Por qué? Primero porque en el último año y pico he asistido de cerca al proceso cansino y absurdo que supone publicar para un autor novel, y he visto y oído tantas cosas que hace dos años no habría creído que creo que hay que contarlo. Y segundo, porque tengo la sensación, no sé por qué, de que mientras que la industria discográfica o la cinematográfica tienen mala fama, las editoriales gozan aún de cierto halo de prestigio, al menos para la gente que las ve desde fuera. Como si fueran los garantes de la cultura. Y me gustaría que eso empezara a cambiar y se dejara de hablar de mundo editorial para hablar de mercado del libro, porque es lo que es: un grupo de empresas a las que la cultura les importa una mierda y que lo que quieren es ganar dinero. ¿Lícito? Veremos.

Aquí tenéis unas cuantas verdades, y como está bien explicado no tengo intención de repetirlo. Simplemente me quedaré con un par de cosas, para que sepáis en qué paramétros morales se mueven las editoriales. Una, la cantidad de papel que se llega a desperdiciar simplemente porque las editoriales tiran aproximadamente el doble de ejemplares que saben que se van a vender. Lo divertido, que encima se quejan de la crisis del papel; lo vergonzoso, que todavía no haya una legislación que les ponga los puntos sobre las íes y acabe con este disparate. ¿Reciclan lo que sobra? En el mejor de los casos. En otros no: la prestigiosa editorial Santillana tiene una incineradora en sus instalaciones. Pensadlo la próxima vez que vayáis a comprarles un libro.

Aparte de esto, el trato que he visto que dispensan a los autores es brutal. No es sólo el tiempo que les hacen esperar antes de darles una contestación cuando envían manuscritos, ni los contratos draconianos que les imponen, ni el porcentaje irrisorio del precio del libro que les corresponde. Lo más fuerte es cómo desde los másters de edición que ofrecen los grandes grupos editoriales ya se empieza a adoctrinar a los futuros editores: se les inculca que el autor es un ser excéntrico y caprichoso con el que hay que lidiar, que lo importante es publicar (más allá de la calidad o integridad del texto o incluso de la felicidad del autor), que escribir es un trabajo que editor y escritor realizan al 50%. Claro que sí. El editor sabe perfectamente cómo mejorar un texto y pulirlo, aunque sea un analfabeto funcional que lo más profundo que ha leído es a Stephen King. Pero lo mejor es que en estos másters, se dice explícitamente, QUE CONVIENE QUE EL AUTOR NO CONOZCA LA LEY DE PROPIEDAD INTELECTUAL. Explícitamente, sí. Ni siquiera tienen la elegancia de insinuarlo. Que cada uno piense por qué esto les conviene.

Éstos son los editores, y éstas son las editoriales. No obstante, hay una editorial que no es como las demás.

Es peor.

Me estoy refiriendo, evidentemente, a la editorial con la tuvo la desgracia de tratar Álvaro Naira. De nuevo, en este post tenéis información sobre todo el proceso. Esta editorial es propiedad de un millonario, que, como todos los millonarios, ha hecho su fortuna a base de trabajar duro y respetar la ley. Este hombre es un tipo que trata a sus empleados a patadas, caprichoso como un niño de cinco años, que marea a todo el mundo cambiando de opinión constantemente, que no le importa hacer trabajar en balde a maquetadores y portadistas, que en teoría delega ciertas funciones en su editora para luego en la práctica hacer lo que le sale de la polla, y que, por supuesto, considera que tiene una excelente visión comercial. Él sabe lo que quiere el mercado y se lo da. Luego os cuento por qué es gracioso esto último.

La editora es una eficiente empleada que por un mísero sueldo al mes engaña a los autores, los confunde, les hace promesas que no piensa cumplir y aguanta las tonterías de un jefe del que está hasta los huevos. Por un sueldo decente mataría, supongo.

Bien, pues esta editorial, además de tener a Naira casi dos años esperando, diciendo cada día una cosa distinta, de pasarse la novela unos a otros sin ningún orden ni seriedad (del lector de la editorial al jefe, del jefe a la editora, de la editora al de publicidad, del de publicidad a la señora de la limpieza...), tiene cosas muy divertidas. Por ejemplo, ofrecer contratos a los autores que vulneran la ley de propiedad intelectual (sí, esa que convenía que el autor no conociera) y, atención, el código civil. Ya de paso, mentían al autor en el número de ejemplares que compondrían la tirada en algo que sólo puede llamarse ESTAFA: si la tirada iba a ser de mil quinientos ejemplares, al autor le dicen que será de mil. De los otros quinientos, no ve su porcentaje (y mira que es pequeño, hay que ser rata y ruin para estafarle a un autor novel una cantidad que no llega a los mil euros). Otro ejemplo: meter en el catálogo la obra de un autor al que no le han puesto delante un contrato ni nada que se le parezca, incluso aun sabiendo que quedan los suficientes cabos sueltos con él como para no dar por cerrada la publicación de la novela. Por supuesto, cuando finalmente el autor se negó a aceptar ciertas cosas, la editora le echó en cara todo el trabajo que habían realizado ya. No se paró a pensar que lo habían hecho porque habían querido, y que la culpa fue exclusivamente suya por liarse a maquetar antes de firmar. Para ellos, el autor, que claro, es un excéntrico, era el culpable de aquello, porque estaba siendo caprichoso: no era consciente de lo difícil que es publicar.

Pero no. Me he dado cuenta de que publicar es sencillísimo. No hace falta ser bueno. Un contacto y a mamar. Lo que es difícil es publicar en unas condiciones dignas.

Y no, esto no es culpa exclusivamente de las editoriales. Hay toda una serie de “redactores” (me niego a llamarlos autores) en este mundillo que están haciendo un daño terrible a los escritores de verdad, a aquellos a los que su texto les importa, y mucho, porque parirlo les ha costado un mundo. Estos individuos están dispuestos a lo que sea, a bajarse los pantalones sin ningún límite ante los editores, a ceder en todo, a firmar cualquier disparate. Porque ellos lo hacen es más difícil para los autores no hacerlo y plantarse ante los abusos de la industria.

Tío Sam (nombre ficticio que, creedme, le pega y le encantaría) es un individuo de nulas capacidades literarias, que se dedica a apoyar a George Bush y la invasión de Irak en su blog (que paso ampliamente de enlazar), que intenta emular a Tom Clancy y ni a eso llega, que ha subido a Youtube unos vídeos sonrojantes llenos de banderitas americanas (y Angelina Jolie ¿?) para promocionar su magna obra.

Bien, pues este “redactor” consiguió firmar un contrato con nuestra editorial favorita gracias a un cúmulo de despropósitos (que incluyen a un becario que sin duda tiene que ser un cachondo, el tío). Como quien no quiere la cosa, la editora se encuentra con un libro que NO había leído, al que habían dado el sí fiándose del informe de lectura del becario cachondo, y por supuesto con un contrato firmado. ¿Podían haberlo dejado “archivado” en el cubo de basura? Sí. De hecho, los contratos estándar de las editoriales no las obligan a sacar el libro a la venta (pero sí impiden al autor buscarse la vida hasta dos años después de la firma). Pero resultó que nuestro millonario favorito, que como todos sabemos sabe lo que quiere el público, dijo que adelante con el libro. Además de tomar una serie de agudas decisiones para aumentar las ventas, como sugerirle al autor que cambiaran su nombre de pila de uno castizo a uno anglosajón (el autor, lejos de indignarse, probablemente se dio de cabezazos contra la pared por no habérsele ocurrido a él antes) o cascarle una portada horrible que él aseguraba atraería las ventas como la mierda a las moscas. El único pero que le puso es que había que cortar su extensión, porque el amigo Sam había escrito un mamotreto de nada menos que mil páginas. Pensaréis que protestaría, que defendería con sólidos argumentos el porqué de la extensión, la calidad y valor de cada uno de sus párrafos. Pues no. Dejó que lo cortaran, sin poner ninguna pega. ¿Cuánto creéis que cortaron? ¿Cincuenta? Frío. ¿Cien? No. ¿Doscientas? Tampoco. SEISCIENTAS PÁGINAS. Más de la mitad del libro a la basura (que sí, es donde debe estar, pero una cosa es que lo piense yo y otra que al autor se la sude). ¿Participó al menos Sam en el proceso, seleccionó los mejores pasajes o los más necesarios para entender su libro? Para nada. Dejó que la editorial se ocupara de todo y es más, hasta donde sé, ni siquiera se molestó en leer el resultado final antes de que saliera a la venta. Porque lo que Sam quería no tenía nada que ver con la literatura. Él quería ver su nombre en la portada de un producto, ir a las librerías y verse allí (aunque esto último es bastante difícil, su excepcional portada parece diseñada especialmente para pasar desapercibida: media hora buscando en la Casa del libro, mirando varias veces en la mesa donde estaba, y al final tuve que preguntar), quería ir a firmar ejemplares a la feria del libro (y tened por seguro que lo hará: a tres personas, pero lo hará). Bien, pues ahora viene lo gracioso: este libro, que el sagaz millonario consideró un best-seller en potencia, fue devuelto en primera instancia por la principal distribuidora por su nula calidad y comercialidad (me gusta pensar que con un post it que decía: “a nosotros mierdas no nos mandes”). De coña. Teniendo en cuenta la cantidad de basura que hay en las librerías, os podéis imaginar cómo es el libro de Sam.

Siguiendo el camino de éxito abierto por el Tío Sam, viene pujando fuerte en la misma editorial una autora a la que llamaremos Absalón de Té (en homenaje a Astérix). Esta autora (cuyo verdadero pseudónimo le roba el apellido a una cantante de rock de los ochenta) no sólo ha subido un vídeo a Youtube tan cutre que parece de La Hora Chanante (¡hey, pero suena O Fortuna! Qué pasote, tiene que ser la hostia el libro, ¿eh?), sino que, en una maniobra cada vez más común, presenta su libro como un bombazo que dice unas cosas terribles que amenazan los pilares de la civilización occidental, y que por esto nadie ha querido publicarlo en veinte años.

A este disparate del libro maldito y perseguido, Absalón de Té añade unas gotitas de antisemitismo, que siempre vende mucho. Dice ser judía e insinúa que eso ha sido motivo para no publicar su impactante trabajo. Ah, conviene saber, antes de lanzarse a la compra del libro, que ante la lectura de este impactante y apasionante thriller que cambiará el mundo, un becario de la editorial pregunto que si era para niños muy pequeños (y no, no era el cachondo de la otra vez. Lo preguntaba en serio).

Por último, fijémonos en el maestro, que además éste sí puede aparecer con su nombre: Víctor Saltero (como en el circo, he dejado el mejor número para el final). Víctor Saltero es el pseudónimo de un señor forrado hasta las cejas, que por ominosos motivos (que pueden ir desde la megalomanía desaforada hasta el experimento sociológico) se dedica a sacar a la venta truño tras truño. De la calidad literaria de Sucedió en el AVE o El amante de la belleza no voy a decir nada, porque ya se dice todo aquí (y muy bien). No, a mí me interesa que se sepan ciertas cosas de este señor. Una, que se dedica (él y/o sus subalternos) a machacar a spam y comentarios de supuestos lectores elogiando sus noveluchas en cualquier sitio de internet donde se mencione. Si es necesario incluso abren blogs bajo otro nombre para ponerlas por las nubes (obviamente sin decir que es el autor) y los llenan de comentarios, todos cortados por el mismo patrón (no se rompen mucho la cabeza). Su última genialidad, posible inspiración de Absalón de Té, es inundar internet con comentarios acerca de que su último libro (Sucedió en la Moncloa) es tan, tan fuerte, que la propia editorial lo había censurado. Este ataque a la libertad de expresión de Saltero es imposible, porque la editorial desde la que publica es él mismo. No es posible, salvo que sufra de personalidad múltiple (trastorno que explicaría los términos en los que habla de sí mismo en tercera persona en su página web, por otra parte), que la editorial lo censure. Él es autor, editor y admirador de su obra. Es todo mentira, pero ya sabéis: si una mentira se repite las suficientes veces, se convierte en verdad (como lo de que Marilyn Manson es el de Aquellos maravillosos años).

Una vez no pude contenerme y ante uno de sus comentarios con nombre falso en uno de sus blogs abiertos para la ocasión, dejé uno en el que contaba esto mismo y le desmontaba la patraña de la censura. Pero el ladino piensa en todo: el blog tenía moderación de comentarios. Por supuesto, jamás fue aceptado.

Al spameo cansino en la red se suma una campaña de publicidad convencional acojonante que le ha debido costar una pasta gansa: los que viváis en Madrid habréis visto en las estaciones de metro cartelones cada vez que sacaba un libro, en autobuses igual, en prensa, y hasta un anuncio en la Sexta en la publicidad de uno de sus programas más populares.

Y todo esto, ¿para qué?

Eso es lo más patético de todo esto. Saltero, el Tío Sam, Absalón de Té, y todos los que habrá como ellos, se venden, dejan que recorten su obra de cualquier manera, firman contratos absurdos, y pasan su tiempo libre poniendo gilipolladas en Internet, para vender cuatro libros. Vamos, no, son algunos más. Pero que alguien me diga que conocía a estos personajes antes de leer este post. Me hace muchísima gracia que quieran publicar a toda costa, porque, si no lo hacen por su texto (que les importa un mojón), ¿cuál es el motivo? ¿La fama, el éxito, la gloria que supone ser escritor en este país? Venga ya. De verdad, no sé qué trastorno, qué trauma infantil, lleva a un individuo a hacer el fantoche de semejante forma, y además (y es lo grave), tomándonos a todos por gilipollas e intentando engañarnos, justificando sus mentiras con la excusa de que es publicidad, y en publicidad todo vale. Pues no. O sí, pero si luego los pillan, que cada palo aguante su vela y encima no se pongan hechos unas fieras. Al menos Saltero, con todo, usa su dinero para publicar sus textos íntegros, por rematadamente malos que sean. Pero los otros dos, ni eso.

Pues esto es el mercado editorial. Editoriales y “autores” salidos de una película de los Hermanos Marx, un mundillo con sus propias reglas, al margen de la lógica, la ética, y la legislación vigente. Un mundillo en el que la cultura, como habéis visto, no es que sea secundaria; es que ni se plantea. No importa. Sabiendo todo esto, es para mí muy difícil leer autores actuales: ahora sé en qué condiciones han publicado.

Pero ojo, porque al final, ni editores ni juntaletras son los máximos responsables: lo somos nosotros. El público, el mercado. El lector. Nosotros, rebajando el listón hasta alturas miserables; nosotros, que detrás de frases hechas exculpatorias como “está entretenido” o “se lee fácil” ocultamos lo que no son sino productos ínfimos que, de verdad, son cualquier cosa menos entretenidos o fáciles de leer (¿qué significa “fácil de leer”? ¿Que está escrito de izquierda a derecha y de arriba a abajo?). Es que no son ni mala literatura. Mala literatura es Zafón, o Ken Follet. Esto es, simple y llanamente, mierda.

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14 Mayo 2008

Cómic: Thor, de J.M. Straczynsky y Olivier Coipel.

Thor siempre ha sido un personaje que me ha gustado, por la mezcla que supone entre mitología y superhéroes. Sin embargo, quitando las primeras historias de Stan Lee y Jack Kirby y la revisión que hizo Walter Simonson en los ochenta, ha sido uno de los personajes más maltratados de Marvel, con etapas que daban vergüenza ajena. ¿Por qué? Sobre todo por la mala elección de los equipos creativos para un personaje que tiene fama de “difícil”. Por eso esta nueva colección que ha empezado hace poco a publicarse en España me llamó la atención. Esperaba que al menos fuera entretenida, pero el veredicto, tras leer los dos primeros números es... que no lo sé. ¿Por qué? Porque pocas veces en mi vida había leído un tebeo taaan lento, hasta el punto de que en las cuarenta y ocho páginas que suman ambos cómics no pasa prácticamente nada.

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J.M. Strankcynsky es un guionista irregular, capaz de lo mejor y de lo peor, y que ha publicado sus mejores trabajos fuera de Marvel. Suele empezar bien, pero acaba por deshincharse: su peor defecto es no saber retirarse a tiempo. En Spiderman, por ejemplo, empezó escribiendo la mejor historia del personaje en muchos años, pero pronto empezó a bajar el nivel, alargando su estancia en la colección de forma innecesaria, y se empezó a notar que ya había contado la historia que quería contar, y el resto fueron ganas de epatar y dejar huella aunque fuera a base de destrozar la serie.

En Thor, de momento, lo único que ha hecho es expedir el certificado de defunción de los tebeos de grapa y veinticuatro páginas como vehículo para contar historias, que lleva muerto varios años, aunque se mantenga como formato por convenciones de la industria. Es evidente que Strankcynsky y sus colegas (salvo contadas excepciones) escriben con la mente puesta en la edición en tomo recopilatorio que las grandes editoriales publican al terminar una saga, pero la siguen publicando primero en tebeos sueltos porque es (o creen que es) el sistema que más beneficios les reportan. Yo recuerdo que no hace tanto, los cómics podían ser buenos o malos, pero cuando leías uno, pasaban cosas y todo. Había tramas y subtramas que se iban desarrollando en cada número, y tardabas en leerlo más de tres minutos. Había cierta densidad, “chicha”. Un día alguien se inventó aquello de “decompressing storytelling” para justificar que un argumento que da para dos tebeos se desarrolle en diez, y así nos vemos ahora.

En esos tiempos, sería impensable algo como lo que pasa en estos dos primeros números. Ni un combate, por favor, ¡en un cómic de Thor! En el segundo número la lentitud es exasperante. Es un tebeo lleno de viñetas a toda página, sin apenas diálogos, absurdamente planteado. Lo que pasa se puede resumir (¿resumir?) en lo siguiente: Thor trae Asgard a la tierra. Un granjero le pide dinero y se lo da. Fin. Tiempo de lectura aproximado: tres minutos (no exagero). Precio: 1’95 euros. ¿Merece la pena? Bueno, al menos el dibujante Olivier Coipel es bastante bueno (de mis favoritos de la última hornada de jóvenes dibujantes del género), aunque no entiendo por qué recrea Asgard como un castillo medieval, prescindiendo de toda la imaginería vikinga.

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La Asgard de Coipel. Espectacular pero inadecuada.

En todo caso, yo de momento le voy a dar un par de números más de plazo, y si la cosa no va teniendo más sustancia, pues a otra cosa. Es verdad que cada vez compro menos cómics de superhéroes, pero no porque ya no me gusten. No me gustan los tebeos de superhéroes que se hacen hoy, y en gran parte, por temas como éste.

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3 Mayo 2008

Cómic: Strangers in Paradise, de Terry Moore.

El pasado (y aún reciente) Salón del Cómic de Barcelona salió a la venta al fin el último tomo de Strangers in Paradise, una de las series más importantes del panorama independediente en EEUU, guionizada y dibujada por Terry Moore.

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Strangers in Paradise fue, junto con Bone, la primera serie que comencé a coleccionar que no era de superhéroes. Hace ya unos diez años, la editorial hoy desaparecida Dude Comics se lanzó al mercado, entonces casi dominado por sólo dos o tres grandes editoriales, publicando ambas series. De SIP se publicaron los primeros arcos argumentales en cómics de 24 páginas de periodicidad más bien errática, hasta que, sin ninguna explicación pública, se interrumpió la serie. Parece ser que algo raro pasó con sus derechos, coincidiendo además con la crisis y desaparición de la editorial. Pasaron un par de años en los que acabé por pensar que jamás vería su final, hasta que Norma Editorial se hizo con sus derechos. Y en un par de años se ha ventilado la serie entera en siete tomos que nos ha permitido al fin saber cómo acaba todo.

¿De qué va Strangers in Paradise? Básicamente de la relación entre sus dos protagonistas, Francine y Katchoo. Y David, el otro vértice de esta especie de triángulo amoroso un poco raro. Supongo que podría considerarse un ejemplo de slice of life, con elementos de género negro y mucho humor. En esa mezcla reside buena parte del acierto de la serie, ya que permite cambiar de registro y reinventarla contínuamente. Terry Moore además juega mucho con los saltos en el tiempo y con ciertos experimentos narrativos de desigual resultado, fruto todo ello de la absoluta libertad que el autor tuvo desde el principio al elegir autoeditarse, y que después, mantuvo en la editorial Image. Como dibujante, Moore empieza algo dubitativo, pero evoluciona y aprende continuamente de forma que el último tercio o así de la serie goza de un gran dibujo, y sobre todo de una gran narrativa.

Lo más importante de la serie son las relaciones entre sus protagonistas y sus sentimientos. Y a ver, no nos engañemos: podría usar muchos eufemismos, pero SIP no deja de ser un culebrón. La mayor parte del tiempo bien llevado, con tramas truculentas, revelaciones efectivistas del pasado de los personajes, y giros inesperados en el guión que tensan cada vez más la cuerda del mismo, y que mantienen enganchados a los lectores como todo buen culebrón (pero culebrón al fin y al cabo). Además Terry Moore cuando quiere puede ser muuuy cursi. No en los diálogos (uno de los puntos fuertes de la serie, por realistas y a veces ingeniosos), pero sí en las canciones y poemas que aparecen frecuentemente en la serie. Claro que es lo esperable de un tipo que dice que la mejor canción del mundo es Yesterday... Además, la mayor parte de sus textos en prosa (a veces le da por contar ciertas cosas de forma novelada) son penosos, como la larga historia ambientada en el pasado que aparece en el último tomo justo antes del arco argumental final.

Y sin embargo, y reconociendo totalmente que no soy NADA imparcial con este cómic, tengo que decir que pese a todos sus defectos, tiene algo muy difícil de encontrar: intensidad. Hay momentos muy sinceros en este cómic. Brutalmente honrados. Diálogos y situaciones que llegan al lector, que le tocan. Tiene mucho que ver la complejidad de sus protagonistas. Francine y Katchoo, dos chicas muy distintas pero tan reales que es imposible no empatizar con ellas y quererlas un poco. Ellas, como el resto del reparto de SIP, simplemente viven. Y en ese vivir es donde el lector encuentra una historia de amor y amistad auténticos que se entremezclan y confunden, o quizás, simplemente, una historia de personas que se quieren y no se preocupan de ponerle etiquetas a ese amor (y sí, el que acaba de soltar una cursilería como el peñón de Gibraltar de grande ahora he sido yo. Mis disculpas).

El caso es que han sido diez años de seguir las andanzas de estas dos muchachas, la dulce Francine y la sombría Katchoo. Y ahora que ha acabado su historia, con un final que en realidad no podía ser otro, las voy a echar de menos. Strangers in Paradise fue una serie que me enseñó que el cómic puede ser mucho más que un montón de tipos dándose de hostias, y sin la que probablemente no habrían venido muchos otras. Y sólo por eso siempre será importante.

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19 Abril 2008

Cómic: Jacarandá, de Shiriagari Kotobuki.

A veces pasa que cuando esperas durante mucho tiempo algo que te interesa, acabas creándote unas expectativas que son imposibles de satisfacer. Al leer al fin Jacarandá, que además lleva sufriendo retrasos desde octubre del año pasado, pensé que probablemente había sido lo que me ha sucedido con él. Pero me temo que no. Leyendo su argumento (básicamente que un árbol gigante destruye Tokio), me imaginaba que habría cierto contenido ecológico, que habría alguna crítica a la sociedad actual, algún simbolismo en la destrucción de la mayor ciudad del mundo.

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Pero nada de nada. Ni rastro de “una de las críticas más ácidas a la sociedad japonesa”, que decía el texto promocional. Vamos, sí, salen dos niñas mirando escaparates mientras ignoran las tremebundas noticias de la destrucción de su ciudad. Qué ácido y qué profundo, ¿eh? El resto, interminables páginas de explosiones y edificios derrumbándose. Punto. Ni idea de por qué ha cosechado éxito y premios, no sólo en Japón sino también en Francia.

El dibujo al menos no está mal. Kotobuki tiene un estilo sucio y descuidado que pega bastante con el tono de la historia y ayuda a recrear el caos y la confusión causados por el árbol de marras, a la vez que dota de un toque caricaturesco a las personas. Por otro lado, tampoco es lo suficientemente bueno como para que no se haga tediosa la “lectura” de las páginas en las que no hay diálogos, que dan lugar a momentos en los que te sientes un poco idiota por haber pagado 16 euros (precio excesivo por parte de Dolmen, aunque la edición no está mal, salvo algún error en los bocadillos) por un tebeo que se lee en quince minutos pese a sus trescientas páginas. Ah, y encima el autor tiene los huevos de reconocer en el epílogo que ha “estirado una tira de cuatro viñetas a lo largo de trescientas páginas”, como si fuera algo digno de elogio. Una cosa es que la narrativa japonesa sea lenta (que puede serlo), y otra esto, que es, a ratos, una tomadura de pelo, que no pasa de ser el equivalente a las películas yanquis de catástrofes al estilo de Volcano o matarratos semejantes. Una pena. El Jacarandá que había en mi cabeza era mejor...

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2 Abril 2008

Jim Henson: Epílogo.

El 16 de mayo de 1990 Jim Henson moría en Nueva York víctima de una neumonía. Tenía sólo cincuenta y tres años. Unos días después, se oficiaba su funeral en la catedral de St. John. Por deseo expreso del propio Henson, el funeral se hizo abierto a todo el mundo, con el único requisito de no llevar ropa negra. La gente del Muppet’s Workshop decoró la catedral, y una banda de jazz tocó música en directo. Y junto a familiares, compañeros y amigos, hubo muppets. Y a nadie le pareció de mal gusto o fuera de lugar. Simplemente, en una celebración de la vida y la obra de Jim Henson no podían faltar. Varios de sus colaboradores hablaron en su recuerdo, entre ellos Frank Oz, su mano derecha durante prácticamente toda su carrera. Big Bird cantó It’s not Easy Being Green (Kermit no podía. Se había quedado sin voz), y al final del acto todos los muppets, de todas las series creadas por Henson, interpretaron el tema popular When the Saints Go Marching In. Fue el mejor homenaje posible a un hombre que dejaba un enorme vacío, pero también un gran legado.

Quizás el mejor homenaje que se le pudo hacer es mantener viva su compañía. No nos engañemos, es una multinacional que da muchos beneficios, pero igualmente cierto es que el espíritu de Henson se respeta y que sus sucesores son conscientes de su legado y de la enorme responsabilidad que tienen. Tras la muerte de su fundador, la Jim Henson Company quedó en manos de sus hijos. Años después pasaron por serias dificultades económicas que les obligaron a vender la compañía, aunque la recompraron poco después. Sesame Street siguió emitiéndose con nuevas temporadas, y además, se produjeron varias de una nueva versión de The Muppets Show, titulada Muppets Tonight, con personajes clásicos y otros nuevos, y que trasladaba la acción del clásico teatro a un estudio de televisión. Steve Whitmire se hizo cargo de la enorme tarea de manejar a Kermit sucediendo a Henson, y el resto de sus personajes fueron adoptados por los más veteranos de sus colaboradores.

Aunque lo he intentando a lo largo de esta serie de artículos, no hay palabras que le hagan justicia. Jim Henson fue sin discusión uno de los creativos más importantes del siglo pasado. Un trabajador incansable, un artesano, un creador de mitos contemporáneos. Hoy, dieciocho años después de su muerte, no todo el mundo recuerda su nombre, pero siempre recordaremos sus personajes. Y eso lo hace inmortal.

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18 Marzo 2008

Música: Music of the Spheres, de Mike Oldfield.

Al fin, tras múltiples retrasos, hoy he comprado y escuchado el último trabajo de Mike Oldfield. El veredicto... ni frío ni calor.

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Vamos por partes. Para mí es evidente que supone una mejora respecto a sus tres últimos discos, de los que poca cosa me parecía rescatable. Contar con una orquesta tenía que suponer necesariamente un cambio en el resultado final, pero, que nadie se llame a engaño, esto no es la incursión de Oldfield en la música sinfónica, por mucho que así nos lo hayan vendido: Music of the Spheres es una banda sonora épica al estilo de las que pueden encontrarse en muchas películas de Hollywood. Hergest Ridge o Incantations están más cercanas en intención a una sinfonía de lo que está MOTS.

Qué duda cabe de que el disco es agradable, “bonito”. Ningún tema chirría, el sonido es fabuloso... Y sin embargo, también es un disco tramposo, que tira de todos los recursos fáciles para emocionar que pueden encontrarse en las bandas sonoras en las que se inspira (de manera más o menos directa), y que cualquier compositor conoce bien. Se aprecia perfectamente cómo se construyen los clímax, qué mecanismos usan Oldfield y Karl Jenkins para llegar al oyente: ahora metemos timbales, ahora la sección de viento metal, si queremos conmover metemos un piano lentito... Todo muy de manual. En su época dorada Oldfield hacía justo lo contrario: tiraba siempre por el camino difícil, no caía en lo obvio y no le importaba no calar a la primera. MOTS entra de forma mucho más rápida que Amarok (por poner un ejemplo), pero de la misma manera, saldrá antes, porque la complejidad e intención de ambos discos es totalmente distinta, y tras varias escuchas, esas emociones que provoca desaparecerán y no habrá detrás nada sólido que invite a revisitarlo (hablo de mi caso personal, naturalmente).

De esta forma, escuchar MOTS es una experiencia que sorprende muy pocas veces. Tiene demasiados lugares comunes, tanto de su propia obra (me temo que estoy de acuerdo con los que consideran excesiva la enésima referencia al inicio de Tubular Bells, pero es que además Musica Universalis recuerda poderosamente a The Bell) como de otras bandas sonoras (las de Danny Elfman, por ejemplo). El disco se va escuchando sin sobresaltos, con partes más inspiradas y otras más normalitas, algunas pasándose de cursis, pero siempre dentro de los cauces esperados, sin salirse del guión establecido. De todos los temas el que más me ha gustado es The Tempest, donde, a pesar del sobado guiño tubular, veo cierta creatividad, algo diferente.

La voz de Hayley Westenra ciertamente es muy buena, a pesar de que On My Heart como tema no me parezca nada del otro mundo, ella solita lo levanta perfectamente. Lang Lang por su parte está muy bien, pero no entiendo (salvo como maniobra de marketing) que se cuente con un pianista de su calibre para hacer lo que hace: es como llamar al doctor House para curar un catarro.

Por otra parte, me ha sorprendido, y lamento mucho, que la guitarra de Oldfield apenas se escuche en el disco. Por los comentarios que había leído me imaginaba que no tendría una gran presencia, pero no esperaba que fuera tan poca. Para mí es muy triste, sabiendo como sabemos lo que era capaz de hacer Oldfield tan sólo con una guitarra clásica o acústica, a pelo, comprobar que se ha abandonado tanto como guitarrista que apenas esboza cuatro melodías en todo el disco, brevísimas. En Aurora hay una muy maja, pero en la que no ahonda, como habría hecho hace años, retorciéndola, matizándola, enriqueciéndola. No quiere o no puede, en realidad es lo mismo.

La conclusión a la que llego es que, aunque es un disco digno (que no es poco estando como estaba el patio), MOTS no supone la vuelta del mejor Oldfield (que, asumásmolo, no va a volver). Es su incursión en un género en el que hay maestros con los que sale muy mal parado en una comparación, y quizás es éste el problema: Mike Oldfield lleva demasiado tiempo sin hacer lo que hace mejor (su propia música, inclasificable, ecléctica, única) e intentando hacer un disco de música celta, otro de tecno, otro de chill out... ahora le ha tocado el turno a las bandas sonoras orquestales.

Al menos, Music of the Spheres le ha devuelto el favor de muchos fans y cierto prestigio en el mundo musical que se había perdido. Ha vuelto a estar en los medios y se ha vuelto a involucrar, aunque haya sido a regañadientes, en la promoción. De cara al futuro, dudo mucho que veamos gira o disco nuevo en muchos años. Asumo que está prejubilado y lo que menos le importa ahora mismo es la música. Está en su derecho, naturalmente, pero uno ve a otros músicos, de su edad o incluso más mayores, sacando buenos discos, dando conciertos continuamente, disfrutando de la música... y da pena, de verdad.

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16 Marzo 2008

Cómic: El jardín armado y otras historias, de David B.

Después de leer esa obra maestra absoluta que es La Ascensión del Gran Mal, me convertí en un seguidor incondicional de David B. He leído prácticamente todo lo que se ha publicado en España, pero, a pesar de que compro cualquier cómic con su nombre en la portada con los ojos cerrados, ninguna llega a la altura (porque no se puede) del Gran Mal. Los complots nocturnos (Ponent Mon, 2006) es una interesante pero irregular colección de sueños; Los buscadores de tesoros, un excelente tebeo de aventuras; la también reciente La lectura de las ruinas, una historia original y sorprendente, pero falta de algo que la convierta en un cómic imprescindible.

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Menos mal que ha aparecido este Jardín armado para convencerme definitivamente de que lo de David B. no fue casualidad. El volumen, espléndidamente editado por Sins Entido (que ya va siendo hora que se reconozca como la mejor editorial de cómics española, quizás junto con Astiberri), consta de tres historias en las que David B. juega con las obsesiones que el lector de La Ascensión Gran Mal conoce bien: el pasado, la religión y la espiritualidad, las batallas... Tres historias maravillosas en todos los sentidos, en las que se mezclan sin que rasque herejías medievales con el califa de las Mil y una noches, contadas con un grafismo radical continuador de aquel que impactó en el Gran Mal y que convierte cada página en un experimento, parte de una búsqueda incesante de nuevas formas de contar historias (y que sorprende, favorablemente, si tenemos en cuenta que el autor se acerca a los cincuenta). En ese dibujo está la clave de que en estas historias se pase de lo real a lo imaginado sin traumas, sin diferenciar de hecho qué es real y qué no, dejándonos simplemente llevar por lo que se nos cuenta, gracias también a una narrativa única, sin la que la fértil imaginación de David B. no podría expresarse de forma tan efectiva (el final del primer relato, por ejemplo, es el remate a un cuento más brillante que he leído en mucho tiempo).

Son tres historias crepusculares, contadas con un ritmo conscientemente lento, apoyándose en unos textos de apoyo que en ocasiones hacen que más que un cómic sea una especie de relato ilustrado (si es que hay alguna diferencia), que tiene esa rara cualidad de erizarte los pelos de la nuca, porque lo que se cuenta no son unas historias, sino la historia, la de siempre, la nuestra, la que nos llega desde hace siglos. El mito, sin más.

Prueben ustedes, y luego vienen y me dicen que el cómic es sólo para críos.

Bibliografía básica:

La Ascensión del Gran Mal (Seis volúmenes, Sins Entido, 2001-2007).

Los buscadores de tesoros (Dos volúmenes hasta la fecha, Sins Entido, 2006-2007).

La lectura de las ruinas (Volumen único, Norma Editorial, 2007).

El jardín armado y otras historias (Volumen único, Sins Entido, 2008).

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5 Marzo 2008

Gary Gygax falla su última tirada de salvación.

Llego a casa y me entero por un correo electrónico: ha muerto Gary Gygax. A la mayoría ni os sonará, pero Gygax, aparte de escritor, fue el diseñador de la primera versión de Dungeons & Dragons, el primer juego de rol de la historia. Varias generaciones de roleros han disfrutado con la creación de este hombre, y yo a nivel personal le debo, sencillamente, algunos de los mejores momentos de mi vida.

Ha muerto el gurú lúdico de muchos de nosotros, aunque en realidad, su juego estaba en pañales; sin la aportación de otros a lo largo de los años, no habría llegado a ser lo que es. Pero sin esa primera idea, nada hubiera sido posible. Así que, señor Gygax, gracias por esa chispa genial, gracias por tus elfos y enanos (que no eran tuyos, pero los hiciste un poco tuyos), gracias por los dados de veinte caras y los cubos gelatinosos, por las puertas secretas y los proyectiles mágicos. Gracias por tu ilusión, y la que nos diste a los demás, y gracias, sobre todo, por seguir jugando hasta el final.

Os dejo uno de los mejores homenajes que se le hicieron: su aparición en Futurama.

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