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El Tenerife desperdició en 1967 una ventaja de dos goles en campo del Xerez Deportivo y se tuvo que conformar con un empate (3-3), con Villar de entrenador interino.

La primera salida doble de la temporada 67-68 tenía como rivales a dos recién ascendidos, el Xerez y el Alcoyano. Con anterioridad, el Tenerife había caído en Valencia, en la presentación del curso, frente al Mestalla, y ganado en casa, al imponerse al Cádiz. Con apenas dos jornadas celebradas y un par de puntos, la directiva decidió destituir al entrenador, José Luis Riera, y colocar en su lugar, de manera interina, a Santiago Villar.

El ex futbolista blanquiazul dispuso para el desplazamiento a Jerez de dos nuevos delanteros, recién llegados del Málaga: Moli y Cabrera, que se unían a la larga lista de refuerzos adquiridos para hacer frente a una campaña singular. Como la Federación Española había decidido reducir la Segunda a un solo grupo, la mitad de los participantes en los dos existentes hasta entonces se iría derecha a Tercera. Cada victoria tendría un valor de oro.

La tarde del 24 de septiembre, antes de que se alcanzara el descanso en el Estadio Domecq, donde jugó el Xerez hasta 1988, el Tenerife vencía con holgura (0-2). A base de hacerse con el control del juego en la parcela central, donde brillaban Bernal, Vicente y Pepe Juan, el cuadro insular se mostraba superior. El tercero, un interior diestro llegado de Las Palmas, primo hermano de Alberto Molina, estrenó el marcador a los ocho minutos, gracias a un disparo seco en el lanzamiento de un libre indirecto. Luego, en el minuto 35, José Antonio Barrios colocó el segundo tanto.

El intermedio le vino bien al Xerez. Echó el resto y se aprovechó de que el central blanquiazul, Vázquez, sufrió una lesión a los diez minutos de reanudarse el choque, lo que situó en inferioridad al Tenerife -no había posibilidad de realizar cambios- y obligó a Villar a retrasar a Sicilia a posiciones defensivas. En sólo dos minutos, los locales empataron, con goles de Canario y Villita, e incluso terminaron por voltear el marcador, gracias a un tercer tanto de Aramendi, en el minuto 68.

Entre las causas del gol se barajó que el sol, que brillaba con fuerza sobre Jerez de la Frontera, encandilara al guardameta tinerfeñista, el alicantino Antonio Gómez. De la misma manera que se apreció un exceso de confianza en las filas visitantes. Menos mal que Moli estuvo atinado en un contragolpe lanzado por Vicente y restableció la igualdad. Incluso, en el último minuto, Barrios gozó de una ocasión clara para batir a Justo, pero erró en el remate.

Concentrado en el hotel La Rábida, próximo a La Maestranza sevillana, a la espera del desplazamiento a Alcoy, Santiago Villar reconocía por teléfono, en declaraciones a Jornada, que la reacción del Xerez había sido “muy notable y vigorosa”. Con todo, lanzaba un mensaje de esperanza: “Creo que iremos a más; hoy se han hecho cosas muy buenas".

Campaña plagada de cambios

El verano futbolístico se calentó en julio de 1967, a partir del voto de censura contra José López, rector de la entidad desde 1962. El que la iniciativa fuera suscrita por cuatro ex presidentes (Juan de la Rosa, Antonio Perera, Domingo Pisaca y José Badía) acentuó la crisis. López renunció y fueron convocadas elecciones, a las que sólo concurrió Eduardo Valenzuela, quien ya había sido presidente en 1939, tras la guerra civil. Tomó posesión el 3 de agosto, ante las primeras autoridades, en un acto en el que se anunció la creación de un complejo deportivo alrededor del Estadio. Sus primeras tareas fueron para apuntalar la plantilla, que ya había empezado a retocar López Gómez. Fruto de las buenas relaciones con el Málaga y Las Palmas, a partir del traspaso de Justo Gilberto, llegaron nueve futbolistas: Vázquez, Delgado, Moli y Cabrera, del primero, y Pepe Juan, Vicente, Tony, Correa y Óscar, del segundo. No obstante, la directiva decidió destituir a José Luis Riera (en la foto) cuando sólo se habían disputado dos encuentros de Liga. Las desavenencias con el ex futbolista del Atléti eran patentes. El 21 de septiembre, cuando dirigía un entrenamiento, el catalán alegó motivos de salud para interrumpir la sesión. Al día siguiente le fue incoado un expediente disciplinario “por abandono injustificado de sus funciones”. Tras el relevo interino de Villar, le suplió Ramón Cobo, otro ex colchonero. Con el equipo metido en zona de descenso, del que no se salvó, fue despedido a falta de tres jornadas.

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  • A cuatro jornadas para el cierre de la Liga, Tenerife y Elche disputaban en el Heliodoro, en 1972, una final anticipada. Los locales perseguían la permanencia y los visitantes, el ascenso a Primera. El choque no defraudó las expectativas, pleno en ardor, combatividad, fuerza y tesón.

    “Tengo plena confianza en mis jugadores”, afirmaba Héctor Núñez, con su optimismo característico, en vísperas de la visita del Elche, a pesar de los once puntos que le separaban del Tenerife. Quedaban cuatro jornadas por disputar y los ilicitanos ocupaban plaza de ascenso, situados en la tercera posición de la tabla. Una victoria en la Isla les daba para acariciar el retorno a Primera. Alrededor de 130 seguidores acompañaban al equipo levantino en su desplazamiento hasta el Archipiélago.

    Pero la seguridad que mostraba el uruguayo en los suyos tenía fundamento. Embarcados en la aventura de permanecer en Segunda, una semana atrás habían vencido con solvencia al Ferrol y no estaban por la labor de perder la categoría que tanto costó recuperar un año antes. No era de extrañar, por consiguiente, que el partido tuviera carácter de final anticipada.

    Pese a la expectación, desde el club se prefirió alterar el horario habitual, en la tarde del domingo, y fijar el comienzo a las ocho de la noche, para evitar la coincidencia con una corrida de toros en el coso de la capital tinerfeña. Se garantizaba de esa manera una afluencia sobresaliente de espectadores, en un choque declarado como jornada económica a beneficio del deporte aficionado.

    Núñez alineó de salida a Domingo; Lesmes, Molina, Pepito; Mauro, Juan Miguel; Medina, Bergara, José Juan, Cabrera y Laguna. Enfrente, Roque Olsen dispuso a Mora; Poyoyo, González, Canós; Montero, Llompart; Vavá, Silvio, Sitjá, Romea y Melenchón.

    La salida de los locales resultó espectacular, en sintonía con lo que había advertido el preparador del Tenerife. Con una marca especial sobre los futbolistas más peligrosos del equipo contrario, Sitjá y Melenchón, a cargo de Lesmes y Juan Miguel, el cuadro blanquiazul se hizo con la iniciativa y la primera intervención del guardameta Domingo llegó cinco minutos antes del descanso. Entonces, ya ganaban los de casa, gracias a un remate de Manolo Medina, después de que Pepito lanzara un saque de banda con su potencia habitual y metiera el balón dentro del área.

    La segunda mitad resultó mucho más equilibrada, lo cual acabó por redundar en un partido pleno en “ardor, combatividad, fuerza y tesón”, como lo definió Tinerfe en su crónica para este periódico. “Pocas veces hemos presenciado un choque en el que los veintidós protagonistas se emplean con tantas dosis de coraje”, escribió el periodista. La victoria se quedó en casa. Tres semanas después, el Tenerife se salvó y el Elche no logró ascender.

    Un ascenso firmado en la Isla

    Igual que la derrota de 1972 desvió al Elche del ascenso, el triunfo del 14 de abril de 1959, en su primera visita, le valió para entonar el primer alirón a la división grande. Con César en funciones de entrenador-jugador, contaban con Cardona, quien se alzó con el título de máximo goleador. Además, ha sumado otras cuatro victorias, la última de ellas hace cuatro lustros, el 14 de febrero de 1988. Desde entonces, Tenerife y Elche han vuelto a enfrentarse siete veces más, imponiéndose los locales en cinco ocasiones. Una de ellas, la del curso 2003-04, permitió al representativo salir de las posiciones de descenso, con dos tantos de Keko.

    Reportaje publicado en el periódico El Día (12 de abril de 2008)

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  • ALPAÑEZ

    El Tenerife ha tocado a rebato para el encuentro de esta tarde. Herido en su orgullo por la “no” victoria en Las Palmas, hoy va a contar con la oportunidad de congraciarse con la parroquia blanquiazul, que me da que está deseosa de participar en un merecido desagravio. Tiene buena pinta este partido con el Elche. Cuenta con los ingredientes básicos para vivir una sesión de fútbol de las buenas. Como la de aquella noche en que Manolo Medina batió a Pedro Valentín Mora, quien luego fue guardameta del Barça, propiciando la victoria más espectacular del año del regreso a Segunda, en la temporada 71-72.

    Seguro que en esa ocasión estuvo Paco Alpañez entre los aficionados que arroparon al Tenerife en el Heliodoro. Habría que preguntarse cuándo no estuvo este tinerfeñista incondicional en el recinto de la calle San Sebastián. Porque en su persona hallamos a uno de esos “birrias” inquebrantables, de los que nunca falla. En las duras y en las maduras. Acompañado por los suyos, los de la Peña Salamanca, puede que cuente con un auténtico récord de horas tocando el bombo para animar al Tenerifito.

    En un reportaje que aparecerá este lunes en las páginas de “El Gráfico”, el bueno de Paco cuenta su vida en blanco y azul, que es tanto como la historia viva del Tenerife en el último medio siglo. Como ya he tenido ocasión de leerla, puedo recomendarla. Está llena de anécdotas, algunas realmente simpáticas, como no puede ser de otra manera si nos referimos a Alpañez, con quien compartí, hace ya veinte años, una excursión a Río de Janeiro, con ocasión del hermanamiento sellado por el Ayuntamiento de Santa Cruz y el de la capital carioca. Queda mucho por contar de aquella celebración.

    Es Paco un hombre entrañable. Una de esas personas comunes, de la calle, con un corazón así de grande, que merece siquiera un homenaje a golpe de reportaje. Porque no andamos sobrados de este tipo de gentes. Cuando supe de la cita para armar la entrevista, me alegré sobremanera. Pasan los años, nos acostumbramos a la relación con las personas y no acabamos de caer en la cuenta de los méritos de individuos sencillos como Alpañez.

    Espero que el inicio de la serie en torno a figuras como Paco, que irán desfilando por las páginas de la revista, sirva para que el tinerfeñismo acabe de guardarles el respeto merecido. Y ardo en deseos de encontrármelo hoy para fundirme con él en un cálido abrazo. Buena gente.

    Comentario publicado en el periódico El Día (12 de abril de 2008)

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  • El Éibar recibió a los blanquiazules, en 1988, como líder y sin conocer la derrota, igual que el Tenerife fuera de la Isla.

    Fue la temporada del penúltimo ascenso a Primera. La del arranque irregular, por el que nadie podía imaginarse el desenlace de julio, en la promoción contra el Betis. Corría aún la octava jornada cuando el Tenerife afrontó el largo desplazamiento hasta Éibar, con vuelo a Madrid y carretera hasta tierras vascas. En la fecha anterior, el empate en casa con el Sestao (0-0) confirmó las dudas en torno al grupo de Benito Joanet

    El modesto conjunto azulgrana, recién ascendido a Segunda A, crecía como equipo revelación y se mostraba intratable. No había perdido ni un solo partido. Bajo la batuta de Alfonso Barasoain, sus integrantes, auténticos desconocidos en la categoría, desempeñaban las funciones características del humilde envalentonado, incapaz de achicarse ante nadie.

    La última salida había sido a Mollerussa, pequeño municipio ilerdense de menos de 10.000 habitantes, donde el Tenerife sumó el tercer triunfo de la temporada. No obstante, la anotación de los puntos en la tabla se demoró dos semanas, debido a que el encuentro se suspendió en el minuto 71, por los incidentes que provocó la afición local.

    Joanet no pudo contar con dos titulares, Herrero y Mínguez, ambos lesionados. La noticia positiva era que, agotándose el mes de octubre de 1988, a Éibar no había llegado el invierno, por lo que se iba a jugar con temperatura veraniega y campo seco; toda una noticia tratándose de Ipurúa.

    El partido resultó tan agradable como competido. Aunque dominaron los eibarreses, dos veces delante en el marcador, el Tenerife plantó cara hasta el final. La maestría de Guina en el lanzamiento de faltas valió para que se anotara el empate (2-2) cuando pasaban diez segundos del tiempo reglamentario.

    La pericia de Aguinaldo

    Cuando el Tenerife se hizo con los servicios de Aguinaldo Roberto Gallón (Ribeirao Preto, 3 de julio de 1958), en el verano de 1987, el medio paulista tenía 29 años y una carrera dilatada como jugador profesional. Principalmente, entre el Vasco de Gama y el Real Murcia, con el que jugó 160 partidos. Aunque a veces pareciera que caminaba sobre el campo, incapaz de soportar la exigencia física de un encuentro completo, en su campaña de presentación sumó 34 actuaciones.
    Dotado como pocos para mover al equipo, en el curso 88-89 se erigió en el director de aquel Tenerife triunfador, con el añadido de sus prestaciones para las jugadas a balón parado. Una muestra de este capítulo se dio en la visita a Éibar. Los locales habían tomado ventaja en el marcador poco antes del intermedio, gracias a un tanto del debutante Beguiristáin, cedido por la Real Sociedad. Pero más adelante, en el minuto 73, Guina, con el lanzamiento de una falta, puso un balón en la cabeza de Rommel para que el panameño lograse el empate. Se agotaba el choque y el Tenerife parecía darse por satisfecho con el punto cuando Zabalza, también a balón parado, adelantó otra vez al Éibar.

    Apenas quedaban tres minutos de juego y los isleños perdían la vitola de invictos a domicilio. Sin embargo, quedaba argumento para cerrar la historia de otra manera: una falta al borde del área local. Guina tomó el balón para situarlo con delicadeza sobre el césped. Mientras los rivales armaban la barrera, el brasileño miró hacia la puerta que defendía Garmendia. Apuntó hacia uno de los palos, por la parte baja del marco, y colocó la pelota por el espacio al que resultaba imposible que llegase el guardameta local, conocido como “el carnicero de Villabona”.

    Publicado en el periódico El Día (Sábado, 22 de marzo de 2008)

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  • Tres semanas antes de su fusión con el Fortuna, en agosto de 1923, que dio origen al Real Club Celta, el Vigo Sporting disputó en el Archipiélago la última serie de encuentros de su historia. Se enfrentó a cinco rivales canarios y sólo el CD Tenerife fue capaz de derrotarle.

    Fundado en una tórrida mañana del verano de 1923, el 10 de agosto, el Real Club Celta nació de la fusión del Fortuna con el Vigo Sporting, que hasta ese momento era el club más laureado de Galicia, al acumular seis campeonatos y dos subcampeonatos regionales. Dicha trayectoria le valió su contratación para efectuar una gira por Canarias en las semanas previas a aquella disolución, con la disputa de un total de nueve partidos, los tres últimos en esta Isla.

    La expectación ante la llegada del cuadro gallego obligó a los rectores del novel CD Tenerife, nacido en octubre de 1922 sobre la base del Sporting Club, a remozar el viejo campo de la calle Miraflores. Para ello se hizo preciso invertir 20.000 pesetas en la construcción de una grada suplementaria de madera, capaz de ofrecer asiento a 2.500 espectadores.

    Mientras tanto, los vigueses cubrían en Gran Canaria el primer tramo del periplo isleño, que coincidía con la presencia en Las Palmas del Raith Rovers escocés. Dos encuentros entre ambos abrieron la serie: el primero acabó en empate (1-1) y el segundo fue para el equipo de la localidad de Kirkcaldy (1-3). Luego, el Vigo Sporting se impuso de manera consecutiva al Gran Canaria (1-2), Victoria (1-5), Marino (1-2) y Santa Catalina (0-4).

    Tal bagaje acrecentó el interés del aficionado tinerfeño, que el domingo 15 de julio abarrotó el recinto situado donde hoy confluyen las calles Alfaro y Ramón y Cajal. El conjunto local salió con Emilio Baudet; Bello, Antonio Arocha; Víctor, Francisquillo, Cárdenes; Croissier, Sebastián, Raúl Molowny, Graciliano y Antonio Pérez. En las filas rivales sobresalía el defensa Luis Otero, que había participado con España en la Olimpiada de Amberes (1920).

    El choque acabó con un triunfo ajustado del once visitante (2-3), después de que Graciliano igualase dos ventajas de los vigueses. No obstante, un gol del mismo delantero supuso la victoria del Tenerife en el segundo partido, celebrado el jueves 19 y que se vio envuelto por la polémica, a raíz de la retirada a vestuarios del equipo gallego, en pleno lance. Tras unos minutos de confusión, los futbolistas regresaron al campo pero no fueron capaces de variar el marcador.

    Tres días después, el domingo 22, se produjo el tercer partido, que concluyó con empate sin goles. De vuelta a la Península, sólo tres semanas más tarde quedaría registrada la fusión del Vigo Sporting con el Fortuna para dar origen al Real Club Celta actual.

    Publicado en el periódico El Día (Domingo, 6 de enero de 2008)

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  • EL HOMENAJE

    Sólo a modo de complemento del artículo anterior, sirva este vídeo -uno de los muchos que cuelga en la Red- como muestra del cariño que se ganó Bergara, ex jugador del Tenerife, entre la familia del Stockport County.

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  • Después de concluir su carrera como futbolista en las filas del CD Tenerife, el uruguayo se convirtió en 1988 en el primer técnico foráneo que entrenó a un equipo inglés. Su despedida póstuma en Stockport fue el homenaje a una leyenda. En la fotografía, correspondiente a la temporada 1972-73, Bergara aparece dentro de una formación del CD Tenerife, agachado el segundo por la izquierda.

    Puestos en pie, con sus bufandas blanquiazules colgadas del cuello, los seguidores del Stockport County FC rindieron homenaje a la memoria de Daniel Bergara el pasado 28, tres días después de su fallecimiento en Sheffield. En los prolegómenos de un amistoso con el Cardiff City y por espacio de diez minutos, la emoción invadió Edgeley Park, recinto en el que actúa el equipo de esta ciudad localizada a las afueras de Manchester, donde el técnico uruguayo, ex jugador del CD Tenerife, lideró en los noventa la etapa más brillante de la historia contemporánea del club centenario.

    Al silencio inicial le siguió una prolongada salva de aplausos, encadenada con los acordes del “My way” (Mi camino) de Frank Sinatra. Luego, la hinchada del Stockport estalló coreando el “Danny Bergara's blue and white army” (El ejército blanquiazul de Danny Bergara), el cántico más célebre de su repertorio, el mismo que entonó en Wembley, durante 45 minutos, de manera ininterrumpida, durante la final del Autoglass Trophy de 1993, frente al Port Vale. Toda una leyenda.

    El cierre de la andadura de Alberto Daniel Bergara de Medina (Montevideo, 24 de julio de 1942-Sheffield, 25 de julio de 2007) como futbolista profesional se produjo con la camiseta del Tenerife, en 1973. A partir de entonces abriría la etapa más brillante de su biografía, marcada por haberse convertido en el primer técnico foráneo que entrenó a un equipo inglés. Fue, como se ha encargado de recordar el periodista Ivan Ponting en las páginas de “The Independent”, el predecesor de Mourinho, Wenger, Benítez o Ericsson.

    Un 8 de toque magnífico

    Bergara llegó a la Isla a finales de 1971, cuando el Tenerife había recuperado su condición de equipo de Segunda División, después de tres temporadas en Tercera. Contaba con 29 años de edad y procedía del Sevilla, donde jugó por espacio de cuatro cursos, tres de ellos en Primera. La directiva presidida por José González Carrillo confió en los servicios del uruguayo para enderezar la marcha errática del equipo, que incluso le había costado el puesto de entrenador a Javier García Verdugo.

    De hecho, la presentación de Bergara como blanquiazul se produjo en el Heliodoro Rodríguez, el 6 de enero de 1972, de la mano de Olimpio Romero, entonces interino en el banquillo. Fue frente al Hércules, cuando Bergara todavía necesitaba partidos para recuperar el tono, después de cuatro meses prácticamente inactivo con el conjunto hispalense. Poco a poco consiguió su objetivo: se hizo con la titularidad, con el 8 a la espalda, y completó 22 actuaciones.

    Dotado de un magnífico toque de balón, Bergara brindó al tinerfeñismo el mismo juego preciosista que le caracterizó en sus años con el Sevilla, donde formó parte de una delantera todavía recordada, junto a Lora, Eloy, Berruezo y Lebrón, que devolvió al cuadro hispalense a Primera, en 1969. En la máxima categoría sumó 60 partidos y 22 goles, unidos a otros 31 encuentros y 14 tantos con la elástica del Mallorca, que fue el club que lo trajo en 1962 de Uruguay y para el que jugó durante cinco temporadas.

    Daniel Bergara continuó en Tenerife una temporada más, la 72-73, durante la que gozó de la confianza de su compatriota Héctor Núñez, quien había tomado el relevo de García Verdugo en la campaña anterior, igual que hizo en esta otra con Ignacio Eizaguirre, de paso fugaz por el banquillo local. Junto a las dotes ya indicadas, aquí exhibió también una habilidad singular en el lanzamiento a balón parado.

    Una dolencia de gemelos, que se hizo crónica, precipitó la retirada del centrocampista, con sólo 31 años de edad. Unido sentimentalmente a una guía de viajes inglesa, trasladó su residencia al Reino Unido, donde estaba por ejecutar el instante más trascendental de su carrera en el mundo del fútbol.

    Entrenador efervescente

    En su obituario acerca del personaje fallecido, Ponting se refiere a Bergara como el entrenador “efervescente”, un aspecto que se corrobora con las diferentes etapas que, a modo de burbujas, conformaron su singladura como técnico, especialmente en Stockport. Basta con apreciar el cariño de su despedida póstuma del pasado día 28, cuando se le tributó el homenaje indicado.

    Durante sus seis años en esta localidad de menos de 150.000 habitantes, Bergara, convertido ya en “Danny”, elevó hasta límites insospechados la autoestima de los “hatters”, como se conoce a sus seguidores. Hasta su llegada, en 1989, el uruguayo había dado sus primeros pasos como entrenador de base del Luton Town, director técnico del Sheffield United, preparador de los sub 21 de la Federación Inglesa y hasta seleccionador de Brunei.

    No obstante, el hecho capital en su carrera se produjo en 1988, con el Rochadle FC, entonces en la desaparecida cuarta división. Contratado por este club, se convirtió en el primer técnico extranjero que entrenaba a un equipo inglés, aunque no logró completar el curso y fue destituido a falta de doce jornadas para el final. Vino luego la llamada del Stockport, al que no sólo sacó de la cuarta categoría, después de 24 años, sino que también lo llevó a Wembley en dos ocasiones (1992 y 1993), para la disputa de la final de la League Trophy, competición de carácter eliminatorio reservada para los conjuntos de segunda y tercera. Cayó las dos veces, ante el Stoke City y el Port Vale, pero revitalizó el espíritu de los “hatters”, acostumbrados a malvivir bajo la sombra de los gigantes de Manchester, el United y el City.

    Bergara marcó un estilo en Stockport, al frente de un equipo vigoroso, con jugadores a los que exprimió hasta sacarles lo mejor que llevaban dentro, gracias a su experiencia como futbolista talentoso y a ciertas dotes de psicólogo. Nació así la “armada blanquiazul”, a la que se refieren los hinchas en sus cánticos, de la que el club también sacó rendimiento en forma de traspasos. Sin embargo, en 1995 chocó con el presidente de la entidad, Brendan Elwood, y fue despedido.

    La Justicia falló a su favor con posterioridad, pero el golpe hizo mella en su carrera. Trabajó para el Rotherham United, Doncaster Rovers y Grantham Town, además de captar recursos para el Tottenham y el Sunderland, aunque nunca terminó de llegar la oferta que le llevara a la Premier con los grandes. El pasado día 25 de julio, con 65 años recién cumplidos, falleció en Sheffield.

    La vía del Racing Club

    Alberto Daniel Bergara dio las primeras patadas a un balón en Sayago, barrio de Montevideo donde se cruzan las líneas ferroviarias que se dirigen al norte y al litoral oeste del país. Allí se encuentra la sede del Racing Club, cuatro veces campeón de la Segunda uruguaya y por el que pasaron el “Canario” Santos Iriarte y Julio César Benítez, quien fuera en los sesenta defensa del Barcelona, hasta su fallecimiento, con sólo 27 años de edad, por una intoxicación alimentaria. Siendo todavía juvenil, “Danny” debutó con los verdiblancos en la máxima división de su país y alcanzó la internacionalidad con sólo 18 años. En 1962, el Mallorca se fijó en él y pagó por su traspaso algo más de un millón de pesetas de la época. Hijo de agricultores y miembro de una familia numerosa, tres de los siete hermanos Bergara fueron futbolistas profesionales. El mayor, Mario, jugó en el Nacional y se proclamó campeón de Sudamérica (1959) con la selección uruguaya. El segundo, Ignacio, se vino a Europa -como Daniel- y disputó 66 encuentros en la Primera española, con el Mallorca y el Español. Falleció hace dos años en Ibiza.

    Publicado en el periódico El Día (13 de agosto de 2007)

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  • UN GRAN MUCHACHO

    Tras participar en el estreno del Elche en Primera, Felipe recibió el elogio público de su entrenador, César Rodríguez, símbolo del barcelonismo.

    “Correctísimo y disciplinado. Un gran muchacho”. Con estas palabras, César Rodríguez, entrenador del Elche en la temporada 59-60, valoró la participación del tinerfeño Felipe en la primera campaña ilicitana en la máxima categoría. Aunque en sí lo dice todo, el juicio llevaba la firma de uno de los grandes símbolos del barcelonismo, miembro de una famosa delantera de los 50, con Basora, Kubala, Moreno y Manchón, que Serrat inmortalizó en su canción “Temps era temps”.

    La incorporación al Elche de Felipe Alberto Luis (Santa Cruz de Tenerife, 1936-1989) se produjo en 1959, después de una destacada campaña en el representativo. Tenía 22 años pero acumulaba bagaje profesional más que suficiente, tras militar en el Santander y Betis, que lo tenía cedido al Tenerife cuando el Elche se interesó en ficharlo para el estreno en Primera. De la mano de César, que hacía las veces de entrenador y jugador, su debut en la categoría tuvo lugar el 1 de noviembre, en el viejo Altabix, con una victoria sobre el Valencia (2-1).

    La temporada se saldó con la permanencia y Felipe aprovechó una lesión del defensa Quirant para empezar a abrirse un hueco en aquel equipo, con el que disputó 12 partidos de Liga y en el que sobresalía el “cuadrado mágico” integrado por los sudamericanos Moll (entrenador del Tenerife entre 1973 y 1975), Laguardia, Cardona y Cayetano Ré.

    Pero la trayectoria iniciada por Felipe de la mano de César perdió continuidad a la temporada siguiente. Ni Barrios ni Beltral contaron con el bravo defensor, devolviéndole a Quirant la titularidad. La 60-61 transcurrió en blanco para él, ya que sólo disputó un partido, el de la estrepitosa goleada ante el Real Madrid (8-0).

    Vuelta al representativo

    Para Felipe, el curso 61-62 llevaba derroteros parecidos al anterior, ahora con Juan Ramón Santiago en la dirección técnica. En paralelo, el Tenerife se estrenaba en Primera y la directiva de José Antonio Plasencia recabó de nuevo sus servicios. La vuelta se produjo, además, contra el mismísimo Elche. Fue el 29 de octubre de 1961, en la décima jornada, con los blanquiazules en la cola de la tabla y sin entrenador por la dimisión de Ljubisa Brocic. El sustituto accidental, Vicente Gimeno, lo alineó aquella tarde como medio. El desenlace no pudo ser peor: derrota (1-3) ante un rival directo. La crisis deportiva provocó la dimisión de Plasencia y Raimundo Rieu se vio obligado a tomar las riendas del club. Para el banquillo fue contratado el segundo entrenador del Barcelona, Enrique Rabassa, quien hizo lo que pudo, incluso con algún otro refuerzo de urgencias, como fue el caso de Jorge Larraz. Fue tanta la desesperación que se llegó a tentar al guardameta internacional Ramallets para que volviera a la actividad y “descolgara” las botas. El intento no fructificó. Rabassa contó con Felipe, sobre todo en el tramo final de la competición liguera, que concluyó con el descenso, contabilizando hasta doce comparecencias con el primer equipo. Asimismo, el zaguero tomó parte en el torneo de Copa, donde el Tenerife tuvo una actuación más decorosa.

    Reportaje publicado en El Día (12 de mayo de 2007)

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