El Éibar recibió a los blanquiazules, en 1988, como líder y sin conocer la derrota, igual que el Tenerife fuera de la Isla.
Fue la temporada del penúltimo ascenso a Primera. La del arranque irregular, por el que nadie podía imaginarse el desenlace de julio, en la promoción contra el Betis. Corría aún la octava jornada cuando el Tenerife afrontó el largo desplazamiento hasta Éibar, con vuelo a Madrid y carretera hasta tierras vascas. En la fecha anterior, el empate en casa con el Sestao (0-0) confirmó las dudas en torno al grupo de Benito Joanet
El modesto conjunto azulgrana, recién ascendido a Segunda A, crecía como equipo revelación y se mostraba intratable. No había perdido ni un solo partido. Bajo la batuta de Alfonso Barasoain, sus integrantes, auténticos desconocidos en la categoría, desempeñaban las funciones características del humilde envalentonado, incapaz de achicarse ante nadie.
La última salida había sido a Mollerussa, pequeño municipio ilerdense de menos de 10.000 habitantes, donde el Tenerife sumó el tercer triunfo de la temporada. No obstante, la anotación de los puntos en la tabla se demoró dos semanas, debido a que el encuentro se suspendió en el minuto 71, por los incidentes que provocó la afición local.
Joanet no pudo contar con dos titulares, Herrero y Mínguez, ambos lesionados. La noticia positiva era que, agotándose el mes de octubre de 1988, a Éibar no había llegado el invierno, por lo que se iba a jugar con temperatura veraniega y campo seco; toda una noticia tratándose de Ipurúa.
El partido resultó tan agradable como competido. Aunque dominaron los eibarreses, dos veces delante en el marcador, el Tenerife plantó cara hasta el final. La maestría de Guina en el lanzamiento de faltas valió para que se anotara el empate (2-2) cuando pasaban diez segundos del tiempo reglamentario.
La pericia de Aguinaldo
Cuando el Tenerife se hizo con los servicios de Aguinaldo Roberto Gallón (Ribeirao Preto, 3 de julio de 1958), en el verano de 1987, el medio paulista tenía 29 años y una carrera dilatada como jugador profesional. Principalmente, entre el Vasco de Gama y el Real Murcia, con el que jugó 160 partidos. Aunque a veces pareciera que caminaba sobre el campo, incapaz de soportar la exigencia física de un encuentro completo, en su campaña de presentación sumó 34 actuaciones.
Dotado como pocos para mover al equipo, en el curso 88-89 se erigió en el director de aquel Tenerife triunfador, con el añadido de sus prestaciones para las jugadas a balón parado. Una muestra de este capítulo se dio en la visita a Éibar. Los locales habían tomado ventaja en el marcador poco antes del intermedio, gracias a un tanto del debutante Beguiristáin, cedido por la Real Sociedad. Pero más adelante, en el minuto 73, Guina, con el lanzamiento de una falta, puso un balón en la cabeza de Rommel para que el panameño lograse el empate. Se agotaba el choque y el Tenerife parecía darse por satisfecho con el punto cuando Zabalza, también a balón parado, adelantó otra vez al Éibar.
Apenas quedaban tres minutos de juego y los isleños perdían la vitola de invictos a domicilio. Sin embargo, quedaba argumento para cerrar la historia de otra manera: una falta al borde del área local. Guina tomó el balón para situarlo con delicadeza sobre el césped. Mientras los rivales armaban la barrera, el brasileño miró hacia la puerta que defendía Garmendia. Apuntó hacia uno de los palos, por la parte baja del marco, y colocó la pelota por el espacio al que resultaba imposible que llegase el guardameta local, conocido como “el carnicero de Villabona”.
Publicado en el periódico El Día (Sábado, 22 de marzo de 2008)

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