Me dejo caer de la cama, la noche había buscado ya el lugar secreto donde suele esconderse al llegar el día. Nerviosamente y un tanto dispersa busco unos papeles, tres carillas, que dejaste en mis manos, donde quedó escrito tu amor.

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Sentí tu mejilla tan dulce junto a la mía, tan suave y tibia. Como un dios, me hablabas con ternura de tus sentimientos y yo… me quedé asida a tus brazos, un refugio fugaz, como ese recuerdo primero que se tiene de la madre antes de nacer, del nido abrigador, protector de las miserias del mundo, lejos de egoísmos y dolores. Por un instante mi soledad se tornó lejana y desconocida; abiertas las fronteras de lo imposible, viví ese estado ideal, pocas veces experimentado, en que a salvo de todo, mi alma palpaba el amor en su estado más puro.

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Las carillas no están, las busco desesperadamente y lloro, lloro por ese sueño que, como el más efímero, nació y murió una mañana de abril.

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©Leia Paz