EN EL OTRO PATIO

Te paseas en círculo por la noche;

hurgando en las tinieblas

intentas desligarte de las angustias

y de tantos males espectrales.

Delegado de los maestros ascendidos

te preguntas cómo gobernar el mundo,

incomparable

tu cuerpo se eclipsa en la otredad,

se desprende del día,

se desmenuza y sigue viviendo

aunque el guión diga mutis.


EL LIBRO

Crepita el sonido irrepetible de sus hojas

en la hoguera fría,

humedece mi frente

con un agua llena de esporas

y redime esta sed de ciego.

Mis sienes no anochecen

con este viajero impenitente,

amor que pide nada,

ni mirada, ni beso, ni palabra

sino que esté frente a sus ojos

tan sólo un instante.

EL RETRATO

El perfil del maniquí carga su vida

al centro del ojo izquierdo,

el lado derecho es una invención.

La breve mascarada

que disimula profundidad

se entrega al territorio

de una felicidad que le es ajena;

sonríe su carisma en un guiño falso

y remuestra el capítulo

de un momento protegido del tiempo,

un contrasentido para la distancia

y los tropiezos de la memoria.

Cada escena dura el tiempo exacto

de las acciones verdaderas

que han construido su existencia

afuera del marco.

Y TENÍA PIES Y TENÍA BRAZOS Y TENÍA CABEZA

Le vislumbro embozado

en un revoltijo de colores.

No responde a ninguna señal

de mi mirada;

no sé si respira ni por dónde.

Sospecho que es de carne y hueso,

un ser libre, sin pasado, edad ni futuro;

un pasajero de mi país

que cobija su humanidad con papeles de regalo

y se aparta de las noticias y la farándula.

No sobrevive gracias al hálito de la página social

ni menos con la de economía y negocios.

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Un reguero de papel tiritando en la plaza,

el escaño vacío;

huyó su ánimo en dirección al ocaso

con la manta fugitiva y sus vestigios de alegría.

Se evaporó el silencio de aquel fantasma travieso

que tenía pies

que tenía brazos

que tenía cabeza.

LOS FANS

En el límite de la enajenidad

se entrecruzan voces, gritos y aullidos

de los fans;

el mismo balbuceo clonado

queda esparcido en los ecos parlantes.

Vibra el entusiasmo pueril, lascivo

de la incultura de lo simple,

de la censura solapada.

Los adictos irrenunciables sueñan

con salir del anónimo,

se reconocen en sus ídolos

y buscan el detalle nimio en esa imagen

para hallar coincidencias en sus propias vidas.

María Beatriz Ortíz (Santiago, Chile)