Con el calificativo de “escritor” a cuestas, nos sometemos a increíbles comentarios y preguntas de la gente que nos rodea. Además, aunque nadie lea, todos esperan un ejemplar de regalo, firmado por el autor.
Ocurre que le publicaron un par de libros a Fulano, de escasa repercusión en la prensa y poco movimiento en las librerías. Lo normal en estos casos. Pero desde ese minuto, aunque no lo desee, a Fulano lo sindican con un extraño mote: él pasa a formar parte de la categoría de escritor. En lo profundo de su alma, Fulano quisiera ser escritor, claro, aunque con humildad sabe que todavía es muy temprano para un bautismo así de fuerte: escritor. Eso quema.
Sin embargo, ya le dicen escritor en el edificio donde vive, porque lo vieron en esa breve crónica del diario. Y ahora cada vez que se le solicita una opinión en la prensa para cualquier tópico –maletín literario, premio nacional, feria del libro- indefectiblemente se lo presenta como escritor. Y eso da susto.
Lo peor, no obstante, es cuando el pobre individuo cae en una fiestecita ajena, casi siempre con un conocido del barrio alto que de inmediato presenta a Fulano como “mi amigo el escritor”. Ahí comienzan los comentarios extravagantes que Fulano debe aguantar cerveza en mano: “Así que tú eres el escritor. Qué lata eso de leer ¿ah?”. Luego se le acerca un profesional joven, tal vez un ingeniero, que remata: “No, eso sí que no: yo no leo libros”. Y todavía le restaba un corolario: “En mi casa creo que hay un libro. No estoy seguro”.
Aquellos sujetos ajenos a la lectura son, paradójicamente, los más inofensivos, porque después asoman los que creen saber algo de escritores. “Y usted escribe sus libros?”, suelen preguntarme en cócteles, y no como si fuese parte de una reflexión filosófica profunda, apelando a la tesis de que nadie escribe libros sino que cada uno se apropia de un pequeño fragmento del gran texto que es la literatura universal. No va por ahí, porque el siguiente comentario es harto más terrenal: “¿De qué se tratan sus libros? A ver, cuente uno, pero cortito”.
Al pobre fulano lo acosan hasta en el ascensor del edificio con interrogantes que van pegadas al saludo de cortesía: “Buenos días, ¿esta escribiendo algún otro libro?, ¿cuándo sale?”, le dicen. Y cómo va a explicar uno en escasos segundos que la literatura es compleja, que se escribe un poco todos los días, casi como un hábito de supervivencia, pero que podrían pasar lustros antes de ver aquello como un producto final en un libro de papel. Entonces, para no ser rotos, se aplican respuestas también de cortesía, pero llenas de vaguedad: “Estoy en eso, ja, ja, siempre estoy escribiendo alguna cosita poca, gracias, buenas tardes”.
Así pasan los días, y el triste Fulano se pregunta cuándo le llegarán los dividendos anexos a la literatura que le prometieron, como si fuera una estrella de rock y no un insignificante escritor de un país de provincia. Sólo recibe señales equivocadas. Así me ocurrió aquella vez en que estuve invitado a un casorio, en donde obviamente me presentaron como escritor, y la chiquilla del lado en la mesa encendió la cara: “Yo quiero ser personaje de un libro suyo, ¿qué hay que hacer? Uy, cómo explicarle a esa niña preciosa, de labios inmensos y escote generoso, los alcances metafísicos y carnales de una solicitud así, cuando no deja de abrazar a su marido que, como si leyese mis pensamientos, me mira con ojos de tirria y desprecio.
Fulano se halla todavía lejos de ganarse la vida con los libros que escribe, y lo más probable es que no lo conseguirá nunca. Aún así debe enfrentar la otra desgracia de que lo consideren escritor: todos sus amigos y conocidos de la pega, desde el conserje hasta el jefe, esperan que el señor escritor les regale un libro. Y creen que eso es lo normal, obvio: un ejemplar obsequiado y firmado por el escritor. “Estoy esperando el libro”, me decía un bacalao despreciable que alguna vez fue mi jefe. He debido regalar mis libros a destajo, qué desperdicio, y los únicos de voluntad propia son los dirigidos a señoritas jóvenes y espigadas como culebras, las que naturalmente no comprendieron el mensaje.
Con este afán de que a uno lo paseen como el amigo escritor, podemos caer en afiebradas pesadillas, como una vez en que me presentaron a una señorita que se obnubiló ante mí: “¿Escritor? En serio? Yo soy poeta, tengo varios cuadernos de poesía, los traigo en mi cartera y podría leérselos ahora mismo. Busquemos un asiento”. Para esos casos, recomiendo saltar por la ventana y apurar la otra variante, el mote que ya no nos puede alcanzar ni provocar vergüenza: escritor póstumo.
Por Tito Matamala. Periodista y escritor, autor de Pubis y otras obsesiones.
Letras/Tendencias- La Tercera Cultura.


Me preguntaron una vez, qué quieres que se diga de ti? Simplemente que soy una mujer que escribe para no llorar y en el intento de escribir echa a volar las palomas de sus muertes y resurrecciones.
Bienvenidos a mi buhardilla! Aquí cada uno se acomoda como puede y todos tienen cabida. La conversa es gratis... y los sueños también.
Ya nos vemos!
Lu
Leyendo mis poemas en la Casa de la Cultura de Maipú
Monedas - Armando Rubio
"Engominado, pulcro,
penetro en las iglesias
altivamente cirio
con mi cara de hostia
dominguera.
Y me arrodillo,
y me confieso, y me persigno,
y regreso a la calle
para comprar barquillos
con monedas hurtadas al abuelo."
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Conozco a un "escritor" a quien, para su desgracia, no han acosado aún lo suficiente.
:))) Muy bueno.
Un saludo
Ref. al comentario anterior, pensé que trataría sobre el escritor ruso. Sería interesante que se comentario sobre él; creo que es uno de los grandes de la literatura universal. Yo tuve la suerte de ller varios de sus libros y creo que sin ninguna duda me dejaron una lección en el alma.