La puerta de la estancia se entreabrió y pude adivinar una silueta que se desdibujaba a lo lejos. Mientras caminaba sólo escuchaba mis latidos bombear. Desabroché la oscura camisa torpemente y acaricié mi pecho por su lado izquierdo para sentirlo. Por fin mi corazón latía.

Tatareaba, mientras, letras de canciones inconexas, palabras sueltas que quizá alguna vez tuvieron sentido o quizá no lo tuvieron, no lo sé. Puede ser que cuchicheara algo, que cu-chi-che-a-ra muy lentamente pues mi cabeza no daba más de sí. Oía unos pasos que podían pertenecerme, nada más.

La habitación yacía en un mortal silencio, tan vacía de sonido como de muebles. Al cruzar el umbral me asomé con dudas, di un paso, luego, otro, y otro, y otro. Mientras mis pies retumbaban en un suelo desgastado por los años, un hilo de luz lograba penetrar a
través de la ventana. Y allí descansabas tú. Fue entonces cuando me desplomé y comencé a llorar.