Sentí esa necesidad esta tarde. Y ayer, y anteayer... Esa que he evitado durante tanto tiempo en mi vida. Necesitaba de él. De él, con todo lo que eso conlleva. De su voz, de su mirada, de sus pausas al caminar, del roce de sus manos. Pero no podía ser. No podía llamarle, me lo había prohibido a mí misma. La agenda de mi móvil no tenía su número. Lo sabía de memoria pero lo olvidé. Al menos, intenté hacerlo.

La tarde pasó lentamente. Llorando, pensando, llorando, leyendo, llorando, escribiendo, llorando, viendo la tele, llorando y disimulando. Conviviendo con ese ansia por verte. Ese ansia que me persigue durante días y a la que venzo de vez en cuando, sólo de vez en cuando.

Me cuesta respirar tantas veces... Ahogándome en recuerdos, en palabras o frases sueltas. O en rincones de mi ciudad, de mi vida, de mi alma. Intentando no pensar y repitiéndome "no me pasa nada". En realidad, nunca me pasa nada.