¡Parece mentira! ¡Por fin! Por fin hoy he podido escuchar esa canción sin derramar una sóla lágrima. Me prometí a mí mismo no volver a oír sus acordes lentos, armoniosos, con una voz masculina susurrante, invitadora a sumergirse en un mundo de enamoramiento, de perfecta armonía. Oí sus notas por azar mientras iba a trabajar y decidí intentarlo. No cambié de emisora. Dude, miré el dial, dudé, miré al infinito y tomé esa decisión. Una decisión que puede parecer pequeña, pero que, para mí, es significativa. Fundamental. Me sentía con fuerzas renovadas, con ganas de enfrentarme a mis propios sentimientos e inseguridades.

Intenté no pensar en ella y, simplemente dejarme envolver por su ritmo y sus estrofas pegadizas. Esa mujer ya no existía para mí, ya no podía pensar en su cuerpo ni en su imagen idealizada. Simplemente, está olvidada en algún recodo de mi cerebro. Tal vez, alguno de mis dedos recuerden su cuerpo o, incluso, pueda recordar su nombre si me esfuerzo. ¿Qué hubiera sido de mí si continuara presente en mi vida? No lo sé, seguramente no sería yo, sería alguien parecido, pero no el mismo que soy ahora. Ya está, se acabó. La canción sonó y, al acabar, mi sonrisa iluminó la carretera. "Adiós"-dije- y otros pensamientos ocuparon mi mente...