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Vida Joven

¡Ponle lentes de humor a la vida!

25 Febrero 2006

Pa´que otro vaya a ver a Mickey

El sueño americano nos invade a todos en algún momento de nuestra vida. La ilusión de probar suerte en el país del águila no debe superar nuestro orgullo nacional

Janet Marilyn Hernández

Hoy esta servidora amaneció muy reflexiva. Y es que la amistad con el Portu del abasto y la paciencia para soportar su otoñal echadera de perros tenía que servirme de algo. Y me sirvió. Ahora tengo más de una docena de cajas desarmadas que en algún momento transportaron galletas, papel “tualé” y cloro, y que pronto serán llenadas con jeans, medias y pantaletas con destino al país donde está Mickey. Aunque, con la fulana globalización, ya Mickey y Dios son la misma vaina, pues ambos están en todas partes, así que no hay que buscarlos en algún lugar específico.

El dilema ahora es: ¿Me voy o me quedo? La verdad es que no sé qué hacer, aunque creo que me voy.

Razones para irme
Me voy porque estoy cansada de que la verruga de Chávez me interrumpa las novelas y a su vez, estoy harta de mi condición de tercermundista, de andar pelando y no poder tener televisión por cable.

En gringolandia eso no será problema, pues la serie que me gusta, la de las brujas, que allá llaman “Charmed” y la de los muertos, que allá la mientan “CSI”, son el Se Solicita Príncipe Azul y el Amor a Palos de allá, así que las veré sin pagar nada extra y sin que de un momento a otro la bandera de Venezuela salga detrás de Evo mientras él, con su cara muy lavada, pregunta si le vamos a dar 30 millones de dólares mensuales.

Me voy porque persigo el sueño americano: enfundarme en una minifalda negra y sentarme para darle picón a Bush, a ver si la pego y me lo levanto. Total, si Letizia pudo, yo también, y mi hija se llamaría Elinor, ya saben, con el nombre en inglés porque sería gringa.

Además, en Norteamérica aprenderé inglés y por fin podré entender por qué carrizo todo el mundo alzaba los brazos a un lado y otro cuando estaba de moda la canción aquella que decía algo como “Falou de lidar, lidar, lidar… falou de lidar…”

Por si eso fuera poco, si me voy, tendré dólares sin jalar mecate en las oficinas de Cadivi, Recado, y las que vengan en el mismo plan.

Y es que allá comer en Mc. Donalds será como ir a una arepera cualquiera. Ya no tendré que esperar a mi cumpleaños para darme un atracón de hamburguesa, papas fritas, refresco y un sundae sin topping, porque si no me sale como en 500 bolos más.

¿Y si no me voy?
Claro que, pensándolo bien, mejor me quedo. Me quedo porque este país es único. Por ejemplo, no existe un Ken de Bush, pero sí uno de Chávez, y sería muy triste privar a mis hijas del privilegio de jugar con un muñeco que evoque al Presidente. Además, no me perdería por nada del mundo ver, cuando la “primera niña” sea grande y asuma el poder y salga entonces la Barbie Rosinés, como la inocencia infantil hace a los habitantes de La Casona protagonistas de las más incestuosas relaciones, al entramparlos, sin considerar el verdadero parentesco, en la legendaria y romántica afinidad entre Barbie y Ken.

Por si eso fuera poco, si me quedo podré seguir comiendo arepas de maíz amarillo con queso guayanés que son, por decirlo de algún modo, las hamburguesas de nuestra patria.

Y es que sobran razones para que yo me quede en Venezuela, como el placer de adentrarme en el subpaís que es Maracaibo, tan curioso y ameno que ni el refresco aquel, que viene siendo la versión yanqui del guarapo e´papelón, resistió la tentación de dotar a sus limones de un retazo de las particularidades marabinas para su campaña. Si me quedo, aprenderé exactamente qué es un “cicutillo”, un “guayamol”, o por qué el zuliano del quiosco me dice “puchunguita”.

Además, oiré mezclas musicales únicas, como los remixes venezolanos que consisten en El Carrao e´Palmarito en ritmo de reggaeton, o el “Caracha, negro” de Simón Díaz como adorno de un vallenato malísimo, mezclado con rock y un poco del merengue “popero” de Omar Enrique.

¿Faltan razones? De acuerdo, entonces que me digan qué ciudad tiene un tráfico tan espantoso como Caracas, y qué periodista gringo vive encaramado en un helicóptero, como lo hace Alejandro Cañizales, el de Traffic Center, para decir dónde hubo un típico conductor venezolano, que por comerse una luz y darle paso a una doña, hizo una maniobra chimba, se estrelló contra una gandola, tumbó el semáforo y lo único que tiene forma definida en medio del despelote, es la doña que, como típica peatona venezolana, no pasó cuando le cedieron el paso, pues prefería esperar algún momento de gloria, alguna ocasión especial para lanzarse a cruzar la calle cuando todos los carros viniesen “como corcho e´limonada” y así, como típica asegurada venezolana, sacarle provecho a la póliza que paga todos los meses, y que no aprovecha por culpa de su desventurado exceso de salud.

Y es que esto de ser “típicos venezolanos” es también un caos hermoso. No hay paloma mejor pintada, ni mentada de madre mejor proferida que la de un venezolano. Y es que la virilidad y las progenitoras nuestras parecen ser más motivadoras que las del resto del mundo.

Yo me quedo en Venezuela, porque sólo aquí podemos sentir la emoción de tomar café con susto, porque está escaso y el “cuartito” se está acabando. Y asimismo, sólo aquí se vive la emoción de ir a las 5 de la mañana al Mercado de Quinta Crespo a acaparar Harina Pan.

La decisión
Me quedo, es definitivo. No hay una razón verdaderamente valiosa para irme, pero si me quedo, tal vez hasta me meta en la onda de las invasiones y termine adueñándome hasta del Sambil.

Me quedo, sin más discusión, porque aquí puedo estar en cualquiera de las torres de Parque Central rezando para que no se caigan por las filtraciones, pero tranquila por saber que Alejandro Cañizales, sí, el periodista del helicóptero, no tiene la intención de desportillar su nave contra una de nuestras torres gemelas, porque hasta en eso podemos decir que no tenemos nada que envidiarle al Norte: nosotros también tenemos dos torres igualitas; es más, y aunque suene cruel, nosotros sí las tenemos.

Y como no es seguro que con la falda me levante a Bush, que tenga tiempo de ver la serie de las brujas, que aprenda inglés, coma en Mc. Donalds y muchísimo menos que tenga dólares; pero sí es innegable que me quiero quedar, ofrezco mis cajas, las que me regaló el portu, para que alguien más se mude, pa´que otro vaya a ver a Mickey.

Tags: caracas, opinion, bush

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Unidad biótica de la selva de concreto divagando entre la poesía, los cuentos y la crónica... Intentando ser un híbrido de escritora y periodista.

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