La muerte del cementerio
Janet Marilyn Hernández
Su boca era un cementerio de almas viscosas y amargas donde todos los días se enterraba un muerto diferente.
Balanceándose con perversión hasta descargar en un chorro el espíritu cargado del sabor agrio del desamor y la textura pegajosa e intragable de tantas noches de soledad, el muerto entraba y salía del camposanto rozándose con los dientes afilados de odio y cariados de desprecio, como quien se rifa la existencia intentando ganar la muerte en medio de 32 cuchillos.
Cuando el muerto sentía la tumba iniciaba su lucha desenfrenada por un fin que parecía inalcanzable o por una eternidad que se sabía imposible. Entonces, varios jadeos y un grito ronco y definitivo anunciaban el deceso y dejaban libre la tumba y más lleno el camposanto, que con una arcada despreciaba las gotas más infames del placer vendido.
Pero aquella noche fue diferente. El hombre llegó acarreando su muerto descomunal, ansioso por encontrar el sarcófago perfecto para vaciar su inmundicia dando como recompensa dos monedas de quinientos.
Ella quiso no aceptar. Demasiado trabajo y el contratante más asqueroso que el resto, con aquel trozo de carne inmenso y pustulento debido a la secuela de otro servicio similar; imposibilitado de acabar en el tiempo acostumbrado… mil bolívares no era un precio razonable.
Sin embargo, cuando las costillas y las vértebras forman un solo conjunto y el ejercicio de comer está a punto de olvidarse, ningún cliente es despreciable.
Si los ácaros hablaran contarían cuantos golpes, ladillas y lágrimas albergaba aquel colchón sin sábana, y harían el libro perfecto basado en la inmunda vida de una pobre puta, que es bastantes veces más desgraciada que la de cualquier puta pobre.

La lucha del muerto por ganarse el infierno y dejar su alma en aquella garganta de muchos comenzó sin mayor demora. La entrada, la salida, el vaivén… el sudor, la saliva… los jadeos, las lágrimas, los insultos… La ceremonia se extendía por demasiado tiempo. Ella veía el reloj y contaba los minutos de agonía… 21 minutos con 41 segundos y, finalmente, la descarga.
Y es que aquella noche fue diferente. Los dientes se cansaron de la burla permanente a su ineficaz poder de destrucción y decidieron vengar el cansancio de la lengua entumecida.
El muerto, desalmado, se deslizaba entre los 32 soldados fuera del cementerio hasta que las puertas de carmín comenzaron a mover inesperada y rápidamente sus bisagras impregnadas de porquería y manteca de cacao y el muerto quedó preso, libre, preso… más muerto que nunca entre incisivos y molares clavados cual puñales.
Y en vez del habitual grito grave de placer, el hombre dejó escapar un aullido de dolor. Ella contuvo la arcada para no cesar su agresión, mientras tragaba el nefasto producto de su trabajo pues, aunque no le significara más que inmundicia, el alma de cada muerto era la mayor remuneración a sus esfuerzos. Y aquella noche, su pago era más rojo que sus labios y menos pegajoso que siempre. Aquella noche el alma sanguinolenta salía a borbotones del cadáver masticado.
De repente, los 32 cuchillos liberaron a su presa. El pedazo de carne destruido fue sacado con la prisa desesperada de un muerto que muere otra vez y mil veces más y el aullido de dolor cambió de boca.
La daga entraba y salía, se balanceaba perversamente y desgarraba las entrañas. Jadeos y gritos de ira; jadeos y chillidos evocando la voz de la muerte mezclaban dos sangres en un solo colchón.
Aquel muerto dejó su alma en un cementerio que fue destruido. Destazado como una res y convertido en una masa indistinguible de cabellos teñidos, piel alquilada y uñas pintadas de azul. Ella no tendría en su boca ni un chorro de espíritu más. El hombre salió arrastrándose, llevando en una mano el cuchillo y sujetando con la otra los restos de su mordisqueado muerto moribundo.

Abel dijo
Amante de tu letra soy y alucinado estoy
20 Marzo 2007 | 11:45 PM