La vida es una fritanga
Janet Marilyn Hernández
Reconozco que en mi vida no ha habido episodio más feliz que un atracón de cochino frito en la calle, en medio de mucha gente, cuando el humo de la fritanga compite con el smog y los transeúntes me miran de reojo, como con envidia por mi disfrute y, en ocasiones, alguno se atreve a decir entre dientes y con cara de asco “¡qué cerda!”.
Pero mi felicidad se agota cuando debo ir a una tienda a comprarme un trapo cualquiera. Entonces pido una pantaleta sexy, de las que salen en los catálogos y se ven chiquiticas en el cuerpo de la modelo, y cuando le digo la talla a la vendedora, me pela los ojos al estilo de Los Simpson y suelta un burlesco “déjeme ver si hay”.
Y más infeliz soy cuando sí hay, pues veo venir a la mujer con lo que parece la versión en encaje de las cortinas del Teresa Carreño y que puesta en mí es una mínima pieza.
La gordura ha sido bendita para mí, porque la asocian con simpatía, y siempre me tildan de alegre, aunque ande con la cara como si me estuviese chupando una alcaparra. Pero también ha sido condenatoria, desde los tiempos de las fiestas de fin de curso cuando todos los galanes, por gigantes que parecieran, resultaban enanos a mi lado y todo el mundo creía, al verme de espaldas, que bailaba sola.
Y así, buscando resolver el conflicto de mi voluminosa existencia, me inscribí en un gimnasio y me metí en cuanto plan reductor salió en televisión. Y todo empeoró.
Parecía una vaca escapada de un circo e infiltrada en un salón de mujeres bellas. Ellas usaban las máquinas y parecían odaliscas sudando en el desierto. Yo usaba las máquinas y parecía un cochino sudando en una olla, mientras me sancochaban para comerme en la cena de Año Nuevo.

Con los días ellas progresaban y se veían hermosas, yo seguía igual. Cuando usaba el gel reductor en la lipa, lucía como enmantequillada para luego meterme al horno, digo, al sauna.
Así pasa mi vida de gorda y así han sido mis intentos de estar flaca. Viendo todo eso, analizando los pormenores de mi mofletuda existencia, he decidido seguir mi repolluda vida dándome gusto, haciendo de mis días los más grasientos y deliciosos, arrimada a alguna fritanga, hartándome de morcillas.
He decidido dejar de soñar con un Mister Venezuela para emprender la búsqueda de un gordo que convierta nuestras noches de amor en un combate de sumo.
Decidí seguir comprando pantaletas que parezcan las cortinas del Teresa Carreño, vestidos más grandes que la Ciudad Universitaria entera, cinturones más amplios que El Ecuador y medias del tamaño de un sleeping.
Ahora cantaré canciones de Soledad Bravo, Luciano Pavarotti, y sobre todo, las de Mermelada Bunch, en especial la que tienen pegada y habla de las gordas.
Seré gorda y mi robusta realidad será mi orgullo. En vez de un jugo natural, en la mañana tomaré mondongo. En vez de una fruta a media mañana, me comeré un heladote de chocolate. Ya no más pollo a la plancha; ahora comeré chinchurria. Ya no más ensalada de vegetales; ahora acompañaré cada comida con cuatro arepas.
Me dedicaré a ser feliz por completo: dame otra ración de cochino frito… y tú, ¿qué me ves? ¿Te parezco una cerda? Pues sí, lo soy. Deja la envidia y convéncete de que ser un huacal de huesos no te servirá de nada porque, amiga, la vida es una fritanga.


Natassha dijo
Nuevamente amiga mía, me quito el sombrero ante ti. Increiblemente, una escuálida de unos escasos 40 kilos, puede imaginar todo lo que siente y padece una persona obesa. Un texto que te llama a seguir leyendo lo que sigue, es simplemente un texto magistral. Como siempre, te manifiestomi profunda admiración. Se te quiere un chorro, besitos.
P.D. me cagué de la risa, me esfaraté, me estornillé, etc, etc, etc
16 Abril 2006 | 01:08 AM