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Vida Joven

¡Ponle lentes de humor a la vida!

13 Abril 2006

Rozando la escopeta

Janet Marilyn Hernández

Virgilio bajó la escalera, rápido y tembloroso, con los pies tocando apenas los escalones, como si se elevara para evitar cada uno de ellos.

En su mano, la penumbra aún permitía distinguir la silueta de un mango roto y un cañón oxidado del siglo XVIII. En la otra, un rosario de madera se balanceaba en presuroso vaivén, cuando Virgilio descendía sudoroso.

Llegó a la sala y vio a Romualdo sentado en un sillón. En sus manos, los borradores de un libro que aún no había empezado a escribir. Blandía la pluma como si de una espada se tratara, haciendo inútiles trazos de tinta en las curtidas hojas, mientras fumaba un habano apagado.

Virgilio se acercó a su contrincante, a su amigo de tantas noches navegando en aguardiente barato y enemigo de tantos días buscando el amor de Rosaura. Empuñando su escopeta la preparó para dispararle y al ver los ojos brillantes de Romualdo, asestó la primera cuchillada.

Con el brazo ensangrentado, Romualdo se incorporó para dar respuesta al ataque, pero recibió una segunda estocada que lo hizo tender en el suelo inundando la casa con un brillante charco de carmín.

Airoso por su victoria, pero cada vez más débil, Virgilio soltó su escopeta al lado del cadáver de su vencido rival. Dio un vistazo a los papeles donde comenzaría su escrito y pensó nuevamente en el amor de Rosaura, la mujer que no existió; la protagonista de su obra, enamorada por siempre de Virgilio y Romualdo.

Tocó una vez más la vieja escopeta francesa que reposaba a un costado de su moribundo cuerpo. Recordó los vitoreos de sus triunfos: “Romualdo, ¡viva Romualdo!” gritaba la muchedumbre, mientras desde el balcón la bella Rosaura mostraba el sol de su ondulado cabello y Virgilio miraba desde una esquina, aislado por la envidia, el éxito de su competidor.

Como pudo, apoyándose del sillón y con el tabaco aún en la boca, el escritor se deslizó hacia la imponente mesa de cedro y prendió la luz del salón. De inmediato, un gran espejo situado al pie de la escalera le mostró el primer y único capítulo de su obra aún sin escribir: se vio bañado de rojo y pálido ante el llamado de la muerte. Se sintió frío y tembloroso, más débil que nunca.

Retiró la pluma de su cuello y la preparó para escribir en uno de los amarillentos papeles la historia de amor de Virgilio, Romualdo y Rosaura, la joven de la tienda de víveres convertida en damisela noble y antigua para adornar su historia. Sin embargo, no podría escribir su libro pues, sin comenzar, ya estaba en el final. Dejó caer la pluma sobre el papel ahogado en un mar escarlata que aún dejaba leer dos líneas de trazo inseguro que apenas revelaban su nombre fuera de la trama y su trama misma:

“Diego Altuve: Alter Ego”

Se aferró aún más al rosario de madera, mientras su otra mano dejó de presionar la yugular, y cayó al suelo rozando la escopeta.

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Unidad biótica de la selva de concreto divagando entre la poesía, los cuentos y la crónica... Intentando ser un híbrido de escritora y periodista.

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